Capítulo 47
CUARENTA Y SIETE
Hugo se quedó inmóvil mientras yo introducía la llave en el contacto y ponía el coche en marcha.
Sabía que estaba nervioso, pero no quería empeorar las cosas diciéndole que no había motivos para tener miedo.
Estaba segura de que si yo estuviera a punto de subirme a una nave espacial también estaría nerviosa y, después de haber viajado toda su vida a menos de cincuenta kilómetros por hora, aquello era prácticamente lo mismo.
Dejé que el coche saliera del establo y avanzara por el camino de tierra a muy poca velocidad para que se acostumbrara al movimiento.
Miró el salpicadero con interés y me preguntó por las distintas pantallas y botones, puede que para distraerse.
Yo le respondí con calma mientras iba acelerando poco a poco.
Cuando entramos en la autopista, su cara había adquirido un tono ligeramente verdoso, pero miraba al frente con decisión, con la vista clavada en un punto fijo para no sentirse abrumado por los coches que nos adelantaban zumbando.
Fui un rato despacio por el carril lento, pero al final me cansé, cambié de carril y empezamos a ir justo por encima del límite de velocidad.
Era un bonito día de primavera, abrí las ventanillas y una brisa fresca nos acarició la cara mientras el sol jugaba al escondite con los árboles del arcén.
El aire olía a hierba y a pino, con matices de gasolina y goma caliente.
Me di cuenta de que Hugo había dejado de mirar al frente para fijarse en los coches que pasaban, con la cabeza ladeada mientras observaba los distintos modelos y formas.
Respiraba profunda y acompasadamente, lo que me hizo pensar que ya se podía hablar con él:
—Bueno, ¿qué te parece tu primer viaje en coche? —pregunté con una sonrisa, como si estuviera hablando con un niño pequeño.
—Creo que es divertido —respondió de inmediato, lo que me hizo reír—. Ahora, háblame de todos esos vehículos que estamos pasando. ¿Cuál es ese, por ejemplo?
Dedicamos los siguientes minutos a charlar sobre los distintos tipos de coches que había en la carretera y después intenté explicarle cómo iba a ser Londres.
Un tranquilo pueblo inglés, aunque estuviera cuatro siglos más avanzado, no se parecía en nada a la ciudad que estaba a punto de descubrir.
El Londres del siglo xvii era sucio y estaba superpoblado y repleto de caballos y carretas que se disputaban el espacio en las callejuelas estrechas y fangosas flanqueadas por casas de madera con pisos superiores salientes, pero Hugo estaba acostumbrado a ello.
No obstante, ver una ciudad de millones de habitantes, con tráfico denso, autobuses de dos pisos, rascacielos y tiendas y restaurantes bordeando todas las avenidas comerciales y que presumía de tener de todo, desde televisores hasta kebabs, iba a resultar un tanto abrumador.
—¿Está Evan en Londres? —preguntó de repente, pillándome por sorpresa. Debería haber sabido que no iba a dejarlo pasar, y ahora que nos hallábamos más o menos a salvo y casi en casa, necesitaba saber a qué iba a enfrentarse a nivel emocional, no solo físico.
—Sí, pero no voy a verlo —respondí, sabiendo que el asunto no se acababa ahí.
—¿Qué relación tiene contigo? Max dio a entender que era bastante importante.
—Lo fue durante un tiempo, pero lo nuestro se acabó hace mucho. —Le apreté la mano—. Hugo, no es ninguna amenaza para ti.
Él asintió, pero todavía no estaba dispuesto a cambiar de tema:
—¿Cuál fue tu relación con él? —No retiró la mano, pero tampoco me devolvió el apretón, sino que se limitó a dejarla allí, tan indiferente como su expresión facial.
—Vivimos juntos durante casi cuatro años. ¿Te molesta que haya vivido con otro hombre?
Se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa triste.
—Me casé con una pudorosa doncella y me abandonó sin siquiera mirar atrás.
La inocencia no garantiza la lealtad ni el amor eterno.
Nunca di por hecho que tu vida fuera una página en blanco, además, dada mi situación actual, tu anterior convivencia con otro hombre es la menor de mis preocupaciones.
Pero ¿por qué nunca se casó contigo? —preguntó con incredulidad—.
¿Qué clase de hombre vive con una mujer durante cuatro años y no le ofrece su nombre ni apoyo económico? ¿Te mintió? ¿Te hizo promesas?
—No, Hugo, no hizo nada de eso. El matrimonio es un poco diferente en el siglo xxi .
La gente se sigue casando, por supuesto, pero por otros motivos: las mujeres son independientes y autosuficientes, ya no necesitan la protección ni el apoyo de un hombre.
