Capítulo 2 #2
No estaba seguro. La pantalla desapareció cuando Samuel bloqueó el teléfono.
Me dije que la coincidencia era fruto de mi predisposición a convertir cualquier detalle en una pista.
Acababa de pasar demasiados minutos pensando en Agatha Christie, un pasajero misterioso y una persona protegida.
La mente humana encontraba patrones incluso donde no existían.
Era la razón por la que veíamos caras en las nubes, figuras en las manchas de humedad y culpables en personajes que aparecían demasiado pronto dentro de una novela.
Abrí el libro.
Leí la misma frase cuatro veces sin entenderla.
—¿Te ocurre algo? —preguntó Lucía.
—No.
—Tienes cara de estar intentando recordar si has apagado el gas.
—No tengo gas.
—Entonces es más preocupante.
Miré otra vez hacia Samuel. El copiloto ya conversaba con el comandante sobre la meteorología prevista en Madrid. Alcázar asentía mientras revisaba una carpeta. No había rastro de la fotografía.
—He visto a un hombre en el hotel —dije.
Lucía esperó.
—En realidad, he visto muchos.
—Me tranquiliza.
—Uno de ellos hablaba con otro hombre y llevaba un sobre.
—Jero.
—Ya sé cómo suena.
—No estoy segura de que lo sepas.
Le expliqué brevemente la escena del vestíbulo: la chaqueta clara, el sobre, la forma en que había leído el nombre de la aerolínea y el coche negro.
Mientras hablaba, los hechos perdieron el peso que habían adquirido dentro de mi cabeza.
Presentados en voz alta, se reducían a dos hombres que habían mantenido una conversación en un hotel.
—Podría ser nuestro pasajero protegido —dijo Lucía.
—Podría.
—También podría estar casado y haber recibido fotos comprometedoras.
—Eso sería más interesante.
—Depende de las fotos.
La conversación murió allí, pero de una manera aceptable, sin que yo tuviera que fingir una llamada o mirar por la ventanilla con excesivo interés.
El autobús avanzó por la autopista mientras la ciudad comenzaba a abrirse alrededor del aeropuerto.
Las luces de aproximación aparecieron a lo lejos, alineadas sobre el terreno, y un avión descendió frente a nosotros con el tren desplegado.
Lo seguí hasta que desapareció detrás de una hilera de edificios.
Siempre observaba los aterrizajes.
Podía identificar la configuración aproximada, imaginar las correcciones de rumbo y calcular el momento en que los pilotos reducirían potencia.
No lo hacía para castigarme ni para recordar lo que no había conseguido.
Era un reflejo, como el de quien reconoce una canción antes de que empiece la letra.
—¿Sigues volando avionetas? —preguntó Lucía.
La miré, sorprendido.
—Eva me lo contó durante la ida.
—A veces.
—Pensaba que después de lo del reconocimiento lo habías dejado.
—Durante un tiempo.
Había pasado casi dos años sin acercarme a una cabina.
Guardé los manuales en cajas, vendí algunos auriculares y dejé caducar la licencia antes de reconocer que no estaba castigando a nadie salvo a mí mismo.
Más tarde retomé las horas necesarias para renovarla.
Volar una avioneta los domingos no se parecía a cruzar el Atlántico al mando de un reactor comercial, pero seguía siendo volar.
—¿No te da rabia? —preguntó ella.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido para disfrazarla.
Lucía asintió, quizá porque esperaba alguna explicación posterior.
No se la di. Aquella era una de las pocas preguntas sencillas sobre mi pasado.
Claro que me daba rabia. Me daba rabia haber cumplido todos los requisitos que dependían de mí y fallar uno sobre el que no tenía ningún control.
Me daba rabia que algunas personas pronunciaran la palabra tripulante como si se tratara de un consuelo, y otras afirmaran que al menos seguía viajando, como si viajar hubiera sido siempre el objetivo.
También me daba rabia sentirme culpable por aquella rabia, porque conocía a gente con problemas reales y yo seguía teniendo trabajo, salud y una licencia que me permitía pilotar aparatos pequeños.
La gratitud y la frustración podían convivir. Lo descubrí después de dedicar varios años a intentar expulsar una de las dos.
Llegamos al acceso de personal del aeropuerto poco antes de las ocho.
El autobús se detuvo junto a un edificio lateral, lejos de la terminal principal, y todos empezaron a levantarse antes de que el conductor hubiera abierto las puertas.
Recogimos las maletas, comprobamos los identificadores y formamos una fila delante del control de seguridad.
El aeropuerto tenía su propio sonido nocturno, distinto del de las terminales durante el día.
Había menos anuncios, menos familias discutiendo alrededor de maletas abiertas y menos turistas intentando averiguar por qué su puerta estaba a treinta minutos a pie.
