Capítulo 6
Regresé a la suite con una jarra que no necesitaba, un vaso que nadie había pedido y la impresión incómoda de estar utilizando el servicio como coartada para vigilar a un pasajero.
En otras circunstancias me habría preocupado que Llorente interpretara aquella insistencia como una intromisión, presentara una queja formal y obligara a Eva a explicar por qué uno de sus tripulantes había dedicado media hora a observar cómo bebía agua.
Aquella noche, sin embargo, el miedo a parecer entrometido había empezado a pesar menos que la posibilidad de dejarlo solo cuando varias personas parecían convencidas de que no debía estarlo.
La puerta continuaba detenida por el pequeño seguro que yo había colocado en la guía.
Desde el pasillo no era posible advertirlo, salvo que alguien intentara cerrarla por completo, y la abertura apenas permitía distinguir una franja del interior: el borde de la mesa, una parte del respaldo y la luz encendida sobre la ventanilla.
El rumor de la cabina llegaba amortiguado a través del panel.
Cubiertos, conversaciones, el movimiento de los carros y, por debajo de todo, aquella vibración constante de las turbinas que envolvía cualquier sonido menor hasta volverlo indistinguible.
Golpeé con los nudillos.
—Señor Llorente.
No respondió.
Esperé unos segundos, aunque aquella vez no había ninguna razón para concederle tiempo. Ya sabía que la medicación lo adormecía y que, incluso despierto, había tardado demasiado en reaccionar.
—Señor Llorente, voy a entrar.
Deslicé la puerta.
La jarra se inclinó sobre la bandeja cuando mi mano perdió firmeza, pero conseguí estabilizarla antes de que el agua se derramara.
Llorente seguía en la misma posición, recostado hacia la ventanilla, con la cabeza girada y el brazo derecho apoyado sobre el reposabrazos.
A primera vista parecía dormido. La luz cálida de la suite suavizaba las arrugas de su rostro y ocultaba parte de la palidez que había mostrado unos minutos antes.
El teléfono permanecía atrapado entre sus dedos, con la pantalla apagada.
Sobre la mesa continuaban la botella, el vaso y el pastillero abierto.
Lo que había cambiado era la quietud.
Durante mi visita anterior había necesitado observar su pecho para confirmar que respiraba, pero entonces, una vez localizada, la respiración resultaba visible.
Ahora no encontraba ningún movimiento. La camisa permanecía inmóvil, el abdomen no ascendía y el aire no salía de su nariz con ese sonido leve que todos producimos al dormir aunque creamos lo contrario.
Dejé la bandeja sobre el suelo.
—Señor Llorente.
Le toqué el hombro.
Su cuerpo se desplazó hacia el pasillo con una docilidad que no pertenecía a una persona dormida. La cabeza cayó ligeramente hacia delante y el teléfono resbaló de su mano, golpeó el asiento y quedó atrapado entre el cojín y la pared.
Durante un segundo no hice nada.
Mi formación contenía instrucciones precisas para aquella situación.
Comprobar respuesta, abrir la vía aérea, valorar respiración, pedir ayuda, iniciar maniobras si era necesario.
Las había practicado cientos de veces con muñecos de plástico, compañeros que fingían desmayos y pasajeros que realmente habían perdido el conocimiento.
Conocía cada paso y podía recitarlo sin pensar.
Sin embargo, mi primera reacción no fue actuar.
Fue negar lo que estaba viendo.
—Señor Llorente.
Lo sacudí con más fuerza. Su brazo se deslizó del reposabrazos y quedó colgando hacia el suelo. La piel del dorso de la mano tenía un tono grisáceo bajo la luz.
Acercé la cara a su boca, observé el pecho y apoyé dos dedos en el cuello, buscando un pulso que sabía encontrar y que, aun así, parecía haberse escondido en un lugar distinto.
No sentí nada. Moví los dedos, presioné demasiado, aflojé y volví a intentarlo, consciente de que estaba perdiendo tiempo mientras una parte de mi cabeza discutía si aquel silencio era real o producto del ruido de las turbinas.
Nada.
Saqué el interfono portátil de su alojamiento y pulsé la llamada prioritaria.
—Eva, a 3K. Ahora. Trae el equipo médico y a la doctora.
No esperé respuesta.
Bajé el respaldo, aparté la mesa y traté de colocar a Llorente en una posición que me permitiera trabajar.
Las suites de primera clase estaban diseñadas para dormir, comer y fingir durante unas horas que un avión podía ofrecer intimidad.
No estaban diseñadas para reanimar a un hombre corpulento rodeado de paneles, compartimentos y objetos personales.
Tuve que levantarlo por debajo de los brazos y girarlo hacia el pasillo, utilizando el asiento reclinado como superficie mientras intentaba evitar que la cabeza golpeara el borde.
El cuerpo pesaba más de lo que había imaginado.
Los cadáveres de las novelas siempre parecían ligeros.
