El pasajero de la 3K Capítulo 7 #2
29%

Capítulo 7 #2

El tono cambió de inmediato. Todo lo anterior podía permanecer en el terreno de la investigación, pero aquella decisión afectaba a más de quinientas personas, a la seguridad operacional, a la disponibilidad de aeropuertos y al tiempo durante el cual el posible asesino seguiría encerrado con nosotros.

Samuel regresó a su asiento y consultó la ruta.

—Estamos cruzando el espacio aéreo iraní. Podríamos continuar hacia Ankara o buscar una alternativa más próxima, pero necesitamos coordinación, combustible y una razón que podamos comunicar sin provocar un problema diplomático.

—Tenemos un fallecimiento a bordo —dijo Mara—. Es razón suficiente.

—Para solicitar prioridad, sí. No necesariamente para explicar que sospechamos de un homicidio sin ninguna prueba.

Mena negó con la cabeza.

—No podemos aterrizar en el primer aeropuerto disponible.

—¿Por qué? —preguntó Eva.

—Porque desconozco cuántas personas están implicadas y qué contactos pueden tener en tierra. Llorente eligió Madrid para la entrega porque allí estaba preparado el dispositivo de seguridad. Si cambiamos a un aeropuerto improvisado, podríamos entregar al responsable la oportunidad que buscaba.

—El responsable está a bordo —dije.

—Puede no estar solo.

Samuel apoyó un dedo sobre la pantalla de navegación.

—¿Propone continuar otras cinco horas con un asesino y un objeto que puede contener nombres de una red criminal?

—Propongo no anunciar nuestro próximo movimiento antes de saber quién escucha.

—Control aéreo necesita conocerlo.

—Control aéreo, sí. Quinientos pasajeros, no.

Alcázar permaneció unos segundos en silencio.

Lo había visto tomar decisiones en simuladores, durante aproximaciones complejas y ante fallos técnicos que nunca llegaban a convertirse en emergencia, pero aquella situación no figuraba en ningún manual que yo hubiera leído.

Podían desviar el avión y reducir el tiempo de exposición, aunque aterrizar en un lugar no preparado podía empeorar la custodia.

Podían continuar hasta Madrid y conservar el plan original, pero cada minuto ofrecía al responsable la oportunidad de actuar otra vez.

La aviación estaba construida sobre listas de comprobación porque las decisiones bajo presión se volvían más seguras cuando alguien las había pensado antes.

Nadie había preparado una lista titulada Cadáver en suite cerrada y posible asesino entre quinientas personas.

—Por ahora mantendremos la ruta —decidió Alcázar—.

Prepararemos alternativas sin comunicarlas fuera de los canales necesarios.

Quiero una evaluación cada quince minutos y actualización inmediata si aparece cualquier riesgo para el avión o los pasajeros.

Samuel, calcula opciones de desvío con infraestructura suficiente para recibir un A380.

No transmitas todavía ninguna solicitud.

El primer oficial asintió.

—Eva, la cabina debe continuar con normalidad —prosiguió Alcázar—.

Servicio reducido, luces bajas y ninguna información sobre el fallecimiento.

Decidiremos más adelante qué decir. Mena, quiero que registre la suite y el maletín con un miembro de la tripulación presente.

Mara, permanezca disponible, pero vuelva a su asiento para evitar llamar la atención.

Mara lo miró con incredulidad.

—¿Pretende que me siente dos filas detrás del cadáver?

—Pretendo que no provoquemos el pánico mientras desconocemos qué ha ocurrido.

—Alguien puede haber introducido una sustancia tóxica.

—¿Existe riesgo ambiental?

—No parece. Nadie más ha presentado síntomas.

—Entonces regrese a su asiento.

Mara iba a protestar, pero Mena la interrumpió.

—Necesito que conserve todo lo que recuerde sobre el episodio cardíaco anterior de Llorente.

—Es información confidencial.

—Llorente está muerto.

—La confidencialidad no muere con el paciente.

—Pero una investigación criminal puede exigirla.

Mara apretó los labios.

—Cuando exista una investigación criminal, hablaré con quien corresponda.

—Ya existe una muerte sospechosa.

—Sospechosa para usted. Médicamente, todavía no sabemos nada.

La hostilidad entre ambos no parecía haber comenzado allí. Quizá solo fuera la reacción de una médica a un agente que pretendía convertirla en testigo, aunque su negativa a hablar de Llorente tenía un peso personal que no desaparecía con la ética profesional.

—Yo regresaré con ellos —dije.

Eva se volvió hacia mí.

—No.

—Fui quien manipuló la botella y quien vio la suite antes y después. Mena necesitará que le explique qué objetos estaban en cada sitio.

—También necesito que trabajes.

—Hay veintidós tripulantes.

Mena no sonrió, pero reconocí mis propias palabras, utilizadas por él minutos antes.

Eva dudó. Yo esperaba que insistiera, que me ordenara volver al servicio y que aquella decisión me devolviera al terreno conocido de las bandejas, las bebidas y los procedimientos.

Una parte de mí lo deseaba. Había un cadáver a pocos metros, un agente que no confiaba en nadie y una lista de sospechosos que empezaba a incluir a todo el avión.

Regresar a la cocina habría sido lo más parecido a escapar sin abrir una puerta.

