Capítulo 8 #3
—Acabas de decir que viniste con Amira.
—No recuerdo el orden exacto.
La contradicción era pequeña, pero su nerviosismo la hizo crecer.
Damián apoyó la bolsa sobre la superficie.
—¿Por qué subió antes que el resto de la tripulación?
—Para preparar la cocina.
—¿Quién se lo pidió?
—Nadie. Quería adelantar trabajo.
Eva lo miró con una expresión que habría obligado a confesar delitos más graves.
—En siete años nunca has querido adelantar trabajo.
—La gente cambia.
—Tú no tanto.
Álex se apoyó contra el armario.
—Había quedado con una compañera.
—¿Qué compañera? —preguntó Damián.
—No importa.
—Esta noche casi todo importa.
—No tiene relación con Llorente.
—Entonces será fácil explicarlo.
Álex cerró los ojos un instante.
—Nuria.
Eva no mostró sorpresa, aunque yo sí. Nuria llevaba meses manteniendo una relación intermitente con un supervisor de tierra casado, según la información que circulaba dentro de la compañía y que yo intentaba no conocer. Álex y ella no habían mostrado ningún interés especial durante el vuelo de ida.
—¿Quedaste con Nuria dentro del avión? —pregunté.
—Solo queríamos hablar.
—¿A solas en una cocina sin cámaras?
—No era para hablar mucho.
Comprendí la frase un segundo después que Damián y varios segundos antes de desear no haberlo hecho.
Eva cerró la tableta.
—No necesito detalles.
—Él los ha pedido.
—Necesito saber dónde estuvo —dijo Damián—. No cómo aprovechó el tiempo.
Álex respiró con alivio.
—Subí por la puerta inferior y vine directamente a la cocina superior. Nuria llegó unos minutos después. Estuvimos aquí poco tiempo porque apareció un empleado de catering.
—¿Quién?
—No sé su nombre. Uniforme azul, acreditación amarilla.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre. Unos cuarenta años. Barba.
—¿Qué hizo?
—Comprobó varios compartimentos, dejó la caja de Llorente y revisó los carros.
—¿La caja blanca estaba cerrada?
Álex asintió.
—Sí.
—¿Viste la botella?
—No abrió la caja delante de mí.
—Antes dijiste que quizá habías visto la caja, pero no estabas seguro.
—No quería explicar por qué estaba aquí.
La mentira adquiría ahora un motivo que no tenía relación aparente con el crimen. Eso no lo convertía en inocente, aunque explicaba parte de su evasión.
—¿El compartimento U cuatro diecisiete estaba precintado cuando el empleado se marchó? —pregunté.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—No estaba mirando sus manos todo el tiempo.
—¿Qué estabas mirando?
Álex abrió la boca, pero Eva levantó una mano.
—No respondas.
Damián continuó.
—¿Quién más entró en la cocina antes de que llegara el resto?
—Nuria, el empleado de catering y Samuel.
El nombre cayó con más peso que los anteriores.
—¿Samuel Orduña? —preguntó el agente.
—Sí.
—¿Por qué vino?
—Buscaba la botella especial.
—¿La pidió antes o después de que el empleado precintara el armario?
Álex frunció el ceño.
—Antes, creo.
—¿La caja ya estaba allí?
—Sí.
—¿Samuel la abrió?
—No lo vi.
—¿Se quedó solo?
Álex miró hacia Eva.
—Un momento.
—¿Cuánto?
—Nuria y yo salimos por la escalera trasera cuando escuchamos llegar a alguien. No queríamos que nos encontraran juntos.
—¿Y Samuel quedó dentro?
—Supongo.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Dos minutos. Quizá tres.
—¿Después lo viste salir con una bolsa?
Álex pensó.
—Llevaba algo de papel marrón, sí.
—La bolsa donde estaba la botella —dije.
—Puede ser.
La cocina parecía haber reducido su tamaño.
Los armarios, carros y superficies metálicas rodeaban a Álex mientras la secuencia empezaba a adquirir una forma distinta.
La botella había estado dentro de la caja.
El empleado de catering la había colocado allí.
Samuel llegó preguntando por ella. Álex y Nuria abandonaron el espacio, dejándolo solo.
Más tarde, operaciones registró una entrega directa al primer oficial y el compartimento apareció precintado con la caja vacía.
—¿Viste quién puso el precinto? —pregunté.
—No.
—¿Y el carro donde apareció la nota?
—Ya estaba cargado.
—¿Samuel se acercó a él?
—Todos nos acercamos a los carros.
Damián observó el compartimento donde habíamos encontrado el mensaje.
—¿Rompiste algún sello antes del despegue?
Álex negó demasiado deprisa.
—No.
Eva lo miró.
—Álex.
—No.
—Mírame.
Lo hizo.
—¿Rompiste algún sello antes del despegue?
El silencio se prolongó hasta que un pasajero tosió en una suite cercana.
—Uno —admitió al fin.
—¿Cuál?
—El carro de bebidas.
El mismo.
—¿Por qué? —preguntó Damián.
Álex se frotó la nuca.
—Quería sacar dos miniaturas.
Eva cerró los ojos. No parecía sorprendida, solo cansada de confirmar algo que ya sabía.
—Te advertí específicamente sobre los sellos.
—Las repuse.
—¿Repusiste las botellas o el precinto?
—Las botellas no. El precinto.
Damián se acercó.
—¿Cómo?
—Hay tiras de reserva en el cajón de documentación.
—¿Con numeración registrada?
—No todas. Algunas vienen en secuencia.
—El número coincidía con el manifiesto —dije.
—Cogí uno igual.
—Eso no es posible por casualidad.
—No fue casualidad. Miré el número original antes de romperlo y busqué otro de la misma serie.
