El pasajero de la 3K Capítulo 3
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Capítulo 3

Dos cubiertas

Incluso tras varios años trabajando dentro de ellos, seguía provocándome la misma impresión.

El Sierra Mike nos esperaba en una posición remota, alejado de la terminal, rodeado por vehículos de servicio que parecían juguetes a su lado.

Las luces de plataforma se reflejaban sobre el fuselaje blanco de Orbe International Airways, donde una franja azul oscuro recorría el cuerpo del aparato hasta la cola.

Más arriba, las dos hileras de ventanillas delataban la existencia de las cubiertas superpuestas, como si aquel avión hubiera decidido que una sola planta no era suficiente para contener todo lo que podía salir mal durante un vuelo comercial.

El transporte interno nos dejó junto al acceso reservado a la tripulación.

El ruido exterior era una mezcla de motores auxiliares, golpes metálicos, señales acústicas y voces transmitidas por radios que nadie parecía escuchar hasta que alguien pronunciaba su nombre.

Varias plataformas elevadoras se encontraban acopladas a las cocinas del avión, descargando contenedores de catering.

Cerca de la bodega, un grupo de trabajadores trasladaba equipajes mediante una cinta que ascendía hacia el vientre del aparato.

El aire olía a combustible, caucho y calor acumulado en el asfalto, aunque la noche llevaba horas instalada sobre el aeropuerto.

Alcé la vista hacia la cabina de mando. Las ventanillas permanecían oscuras.

Por un instante imaginé el avión vacío, todavía sin pilotos, pasajeros ni voces, esperando que alguien lo despertara.

Me gustaban especialmente aquellos minutos anteriores al embarque, cuando recorríamos una aeronave sin que perteneciera todavía a nadie.

Los asientos estaban alineados, las mantas dobladas y los compartimentos cerrados.

No había vasos olvidados, llamadas encendidas ni personas convencidas de que su equipaje de mano podía desafiar las leyes de la geometría.

Todo permanecía preparado para cumplir una función y todavía no había tenido ocasión de fallar.

—Es enorme —dijo una de las tripulantes de la base de Dubái, caminando a mi lado.

Se llamaba Amira. Lo había anotado durante la reunión para evitar repetir con ella el incidente de Lucía.

—Sí.

—¿Trabajas siempre en este modelo?

—Bastante.

—Yo solo he hecho dos vuelos.

Asentí.

Mi mente produjo una explicación detallada sobre la distribución de las cubiertas, las diferencias entre las puertas, el tiempo que llevaba acostumbrarse al servicio y la facilidad con la que un tripulante nuevo podía confundir las cocinas si intentaba orientarse únicamente por la numeración.

En lugar de decir todo aquello, señalé el avión.

—Tiene dos pisos.

Amira me miró, quizá para comprobar si hablaba en serio.

—Eso había oído.

Álex soltó una carcajada detrás de nosotros.

—Jero es nuestro especialista técnico.

—Estaba simplificando —dije.

—No lo simplifiques más o parecerá una ballena con ventanas.

Caminamos hacia la escalera metálica que conducía a la puerta principal de la cubierta inferior.

Eva iba delante, seguida por el comandante Alcázar y Samuel.

Los pilotos se detuvieron unos momentos junto al responsable de operaciones, que les entregó documentación y señaló hacia uno de los motores.

No pude oír la conversación, pero Alcázar levantó la vista hacia el ala izquierda mientras Samuel consultaba una hoja.

Me quedé observándolos hasta que Álex chocó suavemente con mi maleta.

—Avanza, comandante.

Subí el primer peldaño.

—No me llames así.

—¿Por qué? Te queda bien.

—Porque no lo soy.

—Tampoco soy tu amigo y me llamas Álex.

Lo miré.

—Nunca te he llamado amigo.

—Por eso digo.

Entramos en la cubierta principal y el aire cambió de inmediato.

El ruido de la plataforma quedó amortiguado por el fuselaje, sustituido por el zumbido del sistema de ventilación, las voces lejanas del personal de limpieza y el golpeteo de los contenedores dentro de las cocinas.

Las luces estaban encendidas a máxima intensidad, revelando una cabina que parecía no terminar nunca.

Filas y filas de asientos se extendían hacia el fondo, divididas por dos pasillos, con las pantallas apagadas y las almohadas colocadas de manera idéntica.

A aquella hora, sin pasajeros, la clase turista tenía algo inquietante. Quinientos lugares esperando cuerpos.

Eva reunió a la tripulación cerca de la puerta.

—Tenemos cuarenta y cinco minutos hasta el inicio previsto del embarque, aunque podrían adelantarnos diez.

Quiero todas las revisiones terminadas antes de que llegue el primer pasajero.

Los compañeros asignados a la cubierta inferior, a sus posiciones.

Los de arriba, conmigo. Cualquier incidencia se comunica por interfono y se registra.

No quiero arreglos improvisados con cinta, disculpas ni fe.

—¿La fe tampoco? —preguntó Álex.

