Capítulo 4 #2
Pensé en la advertencia del hombre del traje gris, en la negativa de Llorente a admitir que conocía a Mara y en su reacción al escuchar el nombre del copiloto. No me correspondía compartir ninguna de aquellas cosas con Samuel, aunque tampoco sabía por qué debía ocultarlas.
Eva intervino antes de que decidiera.
—Nada que afecte a la operación. Regresa a cabina. Avisaremos cuando esté terminada la cuenta.
Samuel sostuvo mi mirada un segundo más y después asintió.
—Como queráis. Pero conservad la botella. Puede pedirla después.
Se alejó hacia la escalera delantera y descendió a la cubierta principal, probablemente para acceder a la cabina por la entrada inferior. Llorente siguió su recorrido desde la rendija de la suite.
—¿Por qué le interesa tanto? —pregunté.
Eva esperó a que Samuel desapareciera.
—Puede que solo quiera evitar una queja.
—No parecía preocupado por una queja.
—Tampoco tú pareces preocupado cuando estás a punto de desmayarte, así que no basaría una investigación en las expresiones faciales.
—No estoy investigando.
Eva arqueó una ceja.
—Claro.
Una llamada del personal de tierra la obligó a regresar a la entrada.
Yo permanecí junto a la cocina, mirando el compartimento precintado donde habíamos guardado la botella.
El número seguía intacto. No había ocurrido nada desde que la introdujimos allí, y aun así el objeto parecía haber adquirido una importancia que no tenía cuando lo sostuve en la cabina.
Era agua.
Cristal, etiqueta, tapón, contenido transparente.
Lo extraño no se encontraba necesariamente dentro, sino alrededor: la caja vacía, el registro equivocado, la entrega a Samuel y el miedo de Llorente. Una botella normal podía convertirse en una amenaza si suficientes personas actuaban como si lo fuera.
El embarque continuó.
Un hombre alto y corpulento apareció en la puerta cuando faltaban menos de diez minutos para el cierre.
Se había quitado la chaqueta gris que llevaba en el hotel y vestía ahora una camisa blanca bajo un abrigo oscuro, pero reconocí la cicatriz junto a su oreja y la forma de observar la cabina antes de entrar.
Llevaba una bolsa pequeña colgada del hombro, tan discreta que podía haber permanecido oculta durante nuestro encuentro anterior.
El hombre que había bajado del avión acababa de regresar como pasajero.
Me entregó una tarjeta de embarque.
Damián Mena. 7A.
—Buenas noches —dije.
—Buenas noches.
No mostró ninguna señal de reconocerme.
—Pensaba que se había marchado.
Sus ojos se detuvieron en los míos.
—Habrá pensado mal.
—Ha subido antes.
—Trabajo en el aeropuerto.
La afirmación no respondía a nada.
—Me dijo que prestara atención al pasajero de la 3K.
—No recuerdo haberle dicho eso.
Su expresión permaneció completamente serena.
Por primera vez comprendí que no quería que continuara.
Detrás de él esperaban otros dos pasajeros. Me aparté para permitirle el paso.
—Fila siete, lado izquierdo.
—Sé dónde está.
Era la segunda persona aquella noche que afirmaba conocer el avión.
Mena caminó por el pasillo sin mirar hacia 3K. Llorente, sin embargo, abrió ligeramente la puerta cuando lo vio pasar. Durante un instante sus miradas se encontraron. No hubo saludo, gesto ni cambio de expresión, pero el pie de Llorente abandonó el asa del maletín.
Aquella vez no fue miedo.
Fue alivio.
Damián Mena ocupó el asiento 7A, guardó la bolsa a su lado y abrió un periódico en papel. No una tableta ni un teléfono, sino un periódico doblado de una manera que le permitía observar el pasillo por encima del borde.
Me acerqué a la cocina y anoté mentalmente su asiento.
—¿Ese no es el hombre del hotel? —preguntó Lucía.
—Dice que no.
—¿Dice que no es el hombre del hotel?
—Dice que no recuerda hablar conmigo.
—Eso no es lo mismo.
—Ya lo sé.
—¿Viaja solo?
—Siete A.
Lucía miró discretamente hacia la fila.
—Parece policía.
—¿Qué aspecto tiene un policía?
—El de alguien que no quiere parecer policía.
—Eso incluye a casi todos los delincuentes.
—Entonces parece una de las dos cosas.
Álex apareció con una bandeja vacía.
—¿De quién habláis?
—De nadie —respondimos Lucía y yo al mismo tiempo.
Nos miró con interés.
—Perfecto. Contadme todo.
No tuvimos ocasión. Eva anunció por interfono interno que quedaban tres minutos para cerrar el embarque y nos ordenó revisar la cabina.
Recorrimos la cubierta superior comprobando tarjetas, equipajes y cinturones.
Casi todos los pasajeros se encontraban en sus asientos, aunque un hombre de ejecutiva continuaba hablando por teléfono junto a la escalera y una mujer insistía en que su perro de asistencia emocional necesitaba ocupar el asiento contiguo pese a no haber comprado una plaza para él.
Mientras Lucía resolvía el problema del perro, yo pasé frente a 5K.
Mara Esquivel había sacado un libro electrónico, pero la pantalla mostraba la misma página desde que se había sentado. Sus ojos estaban dirigidos hacia la ventana, donde solo podían verse las luces de plataforma y nuestro propio reflejo.
