Capítulo 51
CINCUENTA Y UNO
Cerré la tapa y me senté en el retrete con la cabeza entre las manos.
Llevaba unas cuantas semanas sintiéndome rara, pero había tratado de convencerme de que solo estaba cansada por el calor del verano y estresada por la situación de Hugo.
Sin embargo, ahora ya no podía negar la verdad.
Estaba embarazada, de un mes por lo menos, y de nuevo iba a enfrentarme a un futuro padre nada emocionado.
Sabía lo mucho que Hugo deseaba un hijo, pero no en estas circunstancias.
Era el peor momento posible para traer un bebé al mundo y pensar en la desesperación de Hugo al no poder casarse conmigo y darle al niño su apellido me hizo reprimir un sollozo.
¿Por qué la vida tenía que gastar bromas tan crueles?
Deseaba con locura a este bebé, pero no me sentía en absoluto feliz ante la perspectiva de tenerlo.
Me soné la nariz con un pañuelo de papel al oír el portazo y los pasos de Hugo por el pasillo.
Ojalá pudiera esperar para contárselo más adelante, pero se sentiría herido si no compartía la noticia con él…
Y, además, ¿de qué servía esperar? Las cosas no iban a cambiar.
Respiré hondo, salí del baño y fui hacia la sala de estar como quien camina hacia el patíbulo.
Hugo estaba sentado en su silla favorita junto a la ventana abierta que daba a Portobello Road.
El bullicio que en un principio le resultaba insoportable ahora parecía di vertirlo con su desfile interminable de imágenes y sonidos.
Había servido un poco de vino en dos copas y sostenía la suya en la mano, olvidada mientras se concentraba en algo de la calle.
Me senté en su regazo, le rodeé el cuello con los brazos y apoyé la cabeza en su hombro, sintiéndome como una niña pequeña que necesita consuelo tras una ligera decepción.
Hugo me abrazó y apoyó la barbilla en la parte superior de mi cabeza.
Se había cambiado de ropa, pero aún olía a una mezcla de caballo, sudor, el desodorante que le había comprado y el buqué afrutado de Cabernet Sauvignon de su aliento.
—¿Qué tal tu día, amor mío? —preguntó con dulzura—. Pareces cansada.
—Lo estoy. —Tuve la tentación de dejarlo pasar y quedarme un rato sentada en silencio con él, pero, cuando cogió mi copa del alféizar y me la entregó, vi la oportunidad perfecta:
—No puedo beber eso —susurré, buscando su mirada.
—Pensé que este te gustaba. —Miró la etiqueta de la botella para ver si se había equivocado.
—Sí me gusta, pero pasaré un tiempo sin beber —dije, comprendiendo que eso no significaría nada para él.
En su época, las mujeres bebían durante todo el embarazo y también mientras daban el pecho, ya que desconocían los efectos del alcohol sobre los fetos y los bebés—.
Hugo, estoy embarazada —musité, al tiempo que lo miraba para ver su reacción.
No estaba segura de qué esperaba, pero él esbozó una sonrisa radiante, tan repleta de alegría que mis ánimos también se elevaron.
—¿De cuánto?
—De un mes, más o menos.
—¿Cómo puedes saberlo tan rápido? —preguntó, desconcertado.
Le enseñé el palito de plástico en cuya ventanita aparecía claramente la palabra «embarazada». Hugo cogió la prueba de embarazo para mirarla más de cerca, maravillado por el mensaje.
—¿Y cómo sabe este tubo de plástico que estás encinta? —preguntó. Mostraba curiosidad por cómo funcionaba todo .
—Mide determinadas hormonas en la orina —respondí, y no pude evitar reír con nerviosismo cuando me devolvió el palito de inmediato, desconociendo cómo había entrado allí mi orina pero sin ganas de averiguarlo—. ¿Estás disgustado?
—¡Estoy desbordado de alegría! —exclamó, y me besó apasionadamente—. Me muero de ganas de ser padre, pero antes debemos casarnos.
