Capítulo 9 #4
Tenía razón. Álex podía ocultar la relación con Nuria y el asesinato.
Nuria podía avergonzarse de lo ocurrido y proteger a Samuel.
Amira podía fingir nerviosismo por falta de experiencia.
Lucía podía haber oído un compartimento que nadie cerró.
Incluso Nadia podía haber eliminado los cuarenta y tres segundos porque había hecho algo durante ellos.
—Necesitamos el fragmento que falta —dije.
—Y el registro de la cabina.
—También hablar con Mara.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque fue la única pasajera que pidió algo justo cuando yo debía regresar a la cocina.
—Tenía sed.
—Pidió agua normal y especificó que fuera de la botella habitual. Después me retuvo hablando de Llorente.
—¿Cree que quería apartarlo?
—No lo sé. Pero si alguien necesitaba unos minutos para entrar en la cocina, consiguió que yo mirara en otra dirección.
Nos dirigimos a 5K.
Mara seguía sentada, aunque ya no fingía leer. Había apagado la pantalla y mantenía las manos unidas sobre el regazo. La puerta de su suite estaba abierta. Al vernos, su expresión adquirió la resignación de quien llevaba demasiado tiempo esperando una conversación inevitable.
—¿Qué quieren ahora?
—Saber por qué pidió agua —dije.
Mara me miró como si la pregunta confirmara que había perdido la razón.
—Porque tenía sed.
—Ya había una botella en su compartimento.
—Estaba caliente.
—Podía haber pedido que se la cambiáramos antes.
—No sabía que debía planificar cada necesidad corporal con antelación.
Damián se apoyó en el panel de la suite.
—Pidió expresamente agua del suministro habitual.
—No quería la misma marca que Llorente.
—¿Por qué?
Mara bajó la vista.
—Porque reconocí la botella.
El pasillo parecía haberse quedado quieto alrededor de nosotros.
—Dijo que no conocía la marca —recordé.
—No dije eso.
—Preguntó qué botella había bebido cuando le contamos los síntomas.
—Porque necesitaba saberlo.
—¿De dónde la conocía?
Mara respiró despacio.
—Llorente utilizaba esa marca para tomar una medicación concreta. Decía que era la única agua que no alteraba el sabor.
—El agua no altera el efecto de una pastilla —dijo Damián.
—No he dicho que lo hiciera. Era una manía.
—¿Qué medicación?
—Un ansiolítico de acción rápida.
—¿El comprimido del pastillero?
—Probablemente.
—¿Por qué ocultó ese dato durante la reanimación?
—Porque no podía estar segura sin analizarlo.
—Lo había atendido antes por una sobredosis —dije.
Mara levantó la cabeza.
No necesitaba confirmarlo.
—No fue una sobredosis voluntaria —dijo al fin—. Mezcló el medicamento con alcohol y sufrió una depresión respiratoria. Llegó a urgencias inconsciente.
—¿Y el episodio cardíaco?
—Lo tuvo durante el ingreso. Una arritmia provocada por la combinación.
—Entonces no padecía una cardiopatía grave.
—Tenía una alteración previa, pero no suficiente para explicar por sí sola una muerte tan rápida.
—¿Por qué permitió que creyéramos lo contrario?
Su expresión se endureció.
—Porque Llorente utilizó aquel ingreso para destruir mi carrera.
No esperaba la respuesta.
—¿Qué ocurrió?
—Intentó obligarme a modificar el informe para que no constara el consumo de alcohol ni de sedantes.
Me negué. Después presentó una denuncia por negligencia, movió contactos dentro del hospital y consiguió que me suspendieran mientras investigaban.
El caso se archivó, pero perdí el puesto y tardé dos años en volver a trabajar en urgencias.
—Tenía motivos para odiarlo —dijo Damián.
—Sí.
La honestidad de la respuesta nos desarmó más que una negación.
—¿Y coincidió con él por casualidad? —pregunté.
—No.
—¿Sabía que viajaba?
—Me avisaron esta tarde.
—¿Quién?
Mara miró hacia la escalera delantera.
—Samuel Orduña.
Sentí un frío que no procedía de la climatización.
—¿Conoce a Samuel?
—Volamos juntos durante años. Mi exmarido era piloto de Orbe y Samuel era amigo suyo.
—¿Por qué le avisó?
—Dijo que Llorente estaba a bordo y que quizá intentaría hablar conmigo. Pensó que debía saberlo.
—¿Cuándo se lo dijo?
—En el aeropuerto, antes de la reunión de la tripulación.
—¿Por qué no mencionó esa relación?
—Porque sabía cómo sonaría después de que Llorente muriera.
—Suena peor ahora —dijo Damián.
Mara apretó los dedos sobre el regazo.
—Yo no lo maté.
—Pidió agua en el momento exacto en que la cocina quedó sin vigilancia —dije.
—No sabía nada de la cocina.
—Y consiguió mantenerme lejos durante varios minutos.