—Señora Esquivel —dije.
Se volvió con un pequeño sobresalto.
—¿Sí?
—Necesito comprobar que su bolso esté completamente guardado para el despegue.
Miró el bolso, que sobresalía unos centímetros del compartimento lateral.
—Por supuesto.
Lo empujó hacia dentro.
—¿Necesita algo más?
Podía haberme retirado. En lugar de hacerlo, pregunté:
—¿Conoce al pasajero de la suite 3K?
La expresión de Mara se endureció.
—No.
La misma respuesta rápida que había dado Llorente.
—Ha parecido reconocerlo al pasar.
—Se equivoca.
—Es posible.
—¿Suele interrogar a los pasajeros antes del despegue?
—No era un interrogatorio.
—Entonces formule preguntas menos extrañas.
La frase no contenía enfado, sino miedo disimulado como irritación. Mara cerró el libro electrónico y ajustó el cinturón.
—Trabajo en urgencias —añadió, sin que yo le hubiera preguntado—. Estoy acostumbrada a fijarme en la gente. Puede que lo mirara porque parecía enfermo.
—¿Es médica?
—Sí.
—La tendremos localizada por si surge alguna emergencia.
—Preferiría que no surgiera.
—Nosotros también.
Me alejé antes de empeorar la conversación. Había entrado con una pregunta y salido con tres datos nuevos: Mara era médica, había observado a Llorente lo suficiente para afirmar que parecía enfermo y no quería admitir que lo conocía.
Aquello no significaba que mintiera. Los médicos podían evaluar el estado de una persona con una mirada, y Llorente tenía el rostro pálido, los hombros rígidos y la respiración demasiado alta. Pero si Mara solo había detectado signos físicos, no necesitaba negar con tanta rapidez que lo conocía.
Al llegar a 4A, Nadia Ferrer apartó la revista que cubría la funda rectangular. La cremallera estaba abierta y en el interior distinguí el objetivo de una cámara compacta.
—Debe guardar todos los objetos para el despegue —le dije.
—Ya está guardada.
—La funda debe quedar cerrada.
Nadia tiró de la cremallera.
—Qué rigurosos.
—Intentamos que los objetos no salgan despedidos.
—Pensaba que los aviones modernos no tenían esos problemas.
—Los aviones modernos siguen obedeciendo a la física.
—Una pena.
Sonrió. No sabía si intentaba resultar simpática o distraerme.
—¿Viaja por trabajo? —pregunté.
—A veces.
—¿Es fotógrafa?
La sonrisa desapareció apenas.
—La cámara es para uso personal.
—No puede fotografiar a otros pasajeros sin su consentimiento.
—No pensaba hacerlo.
Miró hacia 3K después de pronunciar la frase.
—Perfecto.
Comprobé que la funda quedara asegurada y continué. Damián Mena seguía leyendo el periódico en 7A. Cuando pasé junto a él, dobló una página sin levantar la vista.
—El pasajero está asustado —murmuré.
No reaccionó.
—Y le teme al primer oficial.
Mena pasó a la página siguiente.
—No sé de qué me habla.
—Entonces no debería haberme pedido que lo vigilara.
—Le recomiendo que se concentre en su trabajo, señor Baeza.
—Eso intento.
Sus ojos aparecieron por encima del periódico.
—No. Está intentando comprender algo que todavía no le corresponde.
—¿Y cuándo me corresponderá?
Mena dobló el periódico con calma.
—Cuando no haya nadie más capaz de hacerlo.
No supe qué responder.
Él volvió a abrirlo.
—Su cinturón —dije finalmente.
Mena bajó la mirada. Lo llevaba abrochado.
—Está abrochado.
—Lo sé.
Continué por el pasillo antes de que pudiera preguntarme por qué lo había mencionado.
Cuando regresé a la zona delantera, el embarque había terminado.
La empleada de tierra comparaba la cuenta definitiva con Eva mientras los últimos compartimentos se cerraban.
Quinientos seis pasajeros. Ninguna ausencia.
Ningún equipaje descargado. Las puertas inferiores empezaban a cerrarse y el personal de plataforma retiraba equipos de la aeronave.
Eva recibió la confirmación y nos miró.
—Cierre autorizado.
La puerta de la cubierta superior se desplazó hacia dentro con un movimiento pesado y encajó en su marco.
El sonido final fue un golpe grave, distinto de todos los demás cierres del avión.
No era solo una puerta que se cerraba, sino la separación entre dos espacios.
Al otro lado quedaban la pasarela, el personal de tierra, los vehículos, el aeropuerto y cualquier posibilidad sencilla de cambiar de idea.
Lucía comprobó el marco y la manilla.
—Puerta cerrada.
—Armar puerta y comprobación cruzada —ordenó Eva por el interfono.
Giré el mecanismo de armado y coloqué el indicador en posición. Después crucé al lado opuesto para verificar el de Lucía mientras ella revisaba el mío. Cada movimiento tenía un orden aprendido hasta convertirse en memoria muscular: mirar, tocar, confirmar, informar.
—Puerta uno superior derecha armada y comprobada —comuniqué.
Las respuestas llegaron desde el resto de la aeronave, una tras otra, hasta que Eva confirmó que todas las puertas se encontraban preparadas.
Puertas armadas.