Se casan por amor o por soledad, pero no por miedo ni por deber.
A una mujer soltera no se la menosprecia ni se la considera una vieja solterona y marchita.
Las mujeres solteras tienen amantes y llevan una vida plena, a veces incluso engendran hijos fuera del matrimonio y nadie los considera bastardos.
Tienen los mismos derechos que cualquier otra persona, no hay estigma ni vergüenza.
De hecho, hay mujeres que deciden tener un hijo solas.
—¿Por qué? —preguntó Hugo escandalizado.
—Hay muchas razones. Algunas no quieren casarse con el padre, otras son lesbianas y desean criar al niño con su pareja y a algunas les gustaría casarse, pero no se lo piden, así que tienen un hijo para contar con algo parecido a una familia en lugar de quedarse solas.
—¿Tuviste un hijo? —preguntó él de repente, como si me hubiera leído la mente.
Estaba a punto de contarle lo de mi aborto espontáneo, pero algo me detuvo.
Él ya había tenido suficientes conmociones para dos días y yo tenía derecho a mantener algo de mi vida en privado.
El aborto no le afectaba de ninguna manera, no había razón para que lo supiera.
Además, hablar de ello me resultaba doloroso y no tenía deseo alguno de volver a remover todo aquello.
—No, nunca tuve un hijo —respondí con un tono extrañamente apagado.
—Pero podrías haberlo tenido…
—Sí, con el tiempo sí. Evan tiene una hija de un matrimonio anterior, no le interesaba en absoluto tener más.
—¿No quería un hijo varón? —preguntó Hugo, todavía perplejo.
—Los hijos varones ya no tienen el mismo valor que antes.
La mayoría de la gente deja su patrimonio a todos sus hijos, repartiéndolo entre los niños y las niñas.
Ya no existe la ley de primogenitura, a menos que haya un título —algo que muy poca gente tiene—, da lo mismo ser el hijo pequeño que el mayor.
—Ajá, ya veo —dijo Hugo. —Entonces, ¿no te sentiste insultada cuando no quiso casarse contigo?
—Si me lo hubiera pedido, habría aceptado, pero no era mi prioridad. Solo tengo veinticinco años, actualmente equivale a ser muy joven. La mayoría de la gente se casa a partir de los treinta, no tenía demasiada prisa.
Me miró fijamente. Ahora sí que lo había sorprendido de verdad.
—¿La gente piensa que con veinticinco años se es demasiado joven para casarse? ¿Qué edad tienen las mujeres cuando tienen hijos?
—La gente tiene hijos pasados los cuarenta, e incluso a los cincuenta.
Ahora hay formas de ayudar a las mujeres a quedarse embarazadas de forma artificial y, a veces, incluso sin hombres.
—No pude evitar reírme entre dientes ante su expresión de asombro.
Pensó que le estaba tomando el pelo, pero le aseguré que hablaba muy en serio.
—Lo que me estás diciendo es que el papel de los hombres ha disminuido mucho en los últimos siglos.
Ya no somos necesarios para la protección, el matrimonio o incluso la concepción.
¿Qué hacen los hombres con sus vidas? —Estaba bromeando, pero se notaba que la nueva información lo afectaba de verdad.
—Tienen carreras profesionales y persiguen sus intereses, como los deportes, las artes, etcétera.
Y, por supuesto, tienen familias, que siguen siendo tan importantes como siempre, solo que diferentes.
Hoy en día, los hombres ayudan en la crianza.
Hacen de todo, desde cambiar pañales hasta dar de comer a los bebés y bañarlos.
A medida que los niños crecen, pasan tiempo con ellos.
Los padres se involucran en todos los aspectos de la vida de sus hijos, tanto niños como niñas.
A ellas las llevan a clases de baile, de compras y hasta juegan a disfrazarse.
Es un mundo diferente, Hugo. Ahora que lo pienso, me encantaría verte jugar a disfrazarte.
—Vamos poco a poco, amor mío —refunfuñó él, al tiempo que llegábamos a las afueras de Londres.
Se quedó callado mientras miraba todo lo que le rodeaba, con el rostro surcado por el asombro y la preocupación.
Yo lo dejé a su aire, sabía que necesitaba tiempo para asimilarlo todo.
Ya habría oportunidades de explicarle las cosas y enseñarle lo diferente que era todo en el siglo xxi .
Por ahora, estaba sufriendo una sobrecarga sensorial, así que encendí la radio y la dejé sonar de fondo mientras él se hundía más en su asiento, con los nudillos blancos al dejar que toda la intensidad de Londres lo inundara.
