El pasajero de la 3K Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—No puedo saberlo con absoluta seguridad.

—¿No existen procedimientos?

—Existen. Por eso registramos la incidencia.

—Una incidencia.

Pronunció la palabra con una ironía amarga.

—Para ustedes todo es una incidencia hasta que alguien muere.

No supe si hablaba de aviación o de algo más.

—Podemos retirar la botella y servirle agua de nuestro suministro.

—No.

—Antes dijo que no quería beberla.

—He cambiado de opinión.

—¿Por qué?

Llorente miró la puerta cerrada. Después bajó la vista hacia la hoja doblada junto al teléfono.

—Porque el número coincide.

—¿Eso garantiza que sea segura?

—Garantiza que es la botella que debía llegar.

No era lo mismo, pero parecía suficiente para él.

Tomó el envase por el cuerpo y lo acercó a la luz. La condensación dejó una marca húmeda sobre la servilleta. Giró el cuello, comprobó el adhesivo y pasó una uña por el borde de la cápsula metálica.

—Quiero abrirla yo.

—Por supuesto.

—Y quiero que se quede.

La petición me sorprendió.

—¿Mientras la abre?

—Mientras bebo.

—¿Teme que ocurra algo?

—Temo muchas cosas, señor Baeza. Algunas tienen nombre y otras llevan uniforme.

Sus ojos se desviaron hacia la cabina de mando.

No necesitaba preguntarle a qué uniforme se refería.

—¿Conoce a Samuel Orduña?

Llorente sostuvo la botella sin abrirla.

—No.

—Su reacción indica lo contrario.

—Mi reacción indica que no me gusta que un desconocido controle algo destinado a mí.

—Samuel no es un desconocido para la aerolínea.

—Eso no significa que no lo sea para mí.

—En el hotel también pareció reconocerlo.

—No vi al señor Orduña en el hotel.

Era posible. Yo lo había visto observando la cabina, pero no sabía qué había provocado exactamente su miedo.

Quizá no fuera Samuel, sino la noticia de que la botella había salido del circuito previsto.

Mi mente intentaba encajar las piezas con la impaciencia de quien tiene un rompecabezas incompleto y sospecha que alguien está escondiendo la caja.

Llorente agarró el tapón.

—¿Está seguro de que nadie la ha abierto?

—No puedo asegurarlo más de lo que permiten el precinto y la cápsula.

—Una respuesta honesta.

—Intento que todas lo sean.

—Eso le traerá problemas.

Giró el tapón.

La cápsula metálica opuso una resistencia breve y se oyó un clic seco, ligeramente más fuerte de lo que esperaba. El papel numerado se rasgó en uno de los extremos. Llorente se detuvo.

—¿Es normal ese sonido?

Cogí la botella por la base y examiné el cuello sin tocar la abertura.

—Parece el seguro del tapón.

—¿Parece?

—No conozco esta marca.

Acercó el envase al rostro, olió el contenido y observó el interior. El agua era transparente. No había sedimentos, color ni burbujas visibles.

—Tráigame un vaso.

—Puedo traer también otra botella para que compare.

—Solo el vaso.

Salí de la suite con la bandeja vacía. Nadia apartó la vista demasiado tarde. Su tableta mostraba un documento lleno de texto, pero una pequeña luz roja parpadeaba en la funda de la cámara que había dejado abierta sobre la mesa lateral.

Me detuve.

—Señora Ferrer.

Cubrió la funda con una mano.

—¿Sí?

—¿Está grabando?

—No.

La luz roja continuó parpadeando.

—La cámara está encendida.

—La estaba configurando.

—Le pedí que no fotografiara a otros pasajeros sin permiso.

—No he fotografiado a nadie.

—Entonces no tendrá inconveniente en apagarla.

Nadia sostuvo mi mirada durante un instante. Después abrió la funda, pulsó un botón y la luz desapareció.

—Listo.

—Gracias.

—¿El señor Llorente se encuentra bien?

La pregunta confirmó que su interés no era casual.

—No puedo comentar el estado de otro pasajero.

—Solo preguntaba porque parece nervioso.

—También usted lo parece.

La frase salió antes de que pudiera retenerla.

Nadia sonrió, aunque no parecía divertida.

—Quizá los dos tenemos motivos.

—¿Se conocen?

—No.

La tercera negación rápida de la noche.

—Todo el mundo desconoce al señor Llorente —dije.

—Tal vez no sea tan popular como cree.

Volvió a colocarse los auriculares. Di dos pasos y regresé.

—La cámara permanecerá apagada.

—Ya lo ha dicho.

—Esta vez quería asegurarme de que lo había oído.

Continué hacia la cocina.

Eva preparaba las bebidas de bienvenida tardías mientras Álex introducía los primeros platos en los hornos. El olor a pan caliente empezaba a mezclarse con el café y los productos de limpieza, una combinación que dentro de un avión podía resultar extrañamente doméstica.

—Quiere un vaso —dije.

—¿Ha abierto la botella?

—Él mismo.

—¿Todo bien?

—El tapón ha hecho un clic extraño.

Álex levantó la cabeza.

—Los tapones suelen hacer clic.

—Este más.

—Tal vez sea agua con suspense.

Eva sacó un vaso nuevo de su envoltorio y lo colocó sobre una bandeja.

—¿La cápsula estaba intacta?

—Sí.

—¿El número coincidía?

—Llorente tenía una fotografía y lo ha comparado.

Eva dejó de moverse.

—¿Una fotografía de la botella?

—De la etiqueta y el número de serie.

—¿Por qué?

—No me lo ha dicho.

—¿Y aun así va a beberla?

—El número le ha convencido.

Eva miró hacia el pasillo.

—Esto empieza a no gustarme.

