Capítulo 3 #3
Eva comprobó el número de serie y examinó el tapón.
—Coincide.
—Sí.
—¿Algo más?
Podía haber dicho que no. El objeto estaba allí, el precinto parecía intacto y la explicación era plausible. Sin embargo, Eva me había pedido que comunicara cualquier detalle aunque pareciera una tontería.
—La caja tiene marcas de humedad.
—¿Qué clase de marcas?
Se la mostré. En el fondo del molde de cartón quedaban dos círculos tenues, como si una botella fría hubiera estado apoyada allí el tiempo suficiente para condensar.
Eva tocó el cartón.
—Entonces la botella estuvo dentro.
—O estuvo otra igual.
Nuria se acercó.
—Quizá la colocaron para comprobar que el embalaje servía y después decidieron entregarla por separado.
—Puede ser —dijo Eva.
No sonó convencida.
—El precinto estaba intacto —recordó Álex.
—Estaba levantado en un extremo —dije.
—Pero lo rompiste tú.
—Sí.
—Entonces nadie sacó nada después de precintarlo.
—A menos que levantara el extremo y volviera a pegarlo.
Álex miró la tira azul rota.
—Eso ya es de novela.
—No he dicho que haya ocurrido.
—Solo que Moriarty trabaja en catering.
Lucía se apoyó contra la superficie de trabajo.
—¿Qué hacemos con la botella?
Eva tomó una decisión.
—La guardamos en un compartimento diferente, bajo un precinto nuevo, y registramos el cambio. Jero será el único que la entregue. Nadie la manipula salvo indicación mía o del pasajero.
Álex levantó las manos.
—Yo no pensaba tocar el agua de doscientos euros.
—Cuesta ciento ochenta y cuatro —dijo Nuria.
Todos la miramos.
—Lo he buscado.
Eva introdujo la botella en el frigorífico U cuatro nueve, añadió la documentación corregida y colocó un nuevo precinto. Me hizo fotografiar el número y anotarlo en mi tableta.
—¿Conforme? —preguntó.
—Sí.
No lo estaba del todo, pero no sabía qué otra comprobación podía realizar.
Continuamos con la revisión. Verifiqué extintores, botellas de oxígeno, equipos de protección respiratoria, linternas, megáfonos, botiquines y desfibriladores.
Comprobé que los compartimentos estuvieran cerrados y que los carros encajaran correctamente en sus posiciones.
Revisé los baños, los detectores de humo y los cierres de las puertas.
Cada elemento confirmado producía una pequeña satisfacción.
Disponible. Precintado. Operativo. En su lugar.
El orden tenía un sonido propio: el chasquido de una puerta que cerraba, el clic de un seguro, el pitido de una luz que respondía.
A medida que la aeronave despertaba, las luces se atenuaron y las pantallas de los asientos comenzaron a mostrar el logotipo de Orbe.
Desde la ventanilla vi cómo uno de los motores se iluminaba bajo los focos de plataforma.
Más allá se extendían las pistas, marcadas por líneas azules, verdes y blancas que se perdían en la noche.
Un avión rodaba hacia el despegue y, cuando aumentó potencia, el sonido llegó amortiguado a través del fuselaje.
Me quedé escuchándolo.
—Te cambia la cara —dijo Lucía detrás de mí.
—¿Qué?
—Cuando miras los aviones.
—No me cambia.
—Ahora mismo pareces tranquilo.
Me aparté de la ventanilla.
—Estoy tranquilo.
—En el hotel parecías convencido de que las paredes querían matarte.
—No las conocía.
Lucía sonrió y entró en la suite 2A para completar la revisión. Yo permanecí junto a 3K.
El asiento de Llorente estaba preparado.
La tarjeta con su nombre seguía sobre la mesa.
Durante el embarque, alguien lo acompañaría hasta allí, le ofreceríamos una bebida de bienvenida y cerraríamos la puerta si deseaba privacidad.
Más tarde pediría su botella especial. Yo rompería el precinto delante de él, se la entregaría y anotaría el servicio.
Todo estaba controlado.
Miré hacia la cocina, donde el compartimento U cuatro nueve guardaba la botella.
Después observé la puerta de la cabina de mando.
Samuel permanecía dentro.
No había ninguna razón para unir ambas cosas.
—Jero —llamó Eva por el interfono—. Preparados para embarque en diez minutos.
Respondí y bajé las escaleras para ayudar en la coordinación.
En la cubierta principal, la cabina había adquirido vida.
Los tripulantes cerraban compartimentos, corregían mantas y comprobaban cinturones.
Personal de limpieza retiraba las últimas bolsas.
Un técnico caminaba por el pasillo central con una herramienta en la mano, seguido por un responsable que hablaba por radio.
