El pasajero de la 3K Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Entramos en la cocina. Eva había reunido los movimientos recientes sin llamar directamente a nadie.

Lucía atendía 11K en el momento de la llamada.

Amira estaba dentro de la zona de descanso.

Álex permanecía con una compañera en la cocina trasera.

Nuria figuraba en la cubierta inferior realizando el recuento de comidas.

Los dos tripulantes de la base de Dubái se encontraban más atrás.

—¿Quién llevaba una bandeja plateada por esta zona? —pregunté.

Lucía levantó una de las que utilizábamos para las bebidas.

—Todos.

—Durante los últimos cinco minutos.

—Yo llevé una infusión a 11K.

—¿Pasaste junto a 7A?

—Está en el mismo recorrido.

—¿Entraste?

—No.

—Los pasajeros vieron a un hombre.

—Entonces no fui yo.

—¿Viste a algún compañero?

Lucía pensó.

—A un tripulante de la cubierta inferior.

—¿Quién?

—No estoy segura. Lo vi de espaldas, subiendo por la escalera trasera.

—¿Con una bandeja?

—Sí.

—¿Hacia dónde fue?

—A la cocina delantera, supongo.

Eva consultó el interfono.

—Nadie de abajo tenía autorización para subir.

—Eso no significa que no lo hicieran —dijo Damián.

—Lo sé.

La respuesta de Eva contenía más preocupación que enfado.

—¿Los uniformes de la base local son iguales? —preguntó el agente.

—La camisa y el pantalón, sí. Cambian algunos detalles de la placa y el chaleco, pero sin chaqueta cuesta distinguirlos desde atrás.

—¿Y los pilotos?

—La camisa tiene galones en los hombros.

—Los pasajeros quizá no los vieran.

Miré la entrada del descansillo delantero.

Desde 7A hasta la cocina había menos de quince pasos.

Un hombre podía inclinarse en el asiento, colocar la nota, pulsar la llamada y desaparecer con una bandeja en menos de veinte segundos.

Si alguien preguntaba qué hacía, bastaba con responder que recogía un vaso.

Un uniforme no ocultaba a una persona.

La convertía en parte del mobiliario.

—La bandeja es una coartada visual —dije—. No sabemos si llevaba algo. Solo sabemos que consiguió que dos pasajeros asumieran que trabajaba.

—¿Puede un pasajero conseguir un uniforme? —preguntó Damián.

—No completo con facilidad. Pero una camisa blanca y un pantalón oscuro no son imposibles.

—Los galones de piloto tampoco —añadió Eva—. Se venden réplicas.

—¿Y acceder al área de tripulación durante el embarque?

—Más difícil.

—No si ya trabaja para la compañía.

La investigación volvía siempre al mismo lugar.

Damián apoyó la bolsa con la nota sobre la superficie y examinó el papel. La parte impresa medía unos diez centímetros de ancho y tenía el borde dentado característico de una impresora térmica.

—¿De dónde sale esto?

Eva lo observó.

—De una de nuestras impresoras de servicio.

—¿Cuál?

Señaló el pequeño dispositivo instalado bajo el terminal de la cocina.

—Esa imprime incidencias, inventarios y comunicaciones internas.

El aparato estaba a menos de dos metros.

—¿Registra lo que se ha impreso? —pregunté.

—Algunos documentos, sí. Si se escribió como texto libre, puede que no.

Accedimos al historial. Las últimas impresiones correspondían al inventario de bebidas, una actualización de pasajeros y dos formularios relacionados con las dietas especiales. No aparecía ninguna frase sobre pilotos ni culpables.

—Puede haberse borrado —dijo Damián.

—El historial está sincronizado con el sistema —respondió Eva—. Un tripulante normal no puede eliminarlo.

—¿Un piloto?

—No debería tener acceso diferente desde este terminal.

—¿Y si se imprimió en otra cocina?

Revisamos los registros de las demás impresoras. Ninguna contenía el mensaje.

—Entonces utilizaron un equipo externo —dije.

—O trajeron la frase impresa y añadieron a mano la parte reciente —respondió Damián.

Volvió a leerla.

DEJAD DE MIRAR AL PILOTO.

Aquella parte podía haberse preparado antes. El asesino sabía que Samuel quedaría relacionado con la botella y podía prever que acabaríamos sospechando de él. Lo único que demostraba conocimiento actual era la línea escrita debajo.

ESTÁIS DEJANDO SOLO AL VERDADERO CULPABLE.

—El mensaje manuscrito puede haberse añadido hace minutos —dije—. La impresión no.

—Eso implica planificación —respondió Eva—. Quien lo preparó sabía que miraríamos al piloto.

—Porque quería que lo hiciéramos primero —dijo Damián.

—O porque sabía que todas las pistas conducirían a él.

—También puede ser Samuel intentando apartarnos.

El agente me miró.

—Orduña no ha podido entrar en 7A y regresar a la cabina sin que Alcázar lo advierta.

—Todavía no hemos comprobado cuándo salió.

—Amira y Nuria ya confirmaron que estuvo arriba antes.

—Hablo de ahora.

Eva consultó la hora.

—La puerta de cabina no ha solicitado acceso desde nuestra última visita.

—¿Cómo lo sabe?

—El aviso aparece en el terminal principal.

—Samuel podía haber salido antes y no haber regresado —dije.

