El pasajero de la 3K Capítulo 12
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Capítulo 12

Un culpable conveniente

Buscar a una persona dentro de un avión parecía una tarea sencilla hasta que uno recordaba que el avión tenía dos cubiertas, más de quinientos asientos, quince baños, varias cocinas, compartimentos técnicos, zonas de descanso ocultas y suficientes cortinas como para que alguien desapareciera sin abandonar un espacio cerrado.

Álex llevaba fuera de la cocina trasera tres minutos.

En tierra, tres minutos apenas alcanzaban para perder un ascensor o arrepentirse de un mensaje.

A once mil metros de altura podían bastar para atravesar una cubierta, cambiarse parte del uniforme, esconder una prueba o acercarse a una persona que todavía no sabía que estaba en peligro.

También bastaban para ir al baño sin avisar y regresar convertido en el principal sospechoso de un asesinato.

Eva no permitió que utilizáramos la megafonía ni que la tripulación empezara a buscarlo de manera visible.

Una movilización repentina habría despertado a los pasajeros que dormían, confirmado las sospechas de quienes llevaban una hora observándonos y, sobre todo, advertido a Álex si realmente intentaba ocultarse.

—Lucía, mantén primera clase —ordenó—. Amira se queda en la cocina delantera. Nadie entra en 2A ni 3K. Nuria continuará abajo como si no ocurriera nada y no se le dirá que Álex ha desaparecido.

—¿Crees que irá a buscarla? —pregunté.

—Si todo esto no tiene relación con ellos, será el primer lugar donde intente explicar por qué se marchó. Si la tiene, prefiero que Nuria no sepa que lo estamos buscando.

Damián observó el pasillo que se extendía hacia la parte trasera de la cubierta superior. Había entregado el arma, pero continuaba moviéndose como si la llevara. Su mano derecha permanecía cerca de la chaqueta, buscando por costumbre una funda que ahora estaba vacía.

—Dividimos las zonas —dijo—. Baeza y yo revisaremos la cubierta superior. Eva baja y coordina a la tripulación principal. Nadie se mueve solo.

—Acaba de proponer moverse conmigo —señalé.

—He dicho que nadie se mueve solo.

—Pensaba que yo también era sospechoso.

—Lo es.

—Entonces su sistema tiene una pequeña debilidad.

Damián empezó a caminar sin responder. Eva me dedicó una mirada que mezclaba advertencia y cansancio.

—No lo pierdas de vista.

—¿A Mena o a Álex?

—A ninguno.

La cubierta superior permanecía casi por completo en penumbra.

Después del servicio, las puertas de las suites se habían cerrado y la iluminación del pasillo se reducía a una franja tenue junto al suelo.

Las pantallas apagadas se confundían con los paneles oscuros, mientras las que seguían encendidas proyectaban destellos azules sobre los rostros de quienes intentaban dormir.

El ruido de los motores era más grave en la parte trasera, mezclado con la circulación del aire y el crujido ocasional del fuselaje.

Aquella combinación que normalmente me adormecía producía ahora el efecto contrario: cualquier sonido distinto parecía destacar durante un instante y desaparecer antes de que pudiera identificarlo.

Damián avanzaba por el lado izquierdo. Yo comprobaba el derecho.

No abríamos las puertas de las suites ocupadas.

Mirábamos por las rendijas, verificábamos que no hubiera un uniforme blanco entre los asientos y observábamos los espacios donde alguien podía agacharse sin ser visto desde el pasillo.

Varios pasajeros estaban despiertos y nos siguieron con la mirada.

Una mujer levantó la mano para pedir té.

Le prometí que regresaríamos y continué antes de que Damián decidiera interrogarla por haberse mantenido consciente durante una fase inadecuada de nuestra investigación.

En la fila diez encontramos un carro de servicio detenido junto a la pared. Estaba vacío y asegurado. Damián comprobó la parte inferior, como si Álex pudiera haberse plegado dentro.

—No cabe —dije.

—No estaba buscándolo ahí.

—Entonces resulta todavía más preocupante que haya mirado.

Se incorporó.

—Las personas esconden objetos antes que esconderse a sí mismas.

—Eso ha sonado preparado.

—La experiencia permite repetir algunas frases.

—Agatha Christie también.

—No estamos buscando al mayordomo.

—En un avión no tenemos.

—Entonces ya ha eliminado a un sospechoso.

Llegamos a la cocina trasera. La tripulante que debía vigilar a Álex seguía junto al interfono, visiblemente alterada.

Se llamaba Claudia y llevaba doce años en la compañía, aunque aquella noche parecía una empleada nueva a quien alguien acabara de explicar que perder a un compañero durante tres minutos podía constituir una emergencia.

—El pasajero de 16A llamó porque no encontraba su medicación —dijo en voz baja—. Estaba en el bolsillo del asiento. Tardé menos de un minuto.

—Eva dice tres —respondió Damián.

—Desde que me alejé hasta que volví, quizá. No miré la hora.

—¿Álex dijo adónde iba?

—No. Estaba sentado allí.

Señaló un asiento plegable de tripulación junto a la pared.

—¿Tenía el teléfono? —pregunté.

—Sí. Lo estaba mirando.

—¿Recibió una llamada?

—No oí nada.

—¿Un mensaje?

