Capítulo 5 #3
—Pensaba que no sabía de qué le hablaba.
—No he mencionado a nadie.
—Tampoco hacía falta.
Mena continuó caminando. Lo seguí dos pasos.
—Sí.
Se detuvo frente a la puerta del baño.
—¿Sí qué?
—Ha bebido.
Mena apretó la mandíbula.
—¿La botella especial?
—La que usted me pidió que vigilara.
—Nunca le pedí que vigilara una botella.
—Me pidió que prestara atención a Llorente.
—Baje la voz.
—Entonces admita que lo conoce.
Mena miró hacia el pasillo. Nadia seguía en su suite, aparentemente concentrada en la tableta. Mara observaba por la ventanilla. Ningún pasajero parecía escucharnos.
—No haga nada distinto a su rutina —dijo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que va a recibir.
—Llorente teme a Samuel.
Por primera vez, la expresión de Mena cambió.
No fue sorpresa, sino una preocupación más antigua que acababa de encontrar una confirmación.
—¿Se lo ha dicho?
—No. Pero ha reaccionado a su nombre y no quería beber nada que hubiese pasado por sus manos.
—Y aun así ha bebido.
—El número de serie coincidía con una fotografía que llevaba.
Mena observó la puerta de 3K.
—¿Quién abrió la botella?
—Él.
—¿Usted estaba presente?
—Sí.
—¿Y después?
—Tomó una pastilla. Me echó.
Mena tardó demasiado en responder.
—Manténgalo a la vista.
—Ha cerrado la puerta.
—Entonces busque una excusa para comprobarlo dentro de unos minutos.
—¿Por qué?
—Porque es su trabajo.
—No. Mi trabajo consiste en respetar la privacidad de un pasajero que no ha pedido asistencia.
Mena se acercó ligeramente. Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo.
—Su trabajo esta noche consiste en conseguir que ese hombre llegue vivo a Madrid.
El baño quedó libre detrás de él. Una pasajera salió, se disculpó por obligarnos a apartarnos y regresó hacia su asiento. Mena esperó a que se alejara.
—¿Quién es usted? —pregunté.
—Alguien que le está aconsejando que deje de hacer preguntas en el pasillo.
Entró en el baño y cerró.
Me quedé delante de la puerta.
La frase debería haberme asustado. En cambio, me produjo una clase distinta de alivio: la confirmación de que no había inventado por completo la situación.
Llorente estaba en peligro. Mena lo sabía.
Su presencia en el vuelo no era casual, y la advertencia del hotel había sido real aunque ahora fingiera lo contrario.
El problema era que confirmar una amenaza no la volvía más comprensible.
Regresé a la cocina.
Álex y Amira habían preparado los primeros carros, Eva coordinaba el servicio con la cubierta inferior y Lucía servía bebidas en el lado izquierdo. Al verme, Eva señaló una jarra de agua.
—5K.
—¿Qué?
—La doctora ha pedido agua. Llevas varios minutos con un vaso vacío.
Había olvidado por completo la petición.
—Sí.
Llené un vaso de una botella del suministro habitual y lo llevé a Mara.
—Gracias —dijo.
—¿Está segura de que no conoce a Llorente?
Mara cerró los ojos un instante.
—¿Va a continuar con esto durante todo el vuelo?
—Depende de las respuestas.
—Entonces sí, lo conozco.
La confesión llegó con tanta sencillez que durante un segundo no supe qué preguntar.
—¿De qué?
—Fue paciente mío.
—¿En urgencias?
—Hace años.
—¿Por una cardiopatía?
—No puedo hablar de la historia médica de otra persona.
—Acaba de decirme que tiene una cardiopatía.
—He dicho que lo parece.
—Y que no debería beber alcohol.
Mara bebió agua antes de responder.
—El señor Llorente tuvo un episodio cardíaco. Lo atendí una vez. Eso es todo.
—¿Por qué fingieron no conocerse?
—Pregúnteselo a él.
—Ya lo hice.
—Entonces sabrá que no le gusta responder.
—¿Se llevan mal?
Su expresión se cerró.
—No tenemos ninguna relación.
—Pero viajaron en el mismo vuelo por casualidad.
—En los aviones viaja mucha gente por casualidad.
—Quinientas seis personas.
—Le felicito por saber contarlas.
Me incorporé.
—Si se produce una emergencia médica, necesitaremos su ayuda.
—Si se produce, ayudaré.
—Aunque sea Llorente.
Mara apretó los labios.
—Aunque sea él.
Me alejé.
El servicio empezó pocos minutos después.
Abrimos las cocinas, retiramos carros y comenzamos una secuencia que habíamos repetido tantas veces que podía realizarla mientras parte de mi atención permanecía en la puerta de 3K.