Eva lo observaba como si estuviera decidiendo si podía despedirlo en pleno vuelo.
—¿Sabes la gravedad de lo que has hecho?
—Solo quería dos botellas.
—Has destruido la cadena de seguridad de un carro donde ha aparecido una amenaza de muerte.
Álex perdió color.
—La nota no estaba cuando lo abrí.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Antes dijiste que estaba debajo de una bandeja —recordé—. No podías verla sin retirar parte de la carga.
—No estaba.
—¿Levantaste la bandeja?
No respondió.
—Álex.
—Sí.
—¿Por qué?
—Las miniaturas estaban al fondo.
—Entonces viste el espacio donde apareció la nota.
—Sí.
—¿Estaba vacío?
—Sí.
Damián y yo nos miramos.
Si decía la verdad, el mensaje había sido colocado después de que Álex rompiera el precinto y antes de que lo encontrara durante el servicio.
El responsable no necesitaba acceder al carro sellado en tierra.
Solo necesitaba conocer que el sello había sido sustituido o aprovechar algún momento posterior en que el carro quedó sin vigilancia.
—¿Quién sabía que lo habías abierto? —preguntó Damián.
—Nuria.
—¿Nadie más?
Álex vaciló.
—Samuel me vio.
—¿Cuándo?
—Cuando volvió a la cocina. El carro estaba abierto y yo tenía las miniaturas fuera.
—¿Qué dijo?
—Que lo cerrara antes de que llegara Eva.
Eva no se movió, pero algo cambió en su mirada.
—¿No te informó?
—No.
—¿Te ayudó a encontrar el precinto de sustitución?
—Me dijo en qué cajón estaban.
El primer oficial conocía la irregularidad.
No solo la conocía. Había ayudado a ocultarla.
La explicación inocente seguía existiendo: un piloto que evitaba una incidencia menor antes del embarque, un gesto imprudente para proteger a un tripulante o impedir un retraso. Sin embargo, la botella, el registro y la nota empezaban a rodearlo desde direcciones distintas.
—¿Entró alguien después? —pregunté.
—No lo sé. Nuria y yo bajamos a buscar material. Cuando regresamos, había personal de limpieza y mantenimiento por todas partes.
—¿El carro quedó abierto?
—Lo cerré con el precinto nuevo.
—Pero cualquiera que supiera reemplazarlo podía volver a hacerlo.
Álex se dejó caer contra el armario.
—No maté a Llorente.
Nadie lo había acusado todavía.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Damián.
—Porque me estáis mirando como si lo hubiera hecho.
—Mentiste sobre el acceso, rompiste un sello, alteraste un número de seguridad y ocultaste que Samuel estuvo aquí.
—Porque Eva me habría despedido.
—Todavía puedo hacerlo —dijo ella.
—No sabía que iba a morir nadie.
Su voz había perdido la ligereza habitual.
Por primera vez desde que lo conocía, Álex parecía comprender que sus pequeñas trampas no eran solo faltas internas que podían resolverse con una reprimenda.
Alguien había utilizado una vulnerabilidad que él mismo había creado, y quizá lo había hecho contando con su costumbre de ocultar errores.
Damián recogió la nota.
—No salga de la cubierta superior sin avisar. No hable de esto con Nuria ni con ningún otro tripulante.
—Tengo que trabajar.
—Trabajará donde Eva pueda verlo.
—¿Soy sospechoso?
—Todos lo somos.
Álex me miró.
—Tú también estabas aquí.
—Llegué después.
—Pero fuiste quien llevó la botella.
La frase me golpeó porque contenía la acusación que Mena había formulado junto al cadáver.
—Sí.
—Y fuiste quien encontró a Llorente.
—También.
—Qué conveniente.
Eva se interpuso antes de que la conversación cambiara de dirección.
—Basta. Álex, ve a la cocina trasera con Amira y no toques ningún carro precintado. Jero, acompaña a Mena. Yo hablaré con Nuria.
Álex salió sin mirarnos.
Lo observé desaparecer por el pasillo. No creía que hubiese matado a Llorente. Su mentira era torpe, egoísta y completamente coherente con alguien que intentaba ocultar una relación y el robo de dos miniaturas. Pero su imprudencia había abierto una puerta.
Y alguien había sabido atravesarla.
Damián volvió a examinar el papel dentro de la bolsa.
—La nota se introdujo después de que Montalbán revisara el fondo del carro.
—Si dice la verdad.
—La dice sobre esa parte.
—¿Cómo puede saberlo?
—La gente miente mejor cuando protege algo importante. Él estaba protegiendo una estupidez.
No pude discutirlo.
Lucía apareció en la entrada de la cocina.
—Jero, tienes que ver esto.
—¿Qué ocurre?
—Nadia Ferrer quiere presentar una queja porque hemos retenido su cámara.
—Mena se la pidió.
—No es eso.
Lucía miró hacia el pasillo antes de bajar la voz.
—Dice que puede demostrar que Álex no puso la nota durante el servicio.
Damián guardó la bolsa.
—¿Cómo?
—Grabó el carro.
Nadia nos esperaba en 4A, sentada con los brazos cruzados y la cámara sobre la mesa. Había retirado la tarjeta de memoria y la sostenía entre dos dedos.
—No estaba fotografiando al señor Llorente —dijo antes de que preguntáramos—. Estaba grabando el pasillo.
—¿Por qué? —preguntó Damián.
—Porque creía que alguien intentaría acercarse a él.
—Usted sabía que estaba amenazado.
—Sabía que tenía miedo.
—No es lo mismo.
—Para una periodista suele ser suficiente.
Damián extendió la mano.
—La tarjeta.
Nadia no se la entregó.