El pasajero de la 3K Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Los pasajeros de las filas posteriores apenas podían ver lo ocurrido.

Eva había ordenado cerrar las cortinas que separaban primera de ejecutiva y anunció por megafonía que estábamos atendiendo una indisposición médica, solicitando que todos permanecieran en sus asientos.

La cena continuaba detenida, los carros habían sido asegurados y las luces de la zona delantera se mantenían encendidas mientras el resto de la cabina permanecía en penumbra.

Quinientas personas respiraban a pocos metros.

Un hombre no.

Después de más de veinte minutos, Mara se detuvo.

No lo hizo de golpe. Terminó el ciclo, comprobó de nuevo el pulso, observó las pupilas y pidió otra lectura del desfibrilador. La máquina volvió a negar la descarga. Entonces se quedó con las manos apoyadas sobre las piernas, respirando con esfuerzo, y miró a Eva.

—No hay respuesta.

—Continúa —dijo Eva.

—No tenemos ningún ritmo recuperable.

—Continúa.

Mara la sostuvo con la mirada. En su rostro apareció algo que no había visto hasta entonces. No solo cansancio o frustración, sino una culpa anterior a aquella emergencia, algo que parecía haberla acompañado al subir al avión.

—Eva —dijo con suavidad—, ha muerto.

El ruido de las turbinas ocupó el silencio.

Lucía bajó la vista. Álex se apartó un poco y se apoyó contra el panel, con los brazos pegados al cuerpo. Yo seguía arrodillado junto a la cabeza de Llorente, sosteniendo la mascarilla sobre un rostro que ya no podía recibir aire. Tardé varios segundos en retirarla.

Había visto morir pasajeros antes.

Una mujer de ochenta y seis años durante un vuelo a Ciudad de México, después de un paro cardíaco que comenzó sobre el Atlántico.

Un hombre que sufrió una embolia poco antes de aterrizar en Roma.

En ambos casos había existido una distancia emocional proporcionada por la edad, la enfermedad y la certeza de que nadie dentro del avión había provocado lo ocurrido.

Habían muerto allí porque la muerte los había alcanzado durante un vuelo, del mismo modo que podía haberlos alcanzado en una cama, una calle o un restaurante.

Con Llorente era distinto.

Lo había visto beber.

Había sostenido la botella.

Había preguntado quién la había manipulado y me había obligado a permanecer mientras la abría. Sus últimas horas se encontraban llenas de advertencias, mentiras y personas que fingían no conocerlo.

No podía mirar su cuerpo y pensar únicamente en un corazón que había dejado de funcionar.

Eva comprobó la hora.

—Cero dos cincuenta y uno —dijo.

Lucía la anotó.

Mara se sentó sobre los talones y cerró los ojos durante un instante. Tenía las manos enrojecidas por las compresiones y una pequeña mancha de sangre en la muñeca, probablemente de una vía que había intentado canalizar.

—¿Causa probable? —preguntó Eva.

—Parada cardiorrespiratoria.

—Eso es lo que ha ocurrido, no por qué.

Mara abrió los ojos.

—No puedo determinarlo aquí.

—Tenía antecedentes cardíacos.

—Sí.

La respuesta atrajo mi atención.

—Antes dijiste que lo habías atendido una vez —le recordé.

Mara no me miró.

—Y lo hice.

—Entonces sabes qué problema tenía.

—No es el momento.

—Es exactamente el momento.

Eva levantó una mano.

—Jero.

—Tomó una medicación que no sabemos identificar, bebió de una botella que llegó fuera del procedimiento y estaba convencido de que alguien quería matarlo.

Álex dejó de mirar el suelo.

Lucía volvió la cabeza hacia la suite.

Mara palideció.

—¿Qué acaba de decir?

—Que temía por su vida.

—No me refiero a eso. ¿Qué botella?

Señalé la bolsa transparente que Eva había colocado sobre una superficie de la cocina.

—Agua especial. La abrió delante de mí.

Mara observó el envase como si lo viera por primera vez.

—¿Cuánto bebió?

—Medio vaso, quizá algo más. Después tomó una pastilla.

—¿Notó sabor, olor o irritación?

—Dijo que era agua.

Mara se puso en pie demasiado deprisa y tuvo que apoyarse en el asiento.

—No toquéis nada más. Ni el vaso, ni el teléfono, ni la medicación.

Eva la miró con dureza.

—¿Crees que ha sido envenenado?

La palabra quedó dentro de aquel pequeño espacio con más fuerza que la declaración de la muerte.

Mara tardó en responder.

—Creo que no podemos descartarlo.

