El pasajero de la 3K Capítulo 5 #4
23%

Capítulo 5 #4

El ruido de las turbinas llenaba los huecos entre mis palabras. Era el mismo rumor que me tranquilizaba desde el despegue, pero frente a aquella puerta adquirió otra cualidad. Ocultaba los sonidos pequeños. Una respiración, un objeto que caía, una petición de ayuda pronunciada demasiado bajo.

Golpeé de nuevo, con más fuerza.

—Señor Llorente, traigo la cena.

La puerta continuó cerrada.

Nadia levantó la vista desde 4A.

Mara también.

Damián Mena dejó el periódico sobre el asiento.

Apoyé una mano sobre el borde del panel y lo deslicé apenas unos centímetros. No estaba bloqueado. La luz interior seguía encendida, aunque desde la abertura solo veía una parte del asiento y la mesa.

—Señor Llorente.

Esta vez escuché algo.

Un roce leve. Quizá una prenda contra el asiento o el aire de la ventilación moviendo un papel.

Abrí un poco más.

César Llorente estaba reclinado, con la cabeza girada hacia la ventanilla y los ojos cerrados. El vaso permanecía sobre la mesa, todavía con agua. La botella estaba a su lado. El maletín continuaba en el compartimento.

Observé su pecho.

Subía y bajaba.

Despacio, pero con regularidad.

La tensión abandonó mis hombros de golpe.

Llorente abrió los ojos.

—¿Qué hace?

Su voz sonó espesa, como si hubiera despertado de un sueño profundo.

—Traigo la cena. He llamado varias veces.

—No la quiero.

—¿Se encuentra bien?

—Estaba durmiendo.

—Solo han pasado unos minutos.

—Cierre la puerta.

—Parece somnoliento.

—Es el efecto de la medicación.

—¿Qué ha tomado?

—Lo que me recetaron.

Intentó incorporarse. Durante un instante su mano no encontró el reposabrazos y tuvo que corregir el movimiento.

—Voy a llamar a la doctora.

—No.

—Tiene dificultades para mantenerse despierto.

—He dicho que no.

Su voz recuperó parte de la firmeza.

—No permita que esa mujer entre aquí.

—¿Por qué?

—Cierre la puerta.

Permanecí inmóvil.

—Señor Llorente, si pierde el conocimiento tendré que intervenir aunque no lo autorice.

—No voy a perderlo.

—¿Cómo puede saberlo?

Llorente me miró. Sus pupilas parecían demasiado pequeñas bajo la luz.

—Porque esto ya me ha ocurrido antes.

—¿Después de tomar esa medicación?

No respondió.

Un objeto vibró sobre la mesa. Su teléfono se había encendido con la llegada de un mensaje. Llorente lo cogió antes de que pudiera ver la pantalla y lo apretó contra el pecho.

—Márchese.

—Volveré en diez minutos.

—No vuelva hasta que lo llame.

—Eso no puedo prometérselo.

Cerré la puerta dejando una abertura mínima. Llorente intentó deslizarla por completo desde dentro, pero el panel quedó detenido por el seguro que yo había colocado discretamente en la guía.

Cuando me volví, Damián Mena estaba de pie en el pasillo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Dice que está dormido por la medicación.

—¿Qué medicación?

—No quiere decirlo.

Mena miró la abertura de la puerta.

—¿Está consciente?

—Sí.

—¿Respira con normalidad?

—Por ahora.

—No lo deje solo demasiado tiempo.

—Entre usted.

—No puedo.

—¿Por qué?

Mena no respondió.

—Porque no quiere que sepa que está aquí —dije.

Su silencio fue suficiente.

—Llorente sabe que está aquí. Lo vi reconocerlo durante el embarque.

—No sabe quién soy.

—Entonces ¿por qué se tranquilizó al verlo?

Mena observó hacia 4A y 5K. Nadia y Mara fingían no prestarnos atención con una dedicación admirable.

—Cinco minutos —dijo—. Después compruébelo otra vez.

—¿Y si empeora?

—Avise a la médica.

—No quiere que entre.

—Si empeora, dejará de poder decidir.

Mena regresó a su asiento.

Yo llevé la bandeja intacta a la cocina. Eva me escuchó mientras retiraba el plato.

—Somnolencia, pupilas contraídas y torpeza al incorporarse —resumió—. Puede ser un sedante.

—Dice que le ha ocurrido antes.

—Eso no significa que sea normal.

—Mara cree que tiene una cardiopatía.

—Lo sabemos por la reserva.

—Lo atendió hace años.

Eva dejó el plato sobre la superficie.

—¿Te lo ha contado?

—Después de negarlo varias veces.

—¿Y Mena?

—Sigue sin decir quién es.

Eva tomó una decisión.

—No esperaremos diez minutos. Vuelve en cinco. Si no responde con claridad, entraremos con Mara.

—Se enfadará.

—Prefiero un pasajero enfadado que uno inconsciente.

El servicio continuó alrededor de nosotros. Álex sirvió champán. Lucía explicó tres veces la diferencia entre las dos opciones de cena a un pasajero que había elegido ambas. Los hornos se abrieron, el olor de los platos se extendió por la cabina y las luces se atenuaron un poco más.

En las pantallas, el mapa mostraba el avión avanzando hacia el oeste sobre una extensión oscura. Faltaban más de cinco horas para Madrid.

Miré el reloj.

Habían pasado dos minutos.

La puerta de 3K seguía casi cerrada. Nadie había entrado ni salido desde que Llorente se sentó. Yo había abierto personalmente la botella, o al menos había visto cómo él lo hacía. Había presenciado el momento en que bebió, había comprobado que seguía consciente y acababa de verlo respirar.

No existía ninguna emergencia.

Todavía.

Cogí una jarra de agua para justificar mi regreso y avancé hacia la suite mientras el rumor grave de las turbinas continuaba envolviendo el avión. Durante toda mi vida había confiado en aquel sonido porque ocultaba los pensamientos que no podía controlar.

Aquella noche también podía estar ocultando algo más.