—Le respondí porque usted empezó a hacer preguntas.
—También dijo que no debía beber alcohol, aunque nadie había mencionado su historial.
—Porque lo conocía.
—Y reconoció la botella.
—Sí.
—¿Sabía que Samuel la había recibido?
Mara negó con la cabeza.
—No.
—¿Samuel le pidió que vigilara a Llorente?
—No.
—¿Le habló de una tarjeta?
—No sé nada de ninguna tarjeta.
Damián la observó en silencio. Mara sostuvo su mirada, aunque los dedos continuaban apretándose entre sí.
—No abandone su asiento —dijo al final—. Si necesita algo, llamará a un tripulante y no tocará ninguna bebida que no le entreguen cerrada.
—¿También cree que estoy en peligro?
—Creo que todavía no sabemos quién será el siguiente.
Nos alejamos.
Al pasar frente a 4A, Nadia nos observó por encima de la tableta.
—La cámara perdió cuarenta y tres segundos —le dije.
Su expresión no cambió.
—Se sobrecalienta y corta archivos.
—¿Por qué no lo mencionó?
—Porque ocurre a veces y no pensé que coincidiera con algo importante.
—Durante ese corte, Nuria cruzó el pasillo, Samuel subió a la cubierta y la cocina quedó casi vacía.
Nadia dejó la tableta.
—Entonces sí era importante.
—¿El fragmento está en otro lugar?
—No.
—¿Lo borró?
—No.
—Necesitaremos revisar la cámara.
—Ya tienen la tarjeta.
—La memoria interna.
Su mano se desplazó instintivamente hacia la funda.
—No grabó en la memoria interna.
—Entonces no tendrá inconveniente.
Nadia me sostuvo la mirada. Después abrió la funda y entregó el dispositivo a Damián.
—No encontrarán nada.
El agente lo guardó dentro de una bolsa.
—Eso espero.
Regresamos a 1K con más información y menos certezas.
Samuel había tenido acceso a la botella antes del embarque.
Sabía que Álex había sustituido el precinto del carro.
Había subido a la cubierta superior durante el único intervalo no registrado.
Llevaba una tira de papel.
Conocía a Mara y le había avisado de que Llorente viajaba.
Había preguntado repetidamente si el pasajero había bebido.
Cualquier detective de una novela habría señalado aquellas coincidencias y esperado el capítulo final para explicar que resultaban demasiado evidentes.
Yo no podía permitirme ese lujo. Las pistas demasiado evidentes seguían siendo pistas cuando una segunda persona podía morir antes de que encontráramos una explicación más elegante.
Abrí de nuevo el ordenador.
—Tenemos que informar a Alcázar —dije.
—Antes quiero saber si Orduña abandonó realmente la cabina y durante cuánto tiempo.
—Nuria lo vio.
—Nuria también atravesó un pasillo que la cámara no registró.
—Porque ocurrió durante el corte.
—O porque miente sobre el momento.
—Mara confirma que Samuel estaba fuera de la cabina antes del embarque.
—Eso no es un delito.
—No. Avisar a una antigua conocida de que su enemigo viajará tampoco. Recibir una botella tampoco. Ocultar un precinto roto tampoco. Preguntar si alguien ha bebido tampoco.
Damián terminó la idea.
—Pero todo junto empieza a parecerlo.
Asentí.
En el pasillo sonó una llamada de pasajero. La luz correspondía a 7A, el asiento de Damián.
Ambos miramos hacia allí.
Su suite estaba vacía.
—¿Ha dejado algo sobre el botón? —pregunté.
—No.
La llamada volvió a sonar.
No era posible que un pasajero la hubiera activado desde el asiento sin entrar en la suite, y nadie había pasado delante de nosotros. Damián salió primero. Yo lo seguí.
La luz azul permanecía encendida sobre 7A. Entramos.
El asiento estaba tal como lo había dejado, con el periódico doblado sobre la mesa y la manta dentro del compartimento lateral. El botón de llamada se encontraba en el mando del asiento, apoyado junto al reposabrazos.
Encima había una hoja de papel.
Damián la recogió utilizando el borde de la bolsa donde guardaba la cámara.
No contenía ninguna amenaza.
Solo una frase impresa en mayúsculas.
DEJAD DE MIRAR AL PILOTO.
Debajo, escrito a mano con tinta negra, aparecía algo más.
ESTÁIS DEJANDO SOLO AL VERDADERO CULPABLE.
Levanté la vista hacia el pasillo.
Nadie corría. Nadie parecía observarnos. Las puertas seguían cerradas y la cabina mantenía la misma calma artificial de los últimos minutos.
Alguien había entrado en 7A mientras interrogábamos a los demás.
Alguien sabía que sospechábamos de Samuel.
Y, a diferencia de la primera amenaza, aquella nota no podía haberse preparado antes del despegue.
El asesino estaba escuchando nuestra investigación.