Capítulo 49
CUARENTA Y NUEVE
A finales de mayo, nuestra vida se había asentado en una especie de rutina extraña.
Yo me iba a trabajar, mientras que Hugo, armado con la guía Londres de la A a la Z , mi carnet de la biblioteca y una bolsa con el almuerzo, se marchaba a explorar.
Se negaba a aceptar mi dinero, así que recorría todo Londres a pie.
Al principio elegía destinos concretos, pero más adelante, creo que se dirigía adonde le llevaran los pies solo por tener algo que hacer.
Debió de recorrer kilómetros cruzando la capital de uno a otro lado, no soportaba quedarse encerrado en el piso y necesitaba hacer algo que lo cansara lo suficiente para poder dormir por la noche y no romperse la cabeza pensando en su situación.
Estaba en el limbo y, a su vez, yo también.
Había descubierto la iglesia católica de San Francisco de Asís en Notting Hill Gate y asistía con regularidad.
Yo esperaba que hablara con el sacerdote y tal vez encontrara algo de consuelo sin revelar demasiado, pero ambos sabíamos que la situación era insostenible.
Él nunca se quejaba, pero se había vuelto más silencioso y menos cariñoso y, cuando hacíamos el amor, mostraba más agresividad que ternura.
Podía entender cómo se sentía y yo rara vez dejaba de pensar en la situación en que nos hallábamos.
Le había salvado la vida, pero ¿qué clase de vida podía ofrecerle a cambio?
La emoción y el asombro de este nuevo mundo se desvanecieron enseguida y lo dejaron sintiéndose fuera de lugar y de época.
No era el tipo de hombre que se contentara con estar vivo y con tener sus necesidades básicas cubiertas por otra persona, necesitaba sentirse útil y productivo, enorgullecerse de sus logros y ser el hombre de la casa, el protector y el proveedor, no un mantenido que vivía con su novia en un piso de dos habitaciones.
Aunque era algo temporal, encontré una solución por pura casualidad.
Tenía que ir a los establos Hawthorne, en Bayswater, un lugar que solía visitar a menudo, ya que la mayoría de nuestros dramas de época requerían el uso de caballos.
El propietario, Dmitri Kouros, era un inmigrante griego de segunda generación que nunca olvidaba la hospitalidad de su tierra natal.
A pesar de mis protestas, siempre me invitaba a su despacho y me atiborraba de ouzo y del baklava casero de su madre.
La verdad es que no soportaba el ouzo, pero el baklava era mi debilidad, y Maria Kouros lo preparaba como nadie.
Iba por mi tercer trozo cuando Dmitri empezó con su habitual diatriba sobre la falta de ayuda en los establos.
—Los jóvenes no quieren este tipo de trabajo —refunfuñó—.
Quieren llevar trajes finos y quedarse todo el día sentados en algún cubículo minúsculo delante de la pantalla de un ordenador.
Encuentra tú a un chico que quiera limpiar establos y, encima, en Londres.
Durante el verano consigo a algunos adolescentes amantes de los animales, pero al llegar el otoño se van todos y vuelvo a quedarme escaso de personal.
—Dmitri dio un sorbo a su ouzo y resopló con indignación—.
Tengo que hacer la mitad del trabajo yo mismo.
Al menos todavía me quedan algunos monitores de equitación, pero ¿por cuánto tiempo?
—Dmitri —empecé, aceptando un vaso del ouzo que tanto odiaba y fingiendo muy bien que admiraba su aroma—. Tengo un amigo que es muy bueno con los caballos y necesita un trabajo, pero no tiene los papeles en regla… todavía. ¿Hay alguna posibilidad…?
Me agradó ver que Dmitri se animaba un poco .
—¿Bueno con los caballos, dices? ¿Y tiene experiencia ese amigo tuyo?
—Sí, desde luego. En su tierra natal tenía un establo lleno de caballos, pero son tiempos difíciles. —Le di un sorbo al ouzo y casi me atraganto. Era como beber jarabe para la tos adulterado.
—¿De dónde es tu amigo? —preguntó.
—Bueno, ya sabes, de aquí y de allá —respondí, guiñándole un ojo—. ¿Qué me dices? ¿Le das una oportunidad?
—De acuerdo, tráelo y prometo no hacer preguntas. Trabajaría de ocho a seis, seis días a la semana por cincuenta libras al día. Esa es mi oferta. Si me da algún problema, se va a la calle.
—Trato hecho. Lo traeré mañana. —Me metí el último trozo de baklava en la boca y le di un beso pegajoso en la mejilla—. Hasta mañana entonces.
No estaba segura de cómo se tomaría Hugo lo de dedicarse a un trabajo tan servil, pero pensé que podría alegrarse de tener algo que hacer y tenía razón: se mostró encantado.
La perspectiva de ganar trescientas libras a la semana era de lo más bienvenida, ya que todavía tendía a pensar en el dinero con el mismo valor que tenía en su época.
Trescientas libras era mucho dinero en 1685, no era del todo consciente de que no iba a hacer una fortuna.
En cualquier caso, me alegraba que estuviera feliz y ansioso por contribuir en algo al mantenimiento del hogar.
Se le habría dado de maravilla enseñar a adultos y niños a montar, pero tendría que entrar en contacto con los clientes, lo que podría causarnos problemas sin querer.
Necesitaba quedarse entre bastidores, y Hugo lo entendía.
Empezó al día siguiente y yo me pasé todo el día comprobando el teléfono para ver si había algún mensaje de Dmitri, pero todo parecía ir bien.
Hugo llegó a casa a las siete, sudado, apestando a caballo y muerto de hambre, pero con una sonrisa en la cara, algo que había escaseado en los últimos tiempos.
—¿Qué tal ha ido? —pregunté mientras le servía pollo a la parmesana y espaguetis con salsa marinara.
Me gustaba presentarle comidas nuevas y él las probaba sin quejarse.
Sabía que había muchas cosas que no le gustaban, pero esa era una de sus favoritas y comió con ganas.
Todavía tenía el pelo húmedo de la ducha y la camiseta, ceñida sobre los hombros anchos, me recordaba lo atractivo que era, sobre todo cuando estaba feliz.
Me había permitido a regañadientes comprarle algo de ropa y ahora en su armario había camisetas, vaqueros y zapatillas de deporte.
—Estuvo bien. Fue agradable volver a estar rodeado de caballos.
—¿Y Dmitri?
—Es un buen hombre —respondió Hugo con cautela—. Le gusta hablar.
—¿Te sonsacó información?
—Lo intentó, pero solo le di respuestas vagas. No te preocupes, Neve, entiendo lo que está en juego.
—Sé que lo entiendes —respondí en tono conciliador—. Solo quería asegurarme de que habías tenido un buen día.
Hugo me dedicó una mirada intensa por encima de la copa de vino. Limpiar mierda de caballo no era lo que la mayoría de la gente consideraría un buen día, pero, a falta de pan, buenas son tortas, ¿no? Y así comenzó una nueva normalidad para nosotros, aunque no duró mucho.