En cambio, aumentaban los trabajadores con chalecos reflectantes, los equipos de limpieza, los pasajeros que dormían sobre sus equipajes y las luces blancas que convertían cualquier rostro cansado en el de una persona interrogada.
Pasamos los controles sin incidentes. Álex tuvo que quitarse el cinturón dos veces porque olvidó que se lo había vuelto a poner después del primer arco.
Yo saqué el ordenador, los líquidos, el libro y la bolsa de medicamentos, y volví a guardarlo todo siguiendo el mismo orden.
Cuando terminé, palpé el bolsillo interior de la chaqueta.
Pasaporte.
Licencia.
Cartera.
—Siguen ahí —dijo Lucía, que esperaba detrás de mí.
—¿Qué?
—Las cosas que acabas de comprobar.
—No estaba comprobando.
—Claro.
Nos reunimos en una sala reservada para tripulaciones, con una mesa larga, pantallas de información y una máquina de café que ofrecía seis variedades de la misma decepción. Eva se situó en la cabecera mientras el comandante Alcázar conectaba su tableta al monitor.
Mauro Alcázar tenía cincuenta y nueve años y llevaba tanto tiempo en la compañía que algunos tripulantes hablaban de él como si hubiera participado en su fundación.
Era un hombre tranquilo, de voz grave y movimientos pausados, con esa clase de autoridad que no necesitaba expresarse mediante órdenes.
Había coincidido conmigo años antes, cuando yo todavía realizaba la formación de vuelo, y una vez me permitió permanecer en el asiento auxiliar durante una aproximación especialmente complicada.
No mencionaba aquel tiempo delante de los demás ni me trataba con condescendencia, dos cualidades por las que le estaba profundamente agradecido.
Esperó a que todos nos sentáramos.
—Buenas noches —dijo—. El Orbe dos uno siete realizará la ruta Dubái-Madrid con salida prevista a las cero cuarenta y cinco.
Tiempo estimado de vuelo, siete horas y treinta y ocho minutos.
Tendremos viento favorable durante la primera parte y algo de actividad en altura sobre el Mediterráneo oriental, aunque por ahora no se esperan turbulencias significativas.
El aeropuerto de destino opera con normalidad y la previsión indica viento débil, visibilidad reducida por niebla en zonas próximas y una temperatura de seis grados.
Algunos tripulantes soltaron un gemido. Habíamos salido de Madrid con frío, llegado a un clima nocturno de más de veinte grados y regresaríamos al invierno antes de que nuestro cuerpo hubiera decidido dónde se encontraba.
Alcázar mostró la ruta, los alternativos y la distribución general del vuelo.
Yo seguía cada dato con una atención que intentaba disimular.
Sabía leer aquella información y podía anticipar las explicaciones antes de que aparecieran en pantalla.
Samuel permanecía sentado a su derecha, pasando las páginas del plan de vuelo y añadiendo alguna observación puntual.
—Llevaremos quinientos seis pasajeros y veintiséis miembros de tripulación —continuó Alcázar—.
La aeronave es el Sierra Mike, que llegó esta tarde desde Bangkok sin incidencias importantes.
Mantenimiento ha revisado una indicación intermitente en uno de los sensores de la puerta trasera y la ha declarado operativa.
No obstante, prestaremos especial atención durante la inspección.
Eva tomó la palabra y repartió posiciones.
Quedé asignado a la cubierta superior, en la zona de primera clase y la parte delantera de ejecutiva.
Lucía cubriría el sector opuesto. Álex trabajaría en la cocina delantera junto con Nuria, mientras dos tripulantes de la base local se encargarían del resto.
La distribución me agradó. Primera clase suponía pasajeros más exigentes, pero también menos filas, más espacio y un servicio con un orden casi ceremonial.
Cada objeto tenía su lugar, cada plato su secuencia y cada petición podía registrarse sin que veinte personas intentaran detenerme al mismo tiempo.
Eva deslizó una fotografía hacia el centro de la mesa.
Reconocí al hombre de la chaqueta clara.
La imagen estaba tomada de frente, probablemente para algún documento corporativo. Aparecía más joven, con el pelo oscuro y una expresión firme, pero no había duda.
—Este es César Llorente —dijo Eva—. Viajará en primera clase, suite 3K. Presidente de Llorente Aerologística. La reserva se realizó a última hora y se ha solicitado discreción absoluta. No debemos confirmar su presencia a otros pasajeros ni facilitar información sobre su desplazamiento.
—¿Es la persona protegida? —preguntó Nuria.
Eva miró al comandante antes de responder.
—Viajará con medidas especiales de seguridad, pero no necesitáis conocer los detalles para realizar vuestro trabajo.
—¿Lleva escolta? —insistió Álex.
—No habrá ninguna persona identificada como tal dentro de la cabina.
La respuesta no significaba que no hubiera escolta. Significaba que, en caso de haberla, no sabríamos quién era.