Capítulo 5
Altitud de crucero
Los primeros minutos después del despegue pertenecían a los pilotos y a la gravedad.
Mientras el avión ascendía, nosotros permanecíamos sujetos a los asientos de tripulación, repasando mentalmente procedimientos de emergencia y observando una cabina que parecía haberse aquietado de repente.
Los pasajeros que durante el embarque habían necesitado levantarse, llamar por teléfono, reorganizar sus pertenencias o preguntar cuánto faltaba para llegar aceptaban casi sin protestar que una señal luminosa les prohibiera moverse.
Algunas personas cerraban los ojos. Otras miraban por las ventanillas, donde ya no quedaban edificios, carreteras ni referencias de altura, solo una oscuridad compacta que devolvía el reflejo del interior.
Aquel sonido era lo más parecido a una habitación segura que había encontrado nunca.
Eva permanecía sentada a mi lado, con las manos apoyadas sobre las rodillas y la vista dirigida hacia el pasillo.
No hablábamos durante las fases críticas salvo que resultara necesario.
Tampoco hacía falta. Habíamos realizado aquel procedimiento cientos de veces y reconocíamos cada variación en el movimiento del aparato: el cambio de potencia al reducir el régimen de ascenso, una corrección de rumbo, la vibración leve al atravesar una capa irregular de aire.
Yo podía imaginar las pantallas de la cabina y la secuencia que Samuel y Alcázar estarían siguiendo, aunque no necesitaba conocerla para realizar mi trabajo.
El avión inclinó el ala izquierda.
Las luces de la cabina se reflejaron sobre las ventanillas y durante unos segundos vi mi propia cara suspendida en la oscuridad.
Parecía más tranquila de lo que me sentía.
Quizá Lucía tenía razón y el vuelo me cambiaba la expresión.
En tierra, mi cuerpo estaba siempre un poco preparado para marcharse.
Allí arriba, una vez cerradas las puertas, no había ningún lugar alternativo al que pudiera ir.
Una señal acústica sonó en la cabina.
No era todavía la liberación de los cinturones, sino el aviso acordado de que habíamos superado una determinada altitud y podíamos comenzar algunas tareas sin abandonar las posiciones.
Eva miró el reloj. Yo hice lo mismo, aunque no necesitaba conocer la hora para calcular que llevábamos unos doce minutos en el aire.
Habíamos despegado a las cero cincuenta y nueve, catorce minutos después de la hora prevista. El retraso había sido pequeño para un vuelo de aquel tamaño y, hasta ese momento, completamente irrelevante.
—Cuando apaguen la señal —dijo—, quiero que llevemos la botella a 3K antes de empezar el servicio.
—Ha dicho que solo quería verla.
—Se la mostramos. Si la rechaza otra vez, la devolvemos al compartimento.
—Samuel preguntará.
Eva volvió la cabeza hacia mí.
—¿Por qué tendría que preguntar?
—Ya ha preguntado dos veces.
—Eso no significa que vaya a hacerlo una tercera.
—Tampoco significa que no.
—Jero.
—Solo lo señalo.
Eva respiró por la nariz. No era exactamente un suspiro, porque ella consideraba que suspirar delante de otro tripulante equivalía a presentar una queja formal sin documentación.
—El primer oficial puede interesarse por una incidencia relacionada con operaciones —dijo—. No conviertas cada frase en una pista.
—No estoy convirtiendo nada.
—Llevas desde el hotel construyendo un asesinato sin cadáver.
Miré hacia la suite 3K. Desde nuestro asiento no veíamos a Llorente, pero la puerta seguía abierta porque la señal de cinturones permanecía encendida.
—Me conformaría con saber por qué tiene miedo.
—La gente tiene miedo por razones bastante menos interesantes de lo que imaginas.
—Lo sé. Yo tengo una lista.
Eva sonrió a pesar de sí misma.
—Cuando terminemos el servicio, me la enseñas.
—No la llevo escrita.
—Eso sí me sorprende.
El avión redujo ligeramente el ángulo de ascenso.
La presión cambió en los oídos y un bebé empezó a llorar en la cubierta inferior, su voz transmitida a través de la estructura como si estuviera en una habitación lejana.
A nuestro alrededor, varios pasajeros desabrochaban ya los cinturones pese a que la señal continuaba encendida.
Era una tradición casi universal: interpretar que la ausencia de turbulencia visible anulaba las instrucciones luminosas.
La señal se apagó.
Antes de que terminara el segundo tono, tres personas se levantaron en ejecutiva.
Eva tomó el interfono.
—Señoras y señores, hemos alcanzado una altitud segura y la señal de cinturones ha sido desconectada. No obstante, recomendamos mantenerlos abrochados siempre que permanezcan sentados. En unos minutos comenzaremos el servicio. Gracias.
Nos liberamos de los arneses.
El cambio fue inmediato. Los pasajeros se pusieron en movimiento, las puertas de los baños se abrieron y varios compartimentos superiores volvieron a levantarse.
La cabina recuperó su murmullo, aunque la oscuridad exterior y la iluminación cálida contenían el volumen.
En primera clase, dos personas pidieron conexión a internet antes de que yo hubiera recorrido tres pasos.