La frase resultó absurda incluso mientras la pronunciaba. Si el copiloto no se encontraba en la cabina, Alcázar lo habría comunicado. Además, uno de los pasajeros había visto al hombre de la bandeja dirigirse hacia la cocina, no bajar hacia la cubierta principal.

—No era él —admití—. Al menos no personalmente.

—Puede tener un cómplice —dijo Damián.

La posibilidad ampliaba el problema hasta volverlo casi inmanejable.

Si dos personas trabajaban juntas, ninguna coartada individual resultaba suficiente.

Una podía manipular la botella y la otra colocar las notas.

Una permanecía en la cabina mientras la segunda escuchaba nuestra investigación.

Una dirigía el vuelo y otra recorría los pasillos con una bandeja.

—La nota quiere que pensemos precisamente eso —dije.

—¿Qué cosa?

—Que Samuel es una distracción. Si la obedecemos, apartamos la mirada de él. Si pensamos que intenta protegerse, sospechamos todavía más. No importa cuál sea la verdad. El mensaje nos obliga a reaccionar alrededor del piloto.

—Eso es lo que hacen las amenazas —respondió Damián—. Reducen las opciones hasta que todas benefician a quien las escribe.

Eva recibió una llamada de la cubierta inferior y se apartó para responder.

Lucía continuó preparando bebidas, aunque escuchaba cada palabra.

La cocina había recuperado el movimiento de una zona de trabajo, pero la bandeja abandonada sobre la superficie, la bolsa con la nota y nuestras voces bajas la convertían en otra cosa.

Miré hacia el compartimento frigorífico donde conservábamos la botella de Llorente.

—Necesito verla otra vez.

Damián siguió mi mirada.

—¿Por qué?

—Porque todo empezó con ella.

Eva terminó la llamada y abrió el compartimento. El precinto colocado después de la muerte seguía intacto. Fotografió el número antes de romperlo y retiró la bolsa transparente que contenía el envase.

La botella conservaba aproximadamente dos tercios del agua. La cápsula metálica estaba rasgada alrededor del tapón y la tira numerada permanecía adherida por un extremo. Las gotas de condensación habían desaparecido y el cristal se encontraba completamente seco.

Damián sacó el teléfono.

—La fotografía que envió Llorente.

La abrió y colocó la pantalla junto a la botella.

A primera vista eran idénticas: misma marca, misma etiqueta oscura, misma montaña blanca y el mismo número impreso en la tira del cuello. Llorente había realizado exactamente aquella comparación antes de beber y había quedado satisfecho.

Yo también la había hecho.

—Coincide —dijo Eva.

—El número, sí.

Giré la botella sobre la bolsa, procurando no tocarla directamente. En la fotografía, el cristal parecía mostrar una pequeña marca cerca de la base. No era una rotura, sino una imperfección alargada, como una burbuja atrapada durante la fabricación o un arañazo superficial.

Busqué el mismo punto en la botella real.

No estaba.

—Amplía la parte inferior —pedí.

Damián separó dos dedos sobre la pantalla. La imagen perdió definición, aunque todavía se distinguía la base y una línea grabada con láser en el cristal.

L24-118-FR

Levanté la botella y busqué el código correspondiente.

L24-121-FR

Durante unos segundos nadie habló.

—Son lotes distintos —dijo Eva.

—La botella de la fotografía no es esta.

Damián amplió otra vez el cuello.

—El número de la tira coincide.

—Porque trasladaron la tira —respondí—. O imprimieron otra.

Examiné el papel numerado. La parte que continuaba adherida al cristal presentaba una pequeña acumulación de pegamento en uno de los bordes, casi invisible bajo la cápsula. Cuando la botella estaba fría, la condensación podía haber ocultado el relieve.

—El adhesivo está irregular.

Eva inclinó el envase.

—Puede ser de fábrica.

—También puede haber sido calentado para despegarlo y volver a colocarlo.

—¿Se puede hacer sin romperlo? —preguntó Damián.

—Con paciencia. Y si ya sabes que la persona solo comprobará el número.

El agente miró hacia 2A, donde permanecía el cuerpo de Llorente.

—Él mismo les explicó cómo engañarlo.

—Le envió la fotografía —dije—. Quien accediera a su teléfono o conociera el plan sabía qué marca buscar, qué número transferir y qué comprobaría antes de beber.

—O la fotografía salió de la misma persona que preparó el cambio —señaló Eva.

Damián no respondió. La posibilidad lo incluía a él de una manera incómoda. Era el receptor del mensaje, conocía la fotografía y sabía que Llorente desconfiaba de cualquier botella distinta.

—¿Quién más vio la imagen? —pregunté.

—No lo sé.

—La recibió en su teléfono. ¿La compartió?

—Con mis superiores.

—¿Cuántos?

—Dos.

—¿A través de un sistema seguro?

—Sí.

—Llorente la tenía guardada en su propio móvil. Nadia podía haberla fotografiado. Mara conocía la marca. Samuel tuvo la botella durante varios minutos.

—Y usted la llevó hasta la víctima —dijo Damián.

La acusación ya no me sorprendía.

—Después de que Eva la guardara bajo un precinto nuevo.

—El cambio se produjo antes.

—Cuando estaba con Samuel.

—O cuando la recibió operaciones.