El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

CINCUENTA Y TRES

Max Everly se quedó mirando boquiabierto el cuaderno que tenía ante él.

Había sido un imbécil, un imbécil de proporciones épicas.

Los árboles no le habían dejado ver el bosque, pero había tenido la respuesta delante durante todo ese tiempo.

Su intención había sido preguntarle a Neve sobre el pasadizo secreto, pero nunca había tenido la oportunidad, y en los últimos meses había vivido con el temor constante de que Hugo Everly regresara para cobrarse su venganza.

En mayo y junio no había dejado de mirar por encima del hombro, hasta que en julio por fin empezó a recuperar la calma.

Si para entonces Hugo no había ido por él ni presentado una acusación de intento de asesinato, no era probable que lo hiciera.

Parecía que se había marchado a Londres para perderse en aquel mar de humanidad que era la capital.

Tal vez permanecería allí el resto de sus días, trabajando como repartidor para algún sórdido restaurante o descargando cajas de embalaje.

Mientras se quedara allí, le daba igual lo que hiciera.

El rodaje había terminado y los camiones y los equipos desaparecieron tan rápido como habían llegado, lo que lo dejó con su rentable museo y un jugoso cheque por la película ya depositado en su cuenta.

El pueblo parecía extrañamente tranquilo tras la marcha de la gente del cine y Max se había quedado desanimado y apático.

Hacía meses que no leía el cuaderno de Harry, pero dos semanas antes había releído sus pasajes favoritos para buscar información sobre la ubicación del pasadizo.

Neve lo había encontrado y utilizado varias veces, por lo que tenía que ser bastante fácil de accionar si ella podía ir y venir a su antojo y traer a ese —casi se atraganta de furia al pensar en Hugo— «bufón», que era la palabra que mejor lo describía.

Ninguno de los dos parecía haber sufrido efectos adversos por viajar en el tiempo.

El maldito pasadizo tenía que estar allí mismo, delante de sus narices.

Max había hojeado el cuaderno una y otra vez en busca de patrones, cualquier cosa que pareciera un código y hasta frases que pudieran tener un doble sentido.

Tenía que estar allí. Harry no podía haber plasmado todas sus experiencias en papel y no haber mencionado cómo abrir el maldito pasadizo.

Había sido un chico tan listo… había pensado Max al regresar a la primera página una vez más. Y ahí fue cuando cayó en la cuenta.

Era tan sencillo que le dio risa. Casi todas las páginas contenían un pequeño boceto que ilustraba la narración.

Y en la parte superior de la primera página, así como en la última, cuando Harry ya había regresado, había un dibujo de una flor de seis pétalos con el centro cuidadosamente sombreado.

Eso tenía que significar algo, ya que todos los demás dibujos significaban algo también.

Max metió el cuaderno en el cajón y prácticamente echó a correr hacia la iglesia, sin dejar de rezar para que el reverendo Lambert no estuviera merodeando por allí, ansioso por hallar una víctima a quien atrapar con una taza de té, una lata de galletas y un debate eclesiástico.

Irrumpió en la iglesia como una bala y bajó corriendo las escaleras de la cripta, desesperado por comprobar su teoría.

Con el corazón que se le salía por la boca, se detuvo junto a la tumba del caballero y empezó a buscar la flor.

Había varias talladas en el friso que rodeaba la cripta, pero solo una —«una»— tenía seis pétalos.

Alargó la mano y un estremecimiento lo recorrió al tocar ligeramente el centro protuberante.

Allí estaba, su última oportunidad de encontrar el camino hacia el pasado.

Si funcionaba, tal vez podría cambiar lo sucedido e incluso deshacerse de Hugo Everly antes de que viniera al presente, pero todo dependía del año en que llegara.

Max respiró profundamente y apretó el botón, temblando de emoción al escuchar el sonido de deslizamiento que acompañaba la apertura del panel.

Halló la flor correspondiente en el interior para asegurarse de poder abrir la puerta de nuevo y subió despacio las escaleras hacia la iglesia, con el corazón martilleándole salvajemente en las costillas.

Se apoyó en la puerta de madera y observó el edificio en el que acababa de entrar.

Dios Santo, lo había conseguido. ¡Lo había conseguido!

Se dio la vuelta y bajó los escalones a toda velocidad para regresar a su propia época.

Ahora que sabía cómo funcionaba el mecanismo tenía que pensar bien las cosas, pero antes debía efectuar una pequeña misión de reconocimiento.

Cogería algo de ropa de época del museo y volvería más tarde con unas cuantas monedas en el bolsillo.

Un paseo hasta el pueblo y tomar algo en el pub serían un buen comienzo.

Averiguaría en qué año estaba, se enteraría de algunos chismes locales y descubriría algo sobre el señor de la mansión nobiliaria.

Después, cuando dispusiera de la información pertinente, podría empezar a formular un plan.

Sonrió con malicia y acarició la cabeza de Tilly, que se había acercado corriendo a la puerta a saludarlo.

—Estamos listos, vieja amiga —dijo—. Y esta vez, lo haré bien.