El pasajero de la 3K Capítulo 11 #3
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Capítulo 11 #3

—¿Por qué insiste tanto en Montalbán? —preguntó el comandante.

Samuel pareció sorprendido por la pregunta.

—Porque rompió el sello, mintió y tuvo acceso tanto a la caja como al carro.

—También podía haber denunciado lo que hizo —dije—. En cambio, lo ayudaste a ocultarlo.

—Ya he explicado el motivo.

—Un motivo no convierte una acción en inocente.

Samuel apoyó las manos sobre los muslos y respiró despacio.

—Esto se está volviendo ridículo. Tenemos a un tripulante que falsificó un precinto, a una médica con motivos para odiar a la víctima, a una periodista que la vigilaba con una cámara, a un agente de seguridad que ocultó información y a Baeza, que llevó la supuesta arma hasta la suite.

Pero todos seguís mirando al piloto porque una botella pasó unos minutos por la cabina.

—La nota nos pidió que dejáramos de hacerlo —dije.

—¿Y eso me hace más culpable?

—Hace que alguien quiera controlar cuánto te miramos.

—Quizá porque el verdadero culpable está disfrutando de la conversación.

Alcázar se volvió hacia mí.

—¿Quién conocía vuestra sospecha antes de que apareciera la segunda nota?

Enumeré las entrevistas.

Álex.

Nuria.

Amira.

Lucía.

Mara.

Nadia.

Damián.

Eva.

Todos habían escuchado preguntas relacionadas con Samuel. La información no era secreta. Cualquier persona de aquel grupo podía haber escrito la frase a mano y enviado a un hombre vestido de tripulante a colocarla en 7A.

—También tú —dijo Samuel.

—Sí.

—Y Mena.

—Sí.

—¿Por qué el agente está fuera de sospecha?

—No lo está.

La respuesta me sorprendió incluso a mí.

Hasta entonces había aceptado a Damián como parte de la investigación porque poseía una placa, conocía la amenaza y parecía furioso por la muerte de Llorente.

Ninguna de aquellas cosas demostraba que fuera inocente.

Él había recibido la fotografía de la botella, sabía que podía contener una tarjeta y llevaba horas controlando qué información compartía.

Había fingido no conocerme, había permitido que entregara el agua y era el único que afirmaba con seguridad que Llorente no se suicidaría.

La placa explicaba su presencia.

También le daba una razón perfecta para acercarse a cualquier prueba.

—Mena sabía que la botella debía tener ese número —dije—. También sabía que podía utilizarse para transportar la tarjeta.

Samuel observó al comandante.

—Y aun así está dirigiendo la investigación.

Alcázar se recostó en el asiento auxiliar. Por primera vez pareció cansado de una forma que no se debía al horario. Tenía delante un avión estable y detrás una situación en la que cada respuesta convertía a otra persona en sospechosa.

—Voy a hablar con él —decidió—. Pero antes necesito algo de ti, Jero.

—¿Qué?

—El empleado de catering que viste en la cocina.

—Yo no lo vi.

—Álex sí.

—Entonces pregúntale a él.

—Lo haremos. Tú viste al hombre de traje gris en el hotel, después en el aeropuerto y finalmente a bordo. Mena estaba relacionado con Llorente antes del vuelo y no informó de todos sus movimientos. Quiero que reconstruyas exactamente cuándo pudo tocar la botella o la caja.

—Nunca lo vi acercarse a la cocina antes del despegue.

—¿Durante el hotel?

—No había botella.

—Eso no lo sabes.

Recordé el sobre pequeño que Llorente sostenía junto al ventanal.

Damián se había acercado, intercambiaron unas palabras y el objeto había desaparecido entre ambos o regresado al bolsillo del empresario.

Desde el autobús también vi una fotografía de Llorente en el teléfono de Samuel.

Las conexiones empezaban a multiplicarse hasta volver imposible distinguir quién seguía a quién.

—Hablaron en el hotel —dije—. Llorente llevaba un sobre.

—Mena afirma que solo cambió el plan de entrega.

—No sé qué había dentro.

—¿Pudo darle la tarjeta?

—Sí.

Samuel giró el asiento unos centímetros.

—Entonces quizá Mena ya la tiene.

—La está buscando en el maletín.

—O finge buscarla para justificar que continúe controlando la escena.

La idea era plausible.

Demasiado plausible.

Si Llorente había entregado la tarjeta en el hotel, las amenazas posteriores podían dirigirse a Damián.

El agente sabía que el objeto estaba a salvo y aun así mantenía a todos ocupados registrando el avión.

Podía haber preparado las notas para prolongar el vuelo, impedir un desvío o eliminar a alguien más antes de llegar a Madrid.

Pero también podía ser exactamente lo que Samuel quería que pensara.

—La segunda nota nos dice que dejamos solo al culpable —dije—. Desde que apareció, no hemos hecho otra cosa que ampliar la lista.

—Eso beneficia a cualquiera que esté en ella —respondió Alcázar.

Un aviso sonó en los auriculares de Samuel.

Se volvió hacia la radio y respondió a control aéreo con una calma inmediata, casi desconcertante.