Un hombre preguntó cuánto faltaba para la cena y una mujer quiso saber si podíamos modificar la temperatura únicamente alrededor de su suite.
—Puedo ofrecerle una manta más ligera —dije.
—Tengo calor.
—Entonces quizá prefiera que retiremos la manta.
Me miró como si acabara de proponerle viajar sobre el ala.
—Quiero menos temperatura.
—La climatización se regula por zonas, pero no de manera individual.
—En el vuelo de Singapur lo hicieron.
Dentro de mi cabeza le expliqué que probablemente habían fingido tocar un control para que dejara de preguntar. En voz alta le aseguré que consultaríamos si era posible ajustar ligeramente la zona.
Cuando regresé a la cocina, Eva ya había retirado la botella del compartimento. El precinto nuevo permanecía intacto y el número coincidía con el que habíamos fotografiado. Lo rompió delante de mí, abrió la puerta y extrajo el envase sin tocar el tapón.
—Llévala en una bandeja —dijo—. Nada más. Sin vaso, sin hielo, sin abrirla.
—¿Quieres venir?
—No. Si aparecemos los dos, parecerá que transportamos material radiactivo.
—Álex dijo que era plutonio.
—Álex piensa que la tabla periódica es una aplicación para reservar restaurantes.
Coloqué una servilleta limpia sobre una bandeja pequeña y apoyé la botella en el centro. El cristal estaba frío. Una capa fina de condensación empezó a formarse en la parte inferior, parecida a las marcas que habíamos encontrado dentro de la caja.
Antes de salir comprobé de nuevo la cápsula plateada.
No presentaba cortes visibles. La tira con el número de serie seguía rodeando el cuello, adherida a ambos extremos.
El tapón tenía una forma poco habitual, más ancho que el de una botella normal y cubierto por una pieza metálica que ocultaba la rosca.
—Está intacta —dijo Eva.
—Eso parece.
—No la mires como si fuese a confesar.
—Las cosas confiesan más que las personas.
—Llevamos veinticinco minutos de vuelo y ya estás citando a Poirot.
—Poirot hablaba demasiado.
—Mira quién lo dice.
Me dirigí hacia la suite 3K.
Nadia Ferrer estaba despierta en 4A, con la tableta apoyada sobre las piernas y los auriculares alrededor del cuello.
Al verme pasar con la botella, sus ojos siguieron la bandeja hasta la puerta de Llorente.
No intentó disimularlo. Mara Esquivel, en 5K, continuaba frente a la misma página del libro electrónico y también levantó la vista, aunque lo hizo apenas un segundo antes de regresar a la pantalla.
Damián Mena permanecía en 7A con el periódico abierto.
No podía verlo desde allí, pero tuve la impresión de que sabía exactamente lo que llevaba en las manos.
Golpeé suavemente el panel de la suite.
—Señor Llorente.
La puerta se abrió unos centímetros. Su rostro apareció en la rendija.
—¿La ha traído?
Le mostré la botella.
—Como pidió. Sigue cerrada.
Llorente abrió por completo y me dejó entrar.
La suite no era una habitación, aunque el panel alto y la puerta creaban una sensación de aislamiento suficiente para que el pasillo desapareciera al cerrarla.
Había reclinado parcialmente el asiento y colocado el maletín sobre la mesa lateral.
Junto a él descansaban un teléfono apagado, un pequeño pastillero metálico y una hoja doblada en cuatro.
—Déjela ahí —dijo.
Coloqué la bandeja sobre la mesa principal.
Llorente no tocó la botella de inmediato. La observó desde varios ángulos, inclinándose para leer el número del cuello sin desplazarla. Después sacó el teléfono, lo encendió y consultó una fotografía. Alcancé a distinguir una etiqueta idéntica y una serie de cifras.
Comparó el número dos veces.
—¿Coincide? —pregunté.
Levantó la mirada.
—¿Con qué?
—Con el que esperaba.
—No he dicho que esperara ninguno.
—Lo está comparando con una fotografía.
Llorente apagó la pantalla.
—Se fija demasiado.
—Es una deformación profesional.
—Su profesión consiste en servir bebidas.
No me ofendió la frase porque la había oído muchas veces, aunque casi siempre de personas que más tarde necesitaban que les explicara cómo abrir la puerta del baño.
—También consiste en detectar problemas antes de que se conviertan en emergencias.
—¿Y ha detectado alguno?
Podía haberle hablado de la caja vacía, de Samuel, de Nadia, de Mara y de Damián Mena fingiendo no conocerme. En lugar de eso, señalé la botella.
—Usted cree que hay uno.
Llorente se recostó. Bajo la luz de la suite parecía mayor que en el hotel. Tenía pequeñas gotas de sudor junto al nacimiento del pelo pese a que la cabina estaba fresca, y la mano derecha temblaba ligeramente cuando la apoyó sobre el maletín.
—¿Quién la ha manipulado desde que despegamos?
—Eva Roldán y yo. Estaba guardada bajo un precinto nuevo.
—¿Y antes?
—Operaciones se la entregó a Samuel Orduña. Él afirma que la mantuvo dentro de la cabina hasta dármela.
La mandíbula de Llorente se tensó.
—¿La abrió?
—El precinto original parecía intacto.
—No le he preguntado eso.