Capítulo 52
CINCUENTA Y DOS
Le dediqué a Hugo una sonrisa mientras nos colábamos en la iglesia de Cranleigh al anochecer del uno de septiembre.
Todavía estaba intentando acostumbrarme a su nuevo aspecto.
Debajo estaba el mismo Hugo de siempre, pero el hombre que me devolvía la sonrisa parecía muy distinto: ahora llevaba el cabello de un color rubio oscuro, al igual que su bigote y su barba corta.
Había elegido el tono de rubio más claro que pude encontrar, pero al aplicarlo sobre su pelo negro, el efecto no fue tan drástico como esperaba.
Las lentillas de color azul claro hacían su trabajo y su mirada era ahora más bien de un azul aciano, un color vibrante acentuado por sus cejas y pestañas oscuras.
Seguía vistiendo vaqueros y camiseta, pero volvería a ponerse la ropa con la que había huido cuando estuviéramos en la cripta.
Por suerte, eran prendas sencillas, no el atuendo ostentoso que llevaría un noble en la Corte, el disfraz debería funcionar.
Mi muda, las medias, el vestido y todas sus partes, y los zapatos iban también en la bolsa.
Además llevaba un pequeño bolso bordado que había comprado en un puesto de Portobello Road y que contenía las vitaminas prenatales en una bolsita de cuero y una docena de pastillas de un antibiótico que me había sobrado de mi anterior acceso de sinusitis.
También había traído la llave de la caja de seguridad del banco de Londres donde había guardado todos mis objetos de valor para poder acceder a ellos si alguna vez necesitaba volver.
Tras decirle a Deborah que iba a marcharme del país por un tiempo para recorrer el mundo, le había pedido que me vigilara el piso y que ayudara al inquilino si surgía algún problema.
Se mostró un tanto escéptica ante mi exigua explicación, pero prometió que se ocuparía de todo durante mi ausencia.
Estaba convencida de que había conocido a un hombre y que me iba a fugar con él para vivir una vida repleta de placeres hedonistas, posiblemente en América.
Como no podía contarle la verdad, dejé que creyera lo que quisiera.
Lawrence Spellman había sido menos comprensivo, pero lo avisé con dos semanas de antelación y le prometí que, si alguna vez quería recuperar mi trabajo, no esperaría más favores por su parte.
Me resultó extrañamente desgarrador caminar por el pasillo hacia el ascensor por última vez, pues sabía que ahora me había desvinculado por completo de todas las cosas y personas de mi vida moderna.
Hasta le había escrito un breve correo electrónico a Evan en el que le decía que iba a seguir mi camino y le deseaba suerte con su solicitud para ser consejero de la reina, pues el resultado saldría en cualquier momento.
Estaba segura de que lo conseguiría y me llamaría para alardear de ello, pero yo no estaría allí para responder la llamada ni leer el correo, me encontraría en la Francia del siglo xvii , un lugar donde jamás podría llegarme comunicación alguna.
Las velas encendidas de la iglesia proyectaban sombras oscilantes sobre la nave y la ventana del Jubileo, cuyos colores lucían ahora más ricos y oscuros por la creciente oscuridad del exterior.
Hugo y yo nos sentamos en el último banco y esperamos a que terminara la misa de vísperas.
No había mucha gente y, como era obvio, ni Max ni su madre se encontraban entre los asistentes.
El servicio terminó por fin y el reverendo Lambert salió de la iglesia sin reparar en nosotros y ocupó su lugar junto a la puerta para dar las buenas noches a sus escasos feligreses.
Oí que preguntaba con voz grave por la delicada salud de la madre de alguien.
En cuanto la última persona, una anciana con bastón robusto, se dirigió arrastrando los pies hacia la salida, Hugo y yo bajamos a la cripta.
Nos cambiamos en silencio, escondimos nuestra ropa moderna detrás del sarcófago más alejado, donde era poco probable que alguien fuera a encontrarla, y empujamos el centro de la flor.
La pesada puerta se deslizó y ante nosotros apareció el oscuro pasadizo.
Hugo me cogió de la mano y subimos corriendo los escalones mientras la puerta se cerraba a nuestras espaldas de un modo tan definitivo que me dejó una cicatriz dentada en el corazón.
Esta vez no pensaba volver. Se había acabado.
Hugo soltó un suspiro de alivio al contemplar la iglesia en su propia época.
También estaba iluminada con velas, pero el interior parecía mucho más oscuro y, el ambiente, opresivo por la falta de ventanas y de una ventilación adecuada.