—Sabes que eso es imposible —dije. El entusiasmo parecía haberle hecho olvidar que, según el gobierno británico, él no existía, por lo que legalmente no podría casarse sin demostrar su identidad.
—No, no lo es. —Parecía muy feliz mientras me miraba con ojos rebosantes de júbilo.
—¿Qué pasa? ¿Se te ha ocurrido algo?
—Pues… da la casualidad de que sí.
Me incorporé en su regazo, ansiosa por escuchar lo que tenía que decir. ¿Qué podría haber cambiado entre esta mañana y ahora?
Dio un sorbo de vino para prolongar el suspense y observarme con evidente alegría.
—¿Y bien? —pregunté, dándole un ligero puñetazo en el hombro. Odiaba cuando hacía eso. Le encantaba el drama, algo que habría adquirido a lo largo de los años en la Corte.
—Bueno, hoy pasé por delante de un cine, vi el cartel de una película titulada El maestro del disfraz y… me hizo pensar. Los actores cambian continuamente de aspecto para representar distintos papeles y, sin embargo, nunca pensamos en lo que eso significa realmente —anunció triunfante.
—Hugo, no te entiendo.
—Mi amor, en el siglo xvii no hay cámaras.
La gente no saca fotos para enviárselas a otras personas ni las publica en las redes sociales para que las vean sus trescientos mejores amigos.
Que, por cierto, sigo sin entender cómo funciona eso.
En cualquier caso, ¿cuántas personas del siglo xvii , aparte de las que me han tratado en persona, conocen de verdad mi aspecto?
Los soldados que tienen la orden de arresto saben que deben detener a lord Hugo Everly, un hombre de ojos oscuros, cabello moreno, estatura algo superior a la media y complexión normal, pero ¿cuántos me han visto la cara alguna vez?
—No muchos, supongo, aparte de los que te conocieron en persona, como el capitán que vino a arrestarte a Cranley —respondí, y de pronto empecé a ver la luz.
—Si cambio de aspecto, puedo ser quien yo quiera.
Puedo convertirme en el señor Smith o el señor Jones, o incluso en monsieur Dauriac, si así lo deseo.
Nadie se daría cuenta. En el pasado no hay tintes para el cabello, ni lentillas que alteren el color de los ojos.
Si la gente viera a un hombre rubio de ojos azules, nunca lo asociaría conmigo, ¿no crees?
—Estaba prácticamente dando botes de alegría y su entusiasmo resultaba contagioso.
—Pero, Hugo, supongamos que te tiñes el pelo y te cambias de color de ojos, ¿y después qué? Seguirás sin poder volver a casa y reclamar el lugar que te corresponde —dije, disgustada por aguarle la fiesta.
—En eso te equivocas, sí que puedo. He estado usando tu carnet de la biblioteca sin problema.
En noviembre de 1688, Guillermo y María desembarcarán en Inglaterra, depondrán al rey Jacobo II y ocuparán el trono, episodio al que el pueblo de Inglaterra se referirá como la Revolución Gloriosa.
Cuando gobierne un monarca protestante, los cargos en mi contra quedarán anulados, ya que no se me considerará un traidor, sino un héroe que quería poner a un protestante en el trono. Y podré volver a casa —anunció.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces podemos ir a Francia, como habíamos planeado, y vivir allí tres años con relativa comodidad, ya que podré pasar por Everly Manor y recoger lo que necesite, y además decirle a Jane que sigo vivo y que tú estás encinta.
Se pondrá muy contenta; es lo que siempre deseó para mí.
—Su rostro se ensombreció de repente mientras me tomaba la cara entre las manos—.
Neve, me quedaré aquí si es lo que quieres.
Nunca te dejaré ni intentaré obligarte a volver en contra de tu voluntad.