Se lo estaba tomando todo con calma, pero lo que de verdad lo sorprendió fue mi piso.
Introduje la llave en la cerradura con cuidado, sin dejar de rezar para que no hubieran entrado a robar durante mi ausencia, pero todo parecía estar tal y como lo había dejado.
Gracias a Dios que no tenía mascotas o me encontraría con un olor distinto al del polvo y la comida en mal estado.
Metí todo lo del frigorífico en una bolsa y lo llevé a los contenedores de basura de la calle antes de volver y encontrarme a Hugo caminando de un lado a otro, consternado.
—¿Esto es todo? ¿Es aquí donde vives? —preguntó, confundido.
—Sí, ¿por qué? —Me sentía bastante orgullosa de mi precioso piso de Notting Hill.
Era un barrio de moda con un montón de tiendas, restaurantes y gente joven, el tipo de lugar en el que quería vivir.
Con mi sueldo nunca habría podido permitirme un piso allí, pero mis padres de acogida me habían ayudado a vender la casa de mi madre tras su fallecimiento y a invertir bien el dinero, en su momento, no pensé que fuera importante, pero, cuando terminé la universidad, me sorprendió gratamente descubrir que poseía una cantidad nada desdeñable, suficiente para unas buenas vacaciones en el extranjero y para pagar la entrada del piso.
Lo había alquilado durante tres años, pero volví a mudarme en cuanto terminó el contrato, ya que no podía seguir viviendo con Evan.
El bullicio de la calle se colaba a través de las ventanas abiertas y la brisa de mayo disipaba el olor rancio de los dos meses que había permanecido cerrado e inundaba el salón del aroma de las flores y las especias de la comida india que llegaba de un restaurante cercano.
—¿Solo hay dos alcobas? —preguntó Hugo con suspicacia, pensando todavía que le estaba tomando el pelo.
—Sí, solo dos habitaciones y un baño. En realidad, es un barrio muy caro y los pisos salen por un ojo de la cara.
Asintió con comprensión, pero casi podía ver cómo le giraban los engranajes en la cabeza.
Había vivido solo en Everly Manor hasta que Jane y Clarence llegaron para quedarse y aquí estaba yo, una mujer trabajadora que residía en un piso del tamaño de su dormitorio.
Me dejé caer en el sofá, viendo de repente mi casa a través de los ojos de Hugo: era minúscula y distaba mucho de ser lujosa.
Debía de haber esperado mucho más. Tal vez pensara que contaba con una criada, así que cuando descubriera que era yo quien tenía que limpiar, lavar, cargar con la compra y cocinar iba a sorprenderse mucho.
Se sentó a mi lado y tiró de mí hacia él para besarme en la coronilla.
—Lo siento, querida mía, no quería disgustarte. Es un… ¿cómo lo has llamado? Piso. Es un piso precioso y estoy seguro de que seremos muy felices aquí. A propósito, ¿qué es ese olor? Resulta apetitoso y repugnante a la vez. —Eso me hizo reír.
Tenía que dejar de sentir lástima de mí misma. Al menos yo estaba en mi elemento, mientras que él era como un hombre con los ojos vendados que se abría paso a ciegas por la jungla, sin tener ni idea de qué eran las cosas ni qué esperar de ellas.
—¿Te gustaría probarlo? Viene del restaurante indio. Siempre les pido comida para llevar.
—¿Qué es la comida para llevar?
—Es cuando pides comida y te la preparan para que te la lleves a casa. O también puedes comer allí. ¿Qué prefieres? ¿O te gustaría comer algo típico inglés? —le propuse, preguntándome si algo tan distinto podría sentarle mal.
—Me gustaría mucho probar esa comida para llevar —respondió—, pero creía que tus cuentas del banco estaban en números rojos.
Lo miré con sorpresa.
—Ah, sí, pero tengo una cuenta de ahorro, transferiré fondos a mi cuenta corriente. De hecho, lo haré ahora mismo. —Saqué el portátil y lo encendí, preparada para acceder a mi banca online .
Hugo miraba asombrado mientras yo pulsaba algunas teclas.
— Voilà , hecho —anuncié.
—¿No necesitas ir al banco?
—No, ahora todo se puede hacer de forma electrónica.
—Claro, debí haberlo imaginado. —Parecía algo alicaído, pero lo atraje hacia mí y lo besé con ternura.
—¿Te resulta manejable todo esto o estás preparado para volver corriendo y gritando a la cripta? —Sabía que no podría regresar, pero tenía que preguntárselo.
—Estoy más que bien —respondió con una sonrisa—. Esta es la aventura de mi vida.
—¿De verdad?
—De verdad. Y ahora, dame algo de comer.