El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 54
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Capítulo 54

CINCUENTA Y CUATRO

Cuando abandonamos Everly Manor debían de ser más de las nueve, aunque bien podría haber sido plena noche.

El camino estaba desierto, la única luz procedía de un fragmento de la luna que colgaba formando un alegre ángulo en el firmamento oscuro como el carbón.

Había algo de niebla, por lo que el cielo se asemejaba a un charco de alquitrán derramado sobre el universo, sin un solo destello de luz estelar visible a través del aire húmedo.

Por la noche el camino dejaba de ser seguro, pero Hugo llevaba su espada y una daga en el cinto.

Teníamos que alejarnos lo máximo posible de Cranley antes de detenernos a pernoctar.

Hugo conocía una posada en la que podríamos dormir, pero se hallaba por lo menos a dos horas de distancia.

Tras cabalgar durante más o menos una hora, me empezaron a pesar los párpados y sentí como si mi cuerpo estuviera soldado a la silla, con el centro de gravedad en algún lugar de la parte inferior de mi vientre.

Aunque aún no se me notaba el embarazo, ya empezaba a sentir sus efectos: me encontraba inusualmente cansada, tenía que hacer pis cada hora y experimentaba unas náuseas continuas que solo remitían cuando comía algo, lo que a su vez me hacía sentir aún más indispuesta.

La comida del siglo xvii no iba a facilitar las cosas, pero no podíamos permitirnos esperar.

Teníamos la esperanza de llegar a Francia antes de que comenzara mi segundo trimestre e instalarnos en algún lugar donde pudiera pasar el resto del embarazo en un entorno tranquilo.

Si Hugo hubiera estado solo, habría cabalgado a una velocidad de vértigo, pero me daba demasiado miedo sufrir otro aborto y avanzábamos a paso lento, por lo que no recorríamos más de dos o tres millas por hora.

El suave balanceo del caballo empezó a arrullarme, los ojos se me cerraban a medida que el silencio de la noche aumentaba y el aire húmedo amortiguaba los ruidos nocturnos.

De vez en cuando, Hugo alargaba la mano y me sacudía el hombro para asegurarse de que me mantuviera despierta y no me cayera del caballo.

Se sentía preocupado por mí, pero no podíamos permitirnos quedarnos holgazaneando en Everly Manor con soldados apostados en el pueblo.

Hugo oyó los cascos de los caballos mucho antes que yo, su cuerpo se tensó sobre la silla y dirigió la mano a la espada de forma automática.

Nadie andaría en el camino a aquellas horas a menos que estuviera huyendo o persiguiendo a una presa.

De la oscuridad surgieron dos hombres y el reflejo de la débil luz de la luna en sus petos reveló al instante que eran soldados, probablemente del pueblo, pero ninguno de los dos había estado con el capitán Humphries cuando vino a arrestar a Hugo en mayo.

Este apartó a propósito la mano de su espada y se obligó a relajarse, tratando de parecer más sorprendido que asustado:

—Buenas noches, señores —saludó cuando los soldados se pusieron a su altura con los ojos entrecerrados para evaluar la situación.

—¿Cuál es vuestro nombre? —exigió uno.

—Yo soy Richard Tully y esta es mi esposa, Alice.

Si no hubiera estado temblando, me habría parecido divertido el nombre que Hugo había elegido para mí.

Le había hablado de mi amor infantil por Alicia en el país de las maravillas y de cómo me había sentido como si cayera por la madriguera del conejo cuando acabé en el siglo xvii . Estaba claro que no lo había olvidado .

—¿A quién tenemos el honor de dirigirnos? —preguntó Hugo en un tono deferente.

—Soy el capitán Norrington, del ejército de Su Majestad —respondió este, sin presentar a su compañero.

Hugo asintió a modo de reconocimiento y ladeó la cabeza, como si esperara a que el hombre declarara sus intenciones.

