El pasajero de la 3K Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Miré dentro de la bolsa isotérmica. Contenía dos sobres de medicación refrigerante sin abrir, una servilleta doblada y un recipiente de cristal con rodajas de limón.

—No está.

Eva tomó la documentación.

—¿Seguro de que no va en otro compartimento?

—La hoja dice U cuatro diecisiete.

Nuria revisó el armario superior y luego los laterales.

—Aquí no hay ninguna botella especial.

Álex abrió uno de los frigoríficos.

—Hay agua para abastecer una fuente termal, pero ninguna con nombre de perfume.

Eva pulsó el interfono interno.

—Operaciones de catering, cubierta superior —dijo cuando respondieron—. Falta el artículo especial asignado a la suite 3K. Botella Mont d’Argent Réserve, referencia siete cuatro uno. La documentación la da como cargada en U cuatro diecisiete.

Esperó.

Mientras escuchaba, examiné la caja. El molde de cartón mostraba una hendidura circular en la base y dos pequeñas marcas de humedad ya secas. Una botella había estado allí. No era un embalaje preparado y olvidado antes de completarlo. Alguien la había retirado.

—La han entregado —dijo Eva, tapando el micrófono con una mano—. Figura firmada a las veintidós diecisiete.

Miré el reloj.

Eran las veintidós treinta y nueve.

—¿Quién firmó?

Eva volvió a preguntar. La respuesta tardó unos segundos.

—Iniciales S. O.

Álex dejó de revisar el frigorífico.

—Samuel Orduña.

Nadie dijo nada inmediatamente.

No era extraño que un piloto recibiera algún material destinado al vuelo, sobre todo si operaciones lo había entregado cerca de la cabina o durante una reunión técnica.

Sin embargo, la botella figuraba como cargada dentro de un compartimento que había llegado precintado hasta nosotros.

Si Samuel la había recibido, alguien había registrado después que estaba dentro de la caja, o el precinto se había colocado con la caja ya vacía.

—¿Está en la cabina? —pregunté.

Eva solicitó confirmación por interfono.

—Dicen que el primer oficial pidió que se la entregaran personalmente porque era un artículo sensible y que se responsabilizaría de subirla.

—Entonces la documentación está mal —dijo Lucía.

—La documentación afirma que la botella está aquí —respondí.

Álex se encogió de hombros.

—Lo importante es que aparezca.

Aquella era la clase de frase que precedía a muchos problemas. Lo importante es que aparezca. Lo importante es que cierre. Lo importante es que el pasajero no lo note. La aviación funcionaba gracias a procedimientos creados para impedir que el resultado correcto justificara un camino incorrecto.

Eva volvió a hablar con operaciones.

—Necesito que corrijáis la localización del artículo y me enviéis el comprobante de entrega al primer oficial. Hasta entonces, el compartimento queda registrado como incidencia.

Colgó y miró la caja vacía.

—Jero, ve a la cabina y pregúntale a Samuel si tiene la botella.

Mi cuerpo reaccionó como si me hubiera ordenado interrogarlo por asesinato.

—¿Ahora?

—Preferiblemente antes de que despeguemos.

—Claro.

—Solo tienes que preguntarle.

Eso era lo que la gente decía siempre antes de una interacción social que no les correspondía realizar.

Dejé la caja sobre la superficie de trabajo y salí de la cocina.

La puerta de la cabina de mando estaba abierta.

Alcázar ocupaba el asiento izquierdo, revisando las pantallas mientras un técnico permanecía inclinado sobre el panel central.

Samuel se encontraba de pie detrás del asiento derecho, hablando con un responsable de mantenimiento.

Habían encendido parte de los sistemas y el interior brillaba con la luz de las pantallas, los indicadores y los paneles superiores.

Antes de que pudiera hablar, alcancé a oír al responsable de mantenimiento decirle a Samuel que «la indicación automática» no había vuelto a aparecer después del reinicio.

Samuel respondió que entonces podían darla por cerrada y dobló la hoja que tenía en la mano.

Alcázar, concentrado en las pantallas, se frotó la sien, abrió su bolsa y comprobó un blíster con una franja azul antes de guardarlo de nuevo.

Ninguno de aquellos gestos me pareció importante.

Me detuve en el umbral.

La cabina de un avión de pasajeros producía en mí un efecto que había aprendido a disimular.

No era tristeza exactamente, aunque contenía una parte.

Tampoco envidia, porque no deseaba que otros perdieran aquello para que yo pudiera ocupar su lugar.

Era más bien la sensación de haber llegado a la puerta de una casa en la que una vez esperé vivir y descubrir que alguien había cambiado la cerradura.

Alcázar me vio.

—Adelante, Jero.

Entré lo suficiente para no bloquear la puerta.

—Perdón.

—No has hecho nada todavía —dijo Samuel, volviéndose hacia mí.

Era una broma sencilla. Pensé en responder que prefería disculparme por adelantado para ahorrar tiempo. La frase estaba lista, pero se quedó dentro.

—Falta la botella de Llorente —dije.

Samuel tardó un segundo en reaccionar.

—La tengo yo.

—Eso nos han dicho.

—Me la entregó operaciones abajo. Pensaba llevarla en cuanto termináramos aquí.

