El pasajero de la 3K Capítulo 11
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Capítulo 11

El primer oficial

Descendí hacia la cabina de mando con la sensación de estar obedeciendo una invitación escrita por alguien que conocía el final.

Damián me acompañó hasta el primer descansillo, aunque Eva le había prohibido seguir bajando después de que el comandante confirmara que quería hablar conmigo a solas.

El agente no discutió delante de la tripulación, pero permaneció junto al pasamanos mientras yo continuaba, observándome con una expresión que conseguía transmitir al mismo tiempo desconfianza, preocupación y la certeza de que, si no regresaba, utilizaría mi desaparición como prueba de que había tenido razón.

—Cinco minutos —murmuró.

—Eso he dicho.

—No acepte ninguna bebida.

Lo miré.

—¿Es una broma?

—No.

—Entonces ha sido bastante buena.

Damián no respondió. Su sentido del humor parecía haber sido confiscado al ingresar en seguridad aérea y almacenado junto a otros efectos incompatibles con el servicio.

Continué bajando.

La cubierta principal estaba casi completamente a oscuras.

Las franjas de luz del suelo dividían los pasillos y las pantallas encendidas flotaban sobre algunos asientos, iluminando rostros dormidos, manos apoyadas sobre mantas y vasos que se desplazaban apenas con las vibraciones del avión.

La mayor parte de los pasajeros ignoraba que una persona había muerto sobre sus cabezas.

Algunos habrían percibido la interrupción del servicio, la presencia de una médica o el movimiento de tripulantes, pero a aquellas horas la explicación más cómoda consistía en atribuirlo todo a una indisposición y volver a cerrar los ojos.

La normalidad dentro de un avión dependía menos de que no ocurriera nada que de la capacidad de la tripulación para seguir caminando como si fuese así.

Al llegar al corredor delantero encontré a un tripulante de la cubierta inferior colocando una manta sobre una pasajera.

Me saludó en silencio y continuó trabajando.

No me preguntó por qué descendía ni por qué la jefa de cabina había ordenado restringir el acceso a la parte superior.

El uniforme también servía para no formular preguntas cuando la respuesta podía complicar el resto del vuelo.

Pulsé el interfono de la cabina.

La cámara situada encima de la puerta me observó durante varios segundos.

Imaginé a Samuel al otro lado, comprobando mi cara en una pantalla y decidiendo si parecía suficientemente nervioso.

El pensamiento era absurdo. Samuel no necesitaba imaginarlo.

Yo parecía nervioso incluso cuando estaba tranquilo.

La puerta se abrió.

El comandante Alcázar estaba de pie detrás del asiento izquierdo, algo poco habitual durante el crucero.

Samuel permanecía sentado frente a los mandos, con el cinturón abrochado y los auriculares colocados sobre una oreja.

El piloto automático continuaba siguiendo la ruta, pero varias páginas de comunicaciones ocupaban ahora una pantalla lateral.

En la parte superior aparecía una sucesión de mensajes procedentes de operaciones, algunos marcados como prioritarios.

—Entra —dijo Alcázar.

Miré hacia el pasillo antes de cruzar.

—Mena espera arriba.

—Lo sé.

La puerta se cerró detrás de mí.

No había ninguna razón para sentirme encerrado.

La cabina contaba con procedimientos de apertura, comunicación con el exterior y dos hombres que llevaban años transportando pasajeros sin intentar asesinarlos.

Aun así, el sonido del bloqueo me recordó que, dentro de aquel avión lleno de espacios que parecían privados, solo uno estaba diseñado para impedir físicamente que alguien entrara.

Alcázar ocupó el asiento auxiliar y me indicó que permaneciera de pie detrás de ambos pilotos.

La posición me permitía ver las pantallas, la línea magenta de la ruta y parte de las manos de Samuel sobre los reposabrazos.

Fuera seguía sin existir horizonte. La noche convertía las ventanillas delanteras en paneles negros donde se reflejaban las luces de los instrumentos.

—Operaciones ha respondido sobre la botella —dijo el comandante—. Necesitamos que confirmes varios datos.

Samuel abrió uno de los mensajes.

—El artículo original fue escaneado al entrar en el avión a las veintiuna cincuenta y ocho —explicó—. El registro indica que quedó depositado dentro de la caja del compartimento U cuatro diecisiete.

—Eso coincide con las marcas de condensación.

—Sí.

—Pero no con la botella que me entregaste.

Samuel no reaccionó a la acusación implícita.

—La botella que te entregué llegó a mis manos a las veintidós diecisiete, dentro de la bolsa de papel. Yo no vi la caja original.

—Dijiste que operaciones te la había dado.

—Eso creía.

—¿Ahora ya no?

Samuel señaló la pantalla.

—La entrega se registró con una identificación que no pertenecía a la persona que me la llevó.

Me acerqué un poco para leer. El mensaje contenía una serie de códigos, horarios y nombres abreviados. Una línea aparecía resaltada.

TRANSFERENCIA MANUAL AUTORIZADA: ID OP-4471.

Debajo figuraba el nombre del titular.

Sergio Olmedo. Supervisor de catering.

—Las iniciales S. O. no eran tuyas —dije.

—No.

Recordé la conversación en la cocina, cuando operaciones había informado de que el artículo estaba firmado con aquellas letras.