—La fe solo está autorizada después del cierre de puertas.

Nos distribuimos.

La escalera delantera ascendía con una curva amplia desde la entrada principal hasta la cubierta superior.

Subirla en una aeronave vacía siempre producía una sensación extraña, como si uno se desplazara dentro de un hotel suspendido.

La moqueta amortiguaba los pasos, las luces indirectas recorrían el pasamanos y, a medida que ganábamos altura, la cabina inferior desaparecía detrás de nosotros.

En la parte superior, el espacio cambiaba.

Había menos asientos, pasillos más amplios y una iluminación más cálida.

Las suites de primera clase ocupaban el sector delantero, separadas por paneles altos que ofrecían una privacidad casi completa.

Cada una disponía de una puerta corredera, un asiento ancho que podía convertirse en cama, un compartimento para efectos personales y una pantalla que probablemente costaba más que mi primer coche.

Más atrás se extendía la clase ejecutiva, con asientos individuales dispuestos en filas escalonadas, pequeñas mesas laterales y paneles que permitían a los pasajeros ignorarse con elegancia.

La suite 3K estaba junto a la ventanilla derecha, en la tercera fila.

Me detuve frente a ella.

La puerta permanecía abierta. Sobre el asiento había una almohada, una manta, un neceser de cortesía y una tarjeta con el nombre de César Llorente impreso en letras discretas.

Todo parecía normal. La superficie de la mesa estaba limpia, el cinturón colocado y los compartimentos vacíos.

Pulsé los mandos para comprobar el movimiento del asiento, encendí la luz de lectura y revisé la puerta corredera. Funcionaba sin dificultad.

Después me agaché para comprobar el chaleco salvavidas.

—¿Buscas a Moriarty? —preguntó Lucía desde la suite contigua.

—Estoy haciendo la revisión.

—Parecía una investigación.

—Una investigación incluye una revisión.

—Eso te lo acabas de inventar.

No respondí. El chaleco estaba en su lugar, precintado y sin señales de manipulación. Revisé la tarjeta de seguridad, la mesa, los mandos, la máscara de oxígeno suplementaria y el pequeño armario lateral. No encontré nada fuera de sitio.

Aun así, la fotografía de Llorente durante la reunión había cambiado el espacio. Ya no era una suite vacía. Era el lugar que ocuparía un hombre convencido de que alguien podía querer hacerle daño.

Me incorporé y miré hacia el pasillo.

Desde allí podía ver la cocina delantera, la entrada de la cabina de mando y la parte superior de la escalera.

Cualquier persona que quisiera acercarse a 3K tendría que pasar por una zona habitualmente ocupada por tripulantes, salvo durante ciertos momentos del servicio.

La suite contaba con puerta, pero no con cerradura real.

Podía cerrarse desde dentro para ganar privacidad y desde fuera si el pasajero dormía, aunque un tripulante siempre podría abrirla.

No era una habitación cerrada.

Solo lo parecía.

—Jero —llamó Eva desde la cocina—. Revisa el material especial de Llorente.

Me dirigí hacia ella.

La cocina delantera de la cubierta superior era un espacio estrecho lleno de puertas metálicas, compartimentos numerados, hornos, cafeteras y carros encajados con tanta precisión que cualquier objeto fuera de lugar se convertía en un obstáculo.

Álex y Nuria comprobaban el inventario mientras Amira revisaba los equipos de emergencia.

Eva sostenía una tableta y comparaba los sellos de los carros con los números registrados.

—El material de 3K debería estar en el compartimento U cuatro diecisiete —dijo, señalando un armario bajo.

Me agaché y comprobé la etiqueta.

U4-17. SERVICIO ESPECIAL.

El cierre estaba precintado con una tira azul numerada. Leí el número en voz alta mientras Eva lo verificaba.

—Coincide —dijo.

El precinto parecía intacto. Pasé un dedo por el borde y noté que uno de los extremos no estaba completamente adherido, aunque podía deberse al frío del compartimento o a una colocación apresurada.

—Está un poco levantado.

Eva se inclinó.

—¿Manipulado?

—No lo sé.

Álex miró desde el otro lado de la cocina.

—Los pegan como pueden. La mitad llegan así.

Eva no respondió. Fotografió el precinto con la tableta y me indicó que lo abriera.

Tiré de la lengüeta. La tira se rompió por el centro con un chasquido limpio.

Dentro había una caja blanca, una bolsa isotérmica y una carpeta de plástico transparente.

Saqué primero la carpeta. Contenía las instrucciones de servicio para el pasajero: cena reducida, ausencia de frutos secos, medicación refrigerada bajo custodia del propio cliente y una botella de agua mineral Mont d’Argent Réserve, sin gas, un producto francés que nunca había visto y que probablemente debía su precio a una combinación de marketing, cristal grueso y una montaña dibujada en la etiqueta.

—Aquí está registrada —dije.

Abrí la caja blanca.

Estaba vacía.

No completamente vacía, porque en el fondo había un molde de cartón diseñado para sostener una botella. Pero no había botella.