Capítulo 11 #2
—Cuéntamelo desde el momento en que recibiste la botella —dijo el comandante.
—Ya lo hice antes.
—Ahora sabemos que era distinta. Empieza otra vez.
Respiré despacio y reconstruí la secuencia.
Había entrado en la cabina porque faltaba el artículo especial.
Samuel me mostró la botella dentro de una bolsa de papel.
El número de la tira coincidía con la documentación.
La cápsula parecía intacta.
Él afirmó que la había recibido directamente de operaciones y que había permanecido siempre dentro de la bolsa.
Después me la entregó.
Eva y yo la guardamos bajo un precinto nuevo.
Llorente la rechazó al saber que Samuel la había custodiado, cambió de opinión después del despegue, comparó el número con una fotografía y la abrió delante de mí.
—¿En algún momento la perdiste de vista desde que Samuel te la entregó hasta que Eva la precintó? —preguntó Alcázar.
Pensé.
—Durante el camino desde aquí hasta la cocina, no.
—¿Entraste en algún baño, atendiste a un pasajero o la dejaste sobre una superficie?
—No.
—¿Eva estaba presente cuando la colocasteis en el compartimento?
—Sí.
—¿Quién abrió después ese precinto?
—Eva, conmigo delante.
—¿Y quién la llevó hasta Llorente?
—Yo.
Samuel apoyó un dedo sobre el reposabrazos.
—Entonces la sustitución se produjo antes de que te la entregara.
—Eso he dicho.
—O la botella que recibí ya era la falsa.
—También.
—Y la persona de la fotografía pudo entregármela.
—Puede.
—Entonces ¿por qué sigues actuando como si yo la hubiera preparado?
La pregunta me obligó a responder algo que hasta entonces solo había ordenado dentro de mi cabeza.
—Porque estabas solo en la cocina con la caja original.
Samuel dejó de mover el dedo.
—¿Quién dice eso?
—Álex y Nuria.
—Montalbán es un ladrón que falsifica precintos.
—También es un testigo.
—¿Y Nuria? ¿La misma tripulante que se encontraba escondida con él durante la preparación?
—Sus versiones coinciden.
—Porque han tenido horas para acordarlas.
—No sabían que Llorente moriría cuando se encontraron.
—Si están implicados, sí lo sabían.
Alcázar volvió a levantar una mano, pero Samuel continuó.
—Después del despegue, Álex abandonó la cocina con una excusa falsa.
Nuria subió con una lista que nadie necesitaba.
La cámara perdió cuarenta y tres segundos.
La nota apareció dentro del carro cuyo precinto él había sustituido.
¿Y tu conclusión es que el piloto que estaba sentado aquí lo organizó todo?
—No estaba sentado aquí durante todo el tiempo.
La cabina quedó en silencio.
Samuel me miró con más atención.
—¿Qué quieres decir?
—Amira y Nuria te vieron en la cubierta superior después de que yo llevara la botella.
—Fui a preguntar si Llorente la había aceptado.
—Eso ya lo sabemos.
—Entonces ¿por qué lo presentas como un descubrimiento?
—Porque ocurrió durante el intervalo en que pudo colocarse la nota.
Samuel soltó una respiración seca.
—No entré en la cocina.
—Amira dice que te asomaste desde la escalera.
—Exacto.
—Nuria dice que llevabas una tira de papel.
—Llevaba la impresión meteorológica del destino.
—¿Una tira estrecha?
—La había doblado.
—¿Dónde está?
Samuel señaló un compartimento lateral lleno de documentación.
—Probablemente allí.
—¿Probablemente?
—No archivo cada papel que toco durante un vuelo.
—La nota decía que no cambiáramos de rumbo.
—Y la información meteorológica también hablaba del destino. Si hubiera querido esconder la amenaza, no habría paseado con ella delante de una tripulante.
—A menos que supieras que una hoja doblada no significa nada hasta después.
Samuel se quitó los auriculares.
—¿Me estás acusando de asesinar a un pasajero?
La pregunta no fue pronunciada con rabia. Era más peligrosa que eso. La formuló despacio, asegurándose de que cada palabra quedara registrada en la memoria de los tres.
—Estoy diciendo que tuviste acceso a la botella, conocías el sello roto, subiste cuando se colocó la nota y preguntaste varias veces si Llorente había bebido.
—Porque era responsable de una entrega irregular.
—No eras responsable del pasajero.
—Soy el primer oficial del vuelo.
—No del servicio de agua.
—Tú tampoco eres detective.
La frase debería haberme devuelto a mi lugar. En cambio, hizo que pensara en lo fácil que le resultaba a Samuel señalar siempre qué papel correspondía a los demás mientras el suyo parecía permitirle cruzar cualquier límite.
—No necesito serlo para contar las veces que preguntaste si estaba muerto.
Samuel se levantó parcialmente del asiento, limitado por el cinturón.
—Nunca pregunté si estaba muerto.
—Preguntaste si había bebido.
—No es lo mismo.
—Todavía no lo era.
Alcázar golpeó una vez el reposabrazos.
No fue un gesto fuerte, pero bastó.
—Los dos vais a callaros.
Samuel volvió a colocarse frente a los instrumentos. Yo retrocedí un paso. El comandante esperó hasta comprobar que ninguno iba a continuar.