—¿Por los síntomas?

—Por los síntomas, por la rapidez del deterioro y porque ciertas sustancias no producen cambios visibles ni un ritmo desfibrilable. También podría haber sido un evento cardíaco fulminante, una interacción farmacológica o una sobredosis accidental. Sin análisis no puedo distinguirlo.

—Pero lo conocías —dije.

—Lo atendí.

—Y él no quería que entraras en la suite.

Mara apretó los labios.

—Eso no me convierte en responsable de su muerte.

—Nadie ha dicho que lo seas.

—Lo ha pensado.

No lo negué.

Eva recuperó el control de la situación antes de que continuáramos.

—Lucía, trae una sábana limpia y prepara la suite más próxima que esté libre.

Álex, informa a la cabina de que tenemos un fallecimiento confirmado y solicita instrucciones.

Nadie utiliza la palabra envenenamiento por radio ni delante de los pasajeros.

Amira, mantén cerrada la cortina y reanuda el servicio en ejecutiva cuando te lo indique.

Diremos que el pasajero ha sido estabilizado y necesita privacidad.

—¿Estabilizado? —preguntó Lucía.

—Hasta que decidamos cómo comunicarlo.

No era una mentira cómoda, pero evitaba que una cabina con más de quinientas personas comprendiera que viajaba junto a un cadáver antes de que el comandante pudiera evaluar un posible desvío.

Álex se dirigió al interfono. Eva me señaló la suite.

—Jero, comprueba qué objetos había y no muevas nada que no sea imprescindible.

—Voy contigo —dijo una voz detrás de nosotros.

Damián Mena había cruzado la cortina sin que nadie lo oyera. Se encontraba a pocos pasos del cuerpo, con el periódico ya abandonado en su asiento y la expresión completamente distinta a la del pasajero que fingía no conocerme. No había sorpresa en su rostro. Había furia.

Eva se interpuso.

—Señor, debe regresar a su asiento.

Mena sacó una cartera negra del interior de la chaqueta. La abrió lo suficiente para que Eva pudiera ver una placa y una identificación, aunque desde mi posición no alcancé a leer el organismo.

—Damián Mena —dijo—. Seguridad aérea. Estoy autorizado a intervenir ante amenazas dentro de esta aeronave.

Eva observó la acreditación durante varios segundos.

—El comandante me informó de que viajaba un agente, pero no de su identidad.

—Era necesario mantenerla reservada.

—El pasajero ha muerto mientras usted permanecía sentado a tres filas.

La frase de Eva no contenía acusación, pero Mena la recibió como si la hubiera.

—Mi misión no era impedir que bebiera agua servida por su propia tripulación.

Todas las miradas se volvieron hacia mí.

Sentí la acusación antes de que nadie la pronunciara.

—Yo no preparé la botella.

—Pero la entregó —dijo Mena.

—Después de que usted me pidiera que lo mantuviera vivo sin explicarme de qué debía protegerlo.

—Basta —intervino Eva—. No discutiremos delante del cuerpo.

Mena se agachó junto a Llorente, comprobó por sí mismo el pulso y examinó la coloración de la piel. Después miró hacia el interior de la suite.

—¿Qué se ha tocado?

Le explicamos brevemente la reanimación, los objetos retirados y la botella guardada en la bolsa. Mena escuchó sin interrumpir. Cuando mencioné el teléfono, entró en la suite y lo localizó entre el asiento y el panel.

—No lo encienda —dije.

—No pensaba hacerlo.

Utilizó un pañuelo para recogerlo y lo dejó sobre la mesa. Después examinó la hoja doblada del suelo sin abrirla.

—¿Llevaba un maletín?

Señalé el compartimento lateral.

Mena comprobó el cierre. No parecía forzado.

—¿Quién ha entrado en esta suite desde el despegue?

—Yo —respondí—. Varias veces.

—¿Alguien más?

—Nadie que haya visto.

—La puerta estaba cerrada —dijo Nadia desde el otro lado de la cortina.

Eva se volvió.

La periodista había abandonado su asiento y se encontraba junto a la separación, observándonos por una abertura.

—Señora Ferrer, le he pedido que permanezca sentada.

—Yo estaba frente a la suite. Nadie entró.

Mena se incorporó.

—¿La vigilaba?

—La tenía delante.

—No es lo mismo.

—Desde que el señor Baeza salió por última vez hasta que regresó con la jarra, la puerta permaneció cerrada. Nadie se acercó.

—¿Cuánto tiempo?

Nadia consultó el reloj.

—Cuatro minutos. Quizá cinco.

—¿Y antes?