El pasaje secreto (La tierra de prodigios 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

CUARENTA Y OCHO

El corazón se me aceleró al salir del ascensor, saludar a la recepcionista y dirigirme hacia el despacho de Lawrence Spellman.

Me sorprendió que estuviera en Londres durante el rodaje de la serie, pero había subido a pasar el fin de semana y se había quedado hasta el lunes para ocuparse de cierto papeleo antes de regresar a Cranleigh al día siguiente por la mañana.

Habría regresado a Surrey para hablar con él, pero era mejor así, de todas formas, no estaba preparada para enfrentarme al resto del equipo ni a Max, cuya reacción al verme podría ser un tanto colérica.

Todavía ardía de ira cada vez que pensaba en Max.

Una cosa era ser un egoísta pretencioso, pero intentar asesinar a una persona inocente era monstruoso.

La profundidad de su odio me asustaba y con frecuencia me sorprendía mirando por encima del hombro, esperando verlo en un portal o doblando la esquina, con el cerebro —si es que lo tenía— nublado por sus ansias de venganza hacia Hugo y decidido a cometer un terrible crimen.

—¡Adelante! —invitó Lawrence, y entré con timidez en su despacho.

Lawrence Spellman siempre me recordaba a un enterrador o a un oficinista de un bufete de abogados sacado de Dickens.

Era flaco, se estaba quedando calvo y siempre llevaba las gafas redondas posadas en la nariz, además de su «uniforme», traje negro con camisa blanca y una corbata discreta de color oscuro.

Para ser una persona creativa, parecía cualquier cosa menos eso.

Nunca se había casado, no tenía hijos y, por lo que se comentaba en la oficina, puede que todavía fuera virgen, a pesar de tener poco más de cincuenta años.

Sin embargo, hacía películas maravillosas, llenas de romance, pasión y anhelo.

—¡Está viva! —anunció al verme entrar y tomar asiento en su despacho.

—Lawrence, lo siento mucho —empecé.

—Neve, sabes que no soy muy estricto con las reglas de la empresa, pero al menos podrías haber llamado o enviado un mensaje.

No puedes desaparecer sin más durante casi dos meses sin decir nada a nadie.

—Trataba de parecer severo, pero su miraba denotaba preocupación—. ¿Estás bien? —preguntó con amabilidad.

—Eso creo —murmuré, poniendo mi mejor cara de «chica que intenta no desmoronarse»—. Es solo que tuve una especie de crisis. Ya sabes, Evan, y todo eso… —Dejé la frase en el aire, pues él ya sabía lo de mi aborto.

—Sé que no lo has pasado bien, pero no puedes esfumarte sin más. Todos estábamos preocupados por ti. Llamé a la policía, pero me dijeron que estarías escondiéndote en algún lugar. ¿Dónde estabas?

Hice un gesto vago con la mano para indicar que había estado yendo de un lado para otro, pero en ningún lugar en concreto.

—Lawrence, sé que estás enfadado, pero, por favor, ¿podría recuperar mi trabajo? Te prometo que no volverá a ocurrir. He sido una empleada modelo durante años. Esta ha sido mi primera transgresión —supliqué. No podía permitirme quedarme sin trabajo en ese momento.

—De acuerdo —respondió con voz grave—. Puedes recuperar tu trabajo, pero, si vuelves a desaparecer sin avisarme, aunque sea por unas horas, estás despedida.

—¿Qué proyectos hay a la vista? —pregunté, con la esperanza de distraerlo de mi inexplicable comportamiento .

—Hay un drama de la Segunda Guerra Mundial en proceso, pero he devuelto el guion para que lo retoquen, y una serie sobre un hotel elegante aquí mismo, en Londres. Obviamente, el personal y los huéspedes se meten en toda clase de entuertos —dijo alegre.

—Obviamente —respondí sonriendo. Lawrence era la única persona que conocía que emplearía la palabra «entuertos», pero, conociéndolo, «entuertos» sería quedarse corto.

Eso era justo el tipo de cosas que le encantaban: desarrollar personajes que crecían y cambiaban a lo largo de la serie y cogían a los espectadores por sorpresa cuando menos lo esperaban.

—La serie se filmará principalmente en plató, ya que es muy difícil que consigamos un hotel de cinco estrellas real para todo el rodaje.