—Se nos ha informado de que una mujer conocida por ser la querida de lord Hugo Everly ha sido vista esta noche en las inmediaciones de Everly Manor. Decid vuestro nombre, señora —ordenó, dirigiéndose a mí.

—Soy la señora Alice Tully, como os acaba de decir mi esposo —respondí con más descaro del que debería, pero su pomposidad y seguridad en sí mismo me habían molestado.

—¿Y conocéis por casualidad a lord Everly, señora?

—No, señor. Si os han dicho que podría conocerlo, se equivocan. ¿Puedo preguntar quién os llamó? —inquirí, a pesar de la mirada de advertencia de Hugo.

—Una doncella de la mansión vino antes al pueblo y afirmó haber visto a una mujer a quien por estos lares se conoce como la señorita Neve Ashley —respondió el capitán sin apartar la mirada de mi rostro.

—Pues se equivocaba —interrumpió Hugo—. Esta mujer es mi esposa y lo ha sido durante los últimos siete años.

—¿Y hacia dónde os dirigís a esta hora, señor Tully? —preguntó el capitán Norrington.

—Vamos al siguiente pueblo, capitán, donde buscaremos refugio para pasar la noche —respondió Hugo con suavidad—. Mi esposa está cansada, si no necesitáis nada más, seguiremos nuestro camino.

—Pasad buena noche —se despidió el capitán Norrington, y le dio la vuelta al caballo—. No deberíais andar por el camino a estas horas. No es seguro, señor Tully. Os recomiendo que busquéis alojamiento lo antes posible. Hay una posada a una milla de distancia. Espero que os sirva .

—Gracias por preocuparos, capitán. Ciertamente servirá.

Hugo observó como los dos soldados se alejaban al trote en dirección a Cranley, a continuación me dedicó una amplia sonrisa y clavó los talones en los flancos de su caballo.

—Solo un poquito más, mi dulce Alice —me animó—. Como dijo ese hombre, hay una posada un poco más adelante.

Intenté responder, pero mis manos temblaban con violencia mientras intentaba espolear a mi caballo. Era consciente de los riesgos, pero no esperaba encontrarme a unos soldados tan pronto.

—No pasa nada, Neve —dijo Hugo con dulzura—. Todo está bien y ya podemos seguir nuestro camino.

—¿Cómo diablos se enteraron tan rápido? —pregunté. Necesitaba racionalizar lo que acababa de pasar.

—Seguramente Liza fue corriendo al pueblo para informarlos —respondió con naturalidad—. Que el diablo la lleve.

—¿Por qué haría eso? —No podía imaginarme por qué una fiel sirvienta correría hasta el pueblo al caer la noche para informar a los soldados de la posible presencia de Hugo. ¿Qué ganaba ella con eso?

—Supongo que hay una recompensa en moneda por cualquier información que conduzca a mi captura —sugirió él, imperturbable—. Liza siempre fue una joven ambiciosa.

—¿Hasta qué punto la conocías? —pregunté, sintiendo sospechas de repente.

¿Tendría Liza algún otro motivo además del económico?

Una recompensa monetaria, por escasa que fuera, equivaldría a su paga anual o incluso más, a ella le parecería una fortuna y eso motivaría a cualquier chica pobre, máxime si aspiraba a dejar el servicio.

—Lo suficiente para saber que no se puede confiar en ella. Y ahora, vamos.

Seguía dándole vueltas a los motivos de Liza al dejar caer la cabeza sobre una almohada llena de bultos, tratando de acomodarme en el colchón de paja que nos dieron en la posada.

Pese a todo, era mejor que preguntarse si algún bicho repulsivo podría estar compartiendo el colchón conmigo.

Hugo se sentó en la silla que había junto a la ventana con expresión distante.

—¿Hugo? ¿Mmm… tiene Liza alguna razón para despreciarte? —pregunté.

Puede que me respondiera, pero no oí lo que dijo, ya me había quedado dormida.