Capítulo 4 #3
Era una expresión técnica, aunque siempre me había parecido más dramática de lo necesario. Significaba que los sistemas de evacuación quedarían listos para desplegarse si alguien abría una puerta en emergencia. También significaba que el avión había dejado de estar abierto al mundo.
Durante las siguientes horas, nadie entraría.
Nadie saldría.
El comandante Alcázar habló por megafonía, dio la bienvenida y anunció un tiempo estimado de vuelo de siete horas y treinta y cinco minutos. Su voz grave recorrió las dos cubiertas con una serenidad que convertía la idea de cruzar varios países en mitad de la noche en un procedimiento cotidiano.
Mientras iniciábamos la demostración de seguridad, las luces de plataforma comenzaron a moverse detrás de las ventanillas.
El avión retrocedía lentamente, empujado por el vehículo de remolque.
Los pasajeros dejaron de mirar los teléfonos durante unos segundos y prestaron una atención desigual a las instrucciones.
Algunos seguían cada gesto. Otros fingían dormir antes de que hubiéramos recorrido diez metros.
Llorente permanecía sentado con la puerta abierta, el cinturón ajustado y una mano apoyada sobre el maletín.
Cuando mostré la máscara de oxígeno, lo vi mirar hacia la cabina de mando.
Samuel estaría realizando listas, comprobando instrumentos y preparando el arranque de los motores. Desde donde yo me encontraba no podía verlo, pero conocía la secuencia: autorización, suministro neumático, selector, encendido, estabilización. Un orden exacto, sin espacio para dudas.
Terminamos la demostración y aseguramos la cabina. Comprobé por última vez la 3K.
—Necesito que coloque el maletín en el compartimento —dije.
—Se queda conmigo.
—No puede permanecer suelto durante el despegue.
—Lo sujetaré.
—No es suficiente.
Llorente apretó la mandíbula.
—Hay documentos que no pueden quedar fuera de mi vista.
—Puede guardarlos en el armario de la suite y cerrarlo.
—¿Quién puede abrirlo?
—La tripulación, en caso necesario.
—Entonces no.
Detrás de mí, el avión inició el arranque del primer motor. El zumbido de los sistemas cambió de tono y una vibración profunda recorrió el suelo. No teníamos tiempo para discutir.
—Señor Llorente, el avión no iniciará el rodaje mientras el equipaje no esté asegurado.
No sabía si era cierto. Probablemente el comandante jamás se enteraría de aquel maletín, pero formularlo como una imposibilidad operacional resultaba más eficaz que presentar una preferencia.
Llorente me sostuvo la mirada. Después abrió el compartimento lateral, introdujo el maletín y cerró.
—Quiero que permanezca cerrado.
—Permanecerá cerrado.
—Y la botella.
—Sigue precintada.
—Tráigamela cuando estemos en el aire.
La petición me sorprendió.
—Antes dijo que no la quería.
—He cambiado de opinión.
—Puedo ofrecerle otra agua.
—Quiero ver esa botella.
—¿Solo verla?
—Tráigamela cerrada.
No explicó nada más.
Me dirigí a mi asiento de tripulación antes de que comenzara el rodaje.
Eva ocupaba el asiento contiguo. Nos abrochamos los arneses y realizamos la comprobación silenciosa de emergencia: salida más próxima, equipo disponible, comandos, acciones previstas.
Era un ritual mental que repetíamos en cada despegue, una forma de prepararnos para lo improbable sin permitir que lo improbable dominara el vuelo.
El segundo motor arrancó.
Después el tercero.
El ruido creció hasta llenar la aeronave, no como un estruendo sino como una presencia grave y continua.
La vibración llegó a través del suelo, del respaldo y de la estructura que me rodeaba.
El avión empezó a moverse por sus propios medios, abandonó la posición y entró en la red de calles de rodaje.
Sentí cómo algo dentro de mí se aflojaba.
Habíamos cerrado las puertas. El equipaje estaba guardado, los pasajeros sentados, los procedimientos en marcha.
Ya no tenía que llegar a ninguna parte porque la parte en la que me encontraba avanzaba conmigo.
Durante las siguientes horas, el mundo exterior se reduciría a luces vistas a través de una ventanilla y voces llegadas por radio.
Eva me observó.
—Ahora sí estás tranquilo.
—Siempre estoy tranquilo.
—Claro. Por eso llevas una farmacia en el equipaje de mano.
—Eso es previsión.
—Llevas medicación para enfermedades que no existen en los países a los que volamos.
—Todavía.
Eva sonrió y volvió la vista hacia delante.
El A380 rodó durante varios minutos. A través de la pequeña ventanilla de la puerta vi pasar luces azules, señales iluminadas y otros aviones detenidos en la oscuridad.
El aeropuerto parecía un sistema circulatorio visto desde dentro, con vehículos y aeronaves desplazándose por rutas que solo tenían sentido para quienes conocían el mapa completo.
Nos detuvimos antes de la pista.
Los motores mantuvieron un rumor constante.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Aquella pausa, justo antes de entrar, siempre me había parecido uno de los momentos más íntimos del vuelo.
Más de quinientas personas permanecían sentadas detrás de nosotros, muchas hablando, leyendo o pensando en sus propios asuntos, mientras en la cabina dos pilotos esperaban una autorización que determinaría cuándo todo aquel peso empezaría a correr.
El avión giró.
Las luces de la pista aparecieron alineadas frente a nosotros, blancas y perfectas, perdiéndose en la noche.
Los motores aumentaron potencia.
El sonido descendió varios tonos hasta convertirse en una fuerza física.
Mi espalda se pegó al asiento, el suelo vibró bajo los pies y la velocidad comenzó a crecer.
Las luces exteriores pasaban cada vez más deprisa, primero distinguibles y después unidas en líneas.
Conocía la secuencia aunque no pudiera oír las llamadas desde la cabina: velocidad comprobada, decisión, rotación.
El morro se elevó.
La presión cambió en el pecho.
Durante un instante, el avión pareció dudar entre la pista y el cielo. Después las vibraciones del asfalto desaparecieron y quedamos sostenidos únicamente por el aire.
Dubái descendió bajo nosotros convertida en una extensión de luces doradas.
Las carreteras formaban líneas brillantes, las torres sobresalían como agujas y, más allá, el desierto se confundía con la noche.
El aparato inició un giro suave mientras ascendíamos, y las luces de la ciudad se desplazaron por las ventanillas hasta quedar detrás.
Respiré.
El ruido de las turbinas se instaló en la cabina, profundo, uniforme, soporífero. No era silencio, pero producía el mismo efecto que el silencio debería haber producido si mi cabeza supiera utilizarlo. Las preocupaciones no desaparecían. Simplemente perdían espacio para moverse.
La botella seguía precintada.
Llorente seguía vivo.
Samuel estaba en la cabina.
Mara fingía no conocer a Llorente.
Nadia ocultaba una cámara.
Damián Mena fingía no conocerme a mí.
Todo continuaba sin explicación, pero ya no podía dispersarse por un hotel, un aeropuerto o una ciudad entera.
Estaba allí dentro.
Con nosotros.
El tren de aterrizaje se recogió bajo el fuselaje con un golpe lejano. Las luces de los cinturones permanecieron encendidas mientras atravesábamos las primeras capas de aire y la ciudad desaparecía por completo.
Delante, la noche se extendía sin límites.
Detrás, quinientos seis pasajeros comenzaban un vuelo del que ninguno podía bajarse.