Su voz cambió de registro sin esfuerzo. Proporcionó la posición, confirmó el nivel de vuelo y recibió una autorización relacionada con el siguiente punto de la ruta.

Mientras hablaba, parecía imposible imaginarlo manipulando una botella, imprimiendo amenazas o preguntando si un hombre había bebido veneno.

Pero los asesinos de las novelas tampoco parecían asesinos cuando pedían azúcar para el té.

Esa era la gracia.

Y la trampa.

Samuel terminó la comunicación.

—Control nos transferirá en unos minutos —dijo a Alcázar—. Todo normal.

Todo normal.

La frase podría haber sido el lema del avión.

Alcázar se puso en pie.

—Samuel, quiero que permanezcas en cabina hasta nueva orden. Cualquier salida tendrá que quedar autorizada y acompañada.

El primer oficial lo miró.

—¿Me está confinando?

—Estoy eliminando variables.

—No puede pretender que continúe pilotando mientras me trata como sospechoso.

—Precisamente puedes continuar pilotando porque sigues en tu puesto.

—¿Y si necesito ir al baño?

—Esperarás a que vuelva y te acompañará un tripulante.

Samuel miró hacia mí.

—¿Baeza?

—Alguien que no esté directamente implicado.

No sabía si agradecer que me excluyera o preocuparme por la razón.

—Esto es absurdo —dijo Samuel.

—Puede ser. También es temporal.

—¿Y Mena?

—Hablaré con él.

—¿Lo mantendrá alejado de la cabina?

—Sí.

La respuesta pareció calmar algo en Samuel, aunque solo durante un instante.

El comandante abrió la puerta después de comprobar la cámara exterior. Antes de salir, se volvió hacia mí.

—Tú te quedas un momento.

La puerta se cerró detrás de él.

Samuel y yo permanecimos solos.

No completamente solos, porque el avión seguía lleno y Alcázar estaba a pocos pasos al otro lado del panel. Sin embargo, la cabina adquirió una intimidad tensa. Samuel continuaba sentado frente a los instrumentos, obligado a mantener la atención sobre el vuelo mientras yo permanecía detrás.

—Puedes sentarte —dijo.

Señaló el asiento auxiliar.

No lo hice.

—Estoy bien.

—No lo parece.

—Nunca lo parezco.

Samuel observó el reflejo de mi cara en una pantalla apagada.

—Alcázar confía en ti.

—Acaba de decir que también soy sospechoso.

—Eso es lo que dice un comandante cuando intenta ser justo. No significa que lo crea.

—¿Y tú?

—Creo que alguien te utilizó.

La frase me devolvió a la botella.

—¿Para entregarla?

—Para todo. Eres observador, conoces los procedimientos y tienes suficiente inseguridad para dudar de tus propias conclusiones. Perfecto para señalar pistas sin controlar adónde llevan.

—Eso suena bastante elaborado.

—También el asesinato.

—¿Quién me utiliza?

—Mena.

No me sorprendió el nombre.

—¿Por qué?

—Sabía quién eras antes de subir. Te vigiló en el hotel, revisó tu historial y te pidió que protegieras a Llorente sin darte información.

Después dejó que lo atendieras, que llevaras la botella y que encontraras el cuerpo.

Ahora te mantiene a su lado para que todos vean a un tripulante colaborando con seguridad.

—Eso no lo convierte en asesino.

—Lo convierte en alguien que eligió dónde debías mirar.

—Tú también intentas hacerlo.

Samuel sonrió, aunque sin humor.

—La diferencia es que yo estoy encerrado aquí y él puede moverse por todo el avión.

—Saliste dos veces.

—Antes de que hubiera un cadáver.

—Ya había un plan.

—Según la persona que dirige la investigación.

—Según la botella equivocada.

Samuel bajó la vista hacia los mandos.

—No maté a Llorente.

—Eso diría cualquiera.

—Tú también lo has dicho.

—Todavía nadie me ha preguntado directamente.

—Entonces te lo pregunto. ¿Mataste a Llorente?

La cuestión resultó tan absurda que casi me hizo reír.

—No.

—Eso diría cualquiera.

Me devolvía mis propias frases con una facilidad irritante.

—¿Conocías a Llorente antes del vuelo? —pregunté.

—No.

—Nadia te fotografió mirándolo en el aeropuerto.

Su mano se detuvo sobre el panel.

—¿Qué fotografía?

—Estabas hablando por teléfono. Él aparecía en el borde.

—En un aeropuerto lleno de gente.

—Lo mirabas.

—Puede que mirara una pantalla, una puerta o cualquier cosa situada detrás.

—También avisaste a Mara de que viajaba.

—Porque sabía lo que le había ocurrido con él.

—¿Cómo sabías que todavía le afectaba?

Samuel tardó en responder.

—Su exmarido me lo contó.

—¿Seguís siendo amigos?

—No.

—¿Por qué?

—No tiene relación con esto.

La misma frase que utilizaban todos antes de revelar algo que terminaba relacionándose con todo.

—¿Cómo se llama?

—Fernando Ledesma.

—Ella conserva el apellido.