El pasajero de la 3K Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Eva había dejado a Amira controlando el acceso desde la parte posterior.

La suite 2A, situada al otro lado, permanecía cerrada y con la luz apagada.

Saber que Llorente estaba allí, tendido en la cama de un pasajero que no había llegado a embarcar, convertía cada sonido en algo ligeramente indecente.

Una copa colocada sobre una bandeja, una bolsa abierta, una risa amortiguada desde ejecutiva.

La muerte no imponía silencio dentro de un avión.

Solo quedaba absorbida por el resto del ruido.

Mena se colocó unos guantes del botiquín. Yo hice lo mismo. Entramos en 3K y cerramos la puerta detrás.

El espacio conservaba las huellas de lo ocurrido: el asiento reclinado, la camisa cortada en el suelo, la mesa desplazada y las gotas de agua que se habían secado junto al borde.

La hoja doblada permanecía dentro de una bolsa transparente, donde yo la había guardado antes de bajar.

El teléfono seguía apagado. El vaso y el pastillero habían sido separados. Solo faltaban el cuerpo y la botella.

Mena sacó su teléfono y comenzó a fotografiar el conjunto desde varios ángulos.

—Dígame qué estaba dónde.

Se lo expliqué.

El teléfono junto al pastillero.

La hoja al lado del maletín.

La botella sobre la mesa.

El vaso a su derecha.

La medicación abierta.

Mena anotó todo.

—¿Tocó el maletín?

—Solo Llorente. Yo le pedí que lo guardara para el despegue.

—¿Alguien más pudo acercarse?

—Durante el embarque, sí. Después, no lo vi salir ni vi entrar a nadie.

—Ferrer afirma lo mismo.

—Ferrer estaba grabando.

—Eso puede ayudarnos.

—También puede significar que esperaba que ocurriera algo.

Mena fotografió el cierre del maletín. Era un modelo rígido, negro, con dos combinaciones de tres cifras y una cerradura central.

—¿Conoce el código?

—No.

—¿Vio abrirlo?

—Nunca.

El agente examinó los bordes, las bisagras y la base. No encontró señales visibles de manipulación. Después se incorporó y observó el espacio disponible alrededor del asiento.

—¿Existe algún compartimento técnico detrás de estos paneles?

—Cableado, sistema de entretenimiento, mecanismos del asiento. Nada accesible para un pasajero sin herramientas.

—¿Conecta con la suite contigua?

—No.

—¿Conductos de ventilación?

—Compartidos por zona, pero no suficientemente grandes para introducir nada.

—No me refería a una persona.

Miré la rejilla situada sobre la mesa.

—¿Gas?

—Una posibilidad.

—Mara dijo que no había riesgo ambiental.

—Porque nadie más presentó síntomas.

—Y porque yo entré varias veces sin sentir nada.

—Entonces la descartamos por ahora.

Se agachó junto al maletín y probó suavemente los cierres.

—Necesitamos abrirlo.

—¿Puede hacerlo sin el código?

—Puedo romperlo.

—Eso destruiría posibles marcas.

Mena me miró.

—¿Tiene otra idea?

Observé el maletín. Llorente había mantenido el pie sobre el asa durante el embarque, se había negado a guardarlo y afirmaba que contenía documentos que no podían quedar fuera de su vista.

Cuando finalmente lo introdujo en el compartimento, lo había hecho con movimientos rápidos, sin modificar las ruedas de combinación.

—Puede que no estuviera bloqueado.

Mena tiró del cierre central.

Nada.

—Lo está.

—Quizá utilizaba una fecha.

—Hay mil combinaciones en cada lado. No vamos a probar aniversarios.

—No sabemos ninguno.

—Exactamente.

Me arrodillé. Las ruedas marcaban 3-1-7 en el lado izquierdo y 9-0-4 en el derecho. No parecían números aleatorios. La suite era 3K, el vuelo 217, la hora de salida 00:45. Ninguna combinación encajaba directamente.

—¿Esas cifras estaban así cuando lo fotografió?

—Sí.

—Puede que él no girara las ruedas después de cerrarlo.

—Eso significaría que la combinación visible es la correcta.

—No necesariamente. Algunos cierres se bloquean al pulsar la pieza central y las ruedas quedan en el código antes de mezclarlas.

Mena probó 317-904.

El cierre no se abrió.

—No.

—Gire las primeras a 217.

Lo hizo.

Nada.

—¿La fecha de hoy?

—¿Cuál considera hoy? —preguntó—. Despegamos un día y aterrizaremos otro.

Aquello era precisamente la clase de problema que habría apreciado en una novela y odiaba encontrar en la realidad.

—Pruebe 3-2-1.

—¿Por qué?

—No sé. La gente nerviosa utiliza secuencias.

Mena me miró.

—Su método científico es admirable.

Probó.

Nada.

El teléfono de Llorente vibró dentro de la bolsa.

Ambos nos quedamos quietos.

La pantalla se encendió durante unos segundos, mostrando una notificación sin revelar el contenido. Solo pude leer una línea.

Mensaje recibido: número oculto.

Mena fotografió la pantalla antes de que volviera a apagarse.

—¿Podemos abrirlo?

—Necesitaríamos el código o su huella.

