Capítulo 2 #3
Observé la fotografía. Llorente no me había reconocido en el hotel.
Había reconocido el uniforme. Su alivio al ver el nombre de Orbe quizá no tenía nada de extraño.
Si esperaba viajar con nosotros y acababa de mantener una conversación incómoda, encontrar un miembro de la tripulación podía haberle confirmado que no se había equivocado de hotel o de horario.
—¿Alguna instrucción concreta? —pregunté.
Varias cabezas se volvieron hacia mí. No porque la pregunta fuera extraña, sino porque yo no solía intervenir en las reuniones si podía evitarlo.
Eva consultó la información de la reserva.
—Ha pedido privacidad, servicio reducido y una botella específica de agua mineral que entregará catering por separado. Tiene antecedentes cardíacos y lleva su medicación. Si solicita asistencia médica, se avisa de inmediato. No se permiten visitas en la suite salvo autorización expresa.
—¿La botella estará inventariada? —pregunté.
—Debería.
—¿Debería?
Eva me miró con un interés más atento.
—¿Hay algún problema?
Pensé en el sello desplazado del vuelo de ida, en la advertencia del autobús y en la botella que todavía no había visto. No existía un problema concreto. Solo una sensación, y las sensaciones no figuraban en los formularios.
—No. Era por comprobarlo durante la revisión.
—Comprobadlo todo —respondió Eva—. La documentación de catering ha sufrido varios cambios.
Samuel se inclinó hacia la mesa.
—La botella la subirán directamente a la cabina o a la cocina delantera —dijo—. Acaban de confirmarlo desde operaciones. Al parecer Llorente no confía en que llegue mezclada con el resto del material.
—¿Y por qué iba a llegar mezclada? —preguntó Álex.
—Porque conoce cómo trabajan algunos aeropuertos —contestó Samuel, sonriendo—. Igual que nosotros.
La reunión continuó con procedimientos de emergencia, pasajeros especiales, coordinación entre cubiertas y recordatorios sobre el uso de zonas de descanso.
Yo tomé notas pese a conocer casi todo de memoria.
Escribir evitaba que mis manos tuvieran que decidir dónde colocarse y, además, me permitía registrar cualquier dato que pudiera olvidar.
Cuando terminamos, Eva pidió que nos quedáramos unos minutos más quienes trabajaríamos en primera clase.
Los demás empezaron a salir. Samuel cerró su carpeta, pero Alcázar le tocó el brazo.
—Tú también.
El copiloto volvió a sentarse.
Eva esperó hasta que la puerta quedó cerrada.
—Hay una cuestión adicional —dijo—. El señor Llorente ha informado de que podría sentirse amenazado durante el trayecto.
No sabemos si existe un riesgo real o si se trata de una medida de precaución.
El comandante y yo conocemos la identidad del responsable de seguridad a bordo. El resto no necesitáis saberla.
—Si hay una amenaza, deberíamos saber a quién vigilar —dijo Nuria.
—No existe una persona concreta identificada.
—Entonces puede ser cualquiera.
—También puede no ser nadie.
La respuesta de Eva pretendía cerrar el asunto, pero consiguió que todos miráramos de manera distinta la fotografía sobre la mesa.
César Llorente ya no era solo un empresario rico que exigía una botella especial. Era un hombre que había subido el nivel de seguridad de su viaje porque creía que alguien podía intentar hacerle daño.
—¿Ha recibido amenazas? —preguntó Lucía.
Alcázar respondió esta vez.
—No tenemos detalles. El departamento de seguridad de la compañía ha coordinado el vuelo con las autoridades correspondientes. Nuestra responsabilidad es aplicar los procedimientos, mantener la discreción y comunicar cualquier incidencia.
—¿Y si quiere hablar con su escolta? —pregunté.
El comandante me miró.
—El escolta decidirá cuándo acercarse.
No agente de seguridad.
Escolta.
La palabra quedó suspendida durante un instante.
Samuel se levantó, recogió su carpeta y apoyó una mano sobre el respaldo de mi silla al pasar.
—Tranquilo, Baeza —dijo—. Si aparece el profesor Moriarty, te avisamos.
La referencia me sorprendió.
—Moriarty no aparecía casi nunca.
Samuel se detuvo.
Había pronunciado la corrección antes de poder impedirlo.
—¿Cómo?
—En los relatos —expliqué—. Su importancia es mayor que su presencia real. Conan Doyle lo utilizó como una especie de fuerza invisible, pero físicamente aparece muy poco.
La sala quedó en silencio.
Aquella era la clase de respuesta que normalmente formulaba dentro de mi cabeza y descartaba porque nadie la había pedido. Samuel me observó durante un segundo y después sonrió.
—Entonces te avisaremos si aparece poco.
Álex se rio. Lucía intentó disimularlo mirando sus papeles.
Sentí calor en las orejas.
—Era solo una precisión.
—Y muy útil —dijo Samuel—. Estamos mucho más seguros.
Salió de la sala detrás del comandante.
Esperé a que se cerrara la puerta.
—No hacía falta que os rierais —murmuré.
—No nos reíamos de ti —respondió Lucía.
—Eso siempre significa que os reíais de mí.
—Ha sido gracioso.
—No pretendía serlo.
—Por eso ha sido gracioso.
Eva recogió la fotografía de Llorente, aunque antes de guardarla me pareció que observaba el rostro con una preocupación que no había mostrado durante la reunión.
—Jero —dijo.
—¿Sí?
—Cuando revisemos la aeronave, quiero que compruebes personalmente el material destinado a la suite 3K.
—De acuerdo.
—Y si encuentras algo que no encaja, me lo comunicas. Aunque te parezca una tontería.
La frase sonó demasiado específica.
—¿Por qué yo?
Eva guardó la fotografía dentro de la carpeta.
—Porque tú ves cosas que los demás pasan por alto.
Estuve a punto de decirle que uno de mis ojos no veía especialmente bien, pero la broma llegó tarde y se quedó donde solían quedarse casi todas.
Dentro de mi cabeza.
Salimos de la sala y seguimos los pasillos destinados al personal hasta la zona de transporte interior.
El aeropuerto se extendía alrededor de nosotros como una ciudad que nunca terminaba.
Ascensores, corredores, controles, puertas automáticas y trenes silenciosos conectaban terminales que podían encontrarse a varios kilómetros.
Caminábamos en grupo, arrastrando las maletas bajo una iluminación que no permitía distinguir la noche del día.
En una de las intersecciones vi de nuevo al hombre corpulento del traje gris.
Estaba solo, apoyado contra una columna, sin equipaje. Miraba el teléfono, aunque levantó la cabeza justo cuando pasábamos. Sus ojos recorrieron la tripulación, se detuvieron brevemente en mí y continuaron hasta Samuel, que caminaba varios metros por delante junto al comandante.
El hombre guardó el teléfono.
Después se incorporó a la corriente de pasajeros que avanzaba hacia nuestra puerta.
No sabía su nombre. Tampoco sabía si era el escolta de César Llorente o alguien de quien Llorente necesitaba protección.
Por primera vez desde que habíamos salido del hotel, lamenté no encontrarme ya dentro del avión. Allí todo resultaba más sencillo. Las puertas se cerraban, los procedimientos empezaban y cada persona ocupaba un asiento determinado.
En el aeropuerto, en cambio, cualquiera podía seguirnos.
Y yo todavía no sabía a quién debía mirar.