Capítulo 8
Nadie cambia de rumbo
La amenaza llegó a la cabina de mando dentro de una bolsa para residuos biológicos.
No disponíamos de un recipiente específico para transportar mensajes de un asesino, y Eva había decidido que aquella era la forma más segura de evitar que alguien tocara el papel, lo doblara o lo perdiera entre la documentación ordinaria.
Damián Mena llevaba la bolsa cogida por uno de los extremos mientras descendíamos la escalera delantera, con el texto visible a través del plástico amarillo.
DEVOLVED LA TARJETA.
NO CAMBIÉIS DE RUMBO.
LLORENTE NO SERÁ EL ÚLTIMO.
Las palabras parecían todavía más absurdas dentro de aquel envoltorio, como una nota de equipaje que hubiera adquirido intenciones homicidas.
Cada vez que el avión modificaba ligeramente la inclinación, el papel se desplazaba en el interior y la última frase quedaba oculta detrás de un pliegue.
No necesitaba verla para recordarla. Se había instalado en mi cabeza con la misma precisión que un procedimiento de emergencia.
Llorente no será el último.
No decía puede no serlo. Tampoco habrá consecuencias ni ninguna de esas expresiones ambiguas que permiten a quien amenaza fingir más tarde que solo pretendía asustar. Prometía otra muerte con la seguridad de alguien que ya había demostrado su capacidad para cumplir la primera.
Al llegar a la puerta de la cabina, Eva se detuvo.
—Jero, vuelve arriba.
—He encontrado la nota.
—La encontró Álex.
—Yo estaba presente cuando abrimos el carro.
—Y por eso ya has dicho todo lo que sabes.
Damián observó el mensaje antes de intervenir.
—Necesito que entre.
Eva volvió la cabeza hacia él.
—No puede necesitarlo para cada conversación.
—Ha reconstruido el recorrido de la botella, detectó la irregularidad del precinto y conoce los movimientos del servicio mejor que cualquiera de nosotros.
—Es tripulante, no investigador.
—Precisamente.
La palabra pareció molestarla más que si hubiera afirmado lo contrario.
—Tengo una cabina con más de quinientos pasajeros, un cadáver oculto, un servicio interrumpido y una tripulación que empieza a hacer preguntas —dijo—. No puedo perder a uno de mis responsables de primera clase cada vez que aparece una pista.
—No soy responsable —aclaré.
Eva me miró.
—No ayudes.
—Solo quería precisar.
—Lo has conseguido.
Damián guardó la identificación después de mostrarla a la cámara de seguridad.
—Cinco minutos.
—Eso dijisteis antes.
—Esta vez intentaremos que sean cinco minutos reales.
Eva no parecía creer que ninguno de los dos poseyera una relación estable con el tiempo, pero terminó llamando a la cabina. La puerta se abrió y Samuel nos dejó entrar.
El comandante Alcázar continuaba en el asiento izquierdo.
Había aumentado la iluminación de los paneles y consultaba una página de comunicaciones en una de las pantallas laterales.
En la mesa plegable situada a su lado descansaban varias hojas con aeropuertos alternativos, distancias y datos escritos a mano.
Samuel regresó al asiento derecho en cuanto cerró la puerta, aunque antes observó la bolsa amarilla que sostenía Damián.
—¿Qué es eso?
El agente la dejó sobre la superficie situada detrás de los pilotos.
Samuel leyó la nota sin tocarla. El comandante necesitó algo más de tiempo, como si cada línea pudiera adquirir un significado diferente al ser observada desde el asiento de mando.
—¿Dónde estaba? —preguntó.
—En el interior de un carro de bebidas de la cubierta superior —respondió Damián—. Debajo de una bandeja metálica, oculta tras varias botellas.
—¿El carro estaba sellado?
—El número del precinto coincidía con la documentación —dije—. Álex lo abrió después del despegue.
Samuel giró ligeramente la cabeza.
—¿Quién es Álex?
—Alejandro Montalbán —respondió Eva—. Tripulante de la cocina superior.
—¿Pudo introducirla él?
—Pudo —dijo Damián—. También pudo encontrarla después de haberla colocado otra persona.
—Eso incluye a cualquiera que tuviera acceso al avión antes del embarque —añadió Alcázar.
—Catering, limpieza, mantenimiento, operaciones y tripulación —enumeró Samuel—. Unas cien personas como mínimo.
—No todas conocían a Llorente ni sabían que viajaría —dije.
El primer oficial me miró a través del reflejo de una pantalla.
—Para amenazarlo no necesitaban conocer el nombre del pasajero al preparar el carro. Podían introducir la nota después.
—Debajo de la bandeja, no. Para hacerlo durante el servicio habría tenido que vaciar la parte inferior, levantar la pieza y volver a colocar las botellas. El carro permaneció a la vista.
—Según Álex.
—Según todos los que trabajamos con él.
—¿Tú lo vigilaste cada segundo?
—No.
—Entonces no sabemos cuándo apareció.
El razonamiento era correcto y, precisamente por eso, me irritó.
Samuel lo había formulado como si la incertidumbre anulase todos los demás datos, cuando en realidad solo ampliaba las posibilidades.
La nota podía haberse introducido en tierra, durante la preparación de la cabina o después del despegue.