Alguien los arrastraba por un corredor, los colocaba dentro de un armario o los transportaba hasta un jardín sin que el narrador se detuviera a explicar el peso muerto, las articulaciones que dejaban de colaborar o la dificultad de mover a una persona cuyo cuerpo ya no intentaba protegerse.
Llorente todavía podía estar vivo, me repetí mientras lo acomodaba, pero su peso había adquirido aquella misma ausencia.
Eva llegó primero, con el botiquín de emergencia. Detrás venían Mara y Lucía, seguidas por Álex con el desfibrilador. Los cuatro ocuparon el pasillo en pocos segundos, bloqueando la vista desde las suites cercanas. Nadia se había puesto en pie en 4A y trataba de observar por encima del panel.
—Regrese a su asiento —ordenó Eva sin mirarla.
—¿Qué ha ocurrido?
—Siéntese, señora Ferrer.
La firmeza de Eva consiguió que obedeciera, aunque Nadia dejó la puerta de su suite completamente abierta.
Mara se arrodilló junto a Llorente. Durante el trayecto había perdido la irritación y el miedo que mostraba cuando hablábamos de él. Ahora solo quedaba la concentración profesional. Le abrió la camisa, comprobó las pupilas, buscó pulso carotídeo y acercó el oído a la boca.
—No respira —dijo—. Sacadlo al pasillo. Necesito una superficie firme.
Entre Álex y yo lo levantamos. Lucía retiró una pequeña mesa lateral y Eva pidió por interfono que se interrumpiera el servicio en la zona delantera sin anunciar el motivo.
Extendimos a Llorente en el suelo, junto a la entrada de la suite, intentando ocultarlo de los pasajeros mediante dos mantas sostenidas verticalmente por Lucía y Amira, que acababa de llegar desde la cocina.
Mara empezó las compresiones.
El cuerpo respondió con sacudidas regulares bajo sus manos.
Cada presión producía un sonido húmedo y sordo que apenas se oía por encima del avión, pero que yo sentía en los dientes.
Abrí el botiquín, preparé la mascarilla y conecté la botella de oxígeno mientras Eva cortaba la camisa con unas tijeras.
Álex encendió el desfibrilador y colocó los parches sobre el pecho.
—Todo el mundo separado —indicó la voz electrónica.
Nos apartamos.
El aparato analizó durante unos segundos.
—Ritmo no desfibrilable. Inicie reanimación.
Mara volvió a comprimir.
—¿Cuánto tiempo llevaba así? —preguntó entre dos ciclos.
—Menos de cinco minutos. Estaba consciente cuando lo vi antes.
—¿Qué síntomas tenía?
—Somnolencia, pupilas pequeñas, torpeza. Dijo que era por la medicación.
—¿Qué tomó?
—Un comprimido blanco de un pastillero.
—¿Nombre?
—No quiso decírmelo.
Mara miró brevemente hacia la mesa de la suite, donde el pastillero seguía abierto.
—Traedlo. Y la botella.
Entré para recogerlos. El teléfono de Llorente continuaba atrapado junto al asiento.
La hoja doblada estaba ahora en el suelo, desplazada probablemente cuando habíamos movido el cuerpo.
La botella permanecía abierta y todavía contenía más de la mitad del agua.
El vaso conservaba una pequeña cantidad.
No toqué ninguno directamente.
Utilicé dos bolsas transparentes del material de servicio, introduje el pastillero en una y sujeté la botella con una servilleta antes de guardarla en otra.
No existía todavía una investigación, ni una razón oficial para preservar pruebas, pero la palabra había aparecido de todos modos dentro de mi cabeza.
Pruebas.
El pensamiento me produjo una vergüenza inmediata.
Un hombre estaba tendido en el pasillo mientras una médica intentaba reanimarlo y yo convertía una botella en evidencia porque había leído demasiadas novelas.
Sin embargo, no podía olvidar la caja vacía, el precinto levantado, la insistencia de Samuel y el modo en que Llorente había comparado el número antes de beber.
Entregué el pastillero a Mara y dejé la botella junto a Eva.
—No la abras más —le dije.
Me miró, pero no preguntó por qué.
Mara volcó los comprimidos sobre una gasa limpia. Había cuatro pastillas blancas idénticas, sin envoltorio ni identificación visible.
—¿Tomó una de estas?
—Sí.
—¿La había llevado consigo?
—El pastillero estaba sobre la mesa desde que entré la primera vez.
—Podría ser un opiáceo —dijo—. Las pupilas y la somnolencia encajan, pero no puedo saberlo sin identificar la medicación. ¿Tenemos naloxona?
Eva revisó el inventario del botiquín avanzado.
—Sí.
La administración no produjo ningún cambio.
Continuamos con la reanimación. Mara alternaba compresiones con Álex, mientras yo mantenía la ventilación y Lucía controlaba el tiempo.
El desfibrilador volvió a analizar dos veces y en ambas ocasiones indicó un ritmo no desfibrilable.
La piel de Llorente parecía enfriarse bajo mis dedos, aunque sabía que podía ser una impresión causada por el aire de la cabina, la falta de movimiento o el miedo.
A nuestro alrededor, el vuelo seguía avanzando.