Capítulo 7
Un hombre que no figuraba
Bajamos la escalera delantera en fila, con Eva delante, Damián Mena detrás de ella y Mara unos peldaños más abajo.
Yo cerraba el grupo mientras intentaba no mirar hacia la cubierta superior, donde el cuerpo de César Llorente permanecía bajo una sábana y más de cien pasajeros seguían cenando sin saber que el hombre sentado en primera clase había dejado de existir.
El resto del avión continuaba funcionando con una normalidad casi ofensiva.
Las luces se mantenían bajas, las pantallas proyectaban películas, los carros avanzaban por los pasillos y los motores sostenían su rumor constante.
Un pasajero de ejecutiva se había quitado los zapatos y dormía con la boca abierta.
Otro discutía en voz baja con su esposa porque le habían servido una guarnición distinta a la elegida.
Nadie imaginaba que, a pocos metros, estábamos decidiendo si compartían vuelo con un asesino.
Al llegar a la cubierta principal, Eva nos condujo hacia la puerta de la cabina de mando.
El panel estaba cerrado y bloqueado desde dentro.
Pulsó el interfono, se identificó y esperó mientras una cámara nos observaba desde encima del marco.
Durante aquellos segundos, tuve tiempo para reparar en la ironía de que la única habitación verdaderamente cerrada del avión no fuera la suite donde había aparecido el cadáver, sino aquella a la que estábamos a punto de entrar.
La puerta se abrió con un clic.
Samuel estaba al otro lado.
Había dejado la chaqueta colgada detrás del asiento y llevaba las mangas de la camisa remangadas hasta los antebrazos.
Su expresión conservaba la serenidad profesional del despegue, aunque los músculos de la mandíbula estaban tensos y sus ojos fueron recorriéndonos uno por uno hasta detenerse en la bolsa transparente que Mena sostenía junto al cuerpo.
Dentro estaba la botella.
Samuel la reconoció de inmediato.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—Déjanos entrar —respondió Eva.
Se apartó.
La cabina resultaba amplia comparada con la de otros aviones, pero dejó de parecerlo en cuanto entramos seis personas.
El comandante Alcázar ocupaba el asiento izquierdo, sujeto todavía por el cinturón y con las manos apoyadas cerca de los mandos.
Frente a él, las pantallas mostraban datos de navegación, parámetros de vuelo y el mapa de la ruta avanzando hacia el oeste.
La noche cubría las ventanillas. No se veía tierra, horizonte ni estrellas, solo una negrura continua en la que las luces del panel parecían flotar.
El piloto automático mantenía el avión estable.
Aquel detalle debería haberme tranquilizado.
La aeronave seguía exactamente la ruta prevista, la altitud era correcta y no había ninguna indicación de fallo.
Sin embargo, la presencia del cadáver en la cubierta superior convertía cada lectura normal en una especie de ficción.
El avión avanzaba como si nada hubiera ocurrido porque las máquinas no comprendían la diferencia entre transportar quinientas seis personas y transportar quinientas cinco junto a un muerto.
Alcázar giró el asiento lo suficiente para mirarnos.
—Cerrad la puerta.
Samuel la bloqueó detrás de nosotros.
Eva comenzó el informe sin adornos. Explicó la pérdida de respuesta, las maniobras de reanimación, la hora de la muerte y la posibilidad de que Llorente hubiese ingerido una sustancia desconocida.
Mara intervino para describir los síntomas, aclarando que no podía determinar una causa sin pruebas clínicas y que un evento cardíaco seguía siendo posible.
Cuando mencionó la miosis, la somnolencia y la falta de respuesta a la naloxona, Samuel miró hacia la botella.
—¿Está diciendo que lo han envenenado?
—Estoy diciendo que no puedo descartarlo —respondió Mara.
—Tenía antecedentes cardíacos.
—Eso tampoco excluye una intoxicación.
—¿Qué bebió?
Nadie contestó de inmediato.
El silencio recayó sobre mí.
—Agua de esa botella —dije.
Samuel la señaló.
—¿La que te entregué?
—Sí.
Su expresión cambió apenas, no hacia el miedo, sino hacia una concentración más dura.
—El precinto estaba intacto.
—Parecía intacto.
—Lo comprobaste delante de mí.
—Comprobé que la cápsula no presentaba cortes visibles y que el número coincidía. No analicé el contenido.
—Era agua mineral.
—Eso dijo Llorente después de probarla.
Samuel se volvió hacia Mara.
—¿El agua podría haberle provocado esos síntomas?
—Depende de lo que hubiera en ella.
—No había nada.
Mena se había mantenido junto a la puerta, observando la conversación sin intervenir. Dio un paso hacia el centro de la cabina y abrió la cartera con su identificación.
—Eso es precisamente lo que tendremos que determinar.
Samuel miró la placa.
—¿Quién es usted?
—Damián Mena. Agente de seguridad aérea.
—¿Federal?
—No trabajo para esta aerolínea.
—No he preguntado eso.
—La jurisdicción exacta no modifica el cadáver.
Alcázar levantó una mano antes de que la tensión creciera.
—Yo conocía la presencia de un agente de seguridad a bordo —dijo—. No su identidad ni su misión concreta. El aviso llegó a través del departamento de operaciones apenas dos horas antes de la salida.
