El pasajero de la 3K Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—La caja tenía marcas de humedad que correspondían a una botella fría. Esta botella me llegó dentro de una bolsa de papel, sin caja. Eso significa que la original estuvo en el compartimento y fue retirada antes de que nosotros lo abriéramos.

Eva observó la etiqueta.

—El empleado de catering pudo cambiarla.

—Entonces ¿por qué entregar después la sustituta a Samuel?

—Porque él la solicitó.

—Eso es lo que nos han dicho.

Damián se inclinó hacia el tapón.

—Llorente creía que podía utilizar la botella para transportar la tarjeta.

—¿Dentro del tapón? —preguntó Eva.

—Había hablado de un sistema parecido. Una pieza interior modificada, espacio suficiente para una tarjeta diminuta y un cierre que parecía normal.

—¿Esta lo tiene?

El agente se puso guantes, retiró con cuidado el tapón y observó la parte interior. Era una pieza estándar, con una junta de plástico y un disco central fijo.

—No.

—¿Está seguro?

—No hay compartimento.

—Entonces la botella fotografiada podía contener la tarjeta —dije—. Quien la sustituyó esperaba encontrarla, pero no estaba dentro.

Damián volvió a mirar la amenaza del carro.

DEVOLVED LA TARJETA.

—La buscó en la botella original —dijo—. No la encontró y después exigió que se la entregáramos.

—Eso explica la primera nota.

—Y la muerte —añadió Eva—. La sustitución no era solo para recuperar la tarjeta. También necesitaban que Llorente bebiera de otro envase.

Mara había advertido que ciertas sustancias podían disolverse sin alterar color ni olor.

La cantidad ingerida había sido pequeña y, aun así, Llorente perdió la consciencia en pocos minutos.

El asesino conocía su medicación, sus antecedentes y la manía de beber aquella marca concreta.

No había improvisado un veneno en mitad del vuelo.

Había construido un procedimiento: caja original, botella marcada, tira numerada, sustitución, entrega mediante un tripulante, suite cerrada y una muerte aparentemente cardíaca.

—No necesitaba entrar en 3K —dije—. Solo conseguir que yo llevara la botella equivocada.

Damián colocó el tapón dentro de otra bolsa.

—La original puede seguir a bordo.

—O haber salido del avión antes del embarque.

—Si contenía la tarjeta, quien la retiró habría querido conservarla.

—La nota demuestra que no la encontró.

—Entonces quizá la dejó en algún lugar esperando revisarla después.

Eva señaló el maletín de Llorente, todavía cerrado dentro de 3K.

—La tarjeta puede seguir ahí.

—Y el asesino cree que nosotros ya la tenemos —dije—. Por eso vigila la investigación.

—O sabe que todavía no hemos abierto el maletín.

La posibilidad añadió otra capa a la amenaza. Para conocerlo, alguien debía haber observado 3K, escuchar nuestras conversaciones o acceder a información que solo compartíamos entre nosotros.

—La frase manuscrita de 7A no pretende proteger a Samuel —dije—. Pretende obligarnos a buscar a otra persona antes de que descubramos la sustitución.

Damián no parecía convencido.

—También puede querer que lleguemos exactamente a esa conclusión.

—Todo puede ser lo contrario de lo que parece. Si seguimos así, acabaremos considerando inocente al único que confiese.

—Las confesiones también pueden ser falsas.

—Gracias. Ahora sí me siento mejor.

Eva colocó la botella en una nueva bolsa, separada del tapón.

—Hay que informar al comandante.

—Sin Samuel —dijo Damián.

—No podemos expulsar al copiloto de la cabina para hablar de si es un asesino.

—Podemos solicitar que realice una comprobación fuera mientras Alcázar recibe el informe.

—Eso le advertirá.

—Ya sabe que lo investigamos. La nota lo dice.

—La nota dice que alguien sabe que lo investigamos —corregí—. No necesariamente Samuel.

Lucía apareció en la entrada con una bandeja vacía.

—Hay otra cosa.

Todos la miramos.

—El pasajero de 6A ha llamado. Dice que ha recordado algo sobre el hombre que entró en 7A.

Regresé con Damián. Alvear había apagado la película y sostenía la bolsa de frutos secos cerrada sobre las piernas.

—No llevaba una placa con nombre —dijo antes de que preguntáramos.

—¿Está seguro?

—Los tripulantes llevan una aquí.

Señaló la parte izquierda del pecho.

—No todos se la colocan a la misma altura.

—Este no llevaba nada.

—¿Vio los galones de los hombros?

—No me fijé.

—¿Corbata?

—Sí. Oscura.

Álex también llevaba corbata. Yo también. La mayoría de los hombres de la tripulación vestía del mismo modo.

—¿Algo más?

Alvear dudó.

—Olía a café.

—Estamos dentro de un avión. Todo huele a café.

—No a café preparado. A café derramado sobre la ropa.

Recordé el ascensor del hotel. Samuel sostenía un vaso de cartón. Durante la reunión también había llevado café. Aquello no significaba que conservara el olor horas después, aunque era un detalle que la mente aceptaba con demasiada facilidad cuando deseaba completar una imagen.

—¿Le pareció uno de los pilotos? —preguntó Damián.

—No vi la cara.

—Pero ¿la forma de vestir?

Alvear lo pensó.

—Podría ser.

—También un tripulante —dije.

—Podría ser.

Nos dio exactamente la respuesta que ambos buscábamos y ninguna información que permitiera elegir entre ellas.

Al regresar a la cocina, el interfono interno comenzó a sonar.

Eva miró la pantalla.

La llamada procedía de la cabina de mando.

Respondió.

—Cubierta superior.

Escuchó durante unos segundos y después me miró.

—Es Samuel.

Damián y yo permanecimos quietos.

Eva cubrió el micrófono con una mano.

—Pregunta por ti.

—¿Por qué?

—Dice que operaciones ha enviado información nueva sobre el artículo especial de Llorente. El comandante quiere que subas para identificar la botella que recibiste.

Miré el envase equivocado dentro de la bolsa.

—¿Saben que la estamos examinando?

—No se lo he dicho.

—Entonces ¿por qué llega ahora información de operaciones?

Damián extendió la mano hacia el interfono.

—Diga que va acompañado.

Eva retiró el micrófono.

—Jero subirá con Mena.

La respuesta de Samuel llegó demasiado baja para escucharla desde mi posición. Eva frunció el ceño.

—Dice que el comandante ha pedido hablar solo con Jero.

—No —respondió Damián.

—No puede ordenar quién entra en la cabina —dije.

—El comandante sí.

Eva volvió a escuchar.

—Alcázar confirma la petición.

La puerta de la cocina parecía más cercana de lo habitual. Más allá se encontraba la escalera que descendía hasta la cabina de mando, el único lugar del avión donde Samuel podía hablar conmigo sin que Damián permaneciera a su lado.

Observé la botella.

El número coincidía.

El cristal no.

Quien la había sustituido sabía qué comprobaría Llorente, conocía el procedimiento de catering y había logrado que el envase llegara hasta 3K mediante mis propias manos. Samuel había sido la última persona conocida que la tuvo bajo su custodia antes de entregármela.

Ahora quería verme solo.

Guardé la fotografía, cerré la bolsa y miré a Damián.

—Si no regreso en cinco minutos, no espere a que se encienda ninguna llamada.