Capítulo 8 #2
Eva asintió, aunque su expresión indicaba que añadir una falsa avería a un cadáver oculto no figuraba entre sus procedimientos favoritos.
—También necesitamos registrar el maletín de Llorente —dijo Damián—. Si la tarjeta está dentro, la amenaza pierde parte de su objetivo.
—¿Puede abrirlo sin destruirlo? —preguntó Alcázar.
—Todavía no.
—Entonces no lo rompa hasta que hayamos documentado todo. Si hay un homicidio, ese maletín llegará a tierra como prueba.
—Si llegamos a tierra con él.
El comandante sostuvo su mirada.
—Llegaremos.
No elevó la voz ni añadió ninguna promesa. Aun así, la frase ocupó la cabina con una firmeza que consiguió, durante un instante, que todos la creyéramos.
Samuel se inclinó hacia una de las pantallas.
—Hay algo más.
Pulsó varios controles y mostró la página de planificación que había preparado.
—Si efectuamos un desvío, tendremos que iniciar el descenso con tiempo. Un A380 no desaparece de la ruta sin que lo sepan control aéreo, operaciones, el aeropuerto de destino y media docena de departamentos. No existe un cambio de rumbo secreto.
—No hace falta que sea secreto durante todo el descenso —dijo Damián—. Solo hasta que el responsable no pueda reaccionar.
—¿Y qué considera reaccionar? ¿Provocar otra muerte? ¿Intentar acceder a la cabina? ¿Amenazar con algo que haya introducido a bordo?
—Eso es lo que debemos averiguar antes.
—Usted llevaba meses investigando a Llorente y no sabe quién quería matarlo.
Damián se acercó un paso.
—Sé quiénes podían quererlo muerto. Lo que no sé es cuál de ellos está sentado detrás de esa puerta.
—Quizá porque no está sentado detrás.
El agente se detuvo.
—¿Qué quiere decir?
Samuel señaló la bolsa con la nota.
—Puede ser un miembro de la tripulación.
El silencio regresó, aunque esta vez no se dirigió hacia mí, sino hacia Eva.
Ella no se movió.
—Mis tripulantes han pasado controles —dijo.
—También el personal de catering.
—No es lo mismo.
—Para alguien que conoce el sistema, puede ser más fácil trabajar dentro que engañarlo desde fuera.
—¿Está acusando a alguien?
—Estoy contestando a la pregunta de Baeza antes de que la formule.
No había pensado formularla, pero su respuesta hizo que lo hiciera de todos modos.
—¿Quién conocía la composición de la tripulación antes de esta noche?
Samuel apartó la vista hacia las pantallas.
—Operaciones.
—¿Y los pilotos?
—Recibimos el listado esta tarde.
—Llorente cambió el vuelo porque quería confirmar que nadie había cambiado la tripulación.
Damián se volvió hacia mí con brusquedad.
No le había gustado que revelara aquel detalle.
Samuel giró el asiento lo suficiente para mirarlo.
—¿Es cierto?
El agente tardó en responder.
—Es algo que dijo en el hotel.
—¿Buscaba a una persona concreta?
—No lo explicó.
—O usted no quiere explicarlo.
Damián ignoró la acusación.
—Llorente desconfiaba de todos. Cambiaba procedimientos, códigos y lugares incluso cuando no existía una amenaza nueva. Su miedo no demuestra que reconociera a nadie.
—Rechazó la botella al saber que había pasado por mis manos —dijo Samuel.
Aquella vez no fui yo quien lo mencionó.
—¿Por qué cree que lo hizo? —preguntó Damián.
—Porque estaba paranoico.
—O porque lo conocía.
Samuel no respondió de inmediato. El reflejo de las pantallas convertía su rostro en una superposición de luces verdes, blancas y azules.
—Nunca había hablado con él antes de esta noche.
—Lo saludó por su nombre durante el embarque —dije.
—Habíamos recibido una fotografía y una ficha.
—También preguntó varias veces si había bebido de la botella.
—Porque operaciones me había hecho responsable de entregarla.
—Ya la había entregado.
—Y si desaparecía o se quejaba, mi nombre seguía en el registro.
La explicación resultaba razonable. Demasiado razonable, quizá, aunque empezaba a sospechar de cualquier frase que encajara sin esfuerzo.
Alcázar señaló la puerta.
—Basta. No investigaremos desde aquí mientras el avión necesita dos pilotos concentrados en volarlo.
Samuel volvió a situarse frente a los mandos.
La observación del comandante no implicaba que el aparato estuviera en peligro inmediato, pero recordar su función devolvió cierta proporción a la escena.
Delante de nosotros había instrumentos, comunicaciones y un vuelo que continuaba atravesando la noche.
Detrás, un crimen. No podíamos permitir que uno absorbiera completamente al otro.
Damián recogió la bolsa con la nota.
—Necesito hablar con la tripulación que preparó el carro.
—De uno en uno —ordenó Eva—. Sin reunirlos y sin mencionar el mensaje. Diremos que revisamos una discrepancia de inventario.
—También con los pasajeros que observaron la suite —añadí.
—¿Qué pasajeros? —preguntó Alcázar.
—Nadia Ferrer, Mara Esquivel y quienes estaban en las suites próximas. Nadia asegura que nadie entró en 3K. Mara conocía a Llorente. Mena estaba en 7A.
—Yo no soy un pasajero relevante —dijo Damián.
