Capítulo 55
CINCUENTA Y CINCO
Cuando me desperté, el sol brillaba a través de la pequeña ventana situada en lo alto de la pared y el aire de la habitación era denso y cálido.
Las motas de polvo se arremolinaban en el rayo de luz dorada que terminaba en el suelo, no muy limpio, por cierto.
Desde el patio llegaban diversos sonidos: hombres que hablaban en voz alta, caballos que relinchaban, el agua que se derramaba cuando se sacaba un cubo del pozo para llenar el abrevadero.
Quería levantarme, pero todas las moléculas de mi ser suplicaban que me quedara en la cama.
Hacía mucho tiempo que no montaba a caballo y me sentía dolorida y cansada.
Si Hugo no me había despertado no había prisa, pensé, y volví a cerrar los ojos.
De repente me recorrió un escalofrío de miedo.
«Hugo» . ¿Dónde estaba? ¿Y si lo habían arrestado mientras yo dormía?
Salté de la cama y cogí la ropa, dispuesta a vestirme y correr escaleras abajo, pero un golpe en la puerta me detuvo, un Hugo sonriente entró en la habitación y dejó una bandeja de madera sobre la mesa arañada.
—¿Dónde has estado? —grité—. Pensé que te había pasado algo horrible.
Hugo se limitó a atraerme hacia él y me dio un abrazo tranquilizador .
—Como ya tuvimos nuestro encuentro con los soldados no vi razón alguna para despertarte y salí a buscarte el desayuno. Supuse que no querrías cerveza y galletas rancias, me acerqué a la granja más cercana y compré leche fresca, pan y mantequilla. Ven a comer algo. Tenemos un largo día por delante.
Me dejé guiar hasta la mesa, donde untó una gruesa rebanada de pan con mantequilla y me sirvió una taza de leche.
—Gracias —dije con la boca llena de pan—. Ha sido un detalle muy tierno.
—Cuando dijiste que no podías tomar nada de alcohol y que necesitabas comer bien por el bebé, estaba prestando atención —respondió, tratando de parecer ofendido.
—Me alegro. Estaba muerta de hambre. ¿Cuándo nos vamos?
—En cuanto estés lista. Esperaba llegar a Portsmouth antes del mediodía, pero, como nos hemos retrasado, tenemos que llegar antes de que cierren las puertas al anochecer.
Asentí y tomé un sorbo de leche. Hugo parecía tranquilo y seguro, pero yo estaba nerviosa por dentro, nos dirigíamos hacia la boca del lobo.
Portsmouth albergaba la Marina Real y era una ciudad repleta de militares donde alguien podría reconocerlo a pesar de su elaborado disfraz.
No tenía ni idea de cuánto tiempo tardaríamos en encontrar un barco que nos llevara a Francia, pero esperaba que fueran días y no semanas.
Lo observé mientras se arreglaba la barba frente al minúsculo y agrietado espejo de pared.
Tenía que admitir que se veía muy diferente: su mirada era de un tono azul vibrante, ya que las lentillas ocultaban los ojos oscuros y su espesa melena lucía un color rubio miel que cualquier chica envidiaría.
Había momentos en que parecía un extraño incluso a mis propios ojos, pero el disfraz solo duraría unas pocas semanas hasta que su cabello oscuro natural empezara a notarse.
Sería bastante fácil afeitarle la barba, pero las raíces del pelo serían más complicadas de ocultar.
Cuanto antes llegáramos a Portsmouth y encontráramos un barco, estaríamos más a salvo .
Terminé de desayunar, recogí nuestras pertenencias y me puse la cofia de lino sobre los rizos.
—Vámonos —dije, sintiéndome de repente más segura—. Hoy es el día en que llegamos a Portsmouth.
—Desde luego que sí —asintió Hugo, y cogió mi bolsa.