El pasajero de la 3K Capítulo 1 #2
3%

Capítulo 1 #2

A veces, cuando lo contaba, la gente intentaba consolarme diciendo que quizá había sido lo mejor, que la profesión era muy exigente o que los pilotos pasaban demasiado tiempo fuera de casa.

Solían hacerlo mientras hablaban con un tripulante de cabina que pasaba demasiado tiempo fuera de casa, trabajaba dentro de los mismos aviones y cobraba bastante menos.

Yo sonreía porque era la respuesta socialmente aceptada y porque explicarles que habría entregado casi cualquier cosa por sentarme en aquella cabina no habría mejorado la conversación.

Terminé trabajando lo más cerca posible de la puerta que no podía cruzar.

Al principio pensé que cada vuelo me recordaría lo que había perdido.

Ocurrió lo contrario. Descubrí que seguía amando los aviones incluso cuando no era yo quien los pilotaba, que podía reconocer la secuencia de sonidos antes del despegue y que la disciplina de los procedimientos calmaba algo dentro de mí.

Había puertas que revisar, equipos que comprobar, pasajeros que contar, posiciones que ocupar.

Todo estaba escrito. Cada emergencia tenía una lista.

Cada señal exigía una respuesta. Incluso el caos, cuando llegaba, debía abordarse siguiendo un orden.

La vida en tierra carecía de manual de operaciones.

Abrí el grifo de la ducha y esperé a que el agua alcanzara una temperatura razonable.

Había colocado el uniforme sobre una silla antes de acostarme: pantalón oscuro, camisa blanca, chaleco, chaqueta y corbata.

Los zapatos descansaban debajo, alineados con una precisión que no mantenía en ninguna otra parte de mi existencia.

En mi piso de Madrid podía pasar tres días buscando una factura, pero en una habitación de hotel era capaz de detectar si alguien había desplazado un calcetín dos centímetros.

Mientras me duchaba, repasé mentalmente el horario.

Diecinueve diez, vestíbulo.

Diecinueve veinte, salida del autobús.

Veinte horas, llegada aproximada al aeropuerto.

Reunión de tripulación, controles, traslado a la aeronave, revisión de equipos, embarque, cierre de puertas y despegue previsto a las cero cuarenta y cinco.

Lo repetí dos veces. Después una tercera porque la segunda había coincidido con el momento en que me entró champú en un ojo y no estaba seguro de que contase.

Al salir del baño encontré un mensaje nuevo en el grupo de la tripulación.

Eva Roldán: Recordatorio: vestíbulo 19:10. El autobús sale a las 19:20, con o sin vosotros.

Eva era nuestra jefa de cabina y poseía la capacidad de convertir una frase administrativa en una amenaza creíble sin utilizar una sola mayúscula.

Llevaba más de veinte años volando, recordaba los nombres de todos los tripulantes y podía detectar una bandeja mal colocada desde el extremo opuesto de la cabina.

Los pasajeros solían pensar que era demasiado seria hasta que surgía un problema.

Entonces dejaban de desear una persona simpática y agradecían que Eva estuviera allí.

Álex respondió con un emoticono de un autobús.

Samuel Orduña, el copiloto, escribió:

Samuel: Yo llevo cinco minutos abajo. Que conste en acta.

Miré la hora. Eran las diecinueve y cuatro.

Preparé mentalmente tres respuestas.

La primera era ingeniosa y consistía en señalar que un piloto que llegaba tan temprano probablemente tenía algo que ocultar.

La segunda hacía referencia a la obsesión de Samuel por impresionar a Eva.

La tercera era una frase breve, elegante y suficientemente ambigua para resultar graciosa sin parecer que buscaba atención.

No envié ninguna.

Guardé el teléfono en el bolsillo y terminé de vestirme.

La corbata me quedó torcida. La deshice, volví a anudarla y conseguí que quedara torcida hacia el otro lado.

En el tercer intento alcanzó una posición que, sin ser perfecta, podía atribuirse a una decisión estética.

Me puse la chaqueta, ajusté la placa con mi nombre y observé el resultado en el espejo.

El uniforme ayudaba. No me convertía en otra persona, pero proporcionaba instrucciones a quien me miraba.

En ropa de calle yo era un hombre alto que evitaba el contacto visual y parecía estar esperando una disculpa.

Con el uniforme, los desconocidos sabían por qué estaba allí y qué podían preguntarme.

No necesitaba inventarme un papel porque lo llevaba cosido sobre el pecho.

Recogí los libros. Dudé entre llevarme a Christie o a Fairbanks.

Agatha ofrecía la tranquilidad de un mundo donde el asesinato podía resolverse mediante la observación de unas migas, un horario ferroviario y la posición de una silla.

Fairbanks ofrecía la certeza de que, antes de la página cien, alguien descubriría que su casa llevaba años respirando.

Elegí a Christie.

La metí en el equipaje de mano junto al neceser, una camisa de repuesto y una bolsa con medicamentos capaces de tratar desde un dolor de cabeza hasta una intoxicación alimentaria leve.

Comprobé que llevaba el pasaporte. Cerré el bolsillo.

Lo abrí para comprobar que seguía allí. Lo cerré de nuevo y levanté la maleta.

Antes de salir revisé la habitación.

Cargador del teléfono, recogido.

Adaptador, recogido.

Auriculares, recogidos.

Libro, recogido.

Pasaporte, comprobado.

Cartera, bolsillo interior.

Licencia privada, dentro de la cartera, aunque no tenía ningún motivo para llevarla encima.

Siempre la llevaba.

Apagué las luces y abrí la puerta. El pasillo del hotel estaba cubierto por una moqueta gruesa que absorbía los pasos y producía una sensación parecida a caminar dentro de una biblioteca.

A ambos lados se extendían puertas idénticas, cada una con su número dorado, y durante un momento imaginé a cientos de personas durmiendo detrás de ellas, suspendidas en habitaciones temporales, a la espera de vuelos, reuniones, vacaciones o decisiones que yo no conocería nunca.