El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 52 #2
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Capítulo 52 #2

Encontré a Hugo sentado en una bala de heno.

Los caballos estaban inquietos, no dejaban de moverse ni de olfatear el aire.

Me senté junto a él y apoyé la cabeza en su hombro.

Sabía que se moría de ganas de ver a su hermana, a quien creía haber perdido para siempre, pero lo único que yo quería era que nos marcháramos cuanto antes y alejarnos todo lo posible de Everly Manor antes de tener que detenernos para pasar la noche.

Sin embargo, me alegraba que al menos ahora Jane pudiera estar tranquila sabiendo que Hugo estaba sano y salvo.

Como cualquiera en su posición, se había imaginado lo peor, y con la muerte de Monmouth sus temores estaban justificados.

Jane entró furtivamente en el establo con una vieja bolsa de cuero y la espada envainada de Hugo bajo el brazo.

Dejó escapar una bocanada de aire y una expresión de incredulidad le atravesó el rostro cuando, al acercarse, vio al extraño que tenía ante ella.

—Janey, soy yo —dijo él con dulzura mientras le daba tiempo para acostumbrarse a su aspecto—. Soy realmente yo.

—Pero ¿cómo…? —Le tocó el cabello rubio y examinó sus ojos, ahora mucho más claros—. ¿Qué clase de magia es esta? —preguntó, al tiempo que entrecerraba los párpados y me miraba bajo la tenue luz del farol—. Sí que eres bruja, ¿verdad?

—No, Jane, Neve no es ninguna bruja. Deberías recordar que me salvó la vida. Y ahora me la está salvando de nuevo al disfrazarme. Escribiré en cuanto lleguemos a Francia —prometió Hugo—. Cuídate, y cuida también de Clarence.

—¿Os casaréis en Francia? — preguntó Jane con cautela, sin tener claro en qué punto se hallaban las cosas.

—Lo antes posible —le aseguró su hermano—. Habrá tiempo de sobra antes de que llegue el niño.

—Ay, Hugo, ¿de verdad es cierto? —Se dio la vuelta y observó mi vientre todavía plano. No sabría decir si se alegraba o todo lo contrario.

—Lo es. Y ahora, debemos irnos. Por favor, no le digas a nadie que estuve aquí, ni siquiera a Clarence, tampoco a Jem. ¿Cómo está, por cierto? —preguntó con un deje de tristeza.

—Sigue siendo un fastidio, como siempre —respondió ella con frialdad. No pude evitar preguntarme cómo habría sido la vida para el pobre Jem desde la desaparición de Hugo. A Jane no le hacía falta un paje, pero sabía que Hugo quería que cuidaran del niño.

—Jane, por favor cuida de Jem por mí. Volveré, y confío en que esté esperándome —instruyó Hugo al ver la mirada de escepticismo de su hermana—. Ya me has oído.

—Sí, por supuesto, como tú digas —murmuró ella—. ¿Cómo voy a justificar que hayan desaparecido caballos?

—Invéntate algo —respondió Hugo mientras deslizaba la espada bajo el arnés del caballo que ya había ensillado. A fin de cuentas, no sería creíble que un simple comerciante llevara una espada tan buena.

Jane le entregó un saquillo abultado, su anillo y la bolsa.

—Rezaré para que encontréis un barco que os lleve a Francia enseguida y os pongáis fuera de peligro. Que Dios os acompañe.

Hugo abrazó a su hermana y la besó en ambas mejillas.

—Gracias, Janey. Todo saldrá bien.

—Sí —respondió ella—. Ahora que sé que estás vivo, todo saldrá bien. Cuida de él, Neve.

—Sabes que lo haré .

Hugo guio a los caballos al exterior, me ayudó a montar y luego saltó a la silla.

Cabalgaríamos hasta cerca de la medianoche y después nos detendríamos en algún lugar para descansar unas horas y continuar a primera hora de la mañana, cuando fuera seguro regresar al camino.

Era evidente que el tráfico hacia Portsmouth nos retrasaría, pero eso también sería una ventaja, pues podríamos perdernos entre los demás viajeros y mezclarnos con la multitud.