Desde la puerta trasera llegaba el olor de la comida calentada durante las pruebas de los hornos.
Álex descendió detrás de mí.
—¿Tú crees que de verdad amenazaron a Llorente?
—No lo sé.
—Porque si yo creyera que alguien quiere matarme, no me subiría a un avión.
—Quizá precisamente por eso se sube.
—¿Para que lo maten más alto?
—Porque en un avión todos están identificados, hay controles, cámaras en el aeropuerto y nadie puede entrar ni salir durante el vuelo.
Álex me miró con interés.
—Lo tienes pensado.
—No.
—Acabas de describirlo como si fueras su asesor de seguridad.
—Es lógico.
—También es lógico quedarse en casa y no abrir la puerta.
—Las casas tienen ventanas.
—Me tranquiliza trabajar contigo.
Llegamos al vestíbulo delantero. Eva estaba comprobando la información final de pasajeros cuando recibió una llamada. Escuchó durante unos segundos y después miró hacia la puerta.
—El embarque se retrasa cinco minutos. Falta confirmación de seguridad sobre un pasajero.
—¿Llorente? —preguntó Álex.
—No se ha especificado.
A través de la puerta abierta vimos detenerse un vehículo junto al avión. Dos hombres bajaron. Uno vestía uniforme de operaciones. El otro llevaba un traje gris y no tenía equipaje.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el hombre corpulento del hotel, el que había hablado con César Llorente y después nos había seguido por el aeropuerto.
Subió la escalera exterior acompañado por el responsable de operaciones. Al llegar a la puerta mostró una acreditación y pidió hablar con Eva en privado.
Ella lo condujo hacia la cocina delantera. La conversación duró menos de un minuto. Eva escuchó, hizo dos preguntas y asintió. Después el hombre guardó la acreditación y regresó hacia la salida sin mirar a nadie.
Cuando pasó junto a mí, se detuvo.
Sus ojos descendieron hasta mi placa.
—Jerónimo Baeza.
No era una pregunta.
—Sí.
—Trabajará en primera clase.
—Sí.
Me sostuvo la mirada. Tenía el rostro cansado y una pequeña cicatriz junto a la oreja izquierda.
—Preste atención al pasajero de la 3K.
—Es mi trabajo.
—Esta noche será algo más.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, continuó hacia la puerta y descendió por la escalera.
Me volví hacia Eva.
—¿Quién es?
Ella esperó a que el hombre desapareciera.
—No puedo decírtelo.
—Sabía mi nombre.
—Ha revisado la lista de la tripulación.
—¿Por qué?
Eva bajó la voz.
—Porque Llorente no iba a viajar en este vuelo hasta hace cuatro horas.
—¿Y ahora sí?
—Ahora sí.
—¿Por qué cambió?
—Tampoco lo sé.
No me gustó la forma en que pronunció la última frase. Eva no solía admitir desconocimiento con facilidad. Si afirmaba no saber algo, significaba que había preguntado y que alguien había decidido no responder.
El responsable de operaciones apareció en la puerta.
—Autorizado el embarque.
Eva recuperó de inmediato su tono profesional.
—A posiciones.
La tripulación se dispersó.
Subí de nuevo a la cubierta superior y ocupé mi lugar cerca de la entrada.
Lucía se situó al otro lado del pasillo.
Amira comprobó por última vez la cocina y Álex abrió el compartimento donde guardábamos las bebidas de bienvenida.
Las luces de la cabina se ajustaron a un tono cálido.
La música ambiental comenzó a sonar a un volumen apenas perceptible.
A través de la ventanilla vi avanzar el primer autobús de pasajeros.
Sentí cómo mi respiración se acomodaba.
El embarque era una secuencia conocida. Saludar, observar, orientar, detectar equipajes problemáticos, confirmar asientos, identificar pasajeros que pudieran necesitar asistencia.
No había tiempo para pensar en sobres, hombres de traje o botellas fuera de su compartimento.
Cada persona que entrara tendría un nombre, una tarjeta de embarque y un destino dentro de la cabina.
Las puertas seguían abiertas, pero el mundo empezaba a estrecharse.
Lucía se inclinó hacia mí.
—¿Preparado?
—Sí.
—Pareces contento.
—Estamos en el avión.
—Todavía no hemos despegado.
—Es un comienzo.
Los primeros pasajeros aparecieron al final de la pasarela. Una pareja mayor avanzaba despacio, seguida por un hombre que hablaba por teléfono y una mujer con gafas oscuras pese a que era casi medianoche. Los recibimos, comprobamos sus tarjetas y los dirigimos hacia sus asientos.
La cabina empezó a llenarse de voces, ruedas de maletas y compartimentos que se abrían.