Ofrecimos aperitivos, bebidas, toallas calientes y las primeras opciones de cena.
Los cubiertos tintineaban, los hornos emitían señales y las cafeteras producían un ruido que competía con la ventilación.
Los pasajeros hablaban en voz más baja a medida que la noche se asentaba sobre la cabina.
Fuera no había nada.
Ni ciudades, ni nubes visibles, ni estrellas desde aquel ángulo. Las ventanillas devolvían el interior como espejos negros, de modo que cada pasajero parecía viajar junto a una versión más pálida de sí mismo.
Yo recorría el pasillo con una bandeja mientras mantenía una cuenta mental.
Nadia continuaba despierta. Había apagado la cámara, pero consultaba el reloj con frecuencia y miraba hacia 3K cada vez que alguien se acercaba.
Mara no leía. Bebía agua y fingía hacerlo.
Damián Mena regresó del baño, se sentó y dobló el periódico sin volver a abrirlo.
Álex entró dos veces en la cocina delantera para buscar material que debía haber preparado antes del despegue. La segunda vez se quedó mirando el precinto roto del compartimento donde habíamos guardado la botella.
—¿Ya la ha bebido? —preguntó.
—Sí.
—Tanto misterio para acabar teniendo sed.
—¿Has tocado ese compartimento antes del embarque?
—No.
—¿Seguro?
—¿También me interrogas a mí?
—Estoy preguntando.
Álex colocó varias copas sobre una bandeja.
—Entré para guardar una caja de miniaturas porque abajo no quedaba sitio.
—Ese compartimento era para material especial.
—No la guardé ahí. Usé el de al lado.
—¿Antes o después de que llegara catering?
—Antes de que subierais vosotros.
—¿Viste la caja blanca?
Álex dejó de moverse.
—Creo que sí.
—¿Estaba precintado el armario?
—No me acuerdo.
—Inténtalo.
—Jero, llevaba despierto quince horas, había seis personas metiendo cosas y Eva todavía no había llegado para aterrorizarnos. Vi una caja. Puede que fuera esa o puede que no.
—¿Había una botella dentro?
—No la abrí.
—¿Viste a Samuel?
—Lo vi entrar y salir varias veces. Es piloto. Suelen hacerlo en los aviones.
—¿Llevaba una bolsa de papel?
Álex me miró con una mezcla de curiosidad y cansancio.
—¿Qué crees que ha pasado?
—No lo sé.
—Pero ya tienes una teoría.
No la tenía. Tenía detalles, reacciones y un grupo de personas que parecían compartir información que nadie quería darme.
—Solo quiero reconstruir el recorrido de la botella.
—La trajo catering, Samuel la recogió, tú la guardaste y el pasajero se la bebió. Fin.
—La caja estaba húmeda.
—El agua moja.
—Sin botella también.
—Eso es más filosófico de lo que puedo soportar mientras preparo champán.
Eva entró en la cocina.
—¿Por qué estáis parados?
—Jero investiga una botella —dijo Álex.
—Jero está ayudándote con el servicio —respondió Eva—. Y tú vas a dejar de guardar miniaturas donde no corresponde.
Álex abrió la boca.
—¿Cómo…?
—Porque llevas siete años haciéndolo.
Salió con la bandeja.
Eva esperó a que se alejara.
—¿Alguna novedad?
—Mena me ha dicho que debo conseguir que Llorente llegue vivo a Madrid.
La expresión de Eva no cambió, pero dejó la pinza que sostenía.
—¿Esas fueron sus palabras?
—Sí.
—¿Se ha identificado?
—No.
—¿Ha explicado la amenaza?
—Tampoco.
—Entonces no vuelvas a hablar con él en medio del pasillo.
—Eso mismo ha dicho.
Eva miró hacia la puerta de 3K.
—¿Cuánto hace que bebió?
Consulté la hora.
—Quince minutos, aproximadamente.
—Lleva la cena.
—Ha pedido servicio reducido.
—Precisamente. Una bandeja pequeña nos da una excusa para comprobarlo.
Preparamos el plato solicitado: pescado blanco, verduras, pan sin sal añadida y una pieza de fruta.
Todo había sido registrado con precisión, pero Llorente ya no me parecía un pasajero con preferencias alimentarias.
Era un hombre encerrado voluntariamente en una suite, rodeado por personas que fingían no conocerlo, mientras alguien que probablemente trabajaba en seguridad me pedía que lo mantuviera vivo.
Llevé la bandeja hasta 3K.
Golpeé dos veces.
No hubo respuesta.
Esperé.
—Señor Llorente.
Nada.