Capítulo 50
CINCUENTA
Hugo se sentó sobre una bala de heno, apoyó la cabeza contra la madera recalentada por el sol y cerró los ojos.
Tenía la nariz impregnada de olor a caballo, pero no le importaba, le recordaba a su hogar y a la vida que había dejado atrás.
Intentaba no agobiar a Neve con sus sentimientos, pero, a veces, cuando se hallaba solo como ahora, no podía evitar que lo inundara una oleada de amargura.
A decir verdad, le gustaba mucho el siglo xxi , al principio todo le había parecido acelerado y desconcertante, pero se había acostumbrado al movimiento constante de vehículos y a los sonidos de la vida moderna.
En comparación con él, el siglo xvii era muy tranquilo.
Aquí había sonidos por todas partes: tráfico, cláxones atronadores, música que salía de las tiendas, restaurantes y ventanillas abiertas de los coches, montones de personas caminando, hablando por el móvil, cantando con sus iPod, el estruendo del metro y el rugido de los autobuses de dos pisos cuando pasaban junto a él en la calle.
Al principio le había parecido todo abrumador, pero ahora solo era ruido de fondo, la banda sonora de una vida ajetreada.
Disponer de un poco de dinero lo hacía sentir algo mejor, pero lo que ganaba no era suficiente para vivir ni mantener una familia, aunque no pudiera tenerla.
Al no ser nadie, no podía casarse con Neve legalmente ni tampoco por la iglesia, se lo había preguntado al padre Martin.
El sacerdote pensaría que era un hombre un tanto extraño, pero no permitía que sus sentimientos se interpusieran y le ofrecía todo el consuelo posible; de hecho, cuando Hugo le había pedido el sacramento de la confesión, lo había hecho con toda la solemnidad que requería su cargo.
Hugo no podía contarle toda la verdad, pero sí admitió que se hallaba en el país de forma ilegal y que no podía conseguir un buen trabajo ni matricularse en un curso que le enseñara algo sobre tecnología moderna.
El padre Martin le había dicho que no era pecado desear una vida mejor y que muchos antes que él habían intentado entrar ilegalmente en el país con la esperanza de un futuro más prometedor.
«Si él supiera…», había pensado Hugo con tristeza.
Bebió un poco de agua fría y fue a cambiarse de ropa.
La jornada había terminado y los establos cerrarían en unos minutos.
Les deseó una buena tarde a Dmitri y a los demás muchachos y se puso en marcha a través de Hyde Park.
Disfrutaba mucho de su paseo vespertino, le daba tiempo a retomar el control de sus pensamientos y sentimientos antes de volver a casa con Neve, que lo miraba de manera inquisitiva para evaluar su estado de ánimo.
No era la misma mujer que había conocido hacía solo unos meses: en el siglo xvii , se había mostrado asustada y desafiante, pero no derrotada, ahora, sin embargo parecía cargar con el peso del mundo sobre los hombros, y eso era algo que él no podía soportar.
¿Cuánto tiempo estaría dispuesta a vivir con un hombre incapaz de proporcionarle una vida digna ?
La conversación que habían mantenido la noche anterior tumbados en la cama regresó para atormentarlo mientras pasaba junto a la brillante cinta de agua del lago Serpentine, que haciendo honor a su nombre serpenteaba por el parque como un sendero mítico hacia un mundo mejor.
Pero ese era el mundo mejor, pensó con amargura, solo que él no podía formar parte de él.
Neve le había preguntado qué le gustaría hacer si hubiera nacido en el siglo xx y la idea lo había desconcertado.
Eran tantas las opciones disponibles para una persona joven en esta época…
En la suya, de joven, lo único que había podido hacer era seguir los pasos de su padre y complacer al rey, o simplemente jugar a ser el señor de la mansión y pasarse los días buscando placer mientras otros trabajaban en sus tierras y le llenaban las arcas.
—Creo que me habría gustado ser médico —había respondido Hugo, sorprendiendo a Neve.
—¿De verdad? Pensé que querrías haber sido ingeniero o incluso policía, como siempre deseas que se haga justicia… —Se había acurrucado más cerca de él, disfrutando de su pequeña fantasía.
—Tienes razón, las dos profesiones están en la parte superior de la lista, pero mi primera opción sería la medicina —había contestado mientras intentaba imaginarse como sanador.
—¿Por qué? —había preguntado Neve.
—Nunca te he contado cómo falleció mi madre, ¿verdad? —En realidad, no deseaba revivir aquellos días funestos, pero quería que Neve entendiera por qué habría elegido aquella profesión.
—Dijiste que murió de parto —había respondido ella en voz baja.
—Y así fue. Pero antes de morir sufrió como ningún ser humano debería tener que hacerlo jamás.
Recuerdo los gritos que resonaban por toda la casa día tras día mientras intentaba traer al niño al mundo.
Yo era demasiado pequeño para entenderlo, pero sabía que algo iba muy mal.
Jane tenía casi dos años en ese momento y no dejaba de llorar, pues, como hacen los niños, intuía que ocurría algo terrible.
El bebé venía del revés y cada vez que se movía un poquito hacia abajo, volvía a subir.
Mi padre me llevó a recorrer las tierras, algo que nunca hacía porque me consideraba una molestia, pero sintió que debía sacarme de la casa.
Muchos años después me dijo que el cordón se le había enrollado alrededor del cuello y eso le había impedido nacer.
