Capítulo 11 #4
—Es su apellido, no el de él. Mara Ardanza Esquivel.
El dato no importaba, aunque su precisión demostraba que conocía bastante bien a la médica.
—¿Fernando sigue en Orbe?
—No. Lo despidieron hace cuatro años.
—¿Por qué?
Samuel miró la puerta.
—Alteración de registros de vuelo y consumo de alcohol durante un servicio.
—¿Llorente estaba implicado?
Su silencio confirmó que la pregunta había acertado.
—La empresa de Llorente gestionaba parte de los controles externos —dijo al fin—. Detectaron irregularidades, investigaron a Fernando y lo entregaron a la compañía. Mara siempre creyó que Llorente había manipulado el caso para castigarla por el informe médico.
—Entonces no solo destruyó su carrera. También la de su marido.
—La de Fernando la destruyó Fernando.
—¿Y tú por qué conoces todos los detalles?
—Porque volábamos juntos.
—¿Participaste en aquellos vuelos?
Samuel no respondió.
Un aviso luminoso parpadeó en el panel. Ajustó un dato y comprobó la navegación. El gesto le permitió evitar la pregunta sin parecer que la evitaba.
—Mena no te ha contado qué transportaba la red —dijo después.
—Mercancías, drogas, información.
—Eso es lo que ha dicho.
—¿Hay algo más?
—Pregúntale por los vuelos sanitarios.
—¿Qué vuelos sanitarios?
La puerta de la cabina se desbloqueó antes de que contestara.
Alcázar entró y cerró detrás. Observó a Samuel, después a mí.
—Mena niega haber recibido la tarjeta en el hotel. Dice que el sobre solo contenía un nuevo número de teléfono.
—¿Lo ha enseñado? —pregunté.
—Afirma que lo destruyó.
Samuel soltó una risa breve.
—Conveniente.
—También he ordenado que permanezca acompañado por Eva y que entregue su arma mientras continúe la investigación.
—¿Llevaba un arma? —pregunté.
—Sí.
Recordé todas las veces que había caminado junto a nosotros, inclinado sobre el cadáver o permanecido a pocos pasos de los pasajeros.
Un agente de seguridad aérea armado tenía sentido.
También añadía una nueva forma de matar a alguien dentro del avión, aunque Llorente no había recibido ningún disparo.
—No estaba contento —añadió Alcázar.
—Eso tampoco demuestra mucho —dije.
El comandante me indicó la puerta.
—Vuelve arriba. Necesito hablar con Samuel.
Me levanté para salir, aunque ya estaba de pie.
Antes de abrir, miré al primer oficial.
—¿Qué eran los vuelos sanitarios?
Samuel se colocó de nuevo los auriculares.
—La parte que Mena todavía no quiere que conozcas.
—¿Y tú sí?
No respondió.
Alcázar abrió la puerta.
Salí al corredor con más preguntas que cuando había entrado.
El panel se cerró a mi espalda y el bloqueo volvió a sonar.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, escuchando el rumor amortiguado de la cabina principal y tratando de decidir si Samuel acababa de ofrecerme una pista, una amenaza o una forma de enfrentarme al único hombre que podía investigarlo.
Damián me esperaba al pie de la escalera.
Eva estaba junto a él. El agente ya no llevaba la chaqueta cerrada y pude distinguir la funda vacía bajo el brazo. Había entregado el arma, aunque su expresión indicaba que no había entregado la voluntad de utilizarla.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó.
—La botella original fue escaneada dentro de la caja. La falsa llegó a Samuel mediante una identificación robada. Las cámaras fallaron. El lote confirma la sustitución.
—Eso ya lo sabemos.
—Samuel salió de la cabina durante el corte del vídeo.
—También lo sabemos.
—Y dice que usted me está utilizando.
Damián no mostró sorpresa.
—¿Eso es todo?
—También ha preguntado por qué no nos ha hablado de los vuelos sanitarios.
La reacción fue mínima, pero existió.
Sus ojos se desplazaron hacia Eva y después regresaron a mí.
—¿Qué sabe de ellos?
—Nada. Por eso pregunto.
Damián miró hacia la cabina de mando, cuya puerta permanecía cerrada.
—Orduña no debería conocer esa parte de la investigación.
—Pero la conoce.
—O intenta que creamos que la conoce.
—Empiezo a cansarme de que todas las respuestas puedan significar exactamente lo contrario.
—Acostúmbrese.
—No pienso dedicarme a esto después del aterrizaje.
—Primero aterricemos.
Subimos hacia la cubierta superior.
Al llegar al descansillo, Eva recibió una llamada por el interfono portátil. Escuchó, respondió con dos monosílabos y guardó el dispositivo.
—Álex ha desaparecido de la cocina trasera.
Damián se detuvo.
—¿Cómo que ha desaparecido?
—La tripulante que debía vigilarlo atendió una llamada. Cuando regresó, ya no estaba.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres minutos.
—¿Hacia dónde pudo ir?
—A cualquiera de las dos cubiertas, la zona de descanso, los baños o las cocinas.
Miré el pasillo oscuro que se extendía ante nosotros.
Álex llevaba el mismo uniforme descrito por los pasajeros de 6A y 8A. Tenía acceso a las bandejas, conocía los precintos y acababa de descubrir que lo considerábamos sospechoso. También sabía que Damián y yo estábamos ocupados en la cabina de mando.
—La nota decía que estábamos dejando solo al verdadero culpable —murmuré.
Damián echó a andar.
—Entonces será mejor encontrarlo antes de que decida demostrarlo.