—Creía que yo estaba convirtiendo frases en pistas.

—No te emociones. Sigues siendo insoportable.

—Pero tenía razón.

—Todavía no sabemos en qué.

Tomé el vaso.

Antes de regresar a 3K, una llamada se encendió en 5K. Mara Esquivel había pulsado el botón de asistencia. Me acerqué.

—¿Qué necesita?

—Agua, por favor.

—¿Con gas o sin gas?

—Sin gas. De la botella normal.

La precisión no era necesaria.

—Por supuesto.

Mara miró hacia la suite de Llorente. La puerta estaba cerrada.

—¿Se encuentra bien ese hombre?

—Es la segunda persona que me lo pregunta en menos de un minuto.

—Tiene mal aspecto.

—Antes dijo que no lo conocía.

—No hace falta conocer a alguien para ver que está pálido y sudando.

—¿Cree que necesita atención médica?

Mara vaciló.

—No puedo valorarlo desde aquí.

—Podría hablar con él.

—No.

La negativa fue demasiado firme.

—Es médica de urgencias.

—Estoy fuera de servicio.

—Los médicos no suelen decir eso cuando alguien puede necesitar ayuda.

—Los tripulantes tampoco suelen interrogar a los pasajeros.

Había recuperado la irritación del embarque, pero ahora sus manos se aferraban al libro electrónico con fuerza.

—Solo intento asegurarme de que todos estén bien.

—Entonces llévele agua y deje de hacer preguntas.

—El vaso es para él.

Mara observó el recipiente vacío que yo llevaba sobre la bandeja. Durante un segundo pareció querer decir algo.

—No debería beber alcohol —murmuró.

—Es agua.

Sus ojos se levantaron hacia los míos.

—Mejor.

—¿Por qué no debería beber alcohol?

—Porque parece tener una cardiopatía.

—Eso no se ve desde un asiento.

—Algunas cosas sí.

No añadió nada más.

Le prometí traerle agua y regresé a 3K. La puerta seguía cerrada. Golpeé dos veces y Llorente me permitió entrar.

La botella estaba abierta sobre la mesa. Él no había bebido todavía.

Le entregué el vaso dentro de su envoltorio y esperé mientras lo abría. Llorente volvió a oler el agua antes de servirla. El líquido cayó con normalidad, claro y sin espuma. Llenó apenas un tercio, sostuvo el vaso frente a la luz y lo acercó a los labios.

Se detuvo.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada.

—No parece nada.

—¿Sabe cuántas personas han intentado decirme durante el último mes que estaba imaginando cosas?

—No.

—Todas las que necesitaban que dejara de mirar.

Bebió un sorbo pequeño.

No ocurrió nada.

El avión continuó avanzando, las turbinas siguieron produciendo su rumor constante y, al otro lado del panel, un carro se desplazó dentro de la cocina. Llorente mantuvo el agua en la boca antes de tragar, como si esperara detectar un sabor extraño.

—¿Está bien? —pregunté.

—Es agua.

Bebió otra vez, esta vez con menos cautela. Después abrió el pastillero metálico y extrajo un comprimido blanco.

—¿Qué medicación es?

—No necesita saberlo.

—Tiene antecedentes cardíacos registrados.

—Entonces ya sabe suficiente.

Se llevó el comprimido a la boca y bebió casi la mitad del vaso.

Yo observé su garganta al tragar. No porque esperara que cayera muerto en ese momento, aunque la posibilidad había empezado a parecer menos absurda desde que entré con la botella. Llorente dejó el vaso y respiró varias veces.

—¿Se siente bien?

—Sí.

—Puedo llamar a la médica que viaja dos filas detrás.

El cambio en su expresión fue inmediato.

—¿Qué médica?

—Mara Esquivel. Está en 5K.

Llorente apartó el vaso.

—No la llame.

—Entonces sí la conoce.

—He dicho que no la llame.

—¿Por qué?

—Porque no necesito un médico.

—No es lo mismo.

Llorente se inclinó hacia mí.

—Escúcheme, señor Baeza. Durante las próximas horas hará exactamente lo que le corresponde. Servirá la cena, comprobará cinturones y sonreirá a personas que no recordarán su nombre al aterrizar. No abra puertas que no pueda volver a cerrar.

No había alzado la voz, pero cada palabra llevaba una presión que me obligó a permanecer quieto.

—Usted me pidió que me quedara.

—Y ahora le pido que se marche.

Señaló la puerta.

Recogí la bandeja vacía, aunque dejé el vaso y la botella sobre la mesa.

—Si se encuentra mal, pulse el botón de llamada.

—Sé cómo funciona.

—No cierre completamente la puerta hasta que haya terminado el servicio.

—Me dijeron que podía hacerlo después del despegue.

—Podemos abrirla desde fuera.

—También me lo dijeron.

Llorente deslizó la puerta en cuanto salí. El panel se cerró con un sonido suave y la suite 3K desapareció del pasillo.

Permanecí delante unos segundos.

La puerta no tenía una cerradura que pudiera impedirnos entrar.

Desde el punto de vista de la seguridad, seguía siendo accesible.

Sin embargo, la privacidad visual alteraba la percepción.

Cualquiera que caminara por la cabina vería únicamente un panel cerrado.

Nadie sabría si Llorente estaba leyendo, durmiendo, hablando por teléfono o sentado frente a una botella que había tardado veinte minutos en atreverse a abrir.

Al volver hacia la cocina me crucé con Damián Mena.

Había abandonado el asiento con el periódico doblado bajo el brazo y caminaba en dirección al baño delantero. Cuando llegó a mi altura, redujo el paso.

—¿Ha bebido? —preguntó sin mirarme.

Me detuve.