Todos habíamos supuesto que correspondían a Samuel Orduña.

Nadie había comprobado la identidad completa porque la botella apareció en su poder y la explicación parecía suficiente.

—¿Conoces a Sergio Olmedo?

—No personalmente.

Alcázar pasó a la siguiente comunicación.

—No podía haber realizado la entrega. Comunicó una baja médica esta mañana y no accedió al aeropuerto.

—Entonces alguien usó su identificación.

—O su código —dijo Samuel—. El sistema antiguo permite introducir algunos traspasos manualmente si el lector no funciona.

—¿Quién puede hacerlo?

—Supervisores de catering, personal autorizado de operaciones y ciertos responsables de carga.

—¿Pilotos?

Samuel volvió la cabeza hacia mí.

—No.

—¿Y alguien que conozca el procedimiento?

—Conocerlo no le da acceso al terminal.

—Puede robar una tarjeta, un código o pedirle a otra persona que registre la entrega.

—También puede falsificar un precinto, por lo que hemos visto.

La conversación tenía un tono formal, pero cada respuesta contenía una punta dirigida hacia el otro. No estábamos revisando un procedimiento. Estábamos decidiendo cuál de los dos parecía más capaz de manipularlo.

Alcázar amplió una fotografía adjunta al mensaje.

La imagen procedía de una cámara de servicio situada junto a una de las plataformas elevadoras. La calidad era mala y el ángulo solo mostraba una parte de la pasarela exterior, la puerta superior del avión y varios empleados con uniformes similares. Uno de ellos sostenía una bolsa de papel marrón.

No se veía su cara.

—¿Es la persona que te entregó la botella? —preguntó el comandante.

Samuel examinó la imagen.

—Puede ser.

—¿Hombre o mujer? —pregunté.

—Hombre.

—¿Edad?

—No lo sé. Llevaba gorra y mascarilla.

—¿Mascarilla?

—Catering utiliza protección al manipular algunos alimentos.

—No todos.

—Él la llevaba.

La fotografía mostraba a la figura avanzando hacia el avión. En el pecho parecía colgar una acreditación amarilla, el mismo color que Álex había recordado al describir al empleado que dejó la caja original.

—¿Era el hombre que estuvo en la cocina antes del embarque? —pregunté.

—No lo vi en la cocina.

—Álex sí.

—Álex también rompió un sello y mintió sobre ello.

—Eso no cambia lo que vio.

—Cambia cuánto podemos confiar en que lo recuerde.

Alcázar levantó una mano.

—No estamos aquí para discutir testimonios. Jero, mira la bolsa.

Amplió la imagen.

El papel tenía un logotipo oscuro en uno de los laterales, parcialmente oculto por la mano del empleado. La bolsa que Samuel me había mostrado en la cabina era lisa, sin ninguna impresión visible.

—No parece la misma —dije.

—¿Estás seguro? —preguntó Samuel.

—La que vi no tenía logotipo.

—Pudiste verla por el lado contrario.

—La sostuve cuando saqué la botella.

Samuel frunció el ceño.

—Yo te entregué la botella, no la bolsa.

Tenía razón. La bolsa había permanecido junto al asiento auxiliar. Solo la había observado desde la entrada y durante unos segundos. Mi memoria podía haber rellenado la parte que no vi con una superficie lisa.

—No estoy seguro —admití.

Alcázar redujo la imagen.

—Operaciones ha intentado localizar al hombre mediante las cámaras interiores. La grabación del corredor superior tiene un intervalo perdido por mantenimiento entre las veintidós doce y las veintidós veintidós.

—Diez minutos exactos —dije.

—El sistema estaba reiniciándose —respondió Samuel.

—Qué oportuno.

—En un aeropuerto hay cámaras fuera de servicio todos los días.

—Y personas que mueren todos los días. No significa que debamos considerar ambas cosas normales cuando ocurren juntas.

El comandante me miró.

—Mantén la calma.

—Estoy calmado.

—Tu cara no está de acuerdo.

Me obligué a relajar la mandíbula.

Samuel pasó a otro mensaje.

—El lote de la botella original era L24-118-FR. La que conserva la tripulación pertenece al L24-121-FR.

—Ya lo hemos descubierto.

Por primera vez Samuel perdió parte de su control.

—¿Cómo?

—La fotografía que Llorente envió a Mena muestra el código de la base. La botella que bebió tiene otro.

—¿Mena recibió una fotografía?

—Sí.

—No lo mencionó aquí.

—Mena no menciona muchas cosas.

Samuel se volvió hacia Alcázar.

—Entonces la botella fue sustituida.

—Eso parece —respondió el comandante.

—¿Y por qué Baeza no ha traído la evidencia?

—Está precintada arriba —dije—. No pensaba recorrer la cabina con una posible sustancia tóxica bajo el brazo solo porque me llamaras.

—No te he llamado yo. El comandante quería confirmar el lote.

Miré a Alcázar.

Él sostuvo mi mirada.

—Es cierto.

—¿Por qué a solas?

—Porque quería escuchar tu relato sin que Mena respondiera por ti.

Samuel apartó la vista hacia los instrumentos, pero no parecía sorprendido. La petición de privacidad no había sido suya, aunque él sabía lo que Alcázar pretendía.