La misa de vísperas había terminado, pero el reverendo Snow seguía fuera, en el pórtico, hablando con alguien cuyos comentarios no logramos descifrar.
Nos deslizamos en silencio hacia el cementerio, prácticamente invisible entre las manchas púrpuras del crepúsculo que se asentaban entre las lápidas y bajo los árboles, cuyas tupidas copas se inclinaban compasivas sobre los difuntos.
Hugo miró hacia su casa, que se alzaba orgullosa en lo alto de la colina.
De algunas ventanas emanaba una luz tenue, apenas visible.
Podía sentir su anhelo y su emoción por haber regresado, pero se contuvo mientras aguardábamos a que el reverendo Snow se retirara al interior de la iglesia antes de poder cruzar en sigilo la verja y ponernos en marcha.
El corazón me latía con fuerza por la emoción y el miedo, pero me obligué a tranquilizarme inhalando el aire fresco del campo del siglo xvii , libre de los vapores de gasolina de la autopista cercana.
Caminamos a paso ligero hacia Everly Manor y nuestros corazones latían al unísono.
Cuando por fin alcanzamos la entrada, todo parecía tranquilo y normal, la casa se iba sumiendo en un sueño pacífico a medida que se aproximaba la noche y todos se preparaban para irse a la cama.
Los perros empezaron a ladrar, pero se callaron enseguida al reconocer a su amo en el extraño que se acercaba a ellos con el puño extendido para que lo olfatearan.
Hugo entró en el establo y yo me dirigí a la puerta con el corazón en un puño y la golpeé con la pesada aldaba.
Habíamos decidido que sería más seguro que los criados no vieran a Hugo, así que le pregunté a una sorprendida Liza si podía hablar un momento con Jane.
Liza me lanzó una mirada fulminante, sin duda culpándome de la desaparición de su amo, pero me invitó a esperar dentro y fue a llamar a Jane.
No pude evitar darme cuenta de que la joven tenía un aspecto radiante, con las mejillas sonrosadas de salud y ojos que le brillaban de una manera que no había visto antes.
Tal vez alguien de su agrado la estaba cortejando, especulé mientras esperaba a Jane.
La chica nunca me había caído bien, pero, si ese era el caso, me alegraba por ella.
Todo el mundo merecía la oportunidad de ser feliz, sobre todo una sirvienta que no tendría muchas posibilidades de escapar de los límites de la servidumbre doméstica antes de que se le pasara el encanto y se convirtiera en una de esas criadas de familia que trabajaban en la casa durante décadas, desprovistas por completo de vínculos personales propios.
—¡Dios mío, Neve! —exclamó Jane mientras entraba a toda prisa en el vestíbulo—.
Pensaba que estabas muerta. ¿Qué le ha ocurrido a mi hermano?
—gritó—. No hemos tenido noticias suyas desde que los soldados vinieron a arrestarlo en mayo.
Se acercaron a la casa y me exigieron saber a dónde había ido, pero no pude decírselo.
Dijeron que se había esfumado en la iglesia, como un espíritu.
Después de que entrarais en el templo, el capitán Humphries le pidió al reverendo Snow que le diera un mensaje a Hugo, pero el reverendo regresó para informarlo de que no os había encontrado por ninguna parte, de modo que los soldados registraron el lugar pulgada a pulgada sin hallar ni rastro de ninguno de los dos.
Al final se marcharon, pero varios hombres se quedaron apostados en el pueblo para detener a Hugo por si regresaba, y allí siguen. ¿Dónde está mi hermano?
—Jane, Hugo está en los establos y tiene un aspecto algo diferente al habitual.
Pasamos un tiempo escondidos, pero él considera que ya es seguro emprender nuestro viaje a Francia.
Necesitaremos un saquillo lleno de monedas, dos caballos, su anillo de sello y su espada y una muda de ropa, pero nada ostentoso, solo las cosas más sencillas que puedas encontrar.
Te escribirá cuando nos hayamos instalado.
—Pero ¿dónde habéis estado todo este tiempo? —preguntó ella, boquiabierta—. A Monmouth lo han ejecutado, que Dios lo tenga en su gloria —entonó, santiguándose de forma automática.
—Estábamos en Londres. Jane, por favor, el tiempo apremia. Nos gustaría estar en Portsmouth mañana al mediodía. Te esperaré en los establos, no quiero que nadie más me vea. Podrían delatarnos a los soldados.
—Por supuesto, dame unos minutos. Te veré allí.