Capítulo 6 #3
—El tripulante entró dos veces. El señor de la fila siete caminó hacia el baño. La médica no se movió de su asiento.
Mara la miró.
—¿Por qué estaba controlando nuestros movimientos?
Nadia comprendió que había revelado demasiado.
—No los controlaba.
—Acaba de enumerarlos con horarios —dije.
—Tengo buena memoria.
—Y una cámara encendida —añadí.
Mena se volvió hacia ella.
—¿Ha grabado esta zona?
—No.
—Enséñeme el dispositivo.
—No tiene derecho.
Mena mostró de nuevo la identificación.
—Esta noche descubrirá que tengo varios.
Nadia regresó a su suite sin dejar de observarlo. Eva cerró la cortina y pidió a Lucía que la vigilara hasta que pudiéramos ocuparnos de ella.
Mena examinó entonces la puerta de 3K. La deslizó varias veces, comprobó la guía, el cierre y el pequeño seguro que yo había colocado.
—¿Esto lo dejó usted? —preguntó.
—Para impedir que Llorente cerrara por completo. Quería poder comprobarlo.
—Entonces nadie podía bloquear la puerta desde dentro.
—No.
—¿Puede abrirse desde fuera aunque esté cerrada?
—Siempre.
—¿Hay otra entrada?
—No.
Mena miró hacia la ventanilla.
Fuera solo había noche.
—La víctima recibió una botella manipulada antes de entrar aquí —dijo—, o tomó voluntariamente algo que llevaba consigo. Nadie necesitaba acceder a la suite después.
—Todavía no sabemos que la botella estuviera manipulada —señaló Mara.
—Llorente no se suicidaría.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque llevaba seis meses intentando conseguir exactamente lo contrario.
No explicó la frase.
Eva recibió una llamada de la cabina de mando. Escuchó durante unos segundos y respondió que subiría de inmediato.
—El comandante quiere información directa antes de decidir si desviamos el vuelo —dijo—. Mena, viene conmigo. Mara también.
—Jero —añadió Mena.
Lo miré.
—Él se queda aquí —dijo Eva.
—Fue la última persona que vio a Llorente consciente, conoce el recorrido de la botella y puede identificar quién la manipuló.
—No puedo abandonar la cabina de pasajeros con el servicio detenido.
—Tiene otros veintidós tripulantes.
Eva no estaba acostumbrada a que un pasajero, aunque llevara placa, organizara su personal. Sin embargo, la muerte había alterado las jerarquías. Miró a Lucía, que asintió desde la cortina.
—Cinco minutos —decidió—. Álex y Amira asegurarán esta zona. Nadie entra en la suite, nadie toca el cuerpo y nadie accede al compartimento del maletín.
Mena recogió la botella dentro de su bolsa transparente.
—Esto viene con nosotros.
—Debe permanecer refrigerada —dije.
Me miró.
—¿Por qué?
—No lo sé. Estaba fría cuando la recibimos y la caja tenía marcas de condensación.
—El frío podría degradar algunas sustancias y conservar otras.
—Entonces ¿qué hacemos?
Mara respondió:
—La mantenemos como estaba. Cambiar las condiciones ahora sería peor.
Eva introdujo la bolsa en un compartimento vacío de la cocina, colocó un precinto nuevo y fotografió el número.
Mientras lo hacía, Lucía y Álex cubrieron a Llorente con una sábana. El tejido descendió sobre su rostro, ocultando primero los ojos, después la nariz y finalmente la boca que unas horas antes me había advertido que no abriera puertas que no pudiera volver a cerrar.
Observé la forma inmóvil bajo la tela.
Había muerto dentro de una suite cuya puerta permaneció cerrada.
Había abierto personalmente la botella que lo asustaba.
Había tomado una pastilla que llevaba consigo.
Quienes reconocían haberlo conocido se encontraban sentados a la vista de todos. Damián Mena no se había acercado. Mara no había abandonado 5K. Nadia aseguraba haber observado el pasillo. Samuel y el comandante permanecían encerrados en la cabina de mando.
El misterio parecía imposible solo mientras uno aceptara la idea equivocada de que el asesino necesitaba entrar en la habitación.
Yo había llevado el agua.
Yo había visto cómo la abría.
Y, si alguien la había convertido en un arma, había conseguido que se la entregara con mis propias manos.
Mena esperó junto a la escalera.
—Vamos, señor Baeza.
Atravesamos la cortina hacia ejecutiva. Las luces permanecían bajas y la mayoría de los pasajeros solo sabía que se había producido una emergencia médica.
Algunos intentaban mirar hacia nosotros.
Otros continuaban comiendo, leyendo o viendo películas porque la vida ajena, incluso cuando termina a pocos metros, compite mal contra una cena servida y una pantalla encendida.
Al llegar a la escalera delantera, el avión atravesó una corriente leve. El suelo se desplazó bajo mis pies y tuve que sujetarme al pasamanos.
Desde allí podía escuchar el rumor de ambas cubiertas, la ventilación, las voces contenidas y la potencia profunda de los cuatro motores impulsándonos hacia el oeste. El sonido seguía siendo uniforme. Seguía siendo soporífero. Seguía siendo, en cualquier otra noche, lo único capaz de calmarme.
Pero el avión ya no era un lugar seguro.
Era una escena del crimen que avanzaba a novecientos kilómetros por hora, con quinientas personas encerradas dentro y más de cinco horas de oscuridad por delante.
Y el hombre que había cometido el asesinato todavía estaba a bordo.