—Es el único que sabía que llevaba una tarjeta.
—También el asesino.
—Eso lo vuelve relevante.
Eva me miró como si estuviera calculando cuántas normas podía infringir antes de decidir devolverme a la cocina.
Alcázar, en cambio, asintió.
—Baeza conoce los movimientos de la cabina. Que acompañe al agente, pero no quiero que ninguno de los dos convierta el avión en una comisaría. Observad antes de preguntar. Todo debe parecer parte del servicio.
—Eso es lo que mejor sé hacer —dije.
Samuel soltó una risa breve sin apartar la vista de los instrumentos.
—Servir agua y sospechar de la gente.
—No necesariamente en ese orden.
La respuesta provocó una mirada rápida de Eva. Había sido una frase aceptablemente ingeniosa y había salido a tiempo. En cualquier otra noche habría dedicado unos minutos a sentir una satisfacción desproporcionada. Aquella vez apenas la registré.
Salimos de la cabina.
La puerta se cerró a nuestra espalda y el sonido ambiente cambió de inmediato.
Las voces, los avisos y los motores ocuparon otra vez el espacio.
En el corredor delantero, una madre caminaba con un bebé apoyado contra el hombro.
Al vernos, sonrió con cansancio y se disculpó por estar fuera del asiento.
Eva le indicó con suavidad que podía continuar unos minutos si la señal permanecía apagada.
La vida normal seguía buscando huecos entre nosotros.
Subimos a la cubierta superior. Damián caminaba delante, pero al llegar al primer descansillo redujo el paso hasta situarse a mi lado.
—No vuelva a revelar información que yo le haya dado.
—No dijo que fuera confidencial.
—Todo lo relacionado con esta operación lo es.
—Entonces debería haber empezado por explicarme que existía una operación.
—No tenía autorización.
—Tampoco tenía autorización para pedirme que mantuviera vivo a Llorente.
—Lo intenté.
—Lo utilizó.
Se detuvo en mitad de la escalera. Varios peldaños más arriba, Eva continuó caminando sin mirar atrás, aunque sabía que podía oírnos.
—Necesitaba a alguien que se acercara sin llamar la atención —dijo Damián.
—Y eligió al tripulante que llevaba la botella.
Su expresión cambió apenas.
—Yo no sabía que se la entregaría usted.
—Sabía que trabajaba en primera clase. Había revisado la lista.
—Sí.
—Me observó en el hotel, me siguió por el aeropuerto y después fingió que no me conocía.
—Necesitaba comprobar que nadie lo relacionara conmigo.
—¿Y si yo hubiera sido el asesino?
—No lo creía.
—Qué alivio.
—Ahora no estoy tan seguro.
La frase habría sonado a amenaza en boca de otra persona. En la suya parecía una prueba.
—Si lo fuera, no habría guardado la botella ni le habría contado las irregularidades.
—Los culpables también ayudan a investigar cuando quieren controlar la dirección.
—Eso ocurre mucho en las novelas.
—Y en las investigaciones.
—Entonces tendremos que vigilarnos mutuamente.
Damián me observó. Durante unos segundos pareció debatirse entre apartarme del caso o aceptar que ya estaba demasiado dentro.
—No confíe en nadie por su uniforme —dijo al final.
Miré hacia arriba, donde Eva nos esperaba junto a la entrada de primera clase.
—Eso la incluye.
—La incluye a ella, a mí y a usted.
—Mi uniforme no me inspira demasiada confianza desde que descubrí que puede necesitar plancha después de sentarme diez minutos.
Damián no sonrió.
No era un público agradecido.
Atravesamos la cortina. La primera clase permanecía prácticamente vacía de movimiento.
Las puertas de varias suites estaban cerradas, las luces individuales se habían atenuado y el servicio había terminado.
Lucía recogía discretamente las últimas copas mientras Amira preparaba la cocina para la noche.
La suite 2A continuaba aislada con una etiqueta de mantenimiento colocada sobre la puerta.
Nadie habría adivinado que detrás había un cuerpo.
Álex estaba dentro de la cocina delantera, contando botellas.
Cuando nos vio entrar, dejó la lista.
—¿Qué ha dicho el comandante?
Eva respondió antes que Damián.
—Que debemos revisar el inventario completo por la discrepancia del carro.
Álex miró hacia la bolsa amarilla.
—Eso no es inventario.
—Y tú no necesitas saber más por ahora.
—Encontré la nota.
—Precisamente por eso quiero reconstruir cada momento desde que subiste al avión.
Álex se pasó una mano por el pelo.
—Ya os lo he contado.
—Lo contarás otra vez —dijo Damián—. Desde el principio.
Eva abrió la tableta y fingió consultar la documentación del servicio por si algún pasajero observaba desde el pasillo.
—¿A qué hora entraste en la aeronave?
—Antes que vosotros. Sobre las veintiuna cincuenta.
—La tripulación llegó después de las veintidós —dije.
—Los de apoyo local subimos antes para revisar catering.
—Tú no eres de la base local.
Álex tardó una fracción de segundo demasiado larga.
—Vine con Amira desde la zona de descanso.
—Llegaste al hotel con nosotros —dijo Eva.
—Sí, pero en el aeropuerto me adelanté con el personal local porque Nuria necesitaba ayuda.
—Nuria no estaba aquí todavía —respondió Eva.
Álex miró hacia el pasillo, como si esperara que ella apareciera para corregirla.
—Entonces sería Amira.