Capítulo 4
Puertas armadas
El embarque de un avión con más de quinientos pasajeros no comienza cuando entra la primera persona, sino mucho antes, cuando alguien decide que una maleta demasiado grande puede viajar en cabina, una familia reserva cuatro asientos en tres filas distintas y un hombre convencido de que las normas son una negociación llega a la puerta con seis bolsas de tiendas libres de impuestos.
Para cuando los pasajeros cruzan el umbral, la mayoría de los problemas ya existe.
Nosotros solo somos los primeros en verlos reunidos.
A todos les sonreía.
El uniforme exigía una expresión de serenidad incluso cuando mi pensamiento seguía un itinerario bastante distinto.
Buenas noches, bienvenidos a bordo.
Sí, su asiento está en esa dirección.
No, no puede guardar el abrigo dentro del compartimento de los equipos de emergencia.
Sí, comprendo que la maleta cabía en el vuelo anterior. Desconozco qué clase de fenómeno físico ha sufrido desde entonces.
La última frase nunca salía de mi boca. En su lugar, explicaba con cortesía que debíamos colocar el equipaje de otro modo y buscaba un espacio libre mientras el pasajero me observaba como si yo hubiese reducido deliberadamente el tamaño del avión.
La suite 3K permanecía cerrada a medias.
César Llorente había deslizado la puerta cuanto le permitían las normas durante el embarque, dejando una abertura estrecha desde la que podía vigilar el pasillo sin exponerse demasiado.
Cada vez que alguien entraba en primera clase, su rostro aparecía brevemente entre el panel y la puerta.
No miraba a los pasajeros con curiosidad, sino con el esfuerzo de quien compara cada cara con una lista que solo él conoce.
Había dejado el maletín en el suelo, apoyado contra la pared de la suite, aunque mantenía el asa rodeada con el pie.
Lucía me encontró observándolo.
—Disimula un poco —murmuró mientras colocaba una chaqueta en el armario.
—Estoy trabajando.
—Llevas treinta segundos mirando por una rendija.
—Estoy comprobando si necesita algo.
—Parece que estás esperando que se transforme.
Me aparté de la suite.
—Ha pedido que nadie entre.
—Eso no significa que debas montar guardia.
—Un hombre me ha dicho que le preste atención.
—Eva también.
—Me refiero al del traje gris.
Lucía cerró el armario y bajó la voz.
—El que sabía tu nombre.
—Ese.
—Quizá trabaja para Llorente.
—Entonces podría haber subido con él.
—O quizá trabaja para alguien que no quiere que sepamos que trabaja para Llorente.
Aquella hipótesis tenía la estructura de una conclusión inteligente, aunque no significaba nada.
—Eso no aclara mucho.
—No pretendía aclararlo.
Antes de que pudiera responder, un pasajero nos pidió ayuda con una chaqueta que no quería doblar, apoyar ni entregar para que la colgáramos. Mientras Lucía intentaba descubrir qué cuarta posibilidad esperaba de nosotros, recibí a una mujer que acababa de entrar en la cubierta superior.
Tendría unos treinta y siete años, el pelo castaño cortado por debajo de la mandíbula y una expresión alerta que contrastaba con el cansancio del resto de los pasajeros.
Vestía pantalón negro, una camisa azul oscura y un abrigo ligero que llevaba doblado sobre el brazo.
No parecía impresionada por el avión. Antes de mostrarme la tarjeta de embarque, miró hacia las suites, localizó la 3K y después me tendió el documento.
—Buenas noches —dijo—. Cuatro A.
—Por aquí, señora Ferrer.
Sus ojos descendieron hasta mi placa.
—¿Jerónimo?
—Sí.
—¿Lleva usted toda esta zona?
La pregunta podía ser simple curiosidad, aunque había señalado la 3K con la mirada antes de formularla.
—Somos varios tripulantes.
—Pero usted atiende las suites de este lado.
No respondió a una pregunta que yo hubiera hecho. Esperaba que confirmara la suya.
—Durante parte del servicio.
—Entiendo.
No parecía entenderlo, sino archivarlo.
Le indiqué su asiento. La suite 4A quedaba en el lado contrario del pasillo, una fila detrás de Llorente. Para llegar hasta ella debía pasar frente a la 3K. Al hacerlo redujo ligeramente el paso, aunque no volvió la cabeza. Llorente, desde el interior, cerró la puerta unos centímetros más.
—¿La conocía? —preguntó Lucía cuando la mujer se alejó.
—No.
—Ha preguntado por tu zona como si quisiera contratarte.
—Quizá soy muy profesional.
—Seguro que es eso.
La pasajera dejó su bolso en el compartimento lateral de la suite y sacó una tableta, unos auriculares y una funda rectangular que parecía contener una cámara pequeña. La ocultó debajo de una revista cuando notó que yo seguía mirando.
Me obligué a centrar la atención en el embarque.
El siguiente grupo estaba compuesto por una pareja de edad avanzada, un hombre joven con una bolsa de traje y una mujer de unos cuarenta y pocos años que avanzaba sola.
Tenía el pelo rubio oscuro recogido de manera informal, un rostro cansado y una pequeña maleta que insistió en levantar sin ayuda.
Cuando me entregó la tarjeta, leí el nombre antes de dirigirla hacia su asiento.
Mara Esquivel. 5K.