—Puede ser. La pantalla se encendió.

—¿Pareció asustado?

Claudia pensó.

—Pareció enfadado.

—¿Dijo algo?

—Murmuró «hijo de puta».

Damián se acercó al asiento. En el suelo había una tira de papel muy pequeña, atrapada junto a la bisagra. Se puso guantes y la recogió. No contenía palabras, solo un borde dentado y una mancha negra de tinta.

—Podría pertenecer a cualquiera de las notas —dije.

—O a un formulario que se rompió durante el servicio.

—Eso también.

—Empieza a comprenderlo.

—No. Solo estoy intentando resultar tan útil como usted.

Claudia señaló el compartimento lateral.

—Su chaqueta sigue ahí.

La abrí con una servilleta. Dentro colgaban dos abrigos de tripulación, una chaqueta de uniforme y un chaleco reflectante utilizado en plataforma. La placa con el nombre de Álex estaba prendida en la solapa.

—Se marchó sin identificación —dije.

—En la parte superior ya no llevaba chaqueta —recordó Damián.

—Pero sí la placa en la camisa.

No estaba allí.

La placa que colgaba de la chaqueta era una de repuesto, ligeramente distinta. Álex solía llevar otra más pequeña sobre el pecho. Podía habérsela quitado para no ser reconocido o haberla perdido. También podía haber servido a otra persona que necesitara parecer tripulante durante unos segundos.

—¿Dónde guarda su equipaje de mano? —preguntó Damián.

Claudia señaló un armario de uso interno, al otro lado de la cocina.

—Ahí debería estar.

Abrimos el compartimento.

Había cuatro bolsas, una mochila y dos pequeñas maletas colocadas en vertical. Reconocí el equipaje de Álex porque llevaba una cinta verde en el asa y una pegatina de un club de fútbol pegada junto a la cremallera. Permanecía en su sitio.

—No está huyendo con sus cosas —dije.

—Dentro de un avión nadie huye demasiado lejos.

Damián tocó la cremallera sin abrirla.

—¿Estaba cerrada cuando Claudia regresó?

—No lo sé.

—¿Tiene candado?

—Álex nunca utiliza uno. Dice que los ladrones respetan las pegatinas deportivas.

—Una teoría sólida.

—No más que algunas de las nuestras.

Dejamos la bolsa donde estaba. Si Álex regresaba, prefería que creyera que no habíamos encontrado nada. Damián, en cambio, quería abrirla. La discusión terminó cuando acordamos que resultaba más urgente encontrar al propietario que registrar su ropa interior delante de una compañera.

Comprobamos los baños.

El primero estaba ocupado por un pasajero que tardó casi un minuto en responder.

Cuando finalmente abrió, llevaba una mascarilla hidratante sobre la cara y nos observó con la indignación de quien había pagado demasiado por el billete para que dos hombres interrumpieran su tratamiento.

El segundo estaba vacío. En el tercero encontramos una camisa blanca colgada del gancho interior.

Damián la recogió con cuidado.

Era un uniforme de tripulante masculino, aunque no llevaba placa ni galones. El cuello estaba húmedo y desprendía olor a café.

Nos miramos.

—El hombre de 7A —dije—. Los pasajeros dijeron que olía a café derramado.

—También Orduña olía a café.

—Medio avión huele a café.

—La camisa estaba aquí.

—Eso sí reduce la lista.

Comprobé la etiqueta interior. El código correspondía al uniforme de Orbe, talla mediana. Álex utilizaba una grande. Yo también.

—No es su talla.

—Puede haber utilizado una más pequeña.

—Si quería pasar desapercibido, vestir como si hubiera crecido dentro de la camisa no era una gran elección.

Damián examinó el bolsillo. Encontró una servilleta doblada y una pequeña mancha marrón junto al borde. No había nombre, recibo ni objeto que permitiera identificar al propietario.

—Alguien se cambió aquí —dijo.

—O dejó una camisa para que pensemos que se cambió.

—Todo puede estar preparado para que pensemos algo.

—Empieza a comprenderlo.

No le gustó que le devolviera la frase.

Guardamos la prenda en una bolsa y dejamos el baño fuera de servicio.

La persona que hubiera abandonado el uniforme podía llevar ahora ropa de pasajero, otra camisa de la tripulación o la misma ropa que vestía antes.

Si había utilizado una bandeja y una placa durante menos de un minuto, no necesitaba conservar el disfraz.

—¿Álex llevaba otra camisa debajo de la chaqueta? —preguntó Damián.

—La reglamentaria.

—Entonces no puede haberse deshecho de esta y seguir uniformado.

—A menos que tuviera dos.

—¿La tripulación lleva repuestos?

—En vuelos largos, sí. Yo llevo una camisa en la maleta.

—¿Dónde?

—En mi equipaje.

—Después la veremos.

—Qué ilusión.

Continuamos hacia la zona de descanso de la tripulación.

En el A380 no se encontraba a la vista de los pasajeros.

Un acceso estrecho detrás de un panel conducía a una escalera empinada y después a un espacio bajo, dividido en literas donde los tripulantes podían dormir durante los vuelos más largos.

Parecía el interior de un submarino: pasillos reducidos, cortinas, luz azulada y ventilación constante.

Las camas estaban vacías porque todavía no habíamos comenzado los turnos de descanso.