El pasajero de la 3K Capítulo 2
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Capítulo 2

Uniforme de cortesía

El autobús olía a café, aire acondicionado y colonia cara, una combinación que había terminado asociando con todos los traslados de tripulación del mundo.

Podíamos salir de un hotel en Dubái, París, Buenos Aires o Singapur y, una vez cerradas las puertas, siempre parecía que viajábamos dentro del mismo vehículo.

Cambiaban las calles al otro lado de las ventanillas, la arquitectura, el idioma de los carteles y la calidad del asfalto, pero el interior seguía compuesto por uniformes oscuros, maletas alineadas, vasos de cartón y personas que fingían encontrarse más descansadas de lo que estaban.

Me senté en la cuarta fila, junto a la ventana.

Elegía aquel lugar siempre que podía porque me permitía observar la carretera sin ocupar los asientos delanteros, reservados de manera no escrita para quienes disfrutaban conversando con el comandante.

La última fila tampoco era una opción, ya que allí solían agruparse los tripulantes más jóvenes y cualquier intento de permanecer en silencio podía interpretarse como una invitación para participar en debates sobre aplicaciones de citas, alquileres imposibles o compañeros de trabajo a los que yo no conocía lo suficiente como para opinar.

La cuarta fila ofrecía una neutralidad razonable.

Apoyé la mochila entre los pies y saqué el libro, aunque no llegué a abrirlo.

A través de la ventanilla vi cómo el hombre de la chaqueta clara se alejaba en el coche negro que lo había recogido frente al hotel.

El vehículo se incorporó al tráfico, quedó oculto detrás de una furgoneta y desapareció en dirección contraria a la nuestra.

No había nada extraño en que un pasajero se alojara en el mismo hotel que una tripulación.

Tampoco en que hablara con otro hombre antes de marcharse, sostuviera un sobre o leyera el nombre de una aerolínea en el uniforme de alguien.

Si hubiera encontrado aquella escena en una novela, habría marcado la página, convencido de que el autor no desperdiciaba tinta en detalles sin importancia.

En la vida real, sin embargo, la mayoría de las personas hacía cosas incomprensibles sin que detrás hubiera un asesinato, una herencia en disputa o una identidad falsa.

Aun así, recordé la forma en que el desconocido me había mirado.

No con curiosidad.

Con alivio.

—¿Está libre?

Levanté la cabeza. Una mujer de nuestra tripulación esperaba en el pasillo, señalando el asiento junto al mío.

Era alta, de rostro estrecho y pelo negro recogido en un moño impecable.

La reconocí de la reunión del vuelo de ida, aunque mi memoria había decidido conservar su cara y descartar su nombre, una habilidad especialmente útil en una profesión donde debía llamar a todo el mundo por el suyo.

—Sí —respondí, retirando la chaqueta que había dejado sobre el respaldo.

Ella se sentó, acomodó su bolso sobre las rodillas y se abrochó el cinturón. Durante unos segundos contempló el libro que yo mantenía cerrado entre las manos.

—Agatha Christie.

—Sí.

Era evidente que la conversación exigía algo más, pero mi cerebro seguía buscando su nombre en un archivo mental mal organizado.

Recordaba que trabajaba habitualmente en rutas asiáticas, que había pedido té durante la reunión anterior y que llevaba un reloj con una correa verde.

Ninguno de esos datos resultaba útil para dirigirme a ella.

—¿Lo has leído? —pregunté.

—Creo que todos hemos leído alguno. Mi abuela tenía la colección entera.

Asentí como si aquella información completara una investigación importante.

—Este está bien.

Lo estaba haciendo de nuevo. En mi cabeza había formulado una reflexión sobre la estructura del misterio, el modo en que Christie presentaba una comunidad aparentemente normal y conseguía que todos sus integrantes parecieran culpables sin perder claridad. En voz alta había dicho que estaba bien.

La mujer sonrió.

—Buena recomendación.

—No, quería decir que…

Me detuve. Explicar que mi comentario había sido más sofisticado antes de salir de mi boca no iba a volverlo más sofisticado.

Ella tuvo la cortesía de no obligarme a continuar.

—Soy Lucía —dijo—. Trabajamos juntos en la ida.

—Jero.

—Lo sé.

Por supuesto que lo sabía. Llevaba mi nombre escrito en el pecho y había pasado siete horas trabajando conmigo dos días antes.

—Yo también sabía el tuyo —mentí.

—No pasa nada.

La frase habría resultado tranquilizadora de no contener la confirmación de que mi mentira había sido detectada antes de terminar de pronunciarla.

Lucía miró hacia el frente, donde Eva seguía comprobando la lista de la tripulación desde su asiento.

Álex se encontraba de pie en el pasillo, intentando convencer al conductor de que todavía faltaba una maleta, aunque el conductor respondía en inglés que había contado veintiséis y Álex insistía en que debían ser veintisiete.

La discusión terminó cuando descubrió que llevaba la suya colgada del hombro.

—Va a ser una noche interesante —comentó Lucía.

—¿Por Álex?

—Por el vuelo.

La miré.

—¿Qué le pasa?

—Está completo. Han subido varios pasajeros de última hora y hay una delegación empresarial en ejecutiva. Además, parece que llevamos una persona protegida.

Cerré el libro, aunque todavía no lo había abierto.

—¿Protegida?

—Eso ha dicho Nuria. Uno de los pasajeros viaja con seguridad, pero no sabe quién es.

Nuria era otra tripulante, famosa por obtener información antes de que quienes debían comunicarla hubieran decidido hacerlo. En el vuelo de ida nos había informado de una avería en uno de los hornos veinte minutos antes de que mantenimiento descubriera que el horno no funcionaba.

—Quizá sea alguien famoso.

—O alguien importante.

—Las personas famosas también creen que son importantes.

Lucía soltó una risa breve.

Tardé un segundo en comprender que la frase había funcionado. No la había preparado, ni revisado, ni pronunciado cuando la conversación ya había terminado. Había surgido en el momento correcto. Consideré que aquel pequeño éxito social podía justificar el resto del silencio hasta el aeropuerto.

El autobús arrancó.

Las luces del hotel quedaron atrás y entramos en una avenida amplia, flanqueada por edificios de cristal que reflejaban la ciudad como espejos oscuros.

A aquella hora Dubái parecía construida para ser observada desde un vehículo en movimiento.

Las torres surgían iluminadas sobre el fondo negro, las pasarelas se extendían entre hoteles y centros comerciales, y los coches avanzaban por carriles tan perfectos que daban la impresión de formar parte de una maqueta.

Más allá de las luces, aunque no pudiera verlo, se encontraba el desierto.

Siempre me desconcertaba pensar que una ciudad capaz de brillar de aquel modo estuviera rodeada por una oscuridad casi absoluta.

Eva se puso en pie cuando abandonamos el acceso al hotel.

—Ya que estamos todos despiertos —dijo, mirando directamente a Álex—, aprovecho para recordaros que el vuelo va completo.

Tendremos quinientos seis pasajeros, de los cuales catorce son menores, tres viajan con movilidad reducida y uno necesita asistencia respiratoria durante parte del trayecto.

Hay dos pasajeros con alergias graves notificadas, una mujer embarazada de treinta y cuatro semanas y un señor que ha declarado llevar medicación que debe mantenerse refrigerada.

Antes de que alguien lo pregunte, sí, catering está informado. Eso no significa que vaya a recordarlo.

Algunos sonrieron. Eva no.

—La cubierta superior estará prácticamente llena.

Primera y ejecutiva serán responsabilidad de Lucía, Jero, Nuria, Álex y dos compañeros de la base de Dubái que se incorporan hoy.

La distribución definitiva se confirmará en la reunión.

Quiero una revisión especialmente cuidadosa de los carros y compartimentos porque hemos tenido cambios de última hora en catering.

Cualquier sello roto, desplazado o que no coincida con la documentación se comunica.

No se decide que “seguramente no será nada”. Se comunica.

Mientras pronunciaba la última frase, Eva miró hacia nuestra zona del autobús. No podía saber que yo había visto un sello ligeramente desplazado durante el vuelo de ida, porque no se lo había dicho a nadie. Aun así, sentí la incomodidad específica de quien ha sido descubierto sin pruebas.

—También viajamos con un pasajero que requiere discreción —continuó—.

No se facilitará su identidad hasta la reunión y no quiero especulaciones delante del resto del personal del aeropuerto.

La discreción incluye no intentar fotografiarlo, no comentar su presencia en redes sociales y no avisar a vuestra familia de que llevamos a alguien famoso, porque seguramente no lo sea.

Lucía me miró de reojo.

Eva volvió a sentarse.

—¿Ves? —susurró Lucía—. Alguien protegido.

—O alguien que cree serlo.

—Eso también.

Delante de nosotros, Samuel giró parcialmente en su asiento.

—Puede ser un diplomático —dijo—. En el hotel había una comitiva del Ministerio de Energía.

—O un futbolista —propuso Álex desde el pasillo.

—Los futbolistas no necesitan protección —respondió Eva sin levantar la cabeza—. Necesitan que nadie los reconozca hasta que hayan terminado de comer.

Álex regresó a su asiento entre algunas risas.

Samuel sonrió y volvió la vista hacia el frente.

Estaba sentado junto al comandante Alcázar, aunque habían dejado libre el asiento que los separaba.

Los pilotos solían aprovechar los traslados para repasar información operativa, pero ellos hablaban en voz baja de algo que no parecía relacionado con el vuelo.

Samuel sostenía el teléfono inclinado hacia el comandante y Alcázar observaba la pantalla con el ceño fruncido.

Cuando el autobús tomó una curva, vi fugazmente una fotografía ampliada, una cara masculina y debajo varias líneas de texto.

El hombre de la imagen se parecía al desconocido de la chaqueta clara.