Capítulo 9
Los que estaban despiertos
La primera dificultad para investigar un asesinato dentro de un avión consistía en encontrar un lugar donde abrir un ordenador sin que quinientas personas interpretaran que estaba ocurriendo algo.
La segunda era que, dentro de un avión, casi todos los lugares pertenecían a alguien.
La pasajera que debía ocuparla no había embarcado por un problema con su documentación y el asiento permanecía vacío desde Dubái.
Eva había colocado allí varias cajas de material para evitar que algún pasajero de ejecutiva solicitara una mejora gratuita al descubrirlo, pero nos permitió utilizarla con la condición de que mantuviéramos la puerta abierta unos centímetros y abandonáramos el espacio si alguien se acercaba.
—¿Qué explicación damos si preguntan? —dije mientras colocaba el ordenador sobre la mesa.
—Estamos comprobando documentación del servicio —respondió Eva.
—Con un agente de seguridad y guantes de látex.
Damián se quitó los guantes.
—Problema resuelto.
—Ahora parece un pasajero que me obliga a enseñarle el ordenador.
—Eso ocurre bastante.
Eva me entregó la tarjeta de memoria de Nadia dentro de la bolsa transparente.
—No la conectes hasta que el equipo esté completamente fuera de línea. Desactiva la conexión inalámbrica, el Bluetooth y cualquier sincronización automática.
—Sé utilizar un ordenador.
—También sabes utilizar una puerta y la compruebas tres veces.
—Las puertas son más peligrosas.
—Depende de lo que haya dentro.
Miró hacia 2A antes de regresar a la cocina.
Esperé a que se alejara y encendí el portátil.
Durante el arranque, Damián permaneció de pie junto a la abertura de la suite, observando el pasillo.
Su postura había cambiado desde que encontramos la nota.
Ya no fingía ser un pasajero discreto ni intentaba ocultar que vigilaba cada movimiento.
La acreditación seguía guardada, pero algo en la rigidez de los hombros y la forma de girar la cabeza hacía innecesario verla.
—Si continúa mirando así, todo el mundo sabrá que es policía —dije.
—No soy policía.
—Eso no mejora su discreción.
—Concéntrese en el vídeo.
Desactivé todas las conexiones y conecté la tarjeta mediante un adaptador.
Aparecieron diecisiete archivos. Los primeros eran fotografías del aeropuerto, varias tomadas desde lejos y con suficiente ampliación para identificar rostros que a simple vista habrían resultado irreconocibles.
En una aparecía César Llorente junto a una columna de la terminal.
En otra hablaba con un empleado de operaciones.
La tercera mostraba a Samuel caminando hacia el control de tripulaciones, con una carpeta debajo del brazo y el teléfono pegado a la oreja.
Damián se inclinó sobre la pantalla.
—Abra esa.
La imagen no contenía nada extraordinario. Samuel estaba solo, visto de perfil, con el uniforme completo y una expresión seria mientras escuchaba la llamada. Al fondo se distinguía una de las entradas reservadas al personal.
—¿Qué busca? —pregunté.
—La hora.
Los metadatos indicaban que la fotografía se había tomado treinta y siete minutos antes de que comenzara la reunión de la tripulación.
—¿Por qué le parece importante?
—Nadia no fotografió a los demás pilotos.
—Quizá Samuel era el único que hablaba por teléfono.
—O el único que le interesaba.
Pasamos a la siguiente. Samuel seguía en el mismo lugar, aunque ahora había bajado el teléfono y observaba hacia la izquierda. En el borde de la imagen aparecía una parte del rostro de Llorente.
No estaban juntos. Entre ambos había suficiente distancia para que la coincidencia siguiera siendo casual, pero el copiloto parecía mirar exactamente hacia él.
—¿Se conocían? —pregunté.
—Orduña dice que no.
—Llorente también lo decía.
Damián amplió la imagen hasta que los píxeles empezaron a deformar los contornos.
La mirada de Samuel permanecía dirigida hacia la zona donde estaba Llorente, aunque no podíamos saber si observaba al empresario, una pantalla situada detrás o a cualquier persona que hubiera quedado fuera del encuadre.
—No demuestra nada —dijo.
—Pero la ha guardado mentalmente.
—Usted también.
No discutí.
Abrimos el primer vídeo.
Nadia había colocado la cámara dentro de la funda rectangular, con la cremallera abierta lo suficiente para dejar libre el objetivo.
La perspectiva era baja y ligeramente inclinada, pero permitía ver el pasillo central de primera clase, la entrada de la cocina delantera y parte de la puerta de 3K.
No se distinguía el interior de las suites, salvo cuando alguna puerta permanecía completamente abierta.
La grabación empezaba durante el embarque.
El sonido era deficiente. Las voces aparecían mezcladas con la ventilación, el movimiento de equipajes y el murmullo de los pasajeros.
El vídeo mostraba a Lucía ofreciendo bebidas, a Álex entrando y saliendo de la cocina y a mí acompañando a Llorente hasta su suite.
Verme desde fuera resultó más desagradable de lo que esperaba.
Caminaba demasiado rígido, mantenía las manos unidas delante del cuerpo y sonreía con una expresión que parecía pedir disculpas por ocupar espacio.
