El pasajero de la 3K Capítulo 10
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Capítulo 10

La botella equivocada

La segunda nota planteaba un problema que la primera no tenía.

La amenaza encontrada dentro del carro podía haberse preparado en tierra, horas antes de que Llorente muriera, cuando el asesino todavía no sabía qué decisiones tomaríamos ni hacia quién dirigiríamos las sospechas.

Aquella, en cambio, hablaba de nuestra investigación.

Alguien sabía que estábamos observando a Samuel, había entrado en el asiento de Damián mientras nosotros recorríamos la cubierta y había activado la llamada para asegurarse de que encontráramos el mensaje.

No se limitaba a seguir nuestros movimientos.

Quería dirigirlos.

Damián mantuvo la hoja suspendida sobre el asiento, sin tocarla directamente. La primera parte estaba impresa en mayúsculas sobre una tira de papel térmico.

DEJAD DE MIRAR AL PILOTO.

Debajo, la frase manuscrita se inclinaba ligeramente hacia la derecha, escrita con un bolígrafo negro y una presión suficiente para marcar el reverso.

ESTÁIS DEJANDO SOLO AL VERDADERO CULPABLE.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí? —pregunté.

—No lo sé.

—La llamada acaba de encenderse.

—La nota podía estar desde antes.

—Habría tenido que entrar alguien mientras usted ocupaba el asiento.

Damián observó el periódico, la manta y la pequeña bolsa que había dejado dentro del compartimento lateral.

Nada parecía desplazado. El mando del asiento descansaba junto al reposabrazos con el cable recogido, y el papel había sido colocado cuidadosamente encima, como si quien lo dejó quisiera que pareciera parte del equipamiento.

—He estado fuera desde que Llorente perdió el conocimiento —dijo—. Cualquiera ha tenido tiempo.

—No cualquiera sabía que sospechábamos de Samuel.

—Ha interrogado a media tripulación preguntando por él.

—No a media. Solo a la mitad que estaba despierta.

—Eso no mejora la discreción.

—Usted tampoco parecía especialmente discreto cuando le enseñó una placa a Nadia.

Damián no respondió. Cogió una de las bolsas transparentes, deslizó la nota dentro y cerró el borde adhesivo. Después se agachó junto al asiento para comprobar la zona inferior, los compartimentos y el espacio situado detrás del respaldo. No encontró ninguna otra cosa.

Me asomé al pasillo.

Las luces seguían atenuadas y las puertas de las suites permanecían en su mayoría cerradas.

En 8A, una mujer mayor dormía con un antifaz violeta y los auriculares puestos.

En 6A, un hombre corpulento observaba una película de acción mientras comía frutos secos de una bolsa que no pertenecía al servicio.

Más atrás, Mara permanecía en 5K y Nadia en 4A.

Ninguna de las dos podía ver directamente el asiento de Damián sin inclinarse hacia el pasillo.

La cocina delantera se encontraba a pocos metros. Lucía había regresado allí después de hablar con nosotros, Eva seguía coordinando el trabajo y Amira preparaba la zona de descanso. Álex estaba en la cocina trasera bajo vigilancia. Nuria había vuelto a la cubierta inferior.

A primera vista todos se encontraban donde debían.

A primera vista también Llorente parecía dormido.

—Necesitamos la hora exacta de la llamada —dije.

Damián se incorporó.

—Acaba de producirse.

—Necesitamos algo más preciso. El sistema de cabina registra las llamadas de los asientos, al menos durante un tiempo.

—¿También quién pulsa el botón?

—Todavía no reconoce huellas dactilares. La compañía lo está reservando para la próxima mejora de primera clase.

No reaccionó a la broma, pero ya había empezado a acostumbrarme.

Avisamos a Eva sin utilizar el interfono. Acudió desde la cocina con una expresión que se volvió más rígida al leer la nota a través de la bolsa.

—¿Dónde estaba?

—Sobre el mando —respondió Damián—. La llamada se activó para que la encontráramos.

Eva observó el pasillo.

—¿Habéis visto a alguien salir?

—No.

—Yo estaba dentro de 1K y Mena conmigo.

—Entonces el responsable tenía que saber que no estabais mirando.

—O aprovechó que todo el mundo sabe dónde estamos —dije—. Hemos pasado la última hora entrando y saliendo de la misma suite vacía con un ordenador.

—Te dije que mantuvieras la puerta abierta.

—Eso no lo vuelve discreto.

Eva se acercó a la pantalla de control situada dentro de la cocina. El terminal mostraba el estado de las puertas, la iluminación, las llamadas activas y varios avisos de servicio. Accedió al registro reciente, buscó el asiento 7A y amplió la línea horaria.

—Cero tres cuarenta y dos con diecisiete segundos —leyó.

Miré el reloj.

Eran las cero tres cuarenta y cinco.

La llamada se había activado menos de tres minutos antes de que saliéramos de 1K.

—¿Dónde estabais exactamente? —preguntó Eva.

—Revisando la conversación con Mara —respondí—. Después hablamos con Nadia y regresamos al ordenador.

—¿Cuánto tiempo permanecisteis dentro?

—Cinco o seis minutos.

—Entonces la nota pudo colocarse antes de que entrarais y la llamada activarse al marcharse.

—El responsable habría tenido que saber que no saldríamos inmediatamente —dijo Damián.

—O no le importaba —respondió Eva—. Si la encontrabais antes, el efecto era el mismo.

