El pasajero de la 3K Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

Pasaron ocho minutos antes de que César Llorente entrara en la cubierta superior.

Llevaba la misma chaqueta clara del hotel y un maletín negro sujeto con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Caminaba acompañado por una empleada de tierra, aunque miraba por encima del hombro como si esperara ver aparecer a alguien detrás.

Cuando llegó hasta nosotros, me reconoció.

Esta vez no necesitó leer mi placa.

—Usted estaba en el hotel.

—Sí, señor Llorente.

—Lo vi en el vestíbulo.

—Yo también.

La frase no tenía sentido, pero él no pareció notarlo.

La empleada le entregó la tarjeta de embarque. La suite 3K.

—Le acompañaré —dije.

Llorente negó con la cabeza.

—Sé dónde está.

Dio dos pasos y se detuvo.

—¿Han recibido una botella para mí?

—Sí.

Sus hombros descendieron apenas.

—¿Dónde está?

—Guardada en un compartimento precintado. Se la entregaré cuando la solicite.

—¿Quién la ha tocado?

La pregunta fue demasiado rápida.

—Operaciones la entregó al primer oficial. Después me la dio a mí y la guardamos bajo un precinto nuevo.

Llorente miró hacia la cabina de mando.

—¿El primer oficial?

—Samuel Orduña.

El color desapareció de su rostro con una lentitud casi imperceptible.

No fue miedo abierto. No retrocedió ni levantó la voz. Solo apretó más el asa del maletín y tardó demasiado en volver a mirarme.

—Quiero otra botella.

—Podemos ofrecerle agua del servicio habitual.

—No. Quiero otra igual.

—No tenemos otra a bordo.

—Entonces no me entregue esa.

—De acuerdo.

—No permita que nadie la abra.

—Está precintada.

Llorente se acercó un poco más. Olía a colonia, sudor y aire frío de aeropuerto.

—No permita que nadie se acerque a ella.

Pensé en preguntarle por qué. En preguntarle si conocía a Samuel, si esperaba algún riesgo concreto o si el hombre del traje gris trabajaba para él. Ninguna de aquellas preguntas formaba parte de mis funciones y, aun así, la advertencia recibida en la puerta seguía resonando dentro de mi cabeza.

Preste atención al pasajero de la 3K.

—Señor Llorente —dije—, ¿se encuentra bien?

Miró alrededor. Los demás pasajeros continuaban entrando, ajenos a nosotros.

—Estaré bien cuando cerremos las puertas.

Comprendí perfectamente la frase.

Lo acompañé hasta la suite. Llorente entró, dejó el maletín sobre el suelo y comprobó el espacio como si buscara algo. Abrió los compartimentos, miró detrás del asiento y examinó la puerta corredera.

—¿Puede cerrarse desde dentro?

—Sí, pero el personal puede abrirla en caso de necesidad.

—¿Quién tiene acceso?

—La tripulación.

—¿Y los pilotos?

—También forman parte de la tripulación.

No le gustó la respuesta.

—No quiero que entre nadie.

—Podemos respetar su privacidad, pero durante el despegue la puerta debe permanecer abierta y tendremos que comprobar que lleve el cinturón abrochado.

Llorente se sentó.

—Después del despegue, ciérrela.

—De acuerdo.

—Y no me traiga la botella.

—No se la traeré.

Me disponía a retirarme cuando me llamó.

—Jerónimo.

Era la segunda persona aquella noche que utilizaba mi nombre sin que yo se lo hubiera ofrecido.

—¿Sí?

Llorente apoyó una mano sobre el maletín.

—Si alguien pregunta por mí, no estoy a bordo.

—Hay más de quinientas personas que podrían verlo.

—No me refiero a los pasajeros.

Esperé una explicación que no llegó.

—¿A quién se refiere?

Llorente miró hacia el pasillo, donde Samuel acababa de salir de la cabina de mando para hablar con Eva.

Cuando el copiloto volvió la cabeza hacia nosotros, Llorente apartó la vista.

—A nadie —dijo—. Olvídelo.

Samuel se acercó sonriendo.

—Señor Llorente. Bienvenido a bordo.

El pasajero no respondió.

Yo permanecí junto a la puerta de la suite, sin saber si debía retirarme o quedarme. Samuel pareció no advertir la tensión.

—Me alegra que hayamos podido acomodarlo a última hora —continuó—. Nos han informado de sus necesidades especiales. Cualquier cosa que requiera, comuníquesela a Jerónimo.

Llorente apoyó ambas manos sobre el maletín.

—Ya lo he hecho.

Samuel me miró.

—¿Todo en orden?

En mi cabeza respondí que no. Que la botella había aparecido fuera del circuito previsto, que el pasajero acababa de rechazarla al saber quién la había custodiado y que dos hombres distintos me habían pedido aquella noche que prestara atención sin explicarme a qué.

En voz alta dije:

—Sí.

Samuel asintió y regresó hacia la cabina.

Llorente esperó hasta que se alejó.

—Cierre la puerta en cuanto podamos despegar.

—Lo haré.

Salí de la suite.

El embarque continuaba. Las maletas subían a los compartimentos, las copas empezaban a circular y la cabina se llenaba con ese murmullo colectivo que precedía a los vuelos largos. A través de las ventanillas solo se veía la noche, las luces de plataforma y el reflejo de nuestras propias caras.

Me acerqué a Eva.

—Tenemos un problema.

Ella dejó de revisar una tarjeta de embarque.

—¿Qué clase de problema?

Miré hacia la suite 3K. Llorente seguía sentado, inmóvil, observando la puerta de la cabina de mando.

—Todavía no lo sé.

Por primera vez desde que había entrado en el avión, el sonido de la ventilación dejó de tranquilizarme.