Señaló una bolsa de papel apoyada junto al asiento auxiliar. En el interior se distinguía el cuello de una botella de cristal.

—La documentación dice que estaba precintada en el U cuatro diecisiete.

—Entonces han registrado mal la ubicación.

—La caja estaba dentro, pero vacía.

Samuel miró hacia el responsable de mantenimiento, que parecía concentrado en no escuchar.

—Me dijeron que el pasajero había pedido que no pasara por el circuito normal de catering. Es agua, Jero, no plutonio.

—Lo sé.

—Aunque por el precio quizá deberían custodiarla con armas.

Sonrió. Yo no.

No porque sospechara de él, sino porque estaba intentando recordar exactamente las instrucciones de Eva. Preguntar si la tenía. Ya la había visto. El procedimiento podía terminar allí. Sin embargo, el precinto levantado, la caja vacía y la firma en un registro equivocado continuaban molestándome.

—¿Puedes entregármela ahora?

Samuel frunció ligeramente el ceño.

—Estoy trabajando.

—Yo también.

La respuesta salió sin pasar por el control habitual. El comandante levantó la vista desde las pantallas. Durante un instante temí haber sonado desafiante, aunque solo había descrito una realidad evidente.

Samuel sostuvo mi mirada y después soltó una risa breve.

—Tienes razón.

Sacó la botella de la bolsa.

Era más pesada de lo que esperaba, de cristal translúcido y ligeramente azulado. La etiqueta mostraba una montaña blanca sobre un fondo oscuro, y el tapón estaba cubierto por una cápsula metálica plateada. Alrededor del cuello había una pequeña tira de papel con un número de serie.

Samuel me la entregó.

—No la abras hasta que la pida. Según la nota, quiere comprobar el precinto personalmente.

Giré la botella entre las manos. La cápsula parecía intacta. El número de la tira coincidía con el indicado en la documentación que Eva me había mostrado.

—¿Dónde ha estado desde que te la dieron?

—Aquí.

—¿En la bolsa?

—Sí.

—¿Siempre contigo?

Samuel volvió a mirarme, esta vez sin sonreír.

—¿Es un interrogatorio?

—No.

Lo era un poco, aunque no supiera por qué.

Alcázar intervino con su voz tranquila.

—Jero está haciendo bien su trabajo. Con el pasajero y la solicitud de seguridad, cualquier irregularidad debe quedar clara.

Samuel asintió.

—La recogí de manos de operaciones al subir. La puse en esa bolsa y no se ha movido. Puedes anotarlo.

—Gracias.

Me dispuse a salir.

—Baeza —dijo Samuel.

Me volví.

—¿Has estado últimamente en una cabina?

La pregunta me descolocó.

—En una avioneta.

—Me refiero a una de estas.

Miré los paneles, las pantallas y el asiento derecho. El técnico había terminado de comprobar el sistema y recogía sus herramientas.

—No.

—Alcázar dice que conoces bastante bien el aparato.

El comandante siguió revisando la documentación, aunque su expresión indicaba que la conversación no le resultaba ajena.

—Conozco los sistemas en teoría —respondí—. Y he hecho simulador.

—¿Del tres ochenta?

—Hace tiempo.

—Algún día tendrás que sentarte un rato. Durante un tramo tranquilo.

No supe qué decir.

Aquella invitación podía ser una cortesía, una forma de compensar la conversación de la botella o un gesto sincero.

Antes del endurecimiento de los protocolos, algunos tripulantes habían podido pasar más tiempo en cabina durante el vuelo, pero ahora cualquier visita debía estar justificada y autorizada.

Además, la idea de ocupar el asiento auxiliar detrás de dos pilotos profesionales me producía una mezcla poco saludable de deseo y vergüenza.

—No quiero molestar.

—Si molestaras, no te lo ofrecería.

Samuel volvió a su asiento.

—Eso sí, tendrás que hablar más de dos palabras seguidas. En cabina somos muy exigentes.

Alcázar sonrió sin levantar la vista.

—No todos.

Salí antes de que mi cara revelara demasiado.

Llevaba la botella pegada al pecho con ambas manos, como si fuera un objeto religioso o un órgano destinado a un trasplante.

Mientras caminaba hacia la cocina pensé en la invitación, en el asiento auxiliar y en la facilidad con la que Samuel parecía detectar las cosas que yo prefería ocultar.

También pensé en la forma en que había cambiado su expresión cuando pregunté si la botella había permanecido siempre con él.

No había hecho nada extraño.

Había recibido un artículo especial, lo había guardado en la cabina y estaba dispuesto a entregarlo.

El error pertenecía a la documentación de catering.

Las personas cometían errores. Los sistemas registraban ubicaciones incorrectas.

Los precintos se levantaban. Una caja podía llegar vacía porque alguien había modificado el procedimiento sin modificar el formulario.

Existían explicaciones razonables para todo.

El problema era que, cuando varias explicaciones razonables necesitaban acumularse para sostener una sola situación, dejaban de tranquilizarme.

Eva esperaba junto al compartimento abierto.

Le entregué la botella.

—La tenía Samuel. Dice que se la dieron directamente y que ha permanecido en la cabina.