El niño murió, al igual que mi madre tras cuatro agonizantes días de parto.
Se desangró hasta morir mientras su hijo la desgarraba por dentro.
—Ay, Hugo, qué horrible —había susurrado Neve, sin duda imaginando la escena.
—Si hubiera habido un médico cualificado, del tipo que tenéis en este siglo, mi madre habría sobrevivido, y mi hermanito también.
No la habría perdido ni me habría quedado con una hermana demasiado pequeña para compartir mi dolor y con un padre demasiado frío y contenido para mostrar compasión o cariño.
Tras la muerte de mi madre lloré a gritos durante días, hasta que mi padre amenazó con azotarme si no paraba.
—¿Lo hiciste?
—Sí, pero nunca dejé de llorarla por dentro.
Todas las noches le rogaba a Dios que me la devolviera y, de una forma extraña, lo hizo.
Empecé a soñar con ella. Venía a mí mientras dormía y me decía que me quería y que cuidaría de mí durante el resto de mi vida.
En mis sueños aparecía feliz y hermosa, con la misma voz suave y melodiosa que tenía cuando me hablaba antes de quedarme dormido.
Mi madre no era de esas mujeres que daban a luz a un niño, se lo pasaban al aya y se olvidaban de él hasta que era capaz de andar y hablar, a Jane y a mí nos quería de verdad.
—¿Por eso acogiste a Jem? ¿Porque entendías cómo se sentía?
—Llegué a la casa después de que la madre de Jem falleciera y lo encontré acurrucado en un rincón, llorando mientras las mujeres la preparaban para enterrarla.
Nadie le prestaba demasiada atención y supe que, cuando su madre se hallara bajo tierra, el niño estaría perdido, moriría por enfermedad o abandono, pero no llegaría a la edad adulta, me lo llevé conmigo.
Creo que Jem no recuerda esa época. Durmió en mi cama durante dos semanas tras el funeral y muchas veces pensaba que yo era su madre cuando se despertaba en medio de la noche.
Yo era muy mal sustituto, pero me alegraba de haber podido ofrecerle algo de consuelo.
A su llegada, Jane lo relegó a las cocinas, pues no le parecía apropiado que viviera en mi alcoba, pero a mí no me importaba.
Lo echo de menos —había suspirado Hugo—.
No puedo imaginar lo triste que estará pensando que estoy muerto.
—¿También echas de menos a Jane? —había preguntado Neve para que dejara de pensar en Jem.
—Sí, pero no de la misma forma. Jane ha vivido los últimos trece años con su esposo, no la veía mucho, y a Clarence aún menos. Siempre estaba en el cuarto de los niños o en sus clases. Será un buen señor cuando alcance la madurez. Es un chico listo y trabajador.
Clarence le había hecho recordar a Max, ya que este era su descendiente directo, producto de la traición de Hugo y su posterior desaparición.
Qué extraña era la vida, sobre todo cuando se te concedía la oportunidad de ver por ti mismo cómo acababa todo.
«A pesar de que era un villano asesino, Neve podría haberse quedado con Max», pensó Hugo con amargura.
Había visto la lujuria con la que la observaba vestida con su ropa moderna.
La había deseado con ganas y nunca la perdonaría por haber elegido a Hugo y no a él.
De haberse quedado con Max, Neve podría haberse convertido en lady Everly, mientras que ahora era simplemente Neve Ashley, una soltera desprotegida y sin el apoyo económico de su hombre.
Tal vez lo mejor sería dejarla libre. Siempre podría desaparecer o regresar a su antigua vida y dejarse arrestar y llevar a la Torre.
Igual ahora que Monmouth estaba muerto se mostrarían más indulgentes con él si los sobornaba lo suficiente, aunque lo tacharían de traidor y su familia sufriría la deshonra de su vinculación con la rebelión. No podía hacerle eso al pobre Clarence.
Hugo suspiró y salió del parque por Kensington Road.
Llegaría pronto a casa y debía dejar de compadecerse de sí mismo y hacer todo lo posible por poner buena cara ante Neve.
Habría cocinado algo para cenar y él estaba muerto de hambre.
Tenía que admitir que la comida le gustaba.
Había mucho más donde elegir que en el siglo xvii y Neve lo sorprendía todo el tiempo con nuevas delicias culinarias.
Odiaba el sushi y no soportaba las especias indias, que parecían impregnarle todo el cuerpo y salirle por todos los poros de la piel, con lo que acababa oliendo como el restaurante indio de su misma manzana, pero en general todo lo demás había sido de su agrado, sobre todo el helado.
Todavía no podía creer la cantidad de sabores que había y tenía la intención de probarlos todos.
Hasta ahora, el de fresa era con diferencia su favorito.
Quizás compraría un poco de helado esa noche.
Neve era muy golosa y a él le gustaba complacerla, aunque ella parecía preocuparse por su peso.
Estaba a punto de entrar en la tienda de alimentación de un simpático paquistaní cuando el anuncio de una película le llamó la atención.
Se titulaba El maestro del disfraz y mostraba al mismo actor interpretando varios personajes diferentes.
Iba a pasar de largo, pero se detuvo frente al cartel y miró las imágenes más de cerca, olvidándose del helado.
Se quedó allí unos minutos, acariciándose la barbilla mientras estudiaba las distintas caras del actor.
Por fin se alejó, con un andar más animado.