Capítulo 9 #2
—Y murió antes de confirmarlo.
Damián apretó la mandíbula.
Volvimos al vídeo.
Yo entraba en 3K con la botella y permanecía allí varios minutos.
La puerta quedaba cerrada, por lo que la cámara solo registraba una parte del panel y mi sombra desplazándose dentro.
Durante ese tiempo, Nadia no se movía del asiento.
Mara aparecía más atrás, reflejada en una superficie brillante, con el libro electrónico sobre las piernas. Damián seguía dentro del baño.
—La médica miró cuatro veces hacia la suite —dije.
—La estaba vigilando.
—O vigilaba a Llorente.
—No existe mucha diferencia.
Cuando salí con la bandeja vacía, Nadia manipuló la cámara. La imagen se inclinó y durante unos segundos mostró el techo. Después volvió al pasillo.
—Aquí hay un corte —dijo Damián.
Miré la línea temporal.
No era un corte visible, pero la hora de la cámara avanzaba cuarenta y tres segundos entre dos fotogramas consecutivos.
—Puede ser el sistema de grabación —dije—. Algunos dispositivos dividen los archivos cuando alcanzan cierto tamaño.
—El siguiente archivo empieza después.
Abrimos el segundo vídeo. Continuaba exactamente desde el mismo ángulo, pero el reloj confirmaba una ausencia de cuarenta y tres segundos.
—Nadia dijo que grabó de manera continua —señaló.
—Puede que la cámara se detuviera al moverla.
—O puede haber eliminado un fragmento.
—La tarjeta conserva el orden de los archivos. Si hubiera borrado uno, quedaría un salto en la numeración.
—A menos que supiera modificarlo.
—Es periodista, no necesariamente especialista informática.
—La gente tiene aficiones.
Anoté el intervalo.
Durante aquellos cuarenta y tres segundos yo había salido de 3K y regresaba hacia la cocina.
Damián debía encontrarse todavía en el baño.
Mara permanecía en 5K, aunque el corte impedía confirmarlo.
Nadia controlaba la cámara y podía haberse levantado, manipulado el carro o entregado algo a otra persona.
—Preguntaremos qué ocurrió aquí —dije.
—Después.
Seguimos viendo.
Mara pulsaba la llamada y yo acudía a su asiento.
La conversación no se escuchaba, pero el vídeo mostraba cómo ella miraba hacia el vaso vacío que yo llevaba y después hacia 3K.
Sus movimientos coincidían con mi recuerdo.
Mientras hablábamos, la puerta de la cocina quedaba fuera de mi campo visual, aunque Amira permanecía dentro y Álex aparecía unos segundos más tarde con una bandeja.
—En ese momento el carro todavía no había salido —dije.
—¿La nota podía introducirse dentro de la cocina sin que nadie cruzara la cámara?
—Solo alguien que ya estuviera allí.
—Usted, Eva, Amira o Montalbán.
—También Lucía entró una vez.
—Y Orduña.
Volví la cabeza.
—Samuel seguía en la cabina.
—¿Está seguro?
—Acabábamos de despegar.
—La puerta de la cabina puede abrirse cuando el avión alcanza una altitud segura.
—Pero uno de los pilotos debe permanecer a los mandos.
—El comandante estaba allí.
—Samuel tendría que subir la escalera, entrar en la cocina, colocar la nota y regresar sin que la cámara lo registrara.
—No si ya estaba arriba antes de que empezara el segundo archivo.
Busqué en la grabación.
No aparecía.
Tampoco había ninguna imagen suya después del despegue, pero eso no demostraba que no hubiera utilizado el acceso delantero durante el corte.
Desde la puerta de la cabina hasta la escalera superior necesitaba atravesar una parte de la cubierta principal, aunque no existía ninguna cámara de Nadia que registrara ese trayecto.
—Cuarenta y tres segundos no bastan —dije.
—Para subir, colocar un papel y bajar, quizá no.
—Entonces ¿por qué lo menciona?
—Porque usted acaba de intentar demostrar que era imposible.
La observación me irritó. Había empezado a proteger una hipótesis sin darme cuenta, quizá porque sospechar del copiloto mientras seguía encerrado en la cabina de mando resultaba demasiado incómodo.
Si Samuel estaba implicado, el hombre que compartía los controles del avión con Alcázar podía haber manipulado la botella, colocado la amenaza y utilizado su posición para saber cualquier decisión antes que el resto.
Era una posibilidad tan grave que mi mente buscaba razones para descartarla antes de examinarla.
—Necesitamos el registro de apertura de la puerta de cabina —dije.
—¿Existe?
—El sistema registra ciertos accesos y comunicaciones, pero no sé qué información puede consultar el comandante durante el vuelo.
—Se la pediremos.
—No delante de Samuel.
—Eso será difícil.
El vídeo continuó.
Llorente bebía dentro de la suite. Yo salía, hablaba con Nadia y después con Mara. Damián regresaba del baño. En un momento se detenía junto a 3K, aunque no tocaba la puerta. Después se sentaba.
Los primeros carros salían de la cocina. La cámara mostraba el de bebidas avanzando por el pasillo con Álex detrás y Amira en el lado opuesto. La parte inferior quedaba oculta por la estructura, pero nadie se agachaba ni retiraba las bandejas durante el servicio.
Nadia tenía razón.
Desde que el carro abandonó la cocina hasta que Álex encontró la nota, nadie pudo introducirla en el compartimento inferior sin quedar registrado.