Samuel apartó la vista de Mena y miró al comandante.
—No me dijiste nada.
—La información estaba restringida.
—Soy el primer oficial.
—Y yo soy el comandante.
La respuesta no fue agresiva, pero cerró el asunto.
Mena dejó la botella sobre una superficie libre, todavía dentro de la bolsa.
—Llorente viajaba bajo protección discreta porque debía entregar información relacionada con una investigación en curso.
No era un testigo formal, pero estaba negociando convertirse en uno.
Su reserva se realizó a última hora para evitar que se conociera la ruta.
Aun así, alguien supo que iba a embarcar.
Samuel cruzó los brazos.
—¿Qué clase de información?
—No puedo revelarla.
—Tenemos un muerto dentro de mi avión.
—No es su avión.
—Mientras esté sentado ahí, lo es bastante.
Alcázar volvió a intervenir.
—Díganos lo necesario para evaluar la seguridad del vuelo. Nada más.
Mena miró las pantallas, el mapa y la oscuridad exterior antes de responder.
—Llorente dirigía una empresa de logística con acceso a aeropuertos, proveedores, depósitos, documentación de carga y personal autorizado.
Durante años esa infraestructura se utilizó para mover mercancías no declaradas y transferir información entre varios países.
No hablamos de maletas ocultas entre equipajes corrientes, sino de cargas que cruzaban controles utilizando credenciales reales, sellos válidos y rutas aprobadas.
Eva apoyó las manos sobre el respaldo del asiento auxiliar.
—¿Drogas?
—También. Pero lo que nos interesa ahora son los registros.
—¿Qué registros? —pregunté.
Mena me miró como si hubiera olvidado que yo estaba allí.
—Vuelos, fechas, pagos, nombres, empresas intermediarias. Llorente llevaba meses recopilándolo todo.
—¿Y pensaba entregárselo a usted?
No respondió directamente.
—Debía facilitarme un dispositivo antes del aterrizaje.
—¿Una tarjeta de memoria? —preguntó Samuel.
Mena lo observó.
—Podría ser.
—¿La ha encontrado?
—No.
Aquella palabra alteró el aire de la cabina más que la posibilidad del envenenamiento.
Alcázar se volvió por completo.
—¿No estaba entre sus efectos?
—No he registrado todavía la suite de forma exhaustiva. El maletín continúa cerrado y no quiero abrirlo sin documentar cada paso.
—¿Puede estar dentro?
—Sí.
—¿Y si no está?
Mena miró hacia la puerta.
—Entonces alguien a bordo la tiene o está intentando encontrarla.
El ruido de los motores pareció aumentar, aunque sabía que era una ilusión provocada por el silencio posterior.
Durante varios segundos ninguno habló. Las pantallas continuaron actualizando datos, una línea magenta siguió marcando la ruta y el avión avanzó algunos kilómetros más mientras la situación dentro de la cabina cambiaba por completo.
Ya no se trataba solo de determinar por qué había muerto Llorente.
Había un objeto que alguien podía querer recuperar.
—¿Qué contenían exactamente esos archivos? —preguntó Eva.
—No lo sé todo. Llorente no confiaba lo suficiente en nosotros para entregar copias antes del encuentro.
—Confiaba lo suficiente para subir a un avión con quinientas personas.
—No tenía muchas opciones.
—Todo el mundo tiene opciones antes de cerrar las puertas —dije.
Mena me miró.
—No cuando las personas que lo buscan controlan algunas de ellas.
La frase me devolvió al hotel, al coche negro, al sobre y al modo en que Llorente había pronunciado el nombre de Orbe al ver mi uniforme.
Puede que no sintiera alivio porque había encontrado a un miembro de la tripulación.
Puede que estuviera comprobando si la compañía era la prevista, si el vuelo seguía existiendo o si alguien había cambiado el plan sin avisarlo.
—¿Quién sabía que iba a viajar? —pregunté.
—Muy pocas personas.
—Defina pocas.
—Llorente, yo, dos responsables de seguridad, operaciones y quienes procesaron la reserva.
—Catering conocía su nombre y sus necesidades especiales —dije.
Mena miró la botella.
—Eso amplía la lista.
—También los pilotos —añadió Eva—. Recibimos su fotografía durante la reunión.
—Y la tripulación asignada a primera clase —dijo Mara.
—La protección ya no era discreta —señalé—. Solo era secreta para los pasajeros.
Samuel soltó el aire lentamente.
—Todo esto es absurdo. Si alguien quería matarlo, pudo hacerlo antes de embarcar. En el hotel, en el aeropuerto, durante el traslado. ¿Por qué esperar a que estuviera encerrado en un avión?
—Porque aquí no podía escapar —respondí.
Todos me miraron.
La frase había salido sin preparación, pero esta vez no deseé retirarla.
—Tampoco el asesino —dijo Samuel.
—Quizá no necesite escapar. Quizá solo necesite aterrizar como uno de nosotros.
El copiloto sostuvo mi mirada.
—¿Está acusando a alguien?
—No.
—Lo parece.
—Estoy contestando a su pregunta.
Alcázar observó el mapa.
—Tenemos que decidir si desviamos el vuelo.