El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 56
98%

Capítulo 56

CINCUENTA Y SEIS

El camino a Portsmouth estaba más transitado de lo que hubiera imaginado.

Numerosos carromatos repletos de diversos objetos se desplazaban con una lentitud exasperante, había carruajes que transportaban personal naval, familias que viajaban y jinetes como nosotros.

Me sentí eternamente agradecida de no tener que hacer el trayecto en carruaje, no podía ni imaginarme lo que sería ir encerrada en una caja de madera sin ventilación en un día tan caluroso.

A última hora de la tarde estaba exhausta y dolorida, pero permanecí callada mientras seguía al caballo de Hugo a través de la multitud.

Solo nos quedaban unas cuantas horas de viaje por delante y estaba decidida a llegar a la ciudad portuaria ese mismo día.

La cantidad de gente que se desplazaba en la misma dirección nos brindaba la mejor protección, entre la muchedumbre nadie prestaría atención a dos viajeros.

Los rayos oblicuos del sol se volvieron cada vez menos brillantes a medida que se acercaba el crepúsculo y el paisaje a nuestro alrededor se fue suavizando y cubriendo de una neblina dorada.

Apenas podía distinguir la forma de la Torre Redonda que se elevaba tras la sólida barrera formada por las murallas de la ciudad.

Portsmouth era una ciudad fortificada que a lo largo de los siglos había sufrido numerosos ataques y siempre había resistido admirablemente.

Los diversos monarcas habían reconstruido la torre y las murallas una y otra vez, con madera y tierra primero y después con piedra maciza, la que nos recibía ahora.

Suspiré de alivio cuando por fin atravesamos las puertas de la ciudad.

Esperaba que pudiéramos encontrar alojamiento, ya que había mucha gente que parecía tener la misma idea, pero Hugo me hizo señas para que lo siguiera por la calle principal y fuimos alejándonos de la multitud que se agolpaba en las puertas, que cerrarían en una o dos horas.

Por fin se detuvo frente a un lugar llamado Greyhound y fue a preguntar si había alguna habitación libre.

Le dijeron que sí, siempre que pagáramos el precio exigido, entregamos nuestros caballos al mozo de cuadra y entramos.

Sin apenas prestar atención a mis alrededores, me desplomé sobre la cama y cerré los ojos, la espalda me vibraba de tensión tras las horas que había pasado sobre la silla y la cara interna de los muslos me ardía por la fricción contra el caballo.

La cama no era precisamente cómoda y el aire estaba tan cargado que apenas podía respirar, pero al menos era un cuarto.

Hugo forzó la recia ventana y una ráfaga de aire marítimo inundó la alcoba, disipando el hedor agrio de los anteriores ocupantes y la peste a excremento de los ratones que estarían escondidos bajo la cama.

—¿Cómo diablos lograste conseguir una habitación tan rápido? —pregunté, al tiempo que me estiraba placenteramente ahora que mi espalda había dejado de tener espasmos.

—Bueno, esta no es la posada más popular de la ciudad —respondió Hugo mientras metía la mano debajo de la cama en busca del orinal.

—¿Por qué? No es peor que las demás, es incluso mejor. —La casa de piedra parecía sólida y respetable, y los olores que emanaban de la cocina me hacían la boca agua.

—La gente tiene supersticiones sobre ciertos lugares —dijo él encogiéndose de hombros.

—¿Qué clase de supersticiones? —pregunté con cautela—. ¿Está embrujado este lugar?

—Algunos dicen que sí. En 1628, John Felton apuñaló aquí al duque de Buckingham hasta matarlo, aunque no es que ese réprobo malvado no se lo mereciera.

Hay quienes afirman que su espíritu sigue rondando la taberna, incapaz de descansar tras una muerte violenta.

—Me dedicó una sonrisa y me besó la frente—.

Pero nosotros no creemos en esas tonterías, ¿verdad, mi amor? Hemos conseguido una habitación.

—Me da igual si Buckingham viene durante la noche y se mete en la cama con nosotros. No pienso moverme de aquí durante al menos doce horas, pero no me negaría a cenar algo antes. ¿Crees que podría convencerte para que bajes a ver qué consigues?

—A vuestro servicio, milady —respondió Hugo con una exagerada reverencia, antes de desaparecer.

Esperaba que trajera bastante de lo que fuera.

Yo siempre había gozado de buen apetito, pero el hambre me acuciaba a todas horas cada vez que las náuseas disminuían un poco y deseaba llevarme a la boca algo sólido en lugar de pequeños tentempiés.

Todavía no había engordado, pero tendría que cuidarme, sobre todo en Francia, donde la comida era tan abundante y deliciosa.

De repente, me reí por lo bajo. Allí estaba yo, en una ciudad naval repleta de soldados, con un hombre cuya cabeza tenía un precio y a quien lo único que lo separaba de un arresto era una botella de tinte y unas lentillas de colores.

Y yo preocupándome por mi peso. «Eso es muy del siglo xxi» , pensé mientras me recostaba de nuevo en la cama y suplicaba que Hugo no tardara demasiado.