Nos despedimos de Jane y atravesamos la entrada del patio.

Jane volvió a entrar en la casa y pasó el cerrojo a la puerta.

La sonrisa de despedida se convirtió en un ceño de descontento al considerar las implicaciones de la milagrosa supervivencia de Hugo y la noticia de su inminente matrimonio y el nacimiento de su hijo.

Había llorado a su hermano más de lo que jamás había llorado a su esposo, pero había terminado resignándose a su fallecimiento y llegado a aceptar que su hijo, que ahora tenía trece años, era lord Everly y el heredero de las propiedades Hiddleston y Everly.

Dado que Hugo nunca fue acusado ni juzgado formalmente, el título y las propiedades estaban a salvo, algo por lo que Jane se sentía muy agradecida.

Se alegraba muchísimo de que Hugo estuviera vivo, se dijo a sí misma mientras subía las escaleras, pero el embarazo de Neve lo cambiaba todo.

A lo largo de los años había animado a su hermano a casarse, pues sabía muy bien que nunca lo haría, había estado tan enamorado de aquella ramera descerebrada que ninguna otra mujer podría ocupar jamás su lugar.

Verlo con Neve lo cambió todo, pero eso no le había preocupado.

Hugo había tenido varias queridas a lo largo de los años, pero ninguna le había atrapado jamás el corazón.

Al fin y al cabo era un hombre, y tenía ciertas necesidades básicas que debía satisfacer.

No había nada de malo en eso, y tener una querida era mucho más práctico que acostarse con fulanas .

Neve, sin embargo, era diferente. Hugo estaba enamorado, pero Jane se había convencido de que aquello se apagaría con el tiempo.

Al fin y al cabo, la mujer no tenía dinero ni familia, y ya había dejado atrás la flor de la vida, así que un matrimonio era tan poco probable como que un unicornio entrara brincando en el patio, sobre todo con la sombra de Catherine cerniéndose aún sobre los acontecimientos.

Con la desaparición de Hugo, sus preocupaciones se habían disipado como el rocío matutino en la hierba estival.

Ahora la situación había cambiado una vez más, y lo único que podía evitar que Clarence perdiera su herencia era o bien que Neve abortara o que diera a luz a un niño muerto, lo cual no era del todo improbable.

Dios era bueno y recompensaba a sus siervos fieles, y Jane lo había sido.

Hizo una genuflexión y apartó de su mente los pensamientos sobre el sobrino que tan poco deseaba.

Hugo había dicho que todo saldría bien… tal vez así fuera, pero no de la manera en que él pensaba.

Suspiró y tocó la campanilla para llamar a Liza.

Tomaría una copa de vino antes de retirarse, ya que estaba demasiado alterada como para conciliar el sueño.

Se quitó las horquillas y dejó que el cabello le cayera sobre los hombros, sorprendida al ver a Harriet y no a Liza vacilando en el umbral de la puerta.

La joven se había vuelto todavía más insolente de lo que siempre había sido, sobre todo desde que aquel capitán empezó a cortejarla.

Liza pensaba que ella no lo sabía, como si tal cosa fuera posible.

Jane resopló con desdén. Tarde o temprano, el amante de Liza se iría a Londres, y ella tendría suerte si no la dejaba con un regalo en el vientre.

La despediría en el acto, a esa pequeña ramera, pensó con saña mientras se volvía hacia Harriet.

—Si os parece bien, yo os ayudaré a desvestiros, señora. No encuentro a Liza por ninguna parte. Tal vez se encuentre indispuesta —sugirió Harriet, insinuando que su compañera se hallaba en sus días del mes.

—Sí, de acuerdo, pero antes tráeme una copa de vino, Harriet. Esta noche me siento bastante abrumada.

—¿Hay algún motivo para que estéis de tan buen ánimo, señora? —preguntó Harriet. Siempre había sido una chica curiosa, pensó Jane mientras la echaba de la habitación.

—Ninguno en absoluto, Harriet, ninguno. Y ahora date prisa, muchacha.