Cada opción señalaba a un grupo distinto, pero ninguna convertía el mensaje en algo espontáneo.
El papel había sido impreso, cortado y colocado donde alguien sabía que acabaríamos encontrándolo.
Alcázar leyó otra vez la segunda línea.
—No cambiéis de rumbo.
—Puede ser una amenaza preparada con antelación —dijo Eva—. Si Llorente moría, un desvío era previsible.
—O alguien conoce nuestra conversación anterior —añadió Samuel.
Ninguno respondió de inmediato.
La cabina de mando estaba aislada del resto del avión por una puerta bloqueada, una cámara exterior y procedimientos que limitaban el acceso.
Durante la discusión sobre el desvío habíamos estado allí Alcázar, Samuel, Eva, Mara, Damián y yo.
Si el mensaje se hubiera escrito después, uno de nosotros tendría que haber comunicado la decisión o haber colocado la nota antes de que la encontráramos.
—No ha dado tiempo —dije—. Desde que salimos de aquí hasta que Álex apareció con el papel pasaron menos de diez minutos.
—Suficiente para enviar un mensaje —respondió Samuel.
—No para imprimirlo, introducirlo debajo de la bandeja y volver a montar un carro que estaba siendo utilizado.
—A menos que la nota ya estuviera preparada.
—Entonces no responde a nuestra decisión.
—Exacto.
Samuel parecía satisfecho de haber cerrado el círculo, aunque lo único que habíamos demostrado era que cualquiera de las dos explicaciones seguía siendo posible.
Damián apoyó las manos sobre el respaldo del asiento auxiliar.
—El autor no necesitaba saber qué decidiríamos. Solo tenía que anticipar la reacción lógica ante una muerte sospechosa. Lo importante no es que mencione el rumbo, sino que quiera mantenernos dentro del plan original.
—Madrid —dijo Alcázar.
—O las cinco horas que faltan hasta Madrid.
El comandante giró la silla.
—Explíquese.
—Tal vez el destino no importe. Quizá solo necesite tiempo para encontrar la tarjeta, eliminar otra prueba o acercarse a alguien que sigue vivo. Un desvío reduce ese margen.
—También puede querer que aterricemos en Madrid porque tiene apoyo preparado allí —dijo Eva.
—O porque sabe que estamos pensando exactamente lo contrario —añadió Samuel.
Todas las opciones parecían conducir a otra opción incompatible.
Era uno de los defectos de los misterios cuando dejaban de pertenecer a un libro.
En una novela, cada hipótesis equivocada existía para acercarte a la verdadera.
En la realidad, una hipótesis podía ser falsa, inútil y peligrosa al mismo tiempo, sin ofrecer nada a cambio.
Alcázar volvió a mirar las hojas con los aeropuertos alternativos.
—He preparado dos opciones —dijo—. No las transmitiremos todavía por los canales ordinarios.
Podemos mantener la ruta durante otra hora sin perder una ventana razonable de desvío.
Si la situación empeora o aparece una amenaza directa contra el aparato, aterrizaremos en el aeropuerto adecuado más próximo, diga lo que diga esa nota.
—¿Y si no empeora? —preguntó Damián.
—Seguiremos evaluándolo.
—Cada minuto favorece al responsable.
—Cada decisión precipitada puede favorecerlo más.
El agente no parecía satisfecho, pero la jerarquía dentro de la cabina no admitía demasiada interpretación. Mientras Alcázar estuviera consciente y el avión en vuelo, la decisión final le pertenecía.
Samuel señaló el mensaje.
—Deberíamos informar a tierra ahora.
—Lo haremos por un canal restringido —respondió el comandante—. Sin detallar todavía la sospecha de homicidio. Solicitaré coordinación de seguridad en Madrid y mantendremos preparadas las alternativas.
—Si la red que investigaban tiene acceso a operaciones, cualquier aviso puede llegar al responsable —dijo Damián.
—Entonces dígame qué canal considera limpio.
El agente guardó silencio.
Alcázar lo observó unos segundos.
—Eso pensaba.
No había dureza en su voz, pero sí cansancio. El comandante llevaba menos de dos horas de vuelo y ya estaba obligado a desconfiar de las comunicaciones de la compañía, de parte de la tripulación y quizá del hombre encargado de protegernos.
—Nadie fuera de esta cabina conocerá las alternativas —continuó—. Ni siquiera el resto de los pilotos de apoyo.
—Solo hay ustedes dos —dije.
Samuel volvió la cabeza.
—En este vuelo, sí.
La respuesta me pareció extraña. No por el contenido, sino por la forma en que la pronunció, como si yo hubiera planteado una duda que no debía existir.
Alcázar señaló la puerta.
—Necesito que averigüen tres cosas. Quién pudo acceder al carro, quién sabía que Llorente viajaría y quién estuvo despierto o moviéndose durante el periodo entre la apertura de la botella y el hallazgo de la nota.
Sin interrogatorios visibles. Si los pasajeros perciben que buscamos a alguien, tendremos un problema mayor.
—¿Y qué hacemos con el cadáver? —preguntó Eva.
—Permanece donde está hasta que decidamos el desvío.
—La suite 2A pertenece a un pasajero que fue reubicado por una avería en su asiento. Puede reclamarla.
—Inutilícela por mantenimiento.