—El papel ya estaba dentro —dijo Damián.
—Antes de que empezara el servicio.
—Y después de que Montalbán revisara el espacio, si creemos su versión.
—Podría haberse equivocado.
—O mentir.
—Nuria puede confirmarlo.
—Nuria puede protegerlo.
—No después de que Eva hable con ella.
Damián me miró.
—Tiene mucha fe en su jefa.
—No necesito confiar en ella para saber que nadie le miente cómodamente.
El vídeo llegó al momento en que entré por segunda vez en 3K. Llorente aparecía apenas cuando abrí la puerta. Podíamos ver la cabeza inclinada, el brazo inmóvil y la botella sobre la mesa. Después mi cuerpo bloqueaba el ángulo.
Damián detuvo la imagen.
—Retroceda.
Lo hice.
—Más.
Regresamos unos segundos hasta que la puerta se abría y la luz interior iluminaba parcialmente el pasillo.
—Ahí.
—¿Qué ve?
Señaló la mesa.
La botella estaba junto al vaso, tal como la recordaba. El teléfono permanecía cerca del pastillero. Sin embargo, la hoja doblada que había visto durante la primera visita ya no se encontraba al lado del maletín.
—Puede haber caído al suelo —dije.
—La encontró en el suelo durante la reanimación.
—Sí.
—¿La vio caer?
—No.
Avancé el vídeo. Al mover a Llorente, varias personas entrábamos y salíamos de la suite. La cámara mostraba piernas, manos, bolsas médicas y parte del cuerpo cuando lo sacamos al pasillo. Era posible que la hoja hubiera sido desplazada durante aquellos movimientos.
—No significa nada —dije.
—Todavía.
Continuamos hasta el hallazgo de la nota. El carro regresaba a la cocina casi vacío. Álex retiraba varias botellas, levantaba la bandeja y se quedaba inmóvil al ver el papel. Su reacción parecía auténtica, aunque una reacción auténtica podía ensayarse.
Damián cerró el vídeo.
—Tenemos un intervalo.
—Cuarenta y tres segundos.
—Y una cocina llena de personas.
—No todas estuvieron allí al mismo tiempo.
Saqué una hoja de la impresora portátil que utilizábamos para documentación de vuelo y dibujé un esquema sencillo de la cubierta superior. La cocina delantera, las suites, la escalera, los baños y el recorrido del carro. Después empecé a anotar los movimientos que recordaba.
Eva había abierto el compartimento de la botella.
Yo la había llevado a 3K.
Álex preparaba copas.
Amira calentaba toallas y organizaba bandejas.
Lucía atendía el lado izquierdo.
Mara permanecía en 5K.
Nadia controlaba la cámara.
Damián estaba en el baño.
Samuel, en teoría, seguía en la cabina.
—No necesitamos saber quién estaba despierto —dijo Damián—. Necesitamos saber quién podía moverse sin llamar la atención.
—En un avión lleno, no es lo mismo.
—Explíquese.
—Los pasajeros recuerdan a quienes se levantan, pero no recuerdan a la tripulación. Un uniforme puede recorrer el pasillo, abrir un armario o inclinarse junto a un carro y nadie lo interpreta como una acción. Forma parte del fondo.
—Por eso Orduña señaló a un tripulante.
—Por eso cualquiera que quisiera hacerlo sin ser observado necesitaba parecer que trabajaba.
Damián miró el plano.
—Entonces empiece por el trabajo.
Esa era la primera instrucción suya que tenía sentido para mí.
Los policías interrogaban personas, comprobaban coartadas y buscaban motivos.
Yo no sabía hacer ninguna de aquellas cosas sin parecer un hombre que había olvidado cómo mantener una conversación normal.
Pero conocía la rutina del servicio. Sabía qué bandeja correspondía a cada asiento, qué carro había recorrido cada pasillo, dónde se encontraba un tripulante cuando se encendía una llamada y cuánto tardaba en preparar un café, calentar una comida o recorrer la escalera entre cubiertas.
No tenía que preguntar dónde habían estado.
Podía preguntar qué habían servido.
Abrimos la puerta de 1K y salimos con el ordenador guardado dentro de una bolsa de servicio. En el pasillo, Lucía recogía los últimos vasos de primera clase. Le pedí que entrara unos segundos en la suite vacía mientras Damián permanecía fuera, vigilando.
—¿Otra discrepancia de inventario? —preguntó.
—Sí.
—Se os está complicando mucho contar botellas.
—Necesito reconstruir el principio del servicio.
Lucía miró a Damián y después a mí.
—¿Por la nota?
No tenía sentido seguir fingiendo con ella. Había ayudado a reanimar a Llorente, conocía la muerte y sabía que Mena pertenecía a seguridad.
—La nota apareció en el carro antes de que saliera de la cocina.
—Álex dijo que no estaba al abrirlo.
—Por eso necesitamos saber quién entró.
Lucía apoyó la espalda contra el panel.
—Eva, tú, Álex, Amira y yo.
—¿Todo el tiempo?
—No.
—¿Recuerdas cuándo saliste?
—Fui a comprobar una llamada en 6A, después llevé una almohada a 4K y acompañé a un pasajero al baño de la parte trasera porque el delantero estaba ocupado.
—¿Quién ocupaba el baño?
—Mena.
Damián no reaccionó.
—¿Entraste otra vez en la cocina antes de sacar el carro?
—Sí. Recogí una bandeja con bebidas.
—¿Quién estaba allí?
Lucía pensó.