Esta es tu época y tu vida, y estarás renunciando a mucho más de lo que tengo derecho a pedirte, y no me atrevería a pedírtelo si no supiera que antes ya habías pensado en dejarlo todo por mí. La decisión es tuya, y yo la acataré.
Sí, la decisión era mía, pero ahora las cosas habían cambiado.
Hacía unos meses, había tomado la desgarradora determinación de quedarme con Hugo en el siglo xii , pero, aunque sabía que cabía la posibilidad de que me quedara embarazada en algún momento, en aquel entonces no lo estaba, de modo que todo era hipotético.
Ahora había un ser creciendo dentro de mí, por diminuto que fuera todavía, y eso sacaba a relucir todos los miedos de mi aborto y de la falta de atención médica en el siglo xvii .
No era tonta, conocía las estadísticas. ¿Qué probabilidades tenía de sobrevivir a un parto?
Tal vez un cincuenta por ciento, si no había complicaciones. Estaba asustada, y Hugo lo sabía.
—Neve, sé que tienes miedo, y yo también lo tendría sabiendo qué tipo de milagros médicos estarías dejando atrás, pero te prometo que encontraré a la mejor partera que el dinero pueda pagar. Si es necesario, secuestraré al médico de la mismísima reina para manteneros a salvo a ti y a nuestro hijo.
Me incliné hacia delante, apoyé mi frente contra la de Hugo y cerré los ojos mientras repasaba mentalmente todas las objeciones que mis neuronas iban disparando a la velocidad del rayo.
Cualquier persona sensata se quedaría aquí e intentaría encontrar una forma de seguir adelante.
Al fin y al cabo, Hugo no era el primer ilegal que desembarcaba en las costas de Inglaterra, pero yo no podía apartarlo de su vida ni de su derecho de nacimiento.
Él tenía que regresar, y yo podía quedarme aquí, sola, con el corazón hecho añicos y embarazada, o bien arriesgarme y acompañarlo, sin dejar de rezar y de esperar en todo momento no estar cometiendo un error terrible que pudiera costarme la vida.
—Sí, Hugo, volveré contigo, pero esta vez lo haré bien, si es que eso es posible.
Debo dejar resueltas las cosas respecto al piso, el coche y el trabajo.
No puedo desaparecer sin dejar rastro —dije, pensando ya en lo que tendría que hacer.
Centrarme en lo prosaico era una forma de mantener a raya el alcance de lo que estaba aceptando.
—¿Porque tienes la esperanza de volver?
—Porque creo que no es correcto volver a esfumarme sin más.
A Lawrence Spellman le debo, cuando menos, eso.
También tengo que pedir cita en la clínica para que un médico me vea antes de irme.
Quiero asegurarme de que todo va bien y conseguir una receta de vitaminas prenatales.
También me gustaría ir al dentista y tú deberías hacer lo mismo.
No tienes tarjeta de la Seguridad Social, pero conozco a un dentista privado que te atenderá encantado.
No creo que vayas a tener otra oportunidad —dije con una risita triste—. ¿Cuándo quieres que nos vayamos?
—En cuanto tú estés preparada. ¿Cuánto se tardaría en modificar mi aspecto?
—No mucho. Puedo pedirles unas lentillas a los maquilladores y comprar tinte en cualquier farmacia.
Quizá podrías dejarte barba y bigote y teñirlos.
¿Crees que yo también debería modificar mi apariencia?
—pregunté, al ser de repente consciente de que Lionel Finch y el capitán de la guardia me habían visto con Hugo.
—Creo que mientras vistas con ropa sencilla y viajes con tu «esposo», nadie te relacionará con la suntuosamente vestida querida de lord Everly.
Sentí que la emoción me embargaba de súbito. Si conseguíamos llevarlo a cabo, podríamos viajar a Francia como habíamos planeado, casarnos, tener el bebé y vivir según las costumbres de la época hasta que fuera seguro volver a Inglaterra. Era un plan sencillo, pero tenía que funcionar.