—Jero, aquí no se acusa a nadie sin pruebas. Samuel, aquí tampoco se desacredita a un testigo porque su conclusión resulte incómoda. Tenemos una botella sustituida, un registro falsificado y una amenaza que demuestra planificación. Todo el que tuvo acceso está bajo sospecha, incluidos vosotros dos.
La última frase tardó un instante en llegar hasta mí.
—¿Yo?
Alcázar no suavizó la respuesta.
—Fuiste quien transportó la botella desde la cabina hasta la víctima. La tuviste en tus manos, controlaste el nuevo precinto, entraste varias veces en la suite y encontraste el cuerpo.
—Eva estaba presente cuando se guardó.
—No durante el trayecto.
—¿Cree que la cambié mientras caminaba diez metros?
—Creo que no puedo descartar a nadie porque me caiga bien.
No había desconfianza personal en su voz.
Precisamente por eso dolía más. Alcázar me conocía desde la época en que aún intentaba convertirme en piloto, sabía cuánto significaban para mí los procedimientos y era probablemente la última persona del avión a quien habría esperado tener que convencer de que no había asesinado a un pasajero.
—No llevaba otra botella escondida —dije.
—Eso puede comprobarse.
—Registrad mi equipaje.
—Lo haremos si es necesario.
Samuel no intervino. Su silencio resultaba más difícil de soportar que cualquier acusación.
—La nota de 7A habla de dejar solo al verdadero culpable —continuó Alcázar—.
Puede referirse a Samuel, a Álex, a ti o a alguien que todavía no hemos identificado.
Si permitimos que la investigación se convierta en una discusión entre dos personas, el responsable habrá conseguido exactamente lo que pretende.
Miré las pantallas.
La línea magenta seguía avanzando hacia Madrid. Durante nuestra discusión, el avión había recorrido decenas de kilómetros sin que nadie tuviera que intervenir. El sistema no necesitaba saber si uno de los hombres sentados delante era un asesino. Solo debía mantener altitud, rumbo y velocidad.
—¿Por qué operaciones envió esto ahora? —pregunté.
El comandante respondió:
—Porque Samuel solicitó una revisión completa del artículo.
—¿Cuándo?
—Después de la primera reunión aquí —dijo Samuel—. Cuando Mena habló de envenenamiento.
—¿Sin informar al comandante?
—Se lo informé.
Alcázar tardó una fracción de segundo en confirmar.
—Me dijo que consultaría la trazabilidad de la botella.
El retraso fue mínimo, pero lo noté.
—¿Y por qué no pidió también la trazabilidad de la caja?
—Forma parte de la misma investigación.
—¿Y del empleado que la introdujo?
—Operaciones está intentando identificarlo.
—El hombre de la fotografía no tiene cara, usa una acreditación ajena y aparece justo durante un fallo de cámaras.
—No lo elegí yo.
—No he dicho que lo hicieras.
—Lo estás pensando tan alto que no hace falta.
Alcázar abrió otra página del sistema.
—Hay un dato más.
La pantalla mostró el registro de acceso a la cabina. No contenía nombres, solo horas, aperturas autorizadas, llamadas y bloqueos. La mayoría correspondía al embarque. Después del despegue aparecían dos salidas.
La primera, poco después de apagar la señal de cinturones.
La segunda, veinte minutos más tarde.
—¿Quién salió en cada ocasión? —pregunté.
—Samuel —respondió Alcázar—. La primera para utilizar el baño y comprobar una información con Eva. La segunda para preguntar por el pasajero.
—¿Cuánto duraron?
El comandante señaló las horas.
La primera salida se extendió durante tres minutos y cuarenta y ocho segundos.
La segunda, un minuto y dieciséis.
Busqué mentalmente el intervalo perdido de la cámara de Nadia. Cuarenta y tres segundos que coincidían con el movimiento de Nuria hacia la escalera delantera y la presencia de Samuel cerca de la cocina.
—La segunda salida coincide con el corte —dije.
Samuel ni siquiera miró el registro.
—Ya sabemos que subí.
—Dijiste que solo te asomaste.
—Eso hice.
—Un minuto y dieciséis segundos es suficiente para subir, entrar en la cocina y regresar.
—También es suficiente para subir, preguntar y regresar.
—¿Alcázar te vio durante ese tiempo?
—Estaba aquí —respondió el comandante—. No podía verlo después de salir.
—¿Y la primera vez?
—Fue al baño.
—¿Cómo lo sabe?
Samuel se volvió.
—Porque regresé.
—Eso demuestra que saliste, no dónde estuviste.
—¿Quieres que dibuje el recorrido?
—Quiero saber si alguno de los dos periodos coincide con la sustitución de la botella o con la nota.
—La botella se sustituyó antes del despegue.
—Probablemente.
—Y la primera nota apareció en un carro manipulado por Álex.
—Después de que tú le indicaras cómo ocultar el precinto roto.
El rostro de Samuel cambió.
No mucho. Un músculo se tensó junto a la mejilla y su mano derecha se cerró sobre el reposabrazos.
—No le indiqué cómo hacerlo.
—Le dijiste dónde estaban los precintos.
—Le dije que corrigiera la estupidez antes de retrasar el vuelo.
—Eso es indicarle cómo ocultarla.
—Es evitar que un tripulante convierta dos miniaturas robadas en una incidencia operativa de una hora.
—Y gracias a eso el asesino pudo abrir el carro sin que supiéramos cuántas veces había sido manipulado.
—Si el asesino es Álex, sí.
La rapidez con que pronunció el nombre hizo que Alcázar lo mirara.