Sin embargo, otra parte ya estaba observando las contradicciones.

La botella había llegado en una caja donde había estado antes.

Samuel la había recibido fuera del circuito.

Llorente conocía a Mara y le temía a alguien relacionado con la cabina.

Nadia había vigilado la suite y ocultaba una cámara.

Mena esperaba una tarjeta que no aparecía.

Si me apartaba, todas aquellas piezas quedarían en manos de personas que no habían visto el recorrido completo.

—Quédate con Mena —decidió Eva—. Pero cuando terminéis vuelves a tu puesto. No eres policía.

—Lo sé.

Mena abrió la puerta de la cabina después de que Samuel comprobara la cámara exterior.

—Eso está por ver —murmuró.

Lo seguí hacia el pasillo.

Antes de salir, Alcázar pronunció mi nombre.

—Jero.

Me volví.

El comandante permanecía bajo la luz de las pantallas, con la noche detrás y las manos cerca de los mandos.

—No intentes demostrar nada.

Comprendí a qué se refería. A la licencia, al asiento que nunca había ocupado, a la costumbre de saber más de lo que decía y a la necesidad secreta de que alguien reconociera que podía haber estado allí delante.

—No lo haré.

—Haz tu trabajo. Nada más.

Asentí.

Al salir, Samuel seguía calculando aeropuertos alternativos. No levantó la cabeza, aunque vi su reflejo en una de las pantallas laterales y tuve la impresión de que nos observaba mientras la puerta se cerraba.

Subimos de nuevo a la cubierta superior.

La cabina había recuperado una apariencia casi normal.

El servicio se había reanudado en ejecutiva, aunque sin carros grandes, y los tripulantes llevaban las bandejas de manera individual para reducir el movimiento cerca de la zona delantera.

Las cortinas de primera clase seguían cerradas.

Algunos pasajeros habían apagado las luces y comenzaban a dormir.

Otros observaban el mapa del vuelo, donde una pequeña silueta avanzaba sobre una línea que prometía llegada a Madrid dentro de cinco horas y nueve minutos.

Damián caminaba delante de mí sin mirar a los lados.

—¿Qué significaba que Llorente llevaba seis meses intentando conseguir lo contrario a morir? —pregunté en voz baja.

—Que estaba negociando inmunidad.

—Eso no impide un suicidio.

—No iba a suicidarse.

—La gente puede querer vivir y aun así tomar una dosis equivocada.

—No fue una dosis equivocada.

—Mara no está de acuerdo.

—Mara conoce más de lo que dice.

—Usted también.

Mena se detuvo al pie de la escalera.

—La diferencia es que yo sé por qué callo.

—Todo el mundo cree saberlo.

—Y usted cree que leer novelas le permite comprender a la gente.

La frase me molestó porque contenía una parte de verdad.

—No. Leer novelas me permite reconocer cuando alguien intenta controlar qué información recibe el lector.

—Esto no es una novela.

—Entonces deje de comportarse como un personaje que oculta algo hasta el capítulo final.

Mena me observó durante varios segundos. Esperaba una reprimenda, una amenaza o la orden de regresar a mi puesto. En lugar de eso, soltó una respiración breve que podía haber sido una risa sin humor.

—Llorente no confiaba plenamente en mí —dijo—. Pensaba que parte de la investigación estaba comprometida. Cambió varias veces la forma de entregar la información, la fecha y el lugar. Esta mañana debía reunirse conmigo en Dubái. No apareció.

—Pero habló con usted en el hotel.

—Eso no fue una reunión. Solo me dijo que había cambiado de plan.

—¿Por qué?

—Creía que lo seguían.

—¿Quién?

—No quiso decirlo.

—¿Y aun así permitió que subiera al vuelo?

La mirada de Mena se endureció.

—No soy su padre. Tampoco podía detenerlo sin exponer la operación. Me aseguró que la información estaría más segura durante el trayecto y que me la entregaría antes del aterrizaje.

—¿Por qué no lo hizo nada más embarcar?

—Porque quería confirmar que nadie había cambiado la tripulación.

Recordé el modo en que Llorente había leído el nombre de Orbe en mi uniforme y después había mirado a Samuel.

—¿Buscaba a alguien concreto?

—No lo sé.

—Miente.

—Tenga cuidado, Baeza.

—Llorente rechazó la botella cuando supo que Samuel la había tocado. Eso significa que lo conocía, que desconfiaba de él o que esperaba encontrar otro primer oficial.

Mena desvió la vista hacia la cortina que ocultaba primera clase.

—No tengo constancia de ninguna relación entre ellos.

—No he dicho relación. He dicho que reaccionó a su nombre.

—¿Se lo contó a la cabina?

—Sí.

—¿Delante de Orduña?

—Sí.

Mena cerró los ojos un instante.

—Debería haberme consultado antes.

—Usted fingió no conocerme, se sentó a leer el periódico y me dejó servirle la botella.

No respondió.

Subimos.

Al cruzar la cortina, Lucía se acercó.

—Todo sigue tranquilo —dijo—. Hemos trasladado el cuerpo a la suite 2A y cerrado la puerta. Nadia ha intentado levantarse dos veces. Mara no ha salido de su asiento. Álex está en la cocina.

—¿Y el maletín? —preguntó Mena.

—En 3K. Nadie ha entrado.