Miramos hacia la suite 2A.

La idea apareció al mismo tiempo.

—No —dije.

—No he dicho nada.

—No vamos a utilizar el dedo de un muerto para desbloquear su teléfono.

—Podría contener la identidad del asesino.

—Y también puede estar configurado para borrarse después de varios intentos o enviar una alerta biométrica.

—¿Desde cuándo sabe tanto de teléfonos?

—Leo.

—Por supuesto.

Mena recogió el dispositivo sin sacarlo de la bolsa.

—Lo decidiremos más tarde.

Un golpe sonó en la puerta.

No un toque discreto, sino dos impactos rápidos.

Abrí.

Álex estaba al otro lado, pálido y con una tira de papel entre los dedos.

—Eva dice que vengáis.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Ha aparecido esto.

Mena tomó el papel utilizando los guantes.

Era una hoja estrecha, cortada de un formulario de catering. Las letras estaban impresas en mayúsculas, probablemente mediante una pequeña impresora portátil o algún dispositivo del aeropuerto.

DEVOLVED LA TARJETA.

Debajo había una segunda línea.

NO CAMBIÉIS DE RUMBO.

Y una tercera.

LLORENTE NO SERÁ EL ÚLTIMO.

Leí el mensaje dos veces.

—¿Dónde estaba?

Álex señaló hacia la cocina.

—Dentro del carro de bebidas.

—¿Qué carro?

—El que abrimos después del despegue.

—¿Estaba precintado?

—Sí.

—¿Quién rompió el sello?

Álex tragó saliva.

—Yo.

Mena avanzó hacia la cocina.

—Nadie toca el carro.

—Ya hemos servido con él —dijo Álex—. Lo hemos abierto, movido, sacado botellas…

—¿Quién encontró la nota?

—Estaba debajo de una bandeja. La vi al retirar las últimas copas.

Llegamos al espacio de servicio. Eva esperaba junto al carro abierto, con Lucía y Amira bloqueando ambos accesos. Sobre la superficie había vasos, servilletas y varias botellas. El compartimento inferior estaba vacío salvo por una bandeja metálica levantada de un lado.

Mena observó el lugar.

—¿Cuántas personas han utilizado este carro?

Eva respondió:

—Álex, Amira, Jero y yo lo hemos tocado durante la preparación. Puede que Nuria también antes del embarque.

—¿Y después?

—Ha recorrido primera clase y parte de ejecutiva.

—Entonces cualquier pasajero pudo introducir la nota.

—No debajo de la bandeja —dije—. Para levantarla había que extraer antes las botellas inferiores.

—¿Durante el servicio estuvo alguna vez sin vigilancia?

Álex negó.

—Siempre había alguien junto al carro.

—¿Seguro?

—Casi seguro.

—No es lo mismo.

Eva señaló el sello roto, todavía adherido a un extremo del cierre.

—El número coincide con la documentación.

Mena lo examinó.

—¿Puede abrirse y volver a colocarse?

—Con cuidado, sí —respondí—. Lo mismo que el compartimento de la botella.

Álex me miró.

—No empecemos otra vez.

—La nota podía estar dentro antes del despegue —dijo Eva.

—Entonces el autor anticipó la muerte —señaló Lucía.

—O anticipó que Llorente moriría porque ya había preparado el mecanismo —respondí.

Nadie dijo nada.

La nota convertía la sospecha en certeza.

Llorente no había sufrido simplemente una parada cardíaca.

Alguien sabía que moriría, buscaba una tarjeta y conocía la posibilidad de que cambiáramos el rumbo. Además, había colocado el mensaje en un lugar que se abriría durante el servicio, después de que la víctima bebiera y antes de que pudiéramos aterrizar.

Mena miró hacia la escalera.

—Tenemos que informar al comandante.

Eva tomó el interfono, pero yo seguía observando las palabras.

NO CAMBIÉIS DE RUMBO.

La decisión de mantener la ruta se había tomado dentro de la cabina apenas unos minutos antes de encontrar el mensaje. La nota podía haber sido escrita antes del vuelo, en cuyo caso el asesino sabía que un desvío sería la respuesta lógica a la muerte. No necesitaba escuchar nuestra conversación.

Sin embargo, la primera línea me preocupaba más.

DEVOLVED LA TARJETA.

No decía entregadla.

Decía devolvedla.

La persona que había escrito aquello consideraba que la tarjeta le pertenecía.

—¿Qué pasa? —preguntó Eva.

—No está buscando algo que Llorente creó —dije—. Está recuperando algo que cree suyo.

Mena volvió a leer el mensaje.

—O quiere que pensemos eso.

—¿La tarjeta contiene nombres?

—Entre otras cosas.

—Entonces uno de esos nombres está a bordo.

El agente levantó la vista.

Por primera vez desde que se había identificado, pareció realmente inquieto.

El avión continuaba avanzando hacia Madrid, estable, silencioso y obediente. Fuera seguía siendo de noche. Dentro, quinientos cinco pasajeros vivos dormían, comían o miraban una pantalla sin saber que alguien acababa de prometer una segunda muerte.

El asesino no solo estaba a bordo.

Sabía exactamente qué queríamos hacer.

Y acababa de decirnos que no nos permitiría hacerlo.