El pasajero de la 3K
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Capítulo 1
El ruido que falta
Me desperté porque algo había dejado de sonar.
Durante unos segundos permanecí inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad y el cuerpo hundido en un colchón demasiado blando, intentando averiguar qué clase de avería podía haber provocado aquel silencio.
No era la alarma del teléfono, porque aún faltaban once minutos para que empezara a vibrar sobre la mesilla.
Tampoco el aire acondicionado, cuyo soplido seguía llegando desde alguna parte del techo con la constancia impersonal de una respiración mecánica.
El minibar zumbaba debajo del escritorio, una tubería protestaba detrás de la pared y, desde la avenida, veintidós plantas más abajo, ascendía el rumor amortiguado del tráfico de Dubái.
Todo parecía encontrarse en su sitio. Todo funcionaba.
Aun así, faltaba algo.
Tardé un poco en comprender que lo que echaba de menos no pertenecía a aquella habitación.
Era el ruido de las turbinas, ese murmullo grave y uniforme que se instalaba en el pecho después del despegue y conseguía hacer lo que ningún médico, terapeuta ni aplicación de meditación había logrado hasta entonces: convencerme de que, durante las siguientes horas, no tenía que estar en ninguna otra parte.
En tierra siempre existía la posibilidad de haber olvidado algo, de llegar tarde, de recibir una llamada, de elegir mal una calle, una palabra o una respuesta.
En un avión que ya había alcanzado la altitud de crucero, las opciones se reducían de manera considerable.
No podía bajarme, no podía regresar a casa, no podía decidir de pronto que había equivocado mi profesión ni iniciar una conversación incómoda con alguien a quien no conocía.
Estaba dentro de un tubo presurizado a once mil metros de altura, avanzando a novecientos kilómetros por hora sobre países que apenas veía, y aquello, contra toda lógica, me tranquilizaba.
La mayoría de la gente se pone nerviosa cuando vuela. Yo me ponía nervioso cuando aterrizábamos.
Giré la cabeza hacia el teléfono. La pantalla permanecía apagada, pero sabía que eran las dieciocho y cuarenta y nueve porque llevaba despierto desde las dieciocho y treinta y siete y había comprobado la hora cuatro veces.
La primera había sido para saber cuánto faltaba hasta la alarma, la segunda para confirmar que no había leído mal, la tercera porque no recordaba si había hecho la segunda y la cuarta porque, una vez llegados a ese punto, abandonar el procedimiento me habría parecido una temeridad.
Me llamo Jerónimo Baeza. Casi todo el mundo me llama Jero, excepto mi madre cuando está enfadada, los responsables de recursos humanos y los pasajeros que leen mi nombre en la placa antes de pedirme algo que no está incluido en su billete.
Tenía treinta y cuatro años, trabajaba como tripulante de cabina para Orbe International Airways y llevaba casi siete durmiendo en habitaciones que se parecían tanto entre sí que algunas mañanas necesitaba abrir las cortinas para recordar en qué país me encontraba.
Aquella tarde, o noche, o lo que fuese en un cuerpo que había cruzado cinco husos horarios durante los últimos tres días, estaba en Dubái.
El vuelo de regreso a Madrid saldría poco después de la medianoche.
Si no había retrasos, algo que en aviación se menciona con el mismo respeto supersticioso con que los marineros evitan hablar de naufragios, pasaríamos la noche siguiendo una ruta hacia el oeste mientras el amanecer nos perseguía sin llegar a alcanzarnos.
Despegaríamos bajo un cielo negro y aterrizaríamos con otro cielo todavía oscuro, como si el avión hubiera encontrado una grieta en el tiempo y pudiera mantenerse dentro de ella.
Me gustaban especialmente esos vuelos. En la oscuridad, los pasajeros hablaban menos, las ventanillas se convertían en espejos y las luces de lectura flotaban sobre los asientos como pequeñas islas amarillas.
Incluso un aparato capaz de transportar a más de quinientas personas adquiría cierta intimidad cuando la cabina quedaba en penumbra.
El mundo exterior desaparecía y solo permanecían el zumbido de la ventilación, los avisos tenues de los paneles, el traqueteo de los carros y el rumor profundo de las turbinas sosteniéndonos en la noche.
El teléfono vibró a las diecinueve en punto.
No llegué a sobresaltarme porque llevaba varios minutos contemplándolo con la misma concentración con la que habría vigilado un artefacto explosivo.
Apagué la alarma antes de que pudiera emitir sonido y me senté en la cama.
La habitación dio una pequeña vuelta a mi alrededor, producto de haber dormido cinco horas después de mantenerme despierto durante casi veinte, aunque mi cerebro interpretó inmediatamente el mareo como el primer síntoma de una enfermedad neurológica desconocida.
Me quedé quieto hasta que el suelo regresó a su posición.
Después apoyé los pies sobre la moqueta y respiré con cuidado.
En la mesilla había tres libros, un vaso vacío y una hoja del hotel en la que había escrito el horario de recogida pese a tenerlo guardado en el teléfono, publicado en el grupo de la tripulación y enviado por correo electrónico.
En la parte superior de la pila descansaba una edición maltratada de Muerte en la vicaría, de Agatha Christie.
Debajo estaba un volumen de relatos de Sherlock Holmes que había comprado en el aeropuerto de Barajas porque me había parecido razonable pagar diecinueve euros por un libro que ya tenía dos veces.
El tercero era Habitación 23, de Norman Fairbanks, una novela que había empezado durante el vuelo de ida y que me había obligado a encender todas las luces de la habitación antes de acostarme.
Me gustaban los misterios porque en ellos el mundo aceptaba someterse a un orden.
Una persona moría, varias mentían y, por muy retorcido que fuese el camino, todas las piezas terminaban encajando.
Hasta el criminal más cuidadoso dejaba una huella, una contradicción o una taza colocada en el lugar equivocado.
La realidad no solía ofrecer aquella cortesía.
En la realidad, la gente desaparecía sin explicación, los culpables morían tranquilos y una conversación mal interpretada podía perseguirte durante años sin que apareciese Hércules Poirot para reunir a todos en un salón y aclarar lo ocurrido.
Yo llevaba desde niño intentando adivinar a los asesinos antes que los detectives.
Había desarrollado una técnica bastante eficaz que consistía en sospechar de cualquier personaje descrito como insignificante, amable o incapaz de hacer daño.
Si además era médico, secretario o pariente lejano, lo condenaba antes de llegar al capítulo cinco.
Mis resultados eran aceptables con Agatha Christie, peores con Conan Doyle y desastrosos con Norman Fairbanks, cuyos personajes parecían capaces de cometer tres asesinatos, fingir su propia muerte y seguir teniendo tiempo para preparar café.
Durante años había fantaseado con convertirme en detective.
Era una vocación cómoda mientras no implicase salir de casa, hablar con desconocidos ni encontrarse con cadáveres reales.
En mi imaginación interrogaba a los sospechosos con una mezcla perfecta de inteligencia, serenidad y autoridad moral.
En la práctica, cuando un pasajero me preguntaba si podía cambiarse a un asiento que no había pagado, yo necesitaba recordar durante varios segundos dónde colocar las manos.
Me levanté y caminé hasta el baño. La luz blanca del espejo se encendió con una violencia que ningún diseñador de interiores habría considerado necesaria.
Cerré el ojo derecho, miré mi reflejo únicamente con el izquierdo y vi cómo los bordes de mi cara perdían precisión.
No era una mancha ni una oscuridad, sino una versión ligeramente defectuosa del mundo, como si alguien hubiera reducido la calidad de la imagen sin avisarme.
Abrí ambos ojos.
Mi rostro volvió a ordenarse.
La ambliopía había estado allí desde la infancia, aunque durante años nadie le concedió demasiada importancia.
Con los dos ojos abiertos veía bien, conducía, leía, distinguía señales y podía desenvolverme sin problemas.
Incluso había aprendido a volar. Obtuve la licencia de piloto privado a los veintitrés años, acumulé horas, aprobé exámenes teóricos y pasé más tardes de las que podía permitirme dentro de simuladores alquilados por minutos.
Sabía interpretar instrumentos, calcular rumbos, seguir listas de comprobación y reconocer la voz de un motor que no funcionaba como debía.
Después llegó el reconocimiento médico para continuar hacia la aviación comercial, una sala demasiado iluminada y un especialista que evitó mirarme mientras me explicaba que mi función binocular no alcanzaba los requisitos.
Recuerdo haber asentido como si me estuviera informando de un cambio en la puerta de embarque.
Le pregunté si existía algún tratamiento, alguna excepción, una prueba que pudiera repetir.
El médico utilizó palabras como seguridad, mínimos, normativa y evaluación individual.
Yo escuché todas, aunque solo entendí una.
No.
No podía ser piloto de línea. No importaba cuánto hubiera estudiado, cuántas horas hubiera volado ni lo bien que conociese los procedimientos. Mi ojo izquierdo había tomado aquella decisión muchos años antes de que yo supiera que debía consultárselo.