Revisé las otras llamadas registradas durante aquel intervalo. A las cero tres treinta y nueve, 11K había solicitado asistencia. A las cero tres cuarenta, se había encendido el baño delantero. Unos segundos después aparecía una llamada desde 6A y, finalmente, la de 7A.

—¿Quién atendió 11K? —pregunté.

—Lucía —respondió Eva.

—¿Y 6A?

—Yo.

—Entonces ambas estabais fuera de la cocina cuando se activó 7A.

Eva me miró.

—No completamente. Volvía por el pasillo.

—¿Viste a alguien junto al asiento?

—No estaba mirando hacia allí.

—¿Y el baño?

—Entró el pasajero de 9K.

—¿Podría haberse acercado a 7A?

—Está al otro lado del pasillo. No necesitaba pasar por delante.

Damián señaló la pantalla.

—¿La llamada de 7A se mantiene activa hasta que alguien la cancela?

—Sí.

—Entonces no sabemos si la pulsaron a las cuarenta y dos y se marcharon inmediatamente o si alguien permaneció allí hasta que salimos.

—El responsable no iba a quedarse sentado esperando junto a su propia nota —dije.

—A menos que quisiera observarnos.

Miré otra vez hacia 6A.

El hombre de la película había dejado de comer y nos observaba desde su suite. Cuando nuestras miradas se encontraron, fingió interesarse por una explosión en la pantalla.

—Voy a hablar con los pasajeros próximos.

Eva se interpuso.

—No puedes preguntar si han visto a alguien dejando amenazas.

—Puedo preguntar si alguien ha entrado en el asiento de Mena.

—¿Y cómo explicas que te interese?

—He perdido un objeto durante el servicio.

—¿Qué objeto?

Miré a Damián.

—Su periódico.

—Está sobre la mesa.

—Una página.

—No he perdido ninguna.

—Ellos no lo saben.

Damián parecía dispuesto a discutir la estrategia, pero Eva asintió.

—Hazlo rápido. Yo comprobaré los movimientos de la tripulación.

Me acerqué primero a 6A. El pasajero pausó la película antes de que dijera nada.

Tendría unos cincuenta años, el pelo gris recortado con precisión y una camisa abierta en el cuello.

La bolsa de frutos secos descansaba sobre la mesa, aunque la etiqueta de una conocida cadena de supermercados demostraba que no había pagado la tarifa de primera clase para depender de nuestros aperitivos.

—Disculpe, señor Alvear —dije después de consultar discretamente la información de su asiento—. Estamos buscando una hoja de periódico que pudo caer en esta zona.

—No he visto ninguna.

—Quizá alguien haya entrado un momento en 7A para recogerla.

—El asiento del señor que lee.

—Sí.

Alvear miró hacia el lugar vacío.

—Ha pasado alguien.

—¿Quién?

—Un tripulante.

—¿Hombre o mujer?

Frunció el ceño.

—Hombre, creo.

—¿Llevaba chaqueta?

—Camisa blanca.

La descripción incluía a Álex, a mí, a varios tripulantes de la cubierta inferior y a los dos pilotos si se habían quitado la chaqueta. Damián vestía una camisa clara, pero no uniforme.

—¿Recuerda algo más?

—Llevaba una bandeja.

—¿Con qué?

—No me fijé. Estaba viendo la película.

Miré la pantalla. Un hombre cubierto de sangre saltaba desde un edificio mientras disparaba a un helicóptero.

—Comprensible.

—Se inclinó dentro del asiento y siguió caminando —añadió Alvear—. Pensé que recogía un vaso.

—¿En qué dirección fue?

Señaló hacia la parte delantera.

—A la cocina.

—¿Vio su cara?

—No.

—¿Era alto?

El pasajero me observó de arriba abajo.

—Más o menos como usted.

—Eso tampoco reduce mucho la lista.

—¿Qué ocurre con la hoja?

—Nada importante. Documentación del servicio.

Alvear reanudó la película, aunque esta vez dejó el volumen más bajo para escuchar lo que ocurriera en el pasillo.

La mujer de 8A tardó en reaccionar cuando toqué suavemente el panel de su suite. Se quitó un auricular, después el antifaz y finalmente me miró con la irritación de quien considera que ocho horas en primera clase incluyen el derecho a no volver a encontrarse con otro ser humano.

—¿Qué sucede?

—Perdone que la moleste. Estamos buscando una hoja que pudo caer junto al asiento de delante.

—No he visto ninguna hoja.

—¿Ha visto entrar a alguien en 7A durante los últimos minutos?

—He intentado dormir.

—Por supuesto.

Me disponía a retirarme cuando señaló el pasillo.

—Ha pasado un hombre.

—¿Un tripulante?

—No lo sé. Llevaba camisa blanca y pantalón oscuro.

La misma descripción.

—¿Bandeja?

—Algo plateado.

—¿Vio hacia dónde fue?

—Delante.

—¿Le vio la cara?

La mujer volvió a colocarse el antifaz.

—Si la hubiera visto, se lo habría dicho.

Me alejé.

Damián esperaba junto a la cocina.

—Los dos vieron a un hombre de uniforme o vestido como uno —dije—. Camisa blanca, pantalón oscuro y una bandeja.

—Puede ser Montalbán.

—Eva lo había enviado a la cocina trasera.

—Puede haber regresado.

—También puede ser cualquier otro tripulante.

—O un piloto.

—No hace falta que lo diga con tanta satisfacción.

—No estoy satisfecho.

—Su cara no cambia lo suficiente para comprobarlo.