—Puedo acompañarla —dije.
—Conozco el avión.
Su tono no fue desagradable, pero tampoco dejaba espacio para continuar.
Entró en la cabina y, al pasar frente a 3K, se detuvo.
No llegó a girarse. Solo permaneció quieta una fracción de segundo, con la mano todavía sobre el asa de la maleta, antes de reanudar la marcha.
Desde la suite, Llorente también la había visto.
Su pie se apartó del maletín y luego regresó al asa, como si el cuerpo hubiese iniciado el gesto de levantarse antes de que él lo impidiera.
Mara ocupó su asiento dos filas más atrás. Guardó la maleta, se quitó el abrigo y se sentó sin mirar en nuestra dirección.
Unos minutos después recibí a Gonzalo Alvear, 6A, un hombre de unos cincuenta años, pelo gris recortado con precisión y camisa abierta en el cuello, que viajaba con una pequeña bolsa de frutos secos comprada fuera del aeropuerto.
No hizo ninguna pregunta sobre la 3K ni pareció interesarse por Llorente; solo pidió café para después del despegue y guardó sus cosas con una eficacia que agradecí porque el embarque empezaba a convertirse en una discusión colectiva sobre el tamaño de los compartimentos.
Lo dirigí a su asiento y lo olvidé casi en el mismo momento.
No era una reacción suficiente para afirmar que se conocían.
En un embarque, las personas se detenían por múltiples motivos: orientarse, comprobar la fila, recordar algo, evitar chocar con otro pasajero.
Yo llevaba media vida observando detalles que podían tener significado y la otra media intentando no atribuírselo a todos.
Me acerqué a Llorente.
—¿Se encuentra bien?
—Sí.
No parecía bien.
—Si necesita asistencia antes del despegue…
—No necesito asistencia.
Su respuesta atrajo la mirada de Nadia Ferrer desde la suite 4A. La mujer fingió interesarse de inmediato por la pantalla de su asiento.
—La señora que acaba de pasar —dije—. ¿La conoce?
Llorente me miró con dureza.
—¿Por qué me pregunta eso?
—Ha parecido reconocerla.
—No la conozco.
La negación llegó demasiado pronto, antes de que pudiera valorar si le convenía mentir.
—De acuerdo.
—¿Le ha dicho algo sobre mí?
—No.
—Entonces no vuelva a hacer preguntas delante de otros pasajeros.
Bajó aún más la voz.
—Y mantenga la puerta cerrada.
—Durante el embarque debe permanecer parcialmente abierta.
—Ya me lo ha explicado.
—Entonces comprenderá que no puedo…
—He dicho que lo he comprendido, no que me guste.
Asentí. Dentro de mi cabeza le recordé que el avión seguía siendo propiedad de la compañía y que una suite cara no lo convertía en soberano de un pequeño Estado independiente. En voz alta, le ofrecí una bebida de bienvenida.
La rechazó.
Al alejarme sentí la mirada de Nadia, aunque cuando me volví estaba deslizando el dedo por la pantalla de su tableta.
—¿Todo bien? —preguntó Lucía.
—Perfecto.
—Tu cara de “perfecto” se parece mucho a tu cara de “hay un cadáver en el baño”.
—Nunca he encontrado un cadáver en un baño.
—Entonces no puedes saberlo.
Habíamos completado más de la mitad del embarque cuando Samuel salió de la cabina de mando.
Llevaba la chaqueta del uniforme puesta y una carpeta fina debajo del brazo.
Saludó a dos pasajeros de primera clase que parecían conocerlo de vuelos anteriores y se detuvo junto a Eva para comentar algo relacionado con el cierre de carga.
Desde mi posición no podía oír las palabras, pero vi que señalaba hacia la cocina superior.
Eva respondió y después me llamó con un gesto.
Dejé a Lucía en la entrada y me acerqué.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Samuel miró hacia la 3K.
—Me ha dicho Eva que Llorente no quiere la botella.
—Eso me ha dicho a mí.
—¿Ha explicado el motivo?
—No.
—¿Se la has ofrecido?
—Todavía no hemos despegado.
—No me refiero a servirla. Solo a que comprobara el precinto.
—No quiere verla.
Samuel mantuvo una expresión neutral, aunque había demasiadas preguntas para tratarse únicamente de agua mineral.
—Operaciones insiste en que fue preparada según sus instrucciones —dijo—. Quizá se ha puesto nervioso por el cambio de procedimiento. Si le explicamos que la botella no ha sido abierta, puede quedarse tranquilo.
—Le expliqué que estaba precintada.
—¿Le dijiste que yo la recibí?
La pregunta me devolvió al instante en que Llorente había perdido el color.
—Sí.
—¿Y fue entonces cuando la rechazó?
Eva apartó la vista de la tableta.
—Samuel.
—Solo intento entender qué problema tiene.
—El pasajero no está obligado a consumirla.
—Por supuesto que no.
El copiloto sonrió, pero la sonrisa no llegó a modificar el resto de su cara.
—La compañía ha organizado un procedimiento especial, operaciones ha movilizado a varias personas y ahora resulta que ni siquiera quiere verla. Me parecía extraño.
—Todo en este pasajero es extraño —dije.
Samuel me miró.
Había vuelto a expresar una idea sin revisar si era prudente.
—¿Qué más ha ocurrido?