—Parece que lo llevan detenido —dijo Damián.
—Estoy acompañando a un pasajero.
—Él parece el escolta.
—No sabía que estaba siendo grabado.
—La gente no suele cambiar de postura al saberlo. Solo empeora.
Adelanté unos segundos.
Samuel apareció en el pasillo y se acercó a 3K. Llorente permanecía dentro, visible apenas como una silueta. El vídeo no registraba con claridad la conversación, pero sí mostraba el momento en que el empresario apartó la mirada y colocó ambas manos sobre el maletín.
Detuve la imagen.
—Ahí.
—¿Qué?
—Mire su cuerpo. Antes de que Samuel llegara estaba inclinado hacia el pasillo. Cuando lo vio, retrocedió.
Damián observó varias veces la secuencia.
—Puede que solo quisiera proteger el maletín.
—¿De un piloto que le estaba dando la bienvenida?
—El miedo no siempre se dirige hacia la persona más cercana.
—Pero suele elegir hacia dónde mira.
Continuamos.
La cámara registró el final del embarque, el cierre de puertas y parte de la demostración de seguridad.
En algunos momentos la imagen quedaba cubierta por una revista o por la mano de Nadia, que ajustaba la posición desde el asiento.
Después la cabina se oscurecía y solo permanecían las franjas de iluminación del suelo, las luces individuales y los reflejos que aparecían sobre las ventanillas.
Durante el rodaje no se veía movimiento en 3K. Llorente seguía sentado y el pasillo permanecía vacío. La cámara continuó grabando durante el despegue, aunque la vibración convertía la imagen en una sucesión de pequeñas sacudidas.
—No podía introducir la nota ningún pasajero en ese momento —dije.
—Podían levantarse aunque estuviera prohibido.
—Habrían pasado delante de la cámara.
—La cocina queda parcialmente fuera del ángulo.
—Para entrar o salir hay que cruzar esa franja.
Señalé el extremo derecho de la pantalla. La cámara no veía el interior completo de la cocina, pero registraba el acceso desde el pasillo y la zona superior de la escalera. Cualquiera que llegara desde las suites tendría que aparecer, aunque solo fuera durante un segundo.
Adelantamos la grabación hasta que se apagó la señal de cinturones.
Eva y yo nos levantamos casi al mismo tiempo. En el vídeo aparecíamos hablando junto a los asientos de tripulación antes de dirigirnos a la cocina. Álex llegó desde la parte posterior, seguido por Amira. Lucía comenzó a atender las primeras llamadas.
—A partir de aquí el carro está dentro de la cocina —dije.
—Y fuera de la cámara.
—Pero todos los accesos siguen visibles.
Reprodujimos la secuencia sin acelerar.
Yo entraba en la cocina.
Eva salía con una bandeja.
Álex atravesaba el pasillo con varias copas.
Amira se agachaba junto a un compartimento.
Lucía pasaba en dirección contraria.
Ningún pasajero se acercó durante los primeros cuatro minutos. La señal acababa de apagarse y algunos se levantaron más atrás, pero en primera clase todos permanecían en sus suites.
A los cinco minutos, Damián apareció caminando hacia el baño delantero con el periódico bajo el brazo.
—Ahí está usted —dije.
—Sé reconocerme.
—No parecía tan seguro cuando fingía que no me conocía.
En la grabación nos cruzábamos. Yo llevaba la bandeja con la botella. Damián reducía el paso y giraba ligeramente la cabeza para observarla. Después entraba en el baño.
Detuve el vídeo.
—Sabía que era la botella de Llorente.
—Sabía que existía un servicio especial.
—Nadie le había dicho cómo era.
—La observé durante el embarque.
—¿Desde dónde?
—Desde mi asiento.
—Estaba dentro de un compartimento precintado.
Damián me miró.
—Llorente me había enviado una fotografía.
Aquella era una información nueva.
—¿La misma que él utilizó para comparar el número?
—Probablemente.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no sabía que el número importaría.
—¿Qué contenía el mensaje?
Damián desvió la vista hacia el pasillo.
—Una fotografía de la botella y una frase.
—¿Cuál?
—Que solo debía confiar en el envase con ese número.
—Entonces sabía que alguien podía sustituirlo.
—O temía que lo hicieran.
—No es lo mismo.
—En su cabeza empezaba a serlo.
—¿Conserva la fotografía?
Sacó el teléfono, abrió una carpeta protegida y me mostró la imagen. Era la misma botella, apoyada sobre una superficie de mármol, con el número de serie claramente visible. Debajo aparecía una línea escrita por Llorente.
Si llega otra, no la toques.
—¿Cuándo lo envió?
—Esta tarde.
—¿Quién había preparado la botella?
—No lo sé.
—¿Quién eligió la marca?
—Él.
—¿Y por qué necesitaba reconocer un número concreto?
Damián guardó el teléfono.
—Creía que podía enviar información dentro del tapón.
Miré hacia la suite 3K.
—¿La tarjeta estaba en la botella?
—Era una posibilidad.
—¿Y usted permitió que bebiera de ella?
—No sabía si finalmente había utilizado ese método.
—Podría haberla recogido después del embarque.
—Llorente no quería entregármela hasta confirmar que el vuelo era seguro.