El pasajero de la 3K Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

—Antes quiero saber qué ha ocurrido.

—Una emergencia médica.

—Una emergencia médica no hace que un agente de seguridad registre una suite con guantes.

El agente se quedó inmóvil.

—¿Cómo sabe quién soy?

—No sabía quién era hasta que mostró la placa delante de mí.

—Estaba detrás de la cortina.

—La cortina no es una pared.

Nadia miró hacia la puerta cerrada de 2A. Su voz perdió parte de la firmeza.

—Llorente ha muerto, ¿verdad?

No respondimos.

No hacía falta.

Cerró los ojos un instante y apretó la tarjeta entre los dedos.

—Entonces el vídeo les interesa.

—Entréguelo.

—A cambio de que no borren nada y de que quede constancia de que es mío.

—No está en posición de negociar.

—Siempre estamos en posición de negociar cuando tenemos algo que otra persona necesita.

Damián parecía dispuesto a quitarle la tarjeta, pero levanté una mano.

—¿Qué muestra?

Nadia me miró.

—La cámara estaba orientada hacia el pasillo desde antes de que comenzara el servicio. Se ve la suite 3K, la entrada de la cocina y parte del carro cuando lo sacasteis.

—¿Grabó a Llorente?

—No dentro de la suite.

—¿Y a quienes se acercaron?

—Sí.

—Entonces sabremos quién pudo introducir la nota.

—Tal vez.

La forma en que pronunció las palabras indicó que ya había visto algo.

—¿Quién? —preguntó Damián.

Nadia dejó la tarjeta sobre la mesa y apoyó un dedo encima.

—Nadie.

El agente frunció el ceño.

—Explíquese.

—Desde que sacaron el carro hasta que el tripulante encontró el papel, nadie levantó la bandeja ni manipuló la parte inferior. El carro estuvo siempre acompañado por un miembro de la tripulación.

—Entonces la nota ya estaba dentro.

—No necesariamente.

—Montalbán asegura que revisó el espacio antes del despegue.

—Quizá miente.

—O alguien la introdujo después de que sustituyera el precinto y antes de que empezara a grabar —dije.

Nadia me miró con un interés nuevo.

—Eso reduce bastante el tiempo.

—Desde el final del embarque hasta que colocó la cámara.

—Unos veinte minutos.

—Durante los cuales la cocina estuvo ocupada por tripulantes y pilotos.

Damián extendió de nuevo la mano.

Esta vez Nadia le entregó la tarjeta.

—Quiero estar presente cuando la revisen.

—No.

—Hay material periodístico protegido.

—Hay una muerte.

—Una cosa no anula la otra.

—Esta noche sí.

Damián guardó la tarjeta dentro de otra bolsa.

Nadia se levantó.

—Llorente iba a hablar conmigo en Madrid.

El agente se volvió.

—¿Sobre qué?

—Sobre su empresa.

—¿Era usted quien publicaría los archivos?

—No tenía los archivos.

—Pero sabía que existían.

—Sabía que tenía algo suficiente para hundir a mucha gente.

—¿Quién más sabía que se reunirían?

Nadia vaciló.

—Mi editor.

—Nombre.

—No voy a dárselo sin garantías.

—Su fuente está muerta y alguien acaba de amenazar con matar otra vez. Esas son las garantías que tenemos.

Nadia palideció, aunque mantuvo la barbilla alta.

—Llorente me envió un mensaje esta tarde. Dijo que, si no llegaba a Madrid, buscara al hombre que siempre viajaba delante de la carga.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé.

—¿Piloto? —pregunté.

Nadia me miró.

—Eso pensé.

El rumor de las turbinas pareció descender un tono.

Samuel viajaba delante de la carga en un sentido literal. También los pilotos, la tripulación de cabina y cualquiera situado en la parte delantera del avión. La frase podía ser una clave, una metáfora o una acusación incompleta.

—¿Por qué no se lo dijo a Mena? —pregunté.

—Porque no sabía que Mena existía.

—Llorente debía entregar la tarjeta a seguridad, no a una periodista.

—Llorente prometía cosas distintas a todo el mundo.

Damián no discutió esa descripción.

—Regrese a su asiento —ordenó—. No hable con nadie y no vuelva a utilizar ningún dispositivo sin autorización.

—No puede incomunicarme.

—Pruébeme.

Nadia se sentó, aunque sus ojos continuaron siguiendo la tarjeta hasta que salimos.

En el pasillo, Damián se detuvo junto a la ventanilla. El cristal devolvía nuestro reflejo sobre la noche. Dos hombres con uniforme oscuro, uno oficial y otro prestado por la compañía, suspendidos sobre una oscuridad sin referencias.

—Necesitamos ver el vídeo —dije.

—Primero en un dispositivo aislado.

—¿Tiene uno?

—No.

—Yo llevo un ordenador.

—¿Con conexión?

—Puede mantenerse fuera de línea.

—Tráigalo.

Caminé hacia el compartimento donde guardábamos los equipajes de la tripulación.

Mientras lo abría, miré el mapa de vuelo en una de las pantallas.

Continuábamos hacia el oeste, siguiendo exactamente la ruta prevista.

El icono del avión avanzaba con una serenidad insultante, como si el rumbo fuera solo una línea y no una decisión que alguien acababa de prohibirnos modificar.

El comandante no había obedecido la amenaza.

Tampoco la había desafiado todavía.

Nos encontrábamos en el intervalo más peligroso: el momento en que el asesino podía creer que aún controlaba la situación y nosotros fingíamos no haber empezado a buscarlo.

Saqué el ordenador y lo sostuve contra el pecho.

A mi alrededor, las puertas de las suites permanecían cerradas.

Los pasajeros empezaban a dormir. Las luces se habían reducido hasta dejar únicamente franjas tenues en el suelo y puntos amarillos sobre algunos asientos.

El ruido marrón de los motores cubría respiraciones, movimientos y conversaciones pronunciadas en voz baja.

Quien hubiera colocado la nota podía estar a pocos metros, escuchando el mismo sonido tranquilizador que yo.

La diferencia era que, para él, aquel avión no era un refugio.

Era tiempo.

Seis horas de cabina cerrada, oscuridad y personas incapaces de escapar.

Y acabábamos de descubrir que, antes de despegar, alguien de uniforme había tenido acceso a la botella, al carro y al hombre que ahora yacía detrás de una puerta marcada como averiada.