Sin embargo, necesitaré que me busques algunas localizaciones adecuadas para grabar aquí, en Londres: clubes, spas, restaurantes, lugares adonde irían los huéspedes adinerados durante su estancia en la ciudad.

Puedes empezar la semana que viene. ¿Por qué no te tomas el resto de la semana libre para aclararte las ideas? Pareces algo pachucha.

—Gracias, Lawrence, te lo agradezco —respondí, agradeciendo de veras el tiempo libre extra, que supuse sería remunerado. Necesitaba pensar en qué hacer con Hugo—. ¿Está Glenn aquí?

—Sí, en su guarida, creo —gruñó él, ya absorto en la lectura de alguna carta.

Avancé por la oficina tan discreta como pude.

Todo el mundo sabía de mi desaparición y lo último que quería era responder a un montón de preguntas de compañeros entrometidos.

Por suerte, la mayoría de la gente estaba rodando en Surrey, las únicas personas presentes eran las que se ocupaban de las tareas administrativas y un lunes por la mañana estaban demasiado aletargadas como para prestar demasiada atención a una mujer que había desaparecido como por arte de magia, pero que había tenido la osadía de regresar y arruinar un misterio perfecto y una fuente de cotilleos junto a la máquina de agua.

Encontré a Glenn Coolidge en su estudio, rodeado de equipos y trasteando con algo.

Llevaba el erizado pelo negro más salvaje que nunca y sus inteligentes ojos grises centellearon de alegría al verme.

Glenn era el genio informático de la empresa, la persona que supervisaba el departamento de efectos especiales y que podía crear, piratear o manipular cualquier dato que cayera en sus manos.

—Neve, no estás muerta —comentó—. ¿Me has traído café?

Le puse delante una taza de café solo y le di un beso en la mejilla.

—No, no estoy muerta, gracias por darte cuenta. Solo tú te saltarías los comentarios sobre el tiempo y soltarías algo así de sopetón.

—Soy estadounidense, no hago comentarios sobre el tiempo. ¿Dónde te habías metido? —Me invitó a tomar asiento y le dio un sorbo al café. Nadie iba nunca a verlo sin llevarle una taza de café solo con dos azucarillos.

—He tenido algunos problemas personales.

Ya sabes cómo es. —Si alguien sabía de dificultades personales, ese era Glenn.

Actualmente formaba parte de una tríada con una pareja casada, compartía su piso y su cama, y se enfrentaba a su exmujer en los tribunales por el régimen de visitas de su hija.

La situación en que vivía no facilitaba en absoluto una vista por la custodia, ni tampoco le ayudaba a causarle una buena impresión al juez.

No estoy segura de cómo me sentiría yo si el padre de mi hijo viviera abiertamente en un ménage à trois , pero eso no era asunto mío y Glenn me caía muy bien, así que me daba igual lo que hiciera.

Era uno de los tipos más locos y divertidos que conocía, y un amigo de verdad.

—¿Qué te pasa, mi niña? —preguntó mientras me estudiaba por encima del borde de la taza—.

Parece que quieres preguntarme algo pero, no sabes muy bien cómo expresarlo.

—Nadie podría acusarlo jamás de ser lento.

Prácticamente leía la mente de la gente como si pudiera acceder a un microchip en sus cerebros y descargar todos los datos, a lo Star Trek .

—Glenn, ¿cómo de difícil sería conseguir un… ehm… pasaporte falso? —tartamudeé .

—¿Para quién? —preguntó con suspicacia.

—Para un amigo. —No estaba dispuesta a revelar nada más.

Dejó la taza y se reclinó en la silla, cruzó los brazos por detrás de la cabeza y me miró como si acabara de descubrir que yo no era en absoluto lo que aparentaba. Estuvo a punto de decir algo, pero luego cambió de opinión y negó con la cabeza como si discutiera consigo mismo en silencio.

—¿Glenn? —le animé.

—Mira, Neve, tal vez conozca a alguna gente que pudiera proporcionarte un pasaporte británico falso a cambio de una gran suma de dinero, pero eres mi amiga y no te lo aconsejaría. Si encuentras alguna otra manera, no lo dudes.

—¿Por qué no me lo aconsejarías y cuánto costaría? —pregunté.

Se frotó la barbilla mientras me miraba, tratando de evaluar hasta qué punto hablaba en serio sobre involucrarme en actividades criminales.

—Verás, hace años, un pasaporte era suficiente para establecer una identidad, pero las cosas han cambiado.

Ahora vivimos en un mundo digital en el que tu rastro electrónico empieza antes incluso de nacer.

Estoy seguro de que el MI5 podría sacar fotos de las ecografías de tu madre y determinar si tienes la nariz de tu padre o las orejas de tu madre antes de que nacieras.

Se necesita algo más que un documento de identificación creíble.

Cuando un agente de aduanas o un posible empleador escanee el pasaporte falso, saltarán todo tipo de alarmas.

¿Dónde nació esa persona, a qué colegio fue, cuándo se sacó el carnet de conducir y dónde está el registro de su empleo anterior?

Necesitas un expediente completo para que acepten el pasaporte, necesitas una vida.

—Ya veo. En las películas americanas hacen que parezca tan fácil… —bromeé, sintiéndome vacía por dentro. ¿Qué iba a hacer ahora? Por el momento, esa era mi única idea—. ¿Hay alguna forma de que funcione?

—No estoy muy seguro, pero creo que si usas el pasaporte falso para cruzar en coche la frontera por algún lugar remoto, tendrías más posibilidades que saliendo desde Heathrow, por ejemplo.

A los funcionarios del otro lado de la frontera no les interesarán tanto tus hazañas pasadas siempre y cuando el pasaporte parezca legal, pero volver a entrar en el país podría ser complicado. ¿Qué te traes entre manos?

—Nada. Solo era una pregunta retórica. Estoy intentando escribir una novela negra —improvisé. A Glenn le gustaba el cotilleo y, aunque sabía que no iría por ahí hablando de algo tan delicado como eso, no quería darle nada que pudiera usar en mi contra, por si acaso.

—¿De verdad? Yo probé a escribir una vez. Me gusta el terror, tipo Stephen King, pero nada de lo que escribí daba miedo. Le leí un pasaje a mi mujer, exmujer, y se rio en mi cara —contó Glenn con una mueca.

—¿Por eso os divorciasteis?

—No, nos divorciamos porque me pilló en la cama con un hombre, lo cual, al parecer, daba mucho más miedo que cualquier cosa que yo pudiera escribir —añadió con amargura—. No tenía nada que ver con ella. Seguía queriéndola tanto como siempre.

No supe qué responder, le di las gracias y me fui, decepcionada de que mi ingenioso plan se hubiera reducido a cenizas.

No podía arriesgarme a que arrestaran a Hugo en cuanto usara su identificación, pero ¿cómo podría hacer algo sin ella?

Si iba a quedarse conmigo en el siglo xxi , necesitaba trabajar.

Había pensado que tal vez podría matricularlo en algún curso de informática donde aprendiera lo básico para poder conseguir algún empleo, pero ahora sabía que eso no funcionaría.

Sin una identificación legal, lo único que podía hacer era algún tipo de trabajo manual cobrando en negro, como cargar camiones o fregar platos para alguien dispuesto a defraudar al gobierno. Y eso no sería conveniente.

Caminé por la calle desesperanzada, sin ganas de volver a casa y contarle que mi gran plan había fracasado.

La verdad es que no tenía la más remota idea de qué hacer a continuación y sabía que Hugo era demasiado hombre para dedicarse a vivir a mi costa y aceptar una vida ociosa e insignificante.

El mundo había cambiado mucho a lo largo de los siglos, pero algunas cosas seguían siendo iguales.

Uno no podía aparecer en un lugar y construirse una vida sin ayuda.

La gente ha pertenecido a familias, tribus, gremios, sindicatos e iglesias desde el principio de los tiempos, sin las conexiones que se forjan a lo largo de la vida, uno queda relegado a vivir al margen de la sociedad, y eso nunca era fácil.

Hugo había crecido siendo noble, seguro en su posición y cómodo, tanto a nivel económico como físico.

No había trabajado ni un solo día de su vida.

¿Cómo iba a decirle que tendría que descargar camiones o reponer estanterías en alguna tienda de comestibles no de forma temporal, sino posiblemente para siempre?

No se quejaría, pero sabía que sería un terrible golpe para su autoestima y que, en última instancia, lo transformaría en alguien a quien ninguno de los dos apenas reconocería.