El pasajero de la 3K Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Tiré de la maleta hasta el ascensor. Pulsé el botón y observé cómo los números descendían desde la planta treinta y uno. Mientras esperaba, palpé el bolsillo de la chaqueta.

Pasaporte.

El ascensor llegó con un sonido discreto.

Las puertas se abrieron y dentro estaba Samuel Orduña, impecable con el uniforme de piloto, una taza de café en una mano y el teléfono en la otra.

Tenía cuarenta y un años, el pelo oscuro peinado hacia atrás y esa clase de expresión relajada que suele pertenecer a las personas que nunca han ensayado una conversación frente al espejo.

—Baeza —dijo, apartándose para dejarme entrar—. Pensaba que Eva tendría que subir a buscarte.

En mi cabeza respondí que Eva solo subía a buscar supervivientes y cadáveres, y que todavía no había decidido en cuál de las dos categorías pensaba incluirme.

En voz alta dije:

—No.

Las puertas se cerraron.

Samuel me miró durante un segundo, esperando quizá que desarrollara la idea.

—Me alegra saberlo —respondió al final.

Asentí y fijé la vista en el panel luminoso.

Quedaban veintidós plantas hasta el vestíbulo.

Veintidós plantas atrapado con un hombre que sabía conversar.

Consideré sacar el teléfono y fingir que había recibido un mensaje, pero hacerlo después de aquel silencio habría resultado demasiado evidente.

Samuel bebió un sorbo de café y pareció no sentirse obligado a llenar el espacio, lo cual le hizo ganar varios puntos en una clasificación que no sabía que existía.

—¿Has dormido algo? —preguntó cuando pasábamos por la planta diecisiete.

La pregunta era sencilla. Había dos respuestas posibles: sí o no.

Sin embargo, mi cerebro decidió abrir una investigación paralela.

Si decía que sí, podía parecer descansado aunque no lo estuviera.

Si decía que no, quizá me preguntaría por qué.

Si explicaba que el silencio me había despertado, tendría que justificar que prefería el ruido de un avión a una habitación de hotel, y acabaríamos hablando de ansiedad, sueño o turbinas.

Todo aquello transcurrió en menos de un segundo.

—Un poco.

—Yo nada —dijo Samuel—. Nunca consigo dormir antes de un vuelo nocturno.

Podría haberle preguntado qué hacía durante aquellas horas. Podría haber comentado que a mí me sucedía lo contrario o recomendarle el libro de Fairbanks, que probablemente habría eliminado cualquier posibilidad de sueño durante el resto de la semana. Pensé las tres respuestas. No pronuncié ninguna.

Al llegar a la planta baja, Samuel me sostuvo la puerta mientras yo sacaba la maleta.

—Nos espera una noche larga.

—Eso parece.

Fue mi segunda frase completa y consideré que la conversación había resultado razonablemente exitosa.

El vestíbulo estaba lleno de luz, mármol y personas que parecían saber exactamente adónde se dirigían.

Nuestra tripulación se había reunido cerca de las puertas giratorias.

Eva consultaba una lista en su tableta, Álex discutía con otra compañera sobre una bolsa de comida y el comandante Mauro Alcázar hablaba con el conductor del autobús.

Más allá, junto a uno de los ventanales, un hombre corpulento de traje gris permanecía sentado sobre su maleta mientras observaba a otro pasajero.

El segundo hombre rondaba los sesenta, vestía una chaqueta clara y sostenía un sobre pequeño entre los dedos.

No parecía nervioso, aunque miraba alrededor con demasiada frecuencia para estar tranquilo.

Cuando el hombre del traje gris se acercó, intercambiaron unas palabras que no pude oír.

El sobre desapareció entre ambos o quizá regresó al bolsillo del primero.

No estaba seguro. Una pareja pasó delante de ellos arrastrando varias maletas y, cuando recuperé la visión, los dos se habían separado.

El hombre de la chaqueta clara caminó hacia la salida. Al cruzarse conmigo, levantó la vista y durante un instante pareció reconocerme, aunque yo no lo había visto nunca. Después miró la placa prendida en mi uniforme.

—Orbe —murmuró.

No supe si era una pregunta.

—Sí.

Asintió, como si mi respuesta confirmara algo, y continuó hacia las puertas.

Eva levantó la cabeza al verme.

—Baeza. A tiempo.

—Sí.

—No parezcas tan sorprendido —dijo, y volvió a su lista.

Sonreí cuando ella ya no me miraba.

El conductor empezó a guardar las maletas en el compartimento del autobús.

Detrás de los ventanales, la ciudad se extendía bajo la noche con sus torres iluminadas, sus carreteras interminables y aquel resplandor dorado que hacía parecer que el desierto había aprendido a producir estrellas.

En menos de una hora estaríamos en el aeropuerto.

Un poco después subiríamos al avión, cerraríamos las puertas y dejaríamos atrás todas las decisiones que aún podían tomarse en tierra.

Mientras entregaba mi equipaje al conductor, volví a mirar al hombre de la chaqueta clara. Estaba subiendo a un coche negro, con una mano apoyada sobre el techo y la otra cerrada alrededor del asa de su maletín.

Aún no sabía su nombre.

Tampoco sabía que viajaría en la suite 3K.

Mucho menos que no llegaría vivo a Madrid.