El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

CINCUENTA Y SIETE

En el muelle de Portsmouth, me protegí los ojos del sol con la mano mientras observaba la descomunal estructura del Mathilde, el navío mercante que nos llevaría a Francia.

Zarparía con la marea en dos días y llegaríamos a nuestro destino en menos de una semana.

Hugo había tenido suerte al encontrar un barco, ya que parecía que no iba a haber más que partieran hacia Francia en un futuro cercano.

A él le habría gustado que el Mathilde fuera a Le Havre, pero en realidad no importaba, cuando atracáramos, viajaríamos en carruaje hasta París, donde unos conocidos suyos nos acogerían hasta que encontráramos nuestra propia casa.

Solo quedaba vender los caballos y pagar la cuenta de la posada.

Hugo me tomó del brazo y avanzamos por el muelle hasta la taberna más próxima.

—Tomemos algo para celebrar nuestra inminente partida —propuso—. Estoy sediento.

En realidad lo único que me apetecía era una buena taza de té y allí no había, pero caminé a su lado, feliz de ver su sonrisa relajada y a la vez ansiosa por que los dos días pasaran rápido y pudiéramos alejarnos por fin de aquel lugar donde el peligro era constante.

Encontramos una mesa libre en un rincón, alejada de los alborotadores marineros que bebían una jarra de cerveza tras otra y cantaban a todo pulmón con voces de todo menos sobrias, aunque extrañamente armoniosas.

Hugo pidió una jarra de cerveza y yo un poco de sidra de manzana, la bebida menos alcohólica que podía tomar en una taberna.

Le di un sorbo y disfruté del regusto a manzana fermentada que me quedó en los labios.

Estaba fría y eso me supuso un cambio agradable respecto a la leche que había estado bebiendo desde mi regreso al pasado.

Al tabernero le resultó extraño que la señora Tully no quisiera otra cosa que no fuera leche, pero se guardó su opinión y nos cobró por la sidra más de lo que habría cobrado por un buen coñac francés.

Hugo se recostó en la silla y le dio un trago a la cerveza, pero de repente su rostro se mostró alerta cuando los marineros hicieron una pausa entre sus canciones y pudimos oír la conversación de los dos hombres que ocupaban la mesa contigua.

—¿Acabas de llegar de Cranley, dices? —preguntó uno de ellos.

—Sí, anoche hubo bastante revuelo. Parece que por fin apresaron al granuja traidor de lord Hugo Everly.

Entró en la taberna sin más, tan arrogante como siempre, y pidió una cerveza.

Ya te puedes imaginar el alboroto que causó, después de haber desaparecido tal como lo hizo hace unos meses.

Debió de pensar que había quedado libre de culpa ahora que Monmouth se encontraba en cientos de pedazos.

—Entonces, ¿qué pasó? —lo instó su compañero con ojos rebosantes de curiosidad, ansioso por conocer la historia.

—¿Tú qué crees? Dio la casualidad de que los soldados estaban allí tomándose unas cervezas, no tenían nada que hacer salvo merodear por el pueblo con la esperanza de que ese canalla apareciera, lo arrestaron en el acto para llevárselo hoy a Londres.

¿Y sabes qué fue lo mejor de todo? —preguntó el hombre, deleitándose en su relato—.

Que el muy idiota tuvo el descaro de decirles que no era Hugo Everly, no dejaba de insistir en que se llamaba Maximilian.

Él, allí sentado en todo su esplendor, afirmando ser otra persona.

Solo los nobles están tan locos como para pensar que pueden salirse con la suya con semejantes boberías.

Se lo llevaron de inmediato y la verdad es que me alegro.

No hay mayor crimen que la traición, ¿no te parece?

Apenas me di cuenta de que la sidra derramada iba acumulándose en la mesa y formaba un riachuelo dorado al caer por el borde.

Hugo se quedó inmóvil, con el rostro convertido en una máscara de determinación que conocía demasiado bien.

Evitó mi mirada y se volvió hacia la ventana, donde el bullicio del muelle se iba apagando a medida que el día daba paso al atardecer y los tonos oscuros del crepúsculo descendían sobre la ciudad.

No podía moverme, temía que, si lo hacía, alteraría el momento y todo se desintegraría como una vasija rota, mil fragmentos de cerámica que nunca podrían volver a unirse saldrían volando en todas direcciones al golpear contra el suelo.

—Debemos regresar —sentenció Hugo, y su expresión de dolor me dio a entender que para él no era una decisión fácil—. No podemos permitir que Max pague las consecuencias.

—Intentó matarte —musité, desesperada por hacerle cambiar de opinión. No quería que Max tuviera que rendir cuentas por las acciones de Hugo, pero sabía lo que pasaría si volvíamos y no soportaba pensarlo.

—Tenemos que regresar —repitió él.

—¿Y hacer qué? ¿Entregarte?

—No me entregaré, pero no puedo dejar que lo ejecuten en mi lugar. No estaría bien, Neve, y lo sabes.

Sí, sabía que no estaría bien, pero cada una de las células de mi cuerpo gritaba en protesta, conscientes de que no había ninguna posibilidad de que esto terminara bien para ninguno de nosotros.

Cuando mi reticente cerebro asimiló por fin todas las implicaciones que acarrearían las intenciones de Hugo, de repente sentí mucho frío.

Hugo tomó mis manos temblorosas entre las suyas